
Batalla de El Tejar
Por varios*
* Testimonios tomados del libro "Volando Bala 1948"
de Nicolás Pérez Delgado
"Quiero recordar con el ánimo sereno, a todos los combatientes, tanto
Figueristas como Calderonistas y Comunistas, que murieron en el Tejar, en
defensa de sus ideales. Ellos dejaron sus hogares, esposas, madre e hijos para
venir a regar con su sangre noble y joven, los cafetales y los caminos de ese
bello y pintoresco pueblo."
Alfonso Mora Güell - Excombatiente
"Sobrevino algo que los que recordamos la historia de esta
lucha, nunca podremos olvidar. El ataque cuerpo a cuerpo; el ataque
desmoralizador de la balloneta; ¡Las ballonetas caladas brillaban con el poco
sol, que quedaba en esa trágica tarde. Se combatía en la Plaza!. Los hombres se
asemejaban a las fieras. Ambas tropas contendientes en su totalidad, tomaron
parte en esa lucha, nunca había visto tanta confusión, los hombres se
despedazaban unos a otros; se escuchaban fuertes gritos, que parecían rugidos
de feroces leones, atacando a su presa sin misericordia, la plaza teñida de
rojo, por aquellos insignes soldados. ¡Gritos de guerra!. Otros blasfemaban,
otros pedían auxilio inútilmente, otros morían instantáneamente, no puedo
recordar exactamente, cuánto tiempo duró el combate, cada vez se hacía más
intensa la lucha, los cadáveres se iban amontonando unos encima de otros, igual
de los nuestros, como de los revolucionarios; formamos asi una pirámide de
muertos, extenuados finalmenle parecía que todos deseábamos la retirada.
Sucedió, los ejércitos se dispersaron. Comenzó lo más triste que puede
ocurrirle a los soldados ir a buscar a sus amigos dentro del montón de
cadáveres, yo tenía la mandíbula izquierda quebrada por un culatazo que
recibí, pero me dediqué después del combate a buscar a mis amigos entre los
rostros desfigurados de los muertos. ¡Qué visión tan macabra! Imposible,
desalentados emprendimos la retirada..."
Jesús Aranda Barrantes. Excombatiente de El Tejar
(va) = Vanguardia Popular
(ca) = Calderonista
(Li) = Liberación
(va) Alvaro Montero Vega
Al dia siguiente del incidente con Fonseca, el nicaragüense
que quería fusilar a los campesinos, de Casa Blanca salimos en fila india
por la carretera rumbo a Cartago, bajando por El Tejar. Llegamos a un pueblito
que se llama San Isidro de El Tejar. El coronel Meza venia en la retaguardia y
yo, sin conocer nada de asuntos militares, iba delante, tal como pidió mi
gente. Por suerte, entramos al pueblito con mucha cautela.
La gente de Figueres había dejado un grupo de resistencia
frente a la iglesia, protegidos por una baranda. Nos abrieron fuego, pero
estaban muy visibles y todos murieron bajo las descargas que les hicimos. Pero
había algunos francotiradores dispersos en las callejuelas del pueblito. Entre
la calle principal y una de estas callejuelas mataron a un compañero de
apellido Cornejo. Le pegaron en la espalda.
Después de esta escaramuza, continuamos rumbo a Cartago por
la carretera. Nos precedian dos tanquetas, una que manejaba Mora Molina, quien
en la vida civil era tractorista. En realidad no era una tanqueta, sino un
tractor blindado con chapas de acero. A la otra tanqueta, parece que el
oficial nicaragüense Fonseca, aprovechando algún descuido nuestro, amarró un
prisionero en la pala delantera del tractor. Asi ibamos.
Frank Marshall Jiménez (Li)
Se movilizaron en el Colegio San Luis Gonzaga las cuatro
compañías al mando de Tuta Cortés, Edgar Cardona, Indio Sánchez y al mio.
Yo actuaba con Rivas como comandante. Se había dispuesto que inmediatamente
después de pasar revista abordar unas camionetas que estaban dispuestas para
transportar al Batallón a donde se le necesitara.
Se había dado la orden de no partir hasta que el jeep que nos
transportaría a Rivas a mi y a otros compañeros, hubiera tomado la delantera
encabezando el convoy para poder reconocer el terreno ya que las noticias eran
además de alarmantes contradictorias y no se sabia con certeza hasta que punto
había avanzado el enemigo.
No obstante, Cardona y Cortes, haciendo caso omiso de la orden
que se había impartido, partieron al encuentro del enemigo.
(Li) Max (Tuta) Cortés
Decían que las tropas del gobierno que estaban en La Cangreja
y en Macho Gaf venían bajando rumbo a Cartago. Decían que en ella venia Starki,
el hermano de Vico.
Me dice don Pepe: "Vayase en un bus con la gente de Puriscal
y en la iglesia de El Tejar los esperan. En El Tejar no había nada y en lugar
de hacer lo que me dijo Figueres, le dije al chofer: "Métale la pata y los
agarramos en San Isidro del Tejar". Los puriscaleños eran dieciocho. Le dimos
la vuelta al Tejar por la carretera vieja, pues la nueva no existía y seguimos
adelante en busca del enemigo.
(Li) Alfonso Saborío
En Cartago nos plantearon que se estaba combatiendo en El
Tejar y nos montaron en tres buses para reforzar a los compañeros que estaban
allí. El bus en que monté abrió la caravana, al mando de Tuta Cortés. Partimos
sin tomar la más minima precaución, sin una exploración previa. Oi cuando Tuta
le dijo al chofer: "Métale gas para llegar pronto".
