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Poemario


  La Marcha de los Seiscientos   Los Hombres de la Trinchera
  Adios   Savia de Llano Grande
  Dolor por los Campesinos Asesinados   Sí, yo he matado



  La Marcha de los Seiscientos

  Autor: Alberto Martén Chavarría


 Rotos, barbados
 del áspero gangoche uniformados
 que en todos los frentes
 de sangre y de gloria
 cubrió la victoria.

 Muchachos decentes,
 no fieros soldados,
 al pueblo hermanados,
 supieron triunfar,
 luchar y morir, 
 llorar y reír,
 sufrir y esperar.

 Sin odio ninguno, 
 así noblemente,
 por necesidad,
 cual seres humanos,
 nuestros combatientes
 mataron serpientes 
 y enanos.

 Antes que el acero que blandían sus manos,
 blandían la antorcha de la libertad.

 Una tarde fría,
 de Santa María,
 sigilosamente levantaron tiendas.

 La nocha profunda,
 de sombras, 
 la aurora jocunda, 
 de nieblas,
 dos veces cubrieron su marcha fantasma.

 La historia no nombra
 como esta otra hazaña.
 Y al rayar temprana la segunda aurora,
 seiscientos soldados,
 hombres, extenuados,
 tomaron de un golpe Cartago.

 Al decir Figueres el mago:
 ¡Ya es hora!
 Como ayer de Homero,
 hoy de esta epopeya,
 pretende ser cuna,
 más de una ciudad.

 Yo quiero, 
 mostrándole al mundo esta villa,
 decir: aquí está, 
 mirad –maravilla–
 la cuna es sencilla...

 Y es bella
 Y si alguno este
 juicio querella,
 no retiro ni un verso,
 no se me da nada,
 Yo como Quevedo,
 manejo la pluma 
 y la espada.



  Los Hombres de la Trinchera

  Autor: Alberto Cañas
  Nueva York, Julio de 1948


                           I

 Para hablar, compatriotas, de estos compatriotas,
 se necesita amar mucho nuestra tierra;
 hay que saberlo duro que es amarla;
 se necesita haber llorado por ella;
 se necesita haber contado una por una
 todas las lágrimas que cuesta.
 El que no haya sentido, el que no haya sufrido
 en el cuerpo, en el alma, en cada arteria;
 el que no haya orgulloso derramado mil lágrimas;
 el que no haya querido darle un beso a la tierra,
 un beso permanente, final, definitivo
 con la sangre manando por heridas abiertas;
 el que no haya sabido sufrir y conmoverse
 por cada hombre humillado y cada mujer muerta,
 por la tierra arrasada y la Patria arrasada
 y la sangre arrasada y el viento y el aire arrasados
 y no se haya mordido los puños con fuerza;
 al que no haya llorado alguna vez de rabia;
 el que no haya llorado de impotencia;
 el que no haya sabido lo que es el horrible ímpetu
 de tomar en las manos un arma;
 el que no haya querido matar a un ser humano
 creyendo hacer con ello una obra buena;
 el que no haya sentido en fin la horrible angustia
 de la Patria y la tierra;
 el que no haya llorado alguna vez como hombre,
 que no hable de los treinta hombres de la trinchera.

                          II

 ¡San Isidro en peligro! ¡San Isidro en peligro!
 Perdido San Isidro, todo estará perdido.
 Los hombres se contaron y eran tan sólo treinta.
 Qué pueden treinta hombres hacer contra trescientos...
 En la plaza del pueblo, rodeada por la iglesia
 y la Escuela (así ocurre casi en todos los pueblos)
 alguien hace unos días excavó una trinchera,
 a orillas de la plaza, pasando por el frente
 de la Iglesia y la Escuela.
 La plaza no fue hecha para peleas y muerte.
 En otros días mejores, se jugaba en ella;
 a veces pacían las vacas
 o discutían las viejas;
 y en las tardes jugaban, a veces,
 los niños de la Escuela;
 los domingos, después de la misa,
 los vecinos juntábanse en ella,
 presenciaban un juego de futbol,
 y tomaban granizados o kolas a pico de botella.
 No hay que haber conocido San Isidro
 para saber todo esto.
 Los pueblos son iguales y benditos,
 por todas las plazas se pierden las gallinas
 y en todas llegan a pacer las bestias.

