Discurso en Radio América Latina
José Figueres Ferrer
El ocho de julio de 1942, apareció en los periódicos un
anuncio:
"Al Supremo Gobierno. A Las colonias de las naciones
aliadas, a los ciudadanos costarricenses. Invitamos a escuchar el mensaje que
hoy a las 7 de la noche, desde la Estación América Latina, dirigirá DON JOSE
FIGUERES, desenmascarando la verdadera organización nacional de sabotaje que
mina a la República y desvirtúa su acción internacional. San José, 8 de julio
de 1942. (f). Francisco J. Orlich. Alberto Martén".
El discurso de don José Figueres, fue el siguiente:
Honorables colonias americana e inglesa,
costarricenses:
Bendigamos el sistema de Gobierno que permite a un ciudadano
pensar dignamente y expresar su opinión sobre el manejo de las cosas de
todos.
Esto es en gran parte conquista de los pueblos de habla
inglesa y francesa y es rica herencia del pueblo costarricense. Hoy este pueblo
participa en una guerra mundial donde se libran a un tiempo diversas disputas
de los hombres; donde va a definirse, empero, una cuestión fundamental; si
pueden permanecer sobre la tierra o si van a perecer, la forma de vida y la
forma de gobierno que reconocen como lo más sagrado el respeto a la dignidad
humana.
Costa Rica milita en el grupo de naciones optimistas en esta
gran prueba. Y aquí un costarricense ocupando libremente la tribuna para decir
cosas que pueden disgustar a personas y a grupos capaces físicamente de
impedir este acto o de tomar represalias, si no mediaran esas grandes
conquistas de los hombres, porque hoy se está luchando.
Me siento orgulloso de ser hombre y de ser costarricense.
Respiro la atmósfera de las cámaras de Inglaterra, donde ahora mismo, en
gravísimos momentos, se pronuncian censuras a Churchill, con independencia
y dignidad.
Yo vengo a hablar sobre la situación del momento. Sin embargo,
sin idea original, porque cuanto hay que decir se comenta sin cesar en las
conversaciones del pueblo, y algunas cosas ya se han publicado. Hay un
malestar general, reprimido por diversas consideraciones, contra el Gobierno de
la República. El señor Presidente se ha quejado muchas veces por la prensa de
que se murmura por todas partes, se llega tal vez hasta la calumnia y nunca se
concretan cargos serenamente. Por otra parte el público lamenta que nadie tenga
la suficiente confianza en el gobierno para expresar libremente el sentir
general, sin temor a represalias y a sinsabores. Creo que yo tengo esa
confianza. Yo estoy seguro de que no siento temores. Lo que se dice es esto: La
administración pública es deficiente. Que los métodos o los hombres del
gobierno, son incompetentes para dirigir al país en tiempos de paz y
absolutamente incapaces de conducir la guerra.
Veamos lo que el público dice sobre nuestra actuación en la
guerra.
La declaramos a su tiempo, en cumplimiento
con el sentir nacional, que era, en nuestra gran mayoría, pro aliado y que
desea continuar nuestra vida de instituciones y de derechos. Pero hemos
manejado la guerra ineptamente. Tal vez hasta hecho el ridículo ante nuestros
enemigos, como ante nuestros aliados. Empezamos por no tener ningún criterio
definido en cuanto a las colonias locales de países enemigos. Este es un
problema que no es nuevo en el mundo y los hombres de gobierno debieran haber
sabido cómo manejarlo. No dimos jamás garantías a nuestros aliados contra los
peligros verdaderos de agrupaciones enemigas tan cerca del Canal de Panamá. Las
únicas medidas que se han tomado han sido a instancias directas de la Legación
Americana. Y es bien sabido que bajo la política del buen vecino, las
legaciones desean intervenir lo menos posible en acciones internas de otros
países, a pesar de que somos sus aliados. Y en Costa Rica tenían que
intervenir, por la incapacidad de las autoridades locales. Tenemos a nuestros
aliados en un estado de inseguridad, como el que se siente en los cuarteles
cuando se habla de que hay traidores adentro. Hemos estado lejos de dar toda
nuestra entera colaboración.