(va) Alvaro Montero Vega
Para proteger nuestro avance sobre El Tejar emplazamos dos
ametralladoras de tripode en un puentecito angosto que estaba a la entrada del
pueblo. Recuerdo que se apareció un bus cargado de figueristas. Los cerramos a
fuego y tuvieron varios muertos. Algunos lograron meterse en una alcantarilla;
otros huyeron como pudieron del lugar.
(Li) Max (Tuta) Cortés
La camioneta iba volando. En un puente viejo nos agarraron con
una ametralladora de sitio. Mataron a varios combatientes; otros fueron
heridos, entre ellos Sidney Ross. Las balas lo destrozaban todo. Atiné a
ordenar: "¡Sálvese quien pueda!", y salté. Estaba como loco. Me tire a un
riillo y vi una alcantarilla. Me metí por la alcantarilla, por donde salía
mierda y de todo, pero por ella me meti bajo el aguacero de balas.
Salí a un cafetal y comencé a correr y correr. Estaba loco. A
las cuatro de la tarde fui volviendo en sí y me enteré que andaba por Llano
Grande.
(Li) Alfonso Saborío
Unos minutos después estábamos bajo las ráfagas de
ametralladoras y fusilería. Los cristales saltaban, las balas pegaban en el
metal de la carrocería. Aquello era un infierno. El chofer cayó muerto de
inmediato. Solamente del grupo que salimos de Puriscal hubo cuatro muertos.
En medio de aquel fuego, Tuta se tira por la puerta delantera
y nos grita: "¡Sálvese quien pueda!", y le pegan un balazo en la culata de su
ametralladora Neuhausen.
Cuando me lanzo para salir por la puerta delantera veo muerto
a Manuel Peraza. Los quejidos llenaban el bus. Apenas salto a tierra, una bala
me atraviesa la pierna derecha. Fue como un leñazo. Pero así y todo, con la
dificultad que tenia para caminar, crucé la calle y me junté con mi hermano
Rudesindo, y nos metimos en un cafetal donde vimos una casita vacía. Nos
refugiamos en ella, mientras la balacera pegaba en las paredes de madera. No
sabiamos que hacer, pues el enemigo estaba a unos ochenta metros. Era la
primera vez que me veia en una balacera.
Frank Marshall Jiménez (Li)
Faltando poco para llegar a El Tejar oimos un fuerte tiroteo
que resultó ser de parte del enemigo contra la camioneta de Cortés. Se ordenó
primero desmontar de los dos camiones y avanzar en fila de uno a orillas de la
carretera y luego escalar un tanque de agua de varios metros de altura para
observar el terreno y el propio Tejar, sin resultado positivo alguno.
Todo había vuelto a la normalidad. No se observaba movimiento
alguno por parte del enemigo. Pese al tiroteo que habiamos escuchado. Era
totalmente imposible determinar en qué lugar se encontraba. Se avanzó
cuidadosamente hacia El Tejar tomando todas las precauciones del caso para no
caer en una emboscada.
Cerca de la entrada de la plaza se le ordenó a la compañía
Lempira, del Indio Sánchez, desplazarse por la izquierda, formando un amplio
semicirculo detrás de la iglesia con el fin de evitar que el enemigo tratara
de evadir pasar por El Tejar.
La compañía León Cortés tomó la escuela y la iglesia,
instalando en la torre de la misma una de las ametralladoras de sitio.
A todo lo largo del muro de ladrillo que sostiene la baranda
de la escuela y que da al frente de la plaza, se apostaron rifleros detrás de
la baranda.
Se pidió a un voluntario que reconociera la carretera hasta
llegar a hacer contacto con el enemigo. Se presentó Musaraña Romero, excelente
soldado y veterano de todas las batallas de El Empalme. Se le ordenó despojarse
de armas y todo lo que pudiera dar sospechas de que se trataba de un
combatiente, pues se tenía la esperanza que pudiera pasar por un vecino. Romero
partió cruzando casi diagonalmente la plaza hasta llegar a la carretera que
desemboca cerca de la esquina suroeste de la misma.
Romero regresó después de haber cumplido a cabalidad su misión
de reconocimiento, lo que le costó, por acercarse mucho al enemigo, que le
dispararan y lo hirieran en el muslo. Renqueando regresó a informar.
Definitivamente, el grupo de la tropa enemiga, protegida por
dos tractores convertidos en tanques, totalmente cerrados, avanzaban por la
carretera.
(Li) Edgar Cardona
La acción de El Tejar estuvo muy mal planificada de nuestra
parte. Si la ganamos fue sencillamente porque nosotros teníamos el valor de
hacer las cosas. No hubo una reunión previa en el Estado Mayor para asignarnos
a los comandantes nuestras respectivas misiones. Nada se coordinó y por poco
hasta nos matamos entre nosotros.
El primero que salió de Cartago fue Tuta. Después salí yo en
otra cazadora con veinticinco hombres. Llegamos a la plaza de El Tejar y como
no habia ni rastro de enemigo, decidimos salir del pueblo a taponearle el
acceso.
Nos apostamos en un cerrito, listos para hacerle frente. Desde
allí divisábamos la iglesia y una buena parte del pueblito. Pero resultó que
gente de Frank Marshall, que salió detrás de nosotros, nos divisó moviéndonos
por el lugar y confundiéndonos, nos empezó a volar plomo. Así era nuestra
organización.
(Li) Carlos Luis Rivera
Yo salí de Cartago rumbo a El Tejar con Edgar Cardona. No
llegábamos a quince hombres. Recuerdo que estaban el capitán Padilla y
Solórzano. No tuvimos mucha actividad. Subimos a un cerro a la izquierda de la
carretera, entre unos pinitos, y ahi estuvimos todo el día. Cuando llegamos al
lugar todavía el combate no habia comenzado. Desde nuestra posición divisábamos
una buena parte del centro del pueblo. Cuando yo veia a alguno de uniforme
completo le disparaba.