 Pero esta plaza tiene algo que las otras no tienen:
 Esta tiene trinchera.

 Ahí está la trinchera. ¡San Isidro en peligro!
 Los hombres se han contado y son tan sólo treinta.
 Qué pueden treinta hombres hacer contra trescientos..
 ¿Qué pueden treinta hombres hacer contra trescientos?
 ¡Resistencia!

 Para hacer resistencia, está allí la trinchera.
 ¡San Isidro en peligro!
 ¡Mientras estos treinta hombres estén en la trinchera
 no caerá San Isidro!
 Mientras estos treinta hombres opongan resistencia
 no estará todo perdido.
 Puede ser resistencia silenciosa.
 No caerá San Isidro.
 Resistencia con pocos disparos.
 No estará todo perdido.
 Resistencia de sólo estar allí,
 de estar allí metidos.
 En la trinchera no hay nada que comer
 ¡pero no caerá San Isidro!
 En la trinchera no hay nada que beber
 ¡pero no se perderá San Isidro!
 El sol agota, quema y brilla en la trinchera;
 no se sabe cuánto tiempo habrá que estar en la trinchera;
 no se sabe si habrá que morir en la trinchera
 no hay una gota de agua en la trinchera;
 hay barro, polvo y suciedad en la trinchera;
 hay pocas, malas armas en la trinchera;
 pero saben que en tanto uno solo de los treinta resista en la trinchera,
 trinchera,
 ¡no caerá San Isidro!

                           III

 El sol y la angustia, el calor y las balas
 son los otros habitantes de la trinchera.
 Las horas se desgranan lentamente
 y caen desde la torre de la Iglesia.
 El cielo reverbera con la temperatura.
 La muerte viene a veces de la Escuela;
 la muerte viene a veces de la iglesia.
 Esa es la paradoja (calor, angustia y polvo)
 que sufren estos treinta hombres en la trinchera.

 Las manos se entretienen jugando con el polvo,
 tamizando despacio el polvo con los dedos,
 tomando la tierra de la tierra y devolviendola purificada a la tierra,
 tierra.
 Un cartucho vacío
 puede servir de mucho en la trinchera:
 se le llena de polvo
 y luego se echa el polvo otra vez en la tierra.
 Así pueden matarse
 las largas horas lentas
 que caen una por una
 del reloj de la Iglesia.
 A veces, como un trueno,
 irrumpe en la trinchera
 la voz blasfema y torva que los insta
 a cesar de una vez la resistencia;
 que se rindan,
 que ninguna esperanza les queda,
 que los cuervos están revoloteando,
 que vuelan por doquier las aves negras,
 que el sudor y la angustia ya son cosas inútlles,
 que es inútil ya toda resistencia.
 Pero bien saben ellos que no todo es inútil.
 No todo está perdido
 mientras un hombre quede en la trinchera.
 La noche y la angustia, la tiniebla y las balas
 son luego las que habitan con ellos en la trinchera.
 Esta es la hora de las oraciones.

 Las oraciones siempre se repiten
 hasta llegar a ser palabras huecas.
 Decir: "Padre Nuestro"... es como decir "Buenos días"...
 (Nadie al decirlo piensa
 que está deseando un día abierto y favorable).
 Las palabras de las oraciones
 conservan su sonido y pierden su sentido;
 son cosas muertas.
 Pero hay momentos en que resucitan;
 pero hay momentos en que cobran vida;
 pero hay momentos en que "Padre Nuestro...
 significa mil cosas, significa una cosa grande y bella:
 es llamar, implorar, pedir ayuda,
 pero es también decir un nombre.
 (Decir un nombre lo es todo en ocasiones.)
 Son las mismas palabras, mas son nuevas;
 como si en un momento se pusieran
 en otro orden las letras,
 y de pronto cobraran otro significado.
 Decid una palabra cualquiera;
 decid una palabra común;
 decid "Tierra".
 Si la decís ahora, significa otra cosa
 que lo que significa en la trinchera.
 Allí tierra lo es todo:
 Tierra bajo los pies, bajo las manos y sobre la cabeza.
 Tierra es un mundo, entonces;
 todo es tierra.

