
De la clandestinidad a la acción
Por Oscar Padilla Sellen
Testimonios del 48
Periódico Excelsior del 24-02-1978
Oscar Padilla Sellen fue uno de los tantos hermanos que
cogieron el rifle y se unieron al Ejército de Liberación Nacional.
En los apuntes de un soldado del Ejército de Liberación, se
conocerán episodios portentosos de la gesta Libertadora. El autor de estos
apuntes estaba trabajando para la campaña de propaganda clandestina en pro del
gobierno libertador. Esa era mi contribución a la causa redentora. Me asfixiaba
el ambiente de la capital, era invivible. Formaba parte de un grupo que
contábamos con un polígrafo para la tarea que realizábamos. Pero francamente mi
ánimo no estaba para tirar esténciles, urgía de un participación más activa y
más directa en la revolución.
ADIOS POLIGRAFO
Un buen día abandoné en polígrafo y junto con otro amigo
determinamos partir para el frente. Emprendimos la marcha desde Puriscal y
luego de una dura jornada de 10 horas, llegamos a una finca de don Jorge
Zeledón, que luego se le bautizó con el sugestivo nombre de TOBOGAN ya que se
convirtió en un punto desde el cual se saltaba para llegar al territorio en
poder del Ejercito de Liberación.
En la citada finca había un gran número de oposicionistas
ansiosos de salir para el frente. Pero había una necesidad urgente que
cubrir previamente. Hacer un reconocimiento del terreno y trazar una ruta que
llevara hacia donde se libraban las batallas iniciales por la liberación de la
patria.
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Muestra de los certificados que el Gobierno de la República
entregó personalmente a un grupo grande de auténticos excombatientes el
15 de enero de 1958. Firman: José Figueres Ferrer - Presidente Constitucional
de la República y Comandante en Jefe del Ejercito de Liberación Nacional y
Domingo Garcia Villalobos - Ministro de Seguridad Pública. |
ANDAR Y ANDAR
Mi compañero y yo, asumimos semejante labor. Reanudamos la
caminata y transcurridas 10 horas llegamos a un lugar vecino, a Santa Elena,
haciendo contacto con las fuerzas de Figueres. Aquí nos encontramos con un
General, quien nos comunicó que nuestra mejor ayuda a la Revolución en aquellos
momentos no era ir a la línea de fuego, sino devolvernos a organizar en San
José la partida de reclutas y cumplir dos comisiones más que nos encomendó.
Aceptamos sin vacilar lo que nos solicitaba y dándonos cabal cuenta de la
importante misión que debíamos cumplir, después de cuatro horas, sin haber
comido ni dormido regresamos a TOBOGAN, exactamente 24 horas después de haber
salido, tras una jornada de 20 horas seguidas de caminar en un mismo día. No
quiero hacer hincapié en este esfuerzo, pero se puede comprender lo que esto
significó para dos personas no habituadas a semejante caminata.
Más tomábamos aliento cuando pensábamos en los otros
costarricenses que se batían en el frente, y a los cuales era necesario ayudar
y apoyar en las formas que fuera menester. Sabíamos también la trascendencia
de las misiones que se nos había confiado. Y por cumplirlas, devoramos el
kilometraje disimulando el cansancio y las fatigas. Dejamos abierta esa ruta
en el cerrazón hostil de la montaña, y que de este lado consignado sin intentar
obtener una vanagloria para mí o mi compañero; por ahí pasaron más de 300
voluntarios en los días siguientes. Todos cumplimos los deberes que la guerra
nos fue imponiendo, sin la jactancia ni vanidad, solamente guiados por un amor
inmenso a Costa Rica y un culto favoroso a la libertad.