Estábamos allí para evitar que el enemigo, con un rodeo, fuera
a entrar por detrás del pueblo. Desde el cerrito vimos un fuego que hubo en
Cartago. Pensamos que estaban quemando el cuartel, pero era que los sitiados le
habian dado candela a unas instalaciones que estaban por los alrededores.
(Li) Roberto Güell
Tempranito en la mañana del dia 13, estando en nuestro
cuartel, en el San Luis Gonzaga, llegaron noticias de que tropas del gobierno
bajaban de Casamata rumbo a El Tejar. A las nueve de la mañana no se sabía nada
ni de Tuta Cortés ni de Edgar Cardona, que habían salido primero.
Frank Marshall organizó un pelotón grande. Me dijo: "Roberto,
prepara tu gente con la ametralladora". El tenía otra ametralladora de sitio
que manejaba Emilio Soto Rojas, de Alajuela. Montamos las ametralladoras y
arrancamos seguidos de dos camiones con el resto de los hombres.
Llegamos al puro centro de El Tejar, a la plaza, por la
esquina noreste. A la par estaba la casa de Cuco Arrieta. El silencio era
total, impresionante, de pueblo abandonado.
Frank me dice: "Parece que llegamos primero que el enemigo. Yo
me voy con Emilio y la ametralladora a emplazarme en la escuela. Vos vete con
tu ametralladora y tomá la iglesia". Frank ordenó instalar la ametralladora en
una torrecita que tenía la escuela y yo me fui para la iglesia.
(Li) Fernando (Chino) Herrera
Al día siguiente de tomar Cartago, después de dormir como un
bendito y en el colegio de las monjitas, me fui al Estado Mayor y el coronel
Ramírez pidió voluntarios para ir a cuidar El Tejar y yo, de pelotero, levanté
la mano. Allá me fui con un grupillo como de veinte.
El Tejar estaba tranquilo. Decian que por esos rumbos en la
mañana habia habido unos tiros con un hermano de Vico Starke, pero cosa sin
importancia. Recuerdo allí a don Brus, a Roberto Güell y otros compañeros.
Estuvimos, paseándonos por el pueblo, obserbando los mejores lugares para poner
las máquinas. Que yo recuerde, no teníamos un jefe definido: las cosas surgían
de la iniciativa de todos. El padre no quería que nos ubicáramos en la iglesia.
Le rogamos, pero se mantuvo en su trece, y no nos quedó más remedio que
meternos en ella y acomodarnos por si había que combatir. En cada una de las
dos torres de la iglesia se emplazaron unos muchachos con unas bombas de
dinamitas metidas en tubos. Yo me situé en el centro, con la máquina apuntando
hacia la plaza. Desde allí se podia barrer toda.
(Li) Roberto Güell
Conmigo iba Cubitas, familia de Fernando Herrera. También
estaba Bernardo Chang, quien luego tendría un hermano que sería astronauta.
Al rato llegó Fernando Herrera con Raul González, Alvaro Barrantes y Solanito.
Solanito, que era boxeador, mirando para una de las torres de la iglesia, dijo:
"Esa torre está muy buena para desde allá arriba tirar bombas". Yo no quería
que lo hiciera, pero subió.
El cura no era nuestro y dijo: "Coger la iglesia es una
herejia". Yo le dije que si no le preocupaba que le fueran a agujerear a sus
feligreses y refunfuñando nos dio campo.
Aquella iglesia era de pura lata, hasta una sonrisa la
atravesaba. Subimos hasta donde se ubica el coro. Lo usual, como se veia en las
películas, era ubicarse en las torres, pero me dije: "Voy a hacer algo
diferente para despistar al enemigo". Había a la altura de un segundo piso un
bonito ventanal de vidrios que tenía algunos rotos, y detrás nos apostamos.
Fernando Herrera era muy valiente y yo sabia que tenia más
experiencia que mi personal en el manejo de la ametralladora, pues las habia
manipulado en San Isidro, y le di la Hotking.
Creo que la espera, angustiosa, fue como de media hora. Se
escuchó, un ruido. Eran ellos que venian avanzando con mucho cuidado a lo
largo de la calle.
(Li) Fernando (Chino) Herrera
Al Tejar empezaron a llegar gentes muy asustadas, diciendo que
venía una nube de gobiernistas, miles de ellos. Yo les calculé no más de
quinientos. Fue que Jose María Tercero, oficial nicaragüense que fue situado en
la Interamericana para taponear el avance del ejército, los dejó pasar.
Vimos por la carretera al enemigo que avanzaba. Pero no
avanzaban desplegados en combate. Caminaban amontonados, en fila, como si
vinieran de una manifestación. Delante venia una tanqueta. Nosotros esperabamos
ocultos en nuestras posiciones.
Llegaron a la plaza, la vanguardia se detuvo y yo escuché a un
jefe: "¡Alto, que esto puede ser una trampa vamos a inspeccionar primero!".
El silencio era total. El blindado estaba inmóvil, con un prisionero atado al
frente. Pobre hombre.
El jefe ordenó: "Con cuidado; despliéguense". Pero antes que
se desplegaran apretamos los gatillos. Fue una matazón, un desastre. Fue muy
doloroso. El prisionero que venia amarrado a la pala del tractor fue también
acribillado.
(Li) Roberto Güell
La orden era que Frank sería el primero en disparar. Viendo al
enemigo avanzar, los segundos se hacían siglos. Algo me subia y bajaba del
estómago. Pero recordé que era 13 de abril. El anterior día 13 había tenido mi
primer batalla en Santa Elena. El 13 siempre ha sido un número de suerte para
mi. Me saco hasta loterias con el.