 E igual sucede con las oraciones. 

 Noche y sed, tomad nota.
 No hay nada que beber en la trinchera
 y no hay otra luz
 que la luz desigual de las estrellas.
 Y la muerte al otro lado de la calle
 en la Iglesia, en la Escuela,
 y en todos los lugares
 que rodean la trinchera.
 La muerte y las estrellas
 están allí presentes;
 la muerte y las estrellas.
 Y la muerte y la luna;
 y la muerte y la sed siempre presentes.

 Pero no hay que rendirse, que nada se ha perdido
 mientras un hombre quede en la trinchera.

                           IV

 ¡San Isidro en peligro!
 Treinta hombres hicieron resistencia.
 No cayó San Isidro
 porque hubo treinta hombres dentro de una trinchera.
 Nadie debe olvidarlo.

 Son de carne y de hueso estos treinta hombres
 pero pronto serán una leyenda.
 Los niños de San Isidro
 verán la trinchera
 y antes de que la plaza
 por fin desaparezca,
 llegarán a la plaza
 al salir de la Escuela,
 y jugarán a ser ellos los hombres
 que hicieron resistencia en la trinchera.
 Así, amigos míos,
 en la mente de los niños,
 nacerá la leyenda.

                            V

 En cada encrucijada en que haya lucha
 por defender al hombre y a la tierra,
 y cada vez que un hombre gnte "Hombre",
 allí estarán los treinta hombres de la trinchera.

 Cada vez que haya cuervos, cada vez que haya buitres,
 cada vez que haya hienas,
 y cada vez que lloren las mujeres,
 allí estarán los treinta hombres de la trinchera.

 Por sobre las montañas, por sobre las llanuras,
 por sobre los volcanes, por sobre las praderas,
 por sobre las colinas y los valles,
 allí estarán los treinta hombres de la trinchera.

 Sobre el Reventazón, sobre el Tempisque,
 sobre los Ríos Grandes de Tárcoles y Térraba,
 sobre cada nachuelo y cada arroyo,
 allí estarán los treinta hombres de la trinchera.
 En las cumbres del Poás y del Turrialba,
 del Chirrpó y del Rincón de la Vieja;
 Sobre el Barba y los fríos del Cerro de la Muerte,
 allí estarán los treinta hombres de la trinchera.

 En las verdes praderas de Cartago,
 los cafetales fértiles de Heredia,
 las llanuras sin fin de Guanacaste,
 allí estarán los treinta hombres de la trinchera.

 Limón, Bagaces, Escazú, Naranjo.
 Puriscal, Santa Bárbara, Alajuela,
 Río Cuarto, Palmichal, Frailes, Esparta,
 hablarán de los treinta hombres de la trinchera.

 Se pasa lista a los amados nombres:
 Sarchí, Quepos, Siquirres, Orosi, Puntarenas...
 Por sobre cada pueblo, por sobre cada villa
 han de volar los nombres de los de la trinchera.

 Treinta nombres, treinta hombres que aquí están, que aquí viven,
 que son de carne y hueso, y que sufrieron tierra
 y angustia y sed y llanto y balas y hambre y polvo,
 y una mañana clara
 irrumpieron del polvo con rumbo a la leyenda.



  Adios

  Autor: Emigdio (Millo) Ureña


 ¡Adios mi madre querida!
 Adios mi esposa y mi güila
 A Dios y a la Patria
 les voy a ofrecer mi vida.

 La patria está gobernada
 por un bloque de bandidos
 ¡Adios mis parientes todos!
 ¡Adios amigos queridos!

 Son muchas y muchas vidas
 las que se van a perder
 y la justicia nos dice
 que es a morir o a vencer.

 Le ruego a mi buena Madre
 no preocuparse siquiera
 que, si a su hijo lo matan
 él en el cielo la espera.

 Le ruego cuidarme mucho
 a mi linda Teresita
 que si se queda sin padre
 ¡la patria lo necesita!...