Con nuestras escasas fuerzas, podríamos al menos haber
recorrido nuestras costas palmo a palmo, para sentirnos seguros de que no hay
depósitos de aprovisionamiento de submarinos, protegidos de los aviones por las
espesas selvas tropicales. Cada uno debe ayudar con lo que tenga.
El Gobierno no procedió a tiempo. Se podrían al menos, haber
emplazado algunos pequeños cañones, como dicen que se está haciendo ahora, que
ya es tarde. Así pasamos por esta vergüenza de que se metiera un submarino
enemigo hasta nuestro mismo puerto de Limón y clavara la puñalada a nuestro
huésped en nuestra propia sala. Nosotros somos los responsables, por
imprevisión, por desconocimiento de nuestras incumbencias. No podemos esperar
que los Estados Unidos organicen, por sí solos, en unos pocos meses, la defensa
de todos los puertos y de todas las costas del Continente. Si cada pequeña
nación no hace lo que puede, tanto les da tenernos como aliados, como de
enemigos. La peor forma de sabotaje es un aliado incapaz.
En protesta contra el hundimiento del San Pablo, que la
multitud no puede enfocar ni juzgar cuerdamente, se organizó en San José un
desfile la tarde del 4 de julio. Hubo al principio una hermosa manifestación de
duelo por los muertos del barco. Luego la gente rompió los vidrios de algunos
establecimientos de casas enemigas y la manifestación se dirigió a la Casa
Presidencial. Y luego, paso por la pena de decirlo, el señor Presidente cometió
los errores que luego ha lamentado tanto en los periódicos y en sus actuaciones
posteriores. Cayó en la trampa de un discurso político de un jefe de partido,
don Manuel Mora; olvidó las lecciones elementales de sicología colectivas o de
sicología de las multitudes; hizo derroche, aunque fuera momentáneamente, de
una absoluta falta de prevención práctica de las cosas. Pronunció un discurso
de buena fe, que enardeció al pueblo inconsciente y desató la tempestad que no
pudo luego contener y la ciudad fue saqueada y la gente destruyó más riqueza
pública, porque pública es en esa circunstancia toda riqueza, especialmente la
de las colonias enemigas, destruyó riquezas, digo, la gente en dos horas, que
la mercadería que perdimos en el San Pablo. En cambio, en los Estados Unidos,
se trabajó el cuatro de julio, produciendo riqueza que todos necesitamos. Y
ahora todos se lavan las manos. Ni el Partido Comunista tiene la culpa, ni el
gobierno tiene la culpa. Yo creo que los dos son culpables, pero más el
gobierno, porque es el responsable del orden público que no supo mantener. La
peor forma de sabotaje es nuestra propia incompetencia.
Y ya nos apartamos del renglón de la guerra, para entrar en
asuntos internos.
Los rumores que preocupan al señor presidente,
han llegado a su máximo en estos días. Se dice que el Gobierno está entregado
al Partido Comunista. Y se dice que el Gobierno se ha visto obligado a echarse
en brazos de ese partido, porque las clases dirigentes y los demás grupos, lo
han abandonado en su lucha política contra el partido o los partidos que no son
de su agrado. Tal vez sea cierto ese abandono político. Pero el Gobierno no
tiene por qué estar haciendo política en vez de limitarse a gobernar,
especialmente en los tiempos de guerra. Si el gobierno está en manos del
Partido Comunista por razones políticas y si el Partido Comunista tiene que
satisfacer, por razones políticas, a las chusmas de pillos inconscientes,
llegamos a la triste conclusión de que esta administración ha entregado el país
a esa muchedumbre que saqueó la capital en la noche del 4 de julio.
Veamos las finanzas: todos sabemos que el Gobierno está
atrasando pagos. Y nos dicen que es por la guerra. Creen que somos ingenuos. La
verdad es que en los dos años de esta administración, las entradas fiscales han
sido las más altas de nuestra historia hacendaria. Cuarenta y tres y cuarenta y
cuatro millones por año. Digan estas cifras costarricenses y sepan que en años
relativamente recientes las entradas de la república han bajado hasta
diecisiete millones en un año. Y a este gobierno le han entrado cuarenta y tres
y cuarenta y cuatro millones, ¿y cómo empezó la administración? Con siete
millones disponibles entre varias cuentas. ¿Y cómo está hoy? Sobregirado entre
dos y cuatro millones de colones. ¿Y el saldo en descubierto en la calle? ¡Seis
millones de colones!