Aparecieron primero dos blindados. Los hombres entraron a la
plaza desplegándose. Nuestra idea era dejarlos llegar hasta casi debajo de la
iglesia antes de abrir fuego.
Pero como siempre hubo un nervioso. Cuando apenas iban por la
mitad de la plaza, a alguno de la escuela se le escapó un tiro. Se armó. Ellos
recularon para atrás, hacia la casa de Cuco Arrieta y como locos comenzaron a
disparar contra nosotros.
Frank Marshall Jiménez (Li)
La ametralladora de la torre de la iglesia barría el jardín de
la casa de Cuco Arrieta. Desde la escuela se le hacía fuego al tanque y a las
dos ametralladoras. El tanque se mantenía inmóvil en la calle y el jardín de la
casa de Arrieta estaba virtualmente sembrado de soldados enemigos muertos y
heridos.
Algunos de los heridos de la bocacalle de la Interamericana se
arrastraban lentamente hacia nosotros. No traían armas pero podian traer
granadas de mano, por lo que guardábamos precauciones pero lo cierto es que uno
de ellos logró arrastrarse hasta cerca de nosotros pidiendo misericordia. Se le
permitió llegar hasta nuestras defensas de la escuela y pudimos observar que un
proyectil le había arrancado los testículos. De él logramos averiguar que
pertenecia a la Guardia Nacional de Nicaragua.
(va) Alvaro Montero Vega
En la cúpula de la iglesia, que estaba en el lado este de la
plaza tenían emplazada una ametralladora. Cuando avanzamos hacia el centro del
pueblo, nos recibieron con su mortífero fuego. También nos hacian fuego
cerrado desde el otro extremo de la plaza, donde estaba la escuela, y desde los
árboles y algunas casas de los alrededores.
Los de Figueres nos hicieron una trampa. Desde la escuela
levantaron a eso de las doce del día una bandera blanca. Pensamos que se
rendían y cuando un grupo nuestro se precipitó hacia el lugar, los cerraron a
bala. Unos cayeron; otros se desperdigaron por donde pudieron.
(Li) Alfonso Saborío
Metidos los dos en la ratonera de aquella casita luego de
escapar del infierno del bus, le dije a mi hermano que tratara de escapar.
Pensé que si nos mataban a los dos iba a ser muy doloroso para nuestros tatas.
El no quería dejarme, pero al fin accedió a salir y buscar ayuda. Me quedé
solo, herido.
Mi hermano se demoraba y yo pensé que lo habian matado.
Decidí no esperar más. Usando el rifle como un bastón salí de la casa, crucé
una acequia con el agua a medio muslo y tomé por una calle. Un señor me vio y
me dijo que en qué me podia ayudar. Me condujo a su casa y me amarró con un
trapo la herida para detenerme la hemorragia y su señora me ofreció dos yemas
de huevo con vino.
Frank Marshall Jiménez (Li)
Asi como se presentaba la batalla, daba la sensación que la
tropa del Gobierno estaba dispuesta a jugársela entera. Ello se mostraba, a
pesar del fuego y de las bajas que había sufrido, con soldados que corrían a
recoger las dos máquinas Browning de bípode que estaban emplazadas a los lados
y enfrente del tanque y cuyos operadores habían sido muertos o heridos. No me
explico cómo bajo esa lluvia de tiros un enemigo recogió la máquina calibre 30
y se refugió detrás del tanque.
(va) Alvaro Montero Vega
Movilizamos una de las ametralladoras hasta el frente de la
plaza. No recuerdo si fue que le pegaron al ametralladorista o fue que
decidió zafarse de la balacera, pero el arma quedó abandonada. Yo estaba con
mi Mauser a la orilla de la calle cuando un compañero hondureño dijo: "¡Esa
ametralladora no la pueden coger ellos!", se lanzó a rescatar el arma y la
trajo.
Pero nos sentíamos sitiados. Nuestra gente caia, muertas y
heridas. El fuego de la iglesia era muy molesto y yo me fui con un grupo para
darle la vuelta y entrarle por un costado. No era fácil. Había que cruzar una
calle que cerraban a tiro de metralla. Logramos pasar, pero no pudimos tomar el
sitio de la ametralladora: era mucha la bala y tuvimos que retroceder.
Frank Marshall Jiménez (Li)
El enemigo también recibía fuego del grupo de Cardona que
estaba situado al este de El Tejar, en una colina. Ello los desanimaba de
lanzarse a campo abierto en esa dirección. Por otro lado, la tropa del
Indio Sánchez se desplazaba en semicírculo en varios cientos de metros a poca
distancia detrás de la iglesia hacia la colina que había ocupado Cardona.
(va) Iván Pérez
Entramos a El Tejar por Ochomogo. Nuestro grupo había salido
de Ecos del 56. Eramos todos unos jovencitos. En camiones llegamos hasta el
centro del pueblo donde comenzamos a recibir fuego por atrás, desde la escuela.
Nos sorprendieron totalmente. Casi no pudimos ni disparar. Se dijo que lo mejor
era dispersarse "Nos van a hacer papilla", dijo alguien. Y era verdad.
Un compañero, Umaña, se quedó entre los muertos allí en el
centro del pueblo, con un balazo en un tobillo. Otro compañero de apellido
Soto, herido en una pierna, fue encontrado después por los figueristas entre
los muertos. Lo pasaron a un hospital y como tenía gangrenada la pierna, se la
amputaron.
Conocíamos las rutas de escape porque en excursiones que
habíamos hecho por el lugar aprendimos que de Cartago, pasando por el cerro de
La Carpintera, se llega a Desamparados. Allí no teníamos nada que hacer y
retrocedimos.