  Savia de Llano Grande

  Autor: Daniel Oduber Quiros


                          «La ciudad libre de miedo,
                            multiplicaba sus puertas
                           Cuarenta guardias civiles
                            entran a saco por ellas»

                               FEDERICO GARCIA LORCA

 ¿Se podrá hablar ahora?
 Ya todos los demás hablaron
 y agotaron las palabras
 -también las pantomimas-.
 Sí. Ahora ya se puede hablar.
 ¡Es tan grato hacerlo de úlumo!
 Sobre todo, después del político,
 el estadista o el militarote.
 Hablan tan mal ...
 Es bueno que ahora cante el poeta,
 él puede querer la tierra
 -no hace falta alabarla
 se trata de quererla-
 y debe cantar;
 los pastos han reverdecido
 y esperan su palabra.
 Es raro,
 se habían dicho ya muchas misas en la ermita
 y no había hablado.
 Pero ya va a hablar.

 Puede, uno a uno,
 ir analizando a los hombres,
 a los caídos y a los asesinos:
 puede poner flores en la calle
 o escupir con fuerza los cuarteles.
 El coyote ya ha comido
 y se para en el camino satisfecho.
 Ese talvez quiera hablar.
 ¿Por qué no lo dejáis?
 Tal vez quiera decir unas palabras.
 Le encanta decir palabras
 y también abrazar.
 Pero es mejor que no hable;
 de todos modos ya había hablado
 y sus compañeros bajaron la cabeza.
 Es mejor que no hable.
 Es ya mediodía
 y estamos con vestidos negros de notario;
 mejor que el vecino queme incienso
 y diga palabras dulces a las viudas.
 ¡Son ellas tan valientes!

 Saldrán los niños a buscar,
 por el lado donde el sol apareció aquella mañana,
 los últimos cascarones de las balas.
 ¡Ayudadles! Son de ellos,
 a ellos se los regalaron.
 No tienen juguetes
 ni comen helados en las tardes.
 ¡Ayudadles!
 Si fueron sus padres ...
 pero en fin, sus padres tenían que ser.
 Sí, sólo ellos
 si eran hombres.
 Llevaban machetes
 y domaban potros;
 sabían sembrar el pasto
 y ver el horizonte.
 A veces también nadaban en el río.
 ¿Por qué dicen que no?
 Sí. Eran hombres.

 ¿Queréis que les pongamos corbata
 y los sentemos en el café a hablar de política!
 Imposible ... ¿Verdad?
 Sí. Eran hombres
 y ellos eran los que tenían que despedirse del Sol,
 de la montaña y del viento
 aquel domingo de Febrero.
 Sí. Eran hombres.
 Aquí fue diferente;
 aquí se puede ver la bala
 y atajarla con la boca.
 Sencillos eran esos hombres.
 Si la ley no es la ley
 y el tirano es la ley.
 ¡Cómo se fueron a morir!

                   2

 Sencillo es sentarse en la plaza
 y ver el crepúsculo.
 Son muy bellos los campos
 y el ganado y los pájaros.
 Si tienes calor ahí está el agua.

 (Camino que entra al pueblo
 como lanzazo en el pecho
 por donde llegan los hombres
 de corbata y de chaqueta).

 ¡Qué bien hablan!
 Sí. Hablan muy bien y saben muchas cosas;
 son de allá, de la ciudad;
 tienen mucho dinero.
 Tal vez
 nos inviten y les diremos que no,
 que no nos gusta la taquilla.
 ¿Y si se resienten?
 No. No se deben resentir.
 ¡Hablan tan bien!
 ¡Cómo nos gustaría tener esa chaqueta
 e ir a la ciudad!
 Ser como ellos.
 Deben ser muy felices.

 Nosotros no.
 El ordeño y el maíz,
 los pastos verdes y el agua clara.
 Casi no leemos.
 El pájaro y la rama;
 no llevamos zapatos.
 El viento y la estrella;
 tenemos callos en las manos.
 El sol y el cielo azul;
 sólo comemos frijoles y algo más.
 ¡Ah, quién fuera como ellos!
 Hablan tan bien.
 Debemos estar muy orgullosos
 de que vengan aquí.
 Son como nosotros, hermanos,
 les ofreceremos miel y maíz,
 y que almuercen con nosotros.
 Son nuestros hermanos.
 Pero ¡quién fuera como ellos!