AL FRENTE
Realizadas las misiones que se confiaron, y habiendo podido
enviar al frente un buen número de costarricenses que deseaban unirse a las
huestes abnegadas del Ejercito de Liberación, decidimos nosotros también partir
para el frente. Además en la capital corríamos peligro, no existía seguridad
alguna y nuestro más caluruso deseo era cuanto antes estar en el frente de
batalla. Me propuse partir de aquí a Santa María de Dota, sede del Cuartel
General del Ejército de Liberación Nacional. En el grupo con que partía iba
Eliette Zamora, ya se sabe como ingresó en el mismo, haciendo el contacto por
ella misma.
Cuando llegamos al famoso "TOBOGAN", me di cuenta exacta de
que nuestra heroina marcharía mejor que el más pintado de los andarines y
aprecié justamente del valor insospechado que albergaba en su espíritu esta
aguerrida y magnífica compañera.
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Listos para la toma de Cartago, 9 de abril de 1948. Oscar Padilla es el penúltimo hincado de izquierda a derecha. |
GRAVE PELIGRO
Iniciamos nuestra marcha hacia el frente exactamente ocho días
después de haber comenzado la revolución. Llegamos a Tarbaca, luego de 10 horas
de caminar, eran las dos y media de la madrugada del viernes 2 de abril cuando
por orden de los que comandaban el grupo de 112 hombres y una mujer hacía alto
en nuestra marcha. Estábamos a 200 varas de un destacamento de mariachis y no
podíamos seguir. Y vino la primera cosa increible de nuestra jornada. Todo el
grupo de voluntarios y nuestra heroina dormimos en un cafetal (en una zanja),
y pasamos todo un día sin siquiera hablar en voz alta. Estábamos en inmenso
peligro de ser atrapados por los mariachis que estaban a pocas varas nuestras
Cada uno se disciplinó de tal manera que parecía que en aquel cafetal no había
una sola persona. Los vigilantes que habíamos nombrado llegaron en la tarde a
avisar que corríamos peligro inminente, pues a unas 100 varas estaba la
carretera a Acosta y las fuerzas enemigas estaban situando retenes en todo el
trayecto que rodeaba nuestro alojamiento. Hubo ansiedad. Hubo expectación. Se
llamó a todos los que tuvieran algún arma, para que estuvieran listos. Se dio
orden terminate de no hablar una sola palabra. Dios nos acompañaba y llegamos
a la noche sin que se conociera de nuestra presencia por parte de los
mariachis. Ese día comimos una sopa que gracias a una familia vecina y al
compañero Marcial Aguiluz se pudo conseguir. Salimos de allí a las seis de la
tarde, y comenzaron las jornadas donde se subían veredas con las manos, con los
pies, con el estómago y con la nariz. Alguien quiso flaquear, pero vio una
mujer adelante que iba gateando pero no desmayaba. Y así llegamos a Rosario, y
pasamos por donde hacía pocas horas habían retenes de maricahis, por media
carretera y frente a todas las casas vacías. Como a las once de la noche
sucedió algo extraordinario. Entre los primeros del grupo de la fila de indio
alguien se confundió y dio una falsa alarma. Por estar en un lugar de
maricachis y por estar todos en un estado de tensión nerviosa especial, todo
el mundo fue invadido por el pánico. Estabamos indefensos y nuestra única
defensa era escondernos. Todos corrimos hacia la izquierda, nadie se acordó
de que existían cercas y hubo quienes se hirieron en los alambres.
SUSTAZO
Cuando todos estuvimos tirados en el zacate, se oyó un tiro,
lo que sentí yo, lo supe después lo sintieron todos. Me imagine que nos habían
copado los mariachis y que se había terminado nuestra jornada. Mas no. Dios
seguía con nosotros y el tiro que se le había salido a uno de los asustados, no
había sido oído, por los destacamentos oficiales. Emprendimos de nuevo la
marcha y en medio de mojadas en los ríos y sintiendo los primeros efectos de
un día sin comer ni dormir llegamos a un punto cerca de San Andrés a las siete
y media de la mañana del sábado 3 de abril. Una jornada de más de 13 horas.