(Li) Roberto Güell
Serían las 10 de la mañana. Dirigían el fuego fundamentalmente
a las torres de la iglesia, donde nos creían apostados. Poco a poco la torre se
fue despedazando. Los fragmentos nos caían encima, pero Dios lo protege a uno.
Mientras Fernando y los rifleros les volaban bala con toda tranquilidad a
través de las roturas de los vidrios, que eran obscuros, ellos no descubrían
nuestra posición y seguían apuntando hacia las torres.
Los tanques se corrían atrás; después volvían a avanzar. Eran
en realidad unos tractores blindados. Yo le decía a Fernando que dirigiera el
fuego de la Hotking hacia la parte de arriba, donde eran menos macizos, y donde
tenían unas ranuras en forma de cruz por donde disparaban.
(Li) Fernando (Chino) Herrera
Con nuestras dos máquinas pesadas haciamos fuego constante:
desde la iglesia y desde el mirador de la escuela. En un momento, entre el
estrépito del combate, escucho que alguien me llama. Miro para abajo y me
pareció ver en una alcantarilla a Tuta Cortés. Me hacía señas porque por
detrás, por la casa cural, venían unos a pescarnos; después agarró una granada
y se las lanzó. Pero venian muchos más. Un grupo se disponía a entrar por la
puertilla de atrás de la iglesia. Otro avanzaba por un solar a la par de la
calle.
(Li) Roberto Güell
Pasó como media hora. No recuerdo la razón, pero Fernando
partió a una misión creo que por detrás de la casa de Cuco Arrieta. Enrique
Montero Rudín tomó la Hotking. Ahora colocamos la ametralladora fija y
Rudín comenzó a dirigir el potente fuego del arma hacia las ranuras en cruz.
Mantenía el fuego en ese punto sin desviarlo hacia otra parte. Serían pasadas
las once cuando notamos que la dirección del tanque titubeaba. Escuchamos unos
gritos que parecían provenir de su interior. El blindado reculó.
Supimos después que una bala, o varias, habian entrado por la
ranura y pegado a los que habia adentro. El enemigo se estaba refugiando en la
casa de Cuco Arrieta y enfilamos el fuego de ametralladora en esa dirección.
Debimos haber hecho una matazón. Como a la una de la tarde la ametralladora
estaba hirviendo.
(Li) Max (Tuta) Cortés
Yo llevaba barba y la gente de Llano Grande pensaba que era
del gobierno. Pero llegaron unos conocidos y me dieron un trago y me fui
tranquilizando. Con ellos bajé a Cartago, al Colegio San Luis Gonzaga. Me
habían dado por muerto. Pero me recuperé y me sentí de nuevo listo para la
pelea.
(va) Alvaro Montero Vega
Llegó un momento en que nuestra gente se sintió muy
desorientada. No había una conducción militar y nos fuimos desorganizando.
Eran las cuatro de la tarde y estábamos cerrados de balas por todos lados. A
veces se veian enemigos en los árboles, se les tiraba, pero no podíamos
comprobar si les dábamos.
Yo estaba arrimado a una casa de adobe y los tiros pegaban y
desmoronaban la madera. Me preguntaba: "¿En que momento me pegarán a mi?". A
Molinón, un hombre muy alto, le pegaron un tiro muy cerca del ojo.
Recuerdo a un nica que cuando el combate amainó por la tarde
andaba con un radio y otras cosas. Le digo: "¿Qué hace con eso?. Me dice: "Esto
yo me lo llevo". "¿Pero se lo lleva para dónde?", le digo. "Te van a matar.
Deja botado eso y anda ligero". "No, yo esto me lo llevo", me contestó y
siguió con sus cosas.
(Li) Roberto Güell
De momento comencé a notar que la gente del gobierno
atrincherados en la casa de Cuco Arrieta se desplegaba en busca de uno de
los lados de la iglesia.
Quise observar sus movimientos y cuando traté de incorporarme
lo más posible, sentí un golpe y un dolor en el hombro izquierdo. "Me han
herido", me dije. Me toqué con la mano y sentí algo duro y caliente. Era la
vaina de unos de los proyectiles de la Hotking. La ametralladora, que disparaba
a mi izquierda, expulsaba las vainas por la derecha, y una se me metió por
debajo de la camisa haciéndome una pequeña herida.
Vimos que desde la escuela salia una patrulla en la que iba
Renato Delcore. De inmediato los protegimos con el fuego de la ametralladora
y de nuestros fusiles y ellos alcanzaron la casa cural, junto al lado
izquierdo de la iglesia. Con granadas desalojaron de allí a unos soldados
enemigos y después, protegidos también por nuestro fuego, regresaron a la
escuela.
Un rato después, por señas, desde la escuela, nos hicieron
saber que un grupo de enemigos trataba de rodearnos por la parte de atrás
de la iglesia. Desde ese lugar podian asaltar nuestra posición. Entonces se
nos ocurrió abandonar la iglesia, pero por donde menos ellos se lo podían
imaginar: por el frente. Ordené desmontar la Hotking. Cubitas se la echó al
hombro y bajamos del coro. Sorpresivamente abrimos la puerta principal de la
iglesia y todos salimos disparando con los fusiles.
Sin dudas que sorprendimos a los del gobierno. Corriendo
alcanzamos la calle del costado derecho de la iglesia, por donde se va a
Arenilla. Nos metimos en una zanja de desagüe que estaba a la orilla de la
calle y de inmediato instalamos la ametralladora.
Enseguida detectamos a gente del gobierno que venían por un
claro que estaba por detrás de la iglesia. Los encañonamos y les dijimos que
se rindieran. Ellos no podían imaginar que hubiéramos salido de la iglesia y
nos encontraramos emplazados allí. Nos gritaron: "¿Que pasa? ¡Somos de los
mismos!".