                   3

 ¿Somos hombres!
 Sí. Somos hombres.
 No tenemos revólver
 ni somos amigos del Capitán
 -extraña mirada esa del Capitán-.
 Somos hombres aunque tengamos miedo.
 ¿Quién no tiene miedo?
 En sus manos
 que antes tenían callos,
 los rifles nos dan miedo.

 Son muchos:
 uno, dos, casi cuarenta.
 ¿Para qué querrán los rifles?
 No es para destruirnos. Si son hermanos.
 Ayer estuvieron aquí y juntos vimos el cielo.
 Como nosotros tienen hijos
 y padres y esposa.
 Yo sé. Sí, él tenía tierra y ahora es soldado,
 pero aunque yo no tenga no puedo ser soldado.
 tal vez si hoy se quedaran los invitamos ...
 -«Hermano». No oyen; tal vez el Capitán.
 El debe de tener hijos también.
 No. No hay que preocuparse:
 no nos harán daño;
 ellos quieren la tierra y la tarde.
 Que vengan e iremos juntos a ver la tarde
 desde la loma.
 Se ve tan bien ...
 Son nuestros hermanos.

                   4

 La ley.
 ¿Qué es la ley?
 Será no hacer daño a nadie
 y amar a los hermanos
 y querer a la tierra.
 Tal vez descansar bajo un árbol
 y pensar en el mañana.
 ¿Quién nos dice qué es la ley?
 Ese señor que viene y habla con Abilio
 (gran hermano es Abilio),
 ese señor tal vez nos diga qué es la ley,
 si lleva zapatos
 y buen vestido.
 Sí. Ese nos puede decir qué es la ley.
 Pero está disgustado.
 ¿Qué será?
 -«Abilio, hermano, amigo,
 ¿Qué es la ley?»
 -«Evitar que los buitres deshagan los cadáveres:
 evitar que los perros se coman la flor;
 poner el pecho para que los hijos
florezcan en nuevo amanecer».
 -«¿Quieres decirle a los hermanos qué es la ley?
 -Caer todos nosotros para que el reptil
 no manche nuestros hijos.
 No dejar que los abuelos desde la loma
 lloren por nosotros
 y quieran salir de ahí
 para guardar el pueblo».

                   5

 Ahí están.
 Abilio: ¡que tienen armas
 y que te pueden matar!
 Déjalos que entren, Abilio.
 Que no florezcan las rosas,
 que se seque el manantial,
 (la ley es la flor que crece,
 el viento que la acaricia).
 ¡Llano Grande, esa es la ley!

 Moriremos todos juntos,
 tú, yo,
 nuestras mujeres,
 nuestros padres y nuestros hijos.

 Que te matan Llano Grande.

 Ya van cayendo uno y otro.
 (Sangre de mártires tiñe
 el ocaso carmesí).
 -Abilio, ¡que cayó uno!
 -¡Que Llano Grande no cae!
 -Abilio, ¡que cayó otro!
 -Faltamos todos. Espera...

 Que te matan Llano Grande.
 En cada hombre los ojos
 se clavan en lontananza,
 los potreros hoy más verdes
 mudos testigos serán.
 Cantando por las colinas
 los hombres van y regresan.
 Desde la luz trae el viento
 la noche que llega ya.

 No se puede más, Abilio,
 ¡Que Llano Grande no cae!

 -La noche llega. ¡A la noche!

 Tendidos en el camino,
 verticales con los cielos
 los heridos y los muertos
 no conocieron el miedo.
 Un horizonte de fuego
 los ve desde la montaña,
 y la tristeza se cierra
 sobre la madre y la hermana.

 Llano Grande no ha caído.

                   6

 Podréis decir conmigo
 ¿Qué es la ley?
    Llano Grande.
 ¿Qué es el hombre?
    Llano Grande.
 La savia ¿qué es?
    Llano Grande.
 ¿Qué es el pueblo?
    Llano Grande.