Pasamos la mañana escondidos en una montaña. Almorzamos con tortillas y
frijoles que unos costarricneses nos obsequiaron. Comenzamos nuestra próxima
jornada en la tarde. A las dos salimos. Teníamos que bajar al frente de un
destacamento en San Adrés. No se sabía si nos verían los mariachis. Se dio
orden de armar a todo el grupo... con cañas para que a lo largo parecieran
máuseres. Todo ello por si acaso... a las siete estábamos en territorio de la
revolución.
No hay palabras con que expresar la emoción de ver, por
primera vez a nuestros primeros hombres armados. Esa noche nadie durmio a
pesar de que había tiempo.
Había llovido. El suelo estaba empapado. Hacía un frio
espantoso. Y así había que descansar... Quien iba a dormir. Ni el hambre ni
el cansancio, ni el sueño nos pudieron hacer dormir en aquel suelo húmedo y
con aquel frio. El domingo y después de dos horas más de caminar llegamos a
San Marcos, hasta aquí la jornada había sido de más o menos 45 horas.
LA MARCHA DE CARTAGO
Después de haber llegado a San Marcos, pueblo ocupado por
fuerzas revolucionarias, nos sentíamos en Costa Rica, en nuestra patria; allí
se respiraba libertad. Allí se vivía como teníamos derecho a vivir. Ya en
Santa María vimos a nuestro jefe. Su complacencia por nuestra llegada la
manisfestó y nos saludó a todos personalmente. Ese mismo día se comenzó la
organización en batallones. Al día siguiente comenzaron los entrenamientos y
las prácticas de tiro. Fueron entrenamientos fuertes y que nos entusiasmaban.
El jueves 8 de abril despedimos en Santa María a un grupo de 65 compañeros
nuestros que partían en misión delicada y trascendental. Nadie sabía cual era.
Se cantó el Himno Nacional. Y se lanzaron vivas a la patria, a la revolución, a
Pepe Figueres y a Otilio Ulate.
Después que hubieron partido supimos que aquel puñado de
valientes habían tomado Puerto Limón. Y comenzaron los preparativos para
algo trascendental. Comenzaron "las bolas". Y el ejército en casi su totalidad
emprendió una marcha. Por caminos llegamos a un lugar de San Marcos llamado
La Roca. Aquí pasamos el día. Aviones enemigos
estuvieron volando y parecía que nos habían localizado. CARTAGO... Esa era
nuestra finalidad. Ese era nuestro objetivo. Todo el ejército ardió de
entusiasmo. Nadie pensó en lo que podía venir si ello era penoso. Todos
pensábamos en el Salón París, en cigarrillos Chester, en un traguito de ron,
en las muchachas de Cartago, etc., etc. Mañana nos vemos en Cartago, así eran
las manifestaciones de todos los soldados. Todos estábamos optimistas. Todos
hablábamos con seguridad tal, que más bien parecía que ibamos de paseo. Se
llamó a formación y los batallones pronto estuvieron listos.
El "Carlos Luis Valverde", "León Cortés", "Santamaría", "El
Empalme", "La Guardia de Honor", "El Estado Mayor", la artillería. Una hora y
comenzamos la marcha hacia la liberación de Cartago. Eran las seis de la tarde
del 10 de abril de 1948 y comenzó la última, pero la más emocionate y la más
penosa jornada de la revolución. Era una noche oscura y había un neblina que
la Virgen de los Angeles nos mandaba para protegernos, cuando el Ejército de
Liberación de Costa Rica, iniciaba la batalla más histórica de toda la epopeya,
la batalla sin disparar un tiro, la marcha hacia la heroica y mártir ciudad de
Cartago...
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Escudo de los Excombatientes del Ejército de Liberación Nacional del 48 y el 55. |
Aquí concluye esta parte del testimonio de don Oscar
Padilla. La continuación es la narración que el escribió sobre la
Marcha Fantasma
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