¿Quiénes son ustedes?", les dijimos. "Somos del ejército del
gobierno", respondieron ellos. "Pues nosotros somos del ejército revolucionario
de Figueres; o se entregan o mueren".
Luego de un breve titubeo, la mayoría se rindió, pero varios
retrocedieron y uno, con buen brazo, lanzó una granada. Estariamos a unos
treinta metros de distancia. La granada cayó junto a la ametralladora.
Instintivamente me agaché, la recogí y aunque no con tan buen brazo la devolví.
Explotó sin dañarlos mientras la Hotking abría fuego. Al fin se rindieron
todos. Serian unos treinta.
A esta altura del combate, ya estábamos escasos de balas. Al
abandonar la iglesia sólo teníamos un peine con cincuenta tiros para la
ametralladora. Pero los Mauseres que les incautamos empleaban el mismo calibre
de la Hotking. Nos hicimos de dos cajas grandes de balas.
Escoltados por dos hombres nuestros, mantuvimos a los
prisioneros sentados en el suelo en un solar que estaba detrás de donde nos
encontrábamos.
El enemigo, empecinado, hizo otro intento de bajar hasta la
iglesia, pero los ametrallamos desde nuestra posición por la esquina noreste
de la plaza.
Frank Marshall Jiménez (Li)
Ante la perspectiva de que la batalla se prolongara bastante,
tomé las previsiones del caso y envié un correo pidiendo refuerzos y parque.
A estas alturas dispuse dejar el mando de la iglesia y la escuela a Renato
Delcore mientras después de haber seleccionado un grupo de hombres me dispuse
a reforzar al coronel Rivas y tratar de encerrar al enemigo por la
retaguardia.
Ya para ese entonces el coronel Rivas había hecho contacto con
el general Ramírez que había llegado a reforzar el frente de El Tejar
precisamente por el flanco derecho. Otros refuerzos que recibimos, todos ellos
ya avanzada la tarde, fue el de Carlos Gamboa y compañeros.
Efectivamente, llevamos adelante nuestro plan y logramos
colocarnos bien a retaguardia del enemigo. Por cierto que en esa marcha
logramos detener una camioneta llena de heridos del Gobierno y algunos nuestros
que trataba de tomar una callecita de tierra que los conduciría a San José. Al
conocer que se trataba sólo de heridos, acompañados por otros hombres y que
entre ellos había varios nuestros, nos aseguramos que efectivamente partían
hacía la Capital.
Nos atrincheramos cerca del puente en unas casitas al este de
la carretera. Diagonal, al otro lado del río, a 70 metros, se encontraba un
galerón y al frente del mismo una plaza que estaba ocupada por camiones
cargados de vituallas.
Nuestra posición era excelente pues habiamos logrado situarnos
directamente en el punto de abastecimiento del enemigo. A una orden abrimos
fuego contra el galerón donde estaban los soldados gobiernistas y contra los
vehículos. La sorpresa del enemigo se demostraba por el hecho que salian sin
saber lo que pasaba. La confusión y el pánico se apoderaron de esos soldados.
Una vez pasado esos críticos momentos, presentaron una defensa sólida y al poco
tiempo mandaron un blindado para tratar de pasar nuestras líneas.
Se había dispuesto que una vez que el tanque se hubiera
acercado bien, lanzarse sobre el mismo y meter por alguna de las hendiduras de
sus costados una granada de mano. La hendidura era de 5 o 6 pulgadas de ancho,
lo que permitia meter fácilmente una granada. Nuestro fuego se dirigia contra
esas aberturas, único punto vulnerable. En cierta ocasión llegó tan cerca que
me prepare para lanzarle una granada. Tomé posición, le safe el seguro y en ese
momento comenzó a retirarse el tanque. Yo, para evitar que la palanca activara
la granada, la amarre con un pañuelo y se la di a alguien y luego anduve loco
buscándola para que no ocurriera un accidente. Lo lógico hubiera sido tirar la
granada.
Nuestra acción por la retaguardia trajo como consecuencia que
aflojaran la presión a la escuela y la iglesia.
(va) Alvaro Montero Vega
El fuego, a medida que avanzaba la tarde, fue debilitándose,
pero los figueristas, sin dudas, eran los que se estaban imponiendo. Decidí
analizar la situación y me reuní con un grupo de cincuenta y cinco hombres en
una casona que tenía muchos pinos, a media cuadra de la calle principal. La
gente no sabía que hacer. Algunos, por propia iniciativa, ya se habian ido del
lugar. Mi hermano menor, Eugenio, había caido prisionero con otros dos
compañeros. El coronel Mesa no aparecia por ningún lugar. Dijeron que se había
metido debajo de un fogón. Fonseca tampoco aparecia.
En la casona valoramos brevemente la situación y se hicieron
varias propuestas para ver si con un golpe de suerte o de arrojo nos podíamos
imponer al enemigo, o si ya no había nada más que hacer. Algunas de las
propuestas fueron verdaderamente raras. La más osada de todas fue la de un
hondureño a quien llamábamos El Chele. Dijo: "Aquí, en todas las casas deben
haber machetes; saquemos los machetes de las casas, quitémonos las camisas y
donde encontremos a un tipo con camisa, le volamos machete".
Le dijimos que eso era una locura y decidimos salir del lugar.
El plan era devolvernos entre los cafetales y subir a la montaña evitando la
carretera por donde sabiamos que andaban patrullas de Figueres.
(Li) Alfonso Saborío
En casa de aquella buena gente que me recogió estuve hasta que
apareció un jeep nuestro que andaba buscando a los perdidos y a los
heridos. Lo manejaba Isidro Mesén, a quien le deciamos Chilo. Me dejaron en el
hospital Max Peralta, pues había derramado mucha sangre. La bala me atravesó de
lado a lado, aunque no me tocó el hueso ni ninguna vena o nervio
importante.