 Sí. Llano Grande no cae.
 Es Raro.
 Esto no lo ha dicho el político,
 ni el estadista,
 ni el militarote.
 Pero ya es tarde para ellos.
 Ahora quedan tres muertos
 y un símbolo.
 Y el pueblo.

 Por eso quiso hablar el poeta.



  Dolor por los Campesinos Asesinados

  Autor: Roberto Fernández Durán


                   I

 Para comenzar un canto
 -un canto humilde y simple al campesino
 -he vagado en la noche
 en busca de palabras transparentes y suaves.
 He acudido a los vientos,
 a los bosques amigos,
 al sonido apacible de claros manantiales.
 Para escribir un canto al campesino
 he llorado otra vez mis dolores antiguos.
 He abierto heridas que cerrara el tiempo.
 Mi corazón ahora
 es un sencillo corazón de niño.

                   II

 Firmes sobre las tierras cultivadas,
 aspirando las brisas, recibiendo los rayos del sol,
 estaban en la tarde de febrero
 los buenos campesinos.
 Unos hombres se acercan y disparan.
 -Las formas de los cuerpos en el polvo
 aún están dibujadas. Ya los ojos
 eternamente abiertos, no contemplan
 los campos ahora rojos,
 húmedos y en silencio.
 Hay dedos que señalan'
 Todos hacia una dirección señalan.
 A lo lejos se ven algunos hombres
 con armas aún humeantes en las manos.

                   III

 He visto manchas rojas sobre el polvo
 dorado del camino,
 los trillos de los campos están llenos
 también de humedad roja
 y están rojas las manos militares
 y los potreros que antes eran verdes
 y las casas, las calles están rojas.
 Es la sangre
 que hasta hace poco circulara viva
 bajo la piel quemada de los hombres.
 Todo está rojo y triste.
 Es solamente
 un amontonamiento de plaquetas
 y de glóbulos blancos
 y de glóbulos rojos.
 Es la sangre,
 que salió de los cuerpos campesinos
 una tarde en Febrero.
 Hay dedos que señalan.
 Todos hacia una dirección señalan.
 A lo lejos se ven algunos hombres,
 con armas aún humeantes en las manos.

                   IV

 Hay una voz doliente en cada casa.
 Un llanto helado que al abrigo brota
 de hogares mancillados.
 Es un dolor que se transforma en rezo
 cuando llega a los labios de mujeres que lloran.
 Un dolor que hace más dura la mirada de los hombres.
 Es una pena que vaga por los campos.
 Hay una voz
 de dolor y de angustia en todas partes.
 Hay dedos que señalan.
 Todos hacia una dirección señalan.
 A lo lejos se ven algunos hombres,
 con armas aún humeantes en las manos.



  Sí, yo he matado

  Autor: Abel Pacheco de la Espriella
  Paso de Tropa, Editorial Popol Vuh, 1969.

Nota: Este poema fue escrito por uno de los insurgentes que atacaron al país en la Invasión del 55 (Enero de 1955), comandados por el Dr. Calderón Guardia y que trataron infructuosamente de derrocar el gobierno constitucionalmente electo de don José Figueres Ferrer.


 Sí, yo he matado.

 Y nunca he pensado en qué se siente.

 Lo ví venir por la mira botando espuma, regando odio y jalé el gatillo.

 Nunca he pensado lo que hizo aquel plomo.

 Más bien parecía que de tanto odio escupió el cerebro.

 Era un hueco tan pequeño, tan húmedo, tan rojo.

 Por ahí tiró los sesos pringando las peñas.

 Lo ví de cerca. No cerró los ojos.

 Juraría que me miraba con un "fuiste vos"

 Le rezé.

 Todavía le rezo.

 Es mi santo culpable, retorcido y con sangre.

 Pareciera como que trato de aplacarlo.

 Yo ví como una mosca salió de su boca. ¿Su alma?

 Ha de haber almas moscas.

 Es más, le quité un crucifijo y créanme que ni lo quería.

 Ahí lo tengo guardado. Escondido.

 Porque fue testigo de lo que no quiero que sepan mis hijos.

 Sí, yo he matado.

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