Paremos. Para describir el desastre hacendario en que nos hemos metido, hay
que hablar de millones como de cincos de achiote.
Paremos las cifras por la siguiente razón: es cierto que si
este gobierno termina su periodo, le habrá costado al país tal vez cien millones
de colones, botados fuera de presupuesto. Pero el daño que habrá sido más
grave y que no se puede expresar en guarismos, es el daño moral de corromper al
pueblo con manejos irresponsables de los fondos públicos. La función del
Gobierno es educar. Otro ejemplo: la langosta, (una especie de chapulín), con
dispensa de trámites se hacen pasar por el congreso los proyectos de mayor
trascendencia, inmediata o futura, Viene la plaga de langosta que barre los
cultivos como un huracán. Y hay calma. La langosta llegó a San Ignacio: un
proyecto de ley destinando cincuenta mil colones a combatirla. La langosta está
en Jorco: primer debate del proyecto. La langosta se comió los frijolares de
San Gabriel: segundo debate del proyecto. La langosta dejó sin sombra de guineo
los cafetales de Rosario: tercer debate. La langosta en los Bajos de
Bustamante: el Gobierno no sabe qué hacer con los cincuenta mil colones. ¡En
Corralillo! El Gobierno no tiene los cincuenta mil colones. Sigan con tarros,
espantándola, los dueños de milpas de Colpachí. ¡La langosta se murió de frío en
los cerros de El Tablazo! El Gobierno tiene la satisfacción de informar que el
peligro ha desaparecido. Lo que han desaparecido son los maizales. Y lo que
debiera desaparecer es el Gobierno.
Esto semeja los cuentos de los humoristas
franceses, sobre la inconsciencia de los políticos de París. Esto recuerda las
risas de azúcar de la Francia de ayer. Esto presagia las lágrimas de acibar de
la Francia de hoy.
Yo no estoy especulando sobre la teoría de la Relatividad. El
caso es que mis peones no tienen maíz, pero disfrutamos de un decreto que fija
el precio a un colón el cuartillo. Pónganlo a diez céntimos si la cuestión es
de decretos y lo tendremos más barato. Lo que ignora el gobierno, es que ¡con
decretos no se hacen tortillas!
O mis peones no tienen zapatos, ni sábanas limpias, ni leche
para sus niños, pero el Seguro Social les garantiza una vejez sin privaciones.
Señores del Gobierno: ¡acabemos la comedia, asegúrenles a los costarricenses un
buen entierro y déjenlos morir de hambre!
En los comienzos del cine parlante, el aparato consistía en un
proyector mudo, corriente, más un fonógrafo de discos. Era muy difícil hacer
coincidir el sonido con las imágenes de la pantalla. A menudo se quedaba uno
atrás del otro. Y a veces el operador se equivocaba y sonaba un disco de versos
provenzales mientras se proyectaba un match de boxeo. Hoy en Costa Rica, quien
la realidad de las cosas ve, y escucha simultáneamente a los personeros del
Gobierno, recibe la misma sensación de desconcierto. Siempre están tocando el
disco que no es. ¡Ahora anda la policía con carabinas para evitar el saqueo del
sábado pasado...!
Pero señores, el momento no es de risas ni yo soy hombre de
lágrimas. Yo no vengo aquí a llorar calamidades ni a mortificar por placer
sadista a los hombres del Gobierno, ni a censurar actuaciones ineptas que no
tengan, a mis ojos, remedio...
En ese momento la policía interrumpió el discurso. Figueres
alcanzó a decir:
...Me mandan a callar con la policía. No podré decir lo
que creo que debe hacerse, pero resumo en pocas palabras: ¡Lo que el Gobierno
debe hacer es irse!
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