Mi hermano, por su parte, andaba buscándome. Cuando nos
separamos en la casita, se encontró con gente de Frank Marshall y siguió con
ellos. Después regresó, pero ya yo no estaba. Como a las ocho de la noche fue
que nos vimos en el hospital.
(Li) Roberto Güell
Se notaba que el poder de fuego de las fuerzas gubernamentales
habia decaido mucho. Frank Marshall, Piquín Garro, Brus Masís y otros
compañeros los habían también atacado por los flancos y la retaguardia. Estaban
derrotados.
Al rato vimos un grupo nuestro, comandado por el Indio
Sánchez, que se acercaba luego de haber hostigado al enemigo por el sur de la
plaza. Nosotros ya estábamos haciendo una labor de limpieza, cogiendo presos,
acomodando los cadáveres y afirmando nuestras posiciones por si se producia un
nuevo ataque.
(va) Alvaro Montero Vega
Abandonamos el Tejar y subimos lo más que pudimos hasta un
lugar que aunque poco conocido, sabiamos que era el alto. Pasamos la noche
cruzando las montañas. Después atravesamos la carretera y enrumbamos hacia el
oeste en busca de salir cerca de Desamparados. Un campesino que vivia en el
alto de una montaña nos regaló algo de comer y nos dijo que tuviéramos cuidado
porque no lejos, más abajo, se oian tiros.
(Li) Roberto Güell
Llegó un hombre nuestro, de apellido Montero, muy buen
compañero pero también muy afectado por la guerra. Me dijo: "Roberto, sé que
tenés unos prisioneros. Dame campo que yo los mato". Le respondí que eso no
podia ser. El insistió. Andaba con una ametralladora de pecho. "Yo lo hago",
dijo con firmeza.
Le aseguré que a esos prisioneros nosotros los ibamos a
defender con nuestras vidas. Montero estaba tan afectado que montó su
ametralladora. Yo monté mi rifle y le dije: "Aqui nos morimos cualquiera de
los dos, pero la vida de esos prisioneros es sagrada".
Por dicha reaccionó y se fue. Supe después que venia de
efectuar una acción sin justificación, muy bochornosa.
En Quebradilla se habian hecho prisionero a un grupo de
nicaragüenses y costarricenses. Estaban en un ranchito. Montero llegó y
preguntó por los ticos, para separarlos, pero estos, con una actitud muy
valiente y digna, dijeron: "Aqui somos todos combatientes del gobierno".
El montó su ametralladora y los eliminó a todos.
José Figueres Ferrer (Li)
En Quebradillas, uno de nuestros combatientes, Jorge Montero,
comandando un reducido grupo, sorprendió a un destacamento del enemigo en fuga.
Según los informes que he recibido, Jorge Montero constató que casi todos eran
nicaragüenses. A los que resultaron nicaragüenses, Montero los ejecutó en el
sitio, por considerarlos invasores a nuestro suelo. Condeno por igual la
matanza de nuestros muchachos en San Isidro de El Tejar y la de estos nicas,
como una mancha a la gloriosa jornada de El Tejar.
Arnoldo Ferreto (Va)
Los nicaragüenses que por orden de Jorge Montero fueron
asesinados junto a costarricenses en una casa de peones de la finca de don
Juanito Montealegre, en Quebradillas, no eran somocistas, ni menos miembros de
la Guardia Nacional, sino obreros bananeros de nacionalidad nica.
Cuando Jorge Montero llegó al lugar, ordenó salir a los
nicaragüenses para matarlos y nuestro compañero Raúl Molina, conocido por
Molinón, salió a la puerta y dijo: "Aqui no hay ticos o nicas, aquí todos
somos camaradas y nadie saldrá".
Las ráfagas de las ametralladoras lo silenciaron para siempre.
Con él fueron ultimados dieciocho compañeros, ticos y nicas.
(va) Iván Pérez
Cuando ibamos huyendo rumbo a Desamparados, unos compañeros
fueron a pedir agua a una ranchito por Quebradillas. Los del rancho dijeron que
les iban a dar también de comer y diecisiete o dieciocho se quedaron allí.
Seguramente querían coger un aire y después seguir. Entre ellos, en realidad,
yo no recuerdo nicaragüenses, aunque es posible que hubiera algunos.
Otro compañero y yo decidimos seguir adelante y, antes de
partir, les indicamos cómo alcanzar Desamparados. Parece que los entretuvieron
en esa casa y después llegaron fuerzas de Figueres que masacraron a los
diecisiete. Allí mataron a Noé Carvajal y Mario Sáenz, dos muchachos militantes
de la Juventud de Vanguardia Popular. A todos los enterraron en una fosa
común.
(Li) Fernando (Chino) Herrera
Por suerte, al fin todo acabó. Recuerdo que como a las cinco y
media Frank Marshall, me dijo: "Vamos, Fernando".
Ya nos íbamos a retirar de aquel pueblo ensangrentado cuando
nos topamos en la Agencia Rural de Créditos con unos carajos del gobierno
volándole bala a las cerraduras de una enorme caja fuerte. A su lado tenían un
camión cargado de juguetes, bicicletas, máquinas de coser.
Con Frank Marshall andaba Monterito, un compañero del grupo de
Tuta Cortés a quien le habian matado un sobrino. Estaba hecho un demonio. Decia
que no había que perdonarle la vida a nadie. Desde una cerca en que nos
situamos, agarró a los del camión con su ametralladora y no dejó uno en
pie.
Teodoro Picado (Presidente)
Los males de una guerra civil son incalculables. Los instintos
primarios de muchos hombres, inofensivos en el ritmo normal de la vida, se
desatan en forma incontrolable, y en países donde no existen ejércitos
organizados, bien pronto se llega a la anarquía. El hombre pierde todo
escrúpulo en derramar la sangre de sus semejantes. Se familiariza con los
espectáculos crueles de la guerra. Los valores se subvierten: la violencia se
impone y se admira.
Las luchas fatricidas suelen ser más sangrientas que las
internacionales, y dejan divisiones profundas entre gentes que, terminado el
conflicto, deben convivir por fuerza de las circunstanciás (De "El Pacto de
la embajada de México", de Teodoro Picado).
Frank Marshall Jiménez (Li)
El enemigo había desaparecido como por encanto y sólo veíamos
las figuras grotescas de los muertos en las posiciones más absurdas, algunos
empuñando el arma en posición de tiro y escuchábamos los heridos con sus
lamentos.
Después de haber tomado algún alimento se le pidió al Batallón
El Empalme voluntarios para una operación de reconocimiento del campo de
batalla. Se les explicó que se trataba de localizar compañeros que posiblemente
habían caido heridos y requerían nuestro auxilio de inmediato.
Bajo mi mando abordamos un jeep seguido de una
camioneta con algunos hombres y espacio suficiente para transportar a los
heridos y perdidos. La noche era intensamente obscura, lo que aumentaba el
problema de hacernos reconocer. Ello nos obligó, no solo a prender las luces
grandes de los vehículos, sino que a gritos pedir que nos contestaran, pues de
otra manera era buscar un alfiler en un pajar.
Triunfantes regresamos a Cartago después de once horas de
lucha, seguros de haber obtenido una victoria decisiva contra el grupo militar
gobiernista más agresivo de toda la revolución. Se portaron esos hombres como
hombres de verdad.
(va) Alvaro Montero Vega
A la mañana siguiente enviamos un pequeño grupo de
exploración a subir un cerro y pasar al otro lado para ver lo que encontraban.
Regresaron sofocados, diciendo que habían visto un grupo de gente de Figueres
con banderas de Costa Rica. "Si salimos por ahi nos acribillan",
aseveraron.
Yo me dije: "Qué raro". Me pareció extraño lo de las banderas.
Decidimos acercarnos un poco más. Una avanzadilla salió y logró detectar que
eran gente nuestra. Era Adolfo Braña, un compañero español que había estado en
la guerra civil contra Franco y aqui era líder obrero y concejal del Partido en
la municipalidad de San José.
Eran como cincuenta. Ya atardecía cuando nos juntamos. Brañas
había salido a rescatar a sus dos hijos. Los dos andaban conmigo en la
Juventud, aunque se me habían perdido. Después nos enteramos que habían caido
prisioneros. Me dijo con su bien marcado acento español: "Chico, yo voy para
Tejar con esta gente a combatir". Le digo: "No, Brañas, usted no puede hacer
eso". "¡Cómo que no puedo! ¡Yo tengo, coño, orden del Buró Político y voy para
allá!" Le razone: "Brañas, yo soy también del Buró Político y me atrevo a darle
la orden de devolverse. Usted va a caer en una trampa. Nosotros venimos de
El Tejar. Lo van a acribillar con toda su gente".
Se queda callado unos instantes y me dice: "Bueno, si asumes
la responsabilidad, yo me devuelvo". "Yo la asumo, Brañas", le afirmé. "Hágame
caso". Yo para él era un muchacho, pero siempre respetó mucho a la dirección
del Partido.
Estábamos en un lugar que se llama los Altos de Santa Rosa de
Desamparados y en dos camiones que tenía Brañas bajamos. De noche llegamos a
San José.
(Li) Roberto Güell
Yo me quedé de comandante en El Tejar. A la mañana siguiente
comenzaron a llegar los vecinos del poblado, los cuales de inmediato nos
prestaron toda su cooperación.
Los cadáveres, dispersos por todos lugares, eran muchos. Podía
desatarse una epidemia y hubo que tomar medidas de emergencia. Lo mejor era
incinerarlos.
De inmediato se comenzó a cavar una zanja en un jardín que
estaba junto a la casa de Cuco Arrieta. Un oficial fue encargado de contar los
cadáveres, que sumaron 235; de ellos, alrededor de 40 pertenecieron a nuestra
fuerza.
Alguien afirmó que si no se les rajaba la planta de los pies
no iban a arder bien. Aquello no tendría mucho asidero científico, pero en las
circunstancias en que nos encontrábamos lo que queríamos era que todo saliera
bien. Con una cuchilla los soldados realizaron esa tarea.
Todo fue muy desagradable. Se regaron con gasolina los cuerpos
amontonados en la zanja y se les dio fuego. El olor era insoportable. Pero lo
más impresionante fue otra cosa. Los cadáveres, al quemarse, liberan gases que
le provocan movimientos mecánicos. Algunos de aquellos cuerpos tomaron la
postura de sentados; otros, levantaban un brazo, una pierna.
Varios de nuestros valientes soldados no pudieron soportar ese
grotesco espectáculo y se fueron del poblado. Cuando los cuerpos terminaron de
arder, se cubrió la zanja con tierra y allí quedaron sepultados.
Sin mayores incidentes estuve en El Tejar hasta que entramos a
San José el 24 de abril. De vez en cuando se salía por los alrededores en busca
de enemigos, donde encontramos otros seis cadáveres que enterramos. Se hablaba
de que una columna al mando de Carlos Luis Fallas, saliendo de Tres Ríos,
vendría a atacarnos. El día 19 se presentó un corresponsal norteamericano.
Dormiamos en la escuela y los vecinos hasta la ropa nos lavaban.
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