El Frente Norte
Por Edgar Córdoba Núñez
Comisión Conmemorativa de la Revolución de 1948
Asociación Conmemorativa de la Segunda República 1998
PRESENTACION
En los más destacados acontecimientos políticos y militares
que han tenido ]ugar en la historia nacional, el pueblo ne San Ramón ha
desempeñado un activo papel. Tan solo unos pocos años después de fundada su
publación, en 1844, los ramonenses empuñaron las armas en defensa de la
soberanía patria, durante ]a Campaña Nacional de 1856-57.
La guerra civil de 1948 no fue la excepción. Máxime si se
considera a San Ramón como la cuna de sobresalientes protagonistas en tales
hechos históricos, incluyendo al máximo caudillo del movimiento armado: José
Figueres Ferrer. Así también, Francisco J. Orlich Bolmarcich, su hermano José
Luis; Carlos Luis Valverde Vega -primera víctima de la violencia- y sus
hermanos Rodrigo y Fernando.
El entonces diputado opositor a la anulación de las elecciones
que favorecieron a Otilio Ulate Blanco, don Francisco J. Orlich B., al mando de
un puñado de hombres, atacó a las fuerzas del gobierno en la ciudad de San
Ramón, el día 12 de marzo de 1948 a las siete de la noche. De esta manera, dio
inicio al rompimiento de las hostilidades e hizo eco del plan liderado por
Figueres, el cual tuvo sus preámbulos ese mismo día en San Isidro de El General
y La Sierra.
Para tal efecto, Orlich se había establecido con anterioridad
en su finca La Paz, ubicada varios kilómetros al norte de la ciudad de San
Ramón, sede del llamado Frente Norte, donde posteriormente fue fundado el
Partido Liberación Nacional.
A medio siglo dc ocurridos los hechos, es muy poco lo
escrito o conocido acerca de la guerra civil en lugares como San Ramón. El
hecho de no haber sido escenarios tan violentos, como si sucedió con San José,
Cartago, Limón o San Isidro del General, es probablemente la explicación. De
ahí que, el mayor valor de este breve trabajo con carácter TESTIMONIAL
realizado por Edgard Córdoba Núñez, radica en el intento por llenar ese vacío
de información y conocimiento.
Si bien el señor Córdoba solamente pudo participar activamente
en los inicios del levantamiento armado dado que, sufrió la cárcel a causa de
pertenecer a los alzados en armas, su crónica recoge sucesos interesantes que
contribuyen a escribir esa página inédita de la historia en una región
específica del país: el occidente del Valle Central.
El gran interés de don Edgard por la historia de Costa Rica en
general y de su ciudad natal en particular, lo impulsó a darnos su punto de
vista sobre los acontecimientos y con ello ayudar a formarnos una mejor idea de
lo sucedido hace cincuenta años.
COMISIÓN CONMEMORATIVA DE LA
REVOLUCIÓN DE 1948
ASOCIACIÓN CONMEMORATIVA DE LA
SEGUNDA REPÚBLICA
PREAMBULO
Historia del Frente Norte durante la guerra de 1948
Para comprender mejor el hecho de que el pueblo de Costa Rica
tuvo que recurrir a las armas para salvar su propia dignidad y salvaguardar las
instituciones públicas, lo que ocurriría por segunda vez en su historia, es
necesario conocer los antecedentes que ocurrieron durante las dos décadas
anteriores, en las cuales se gestaría el convencimiento ciudadano de que el
único medio que existía para cumplir sus designios, era lamentablemente
el camino de las armas.
Bueno es entonces, conocer algunos pormenores de lo que había
ocurrido durante las décadas de los treinta y cuarenta. Para ello intentaremos
consignar aquí algunos detalles importantes de lo ocurrido en ese período,
narrando únicamente lo que pudimos apreciar personalmente a fe de testigo y
guardando las proporciones de la distancia y de mi escasa edad; en ese
entonces pero tomando en cuenta con todo el rigor de la verdad, las imágenes
que aun pasan por mi mente con gran frescura y realidad, apartando de mis
recuerdos todo cuanto pueda distorsionar la veracidad.
He aquí, entonces, mi testimonio de lo que vi y viví en los
citados períodos.
DECADA DE LOS TREINTA
La política durante esta década: Costa Rica vivía durante los
años treintas en una forma bucólica. Por todas partes se respiraba un aire de
libertad; las gentes eran tranquilas, dedicadas al cultivo del campo; las
industrias casi no existían, a no ser aquellas caseras, como la fábrica de
cigarros-puros, de cajetas o melcochas, casas de costura y sastrerías. Para
la época de recolección de café se hacían canastos, tal como aún hoy los vemos.
Las gentes eran practicantes de su religión, cosa que realizaban con todo
fervor; las procesiones externas, como las del Corpus o de Semana Santa o la
del Santo Patrono, estaban imbuídas de una devoción impresionante.
Generalmente, las mujeres, jóvenes y mayores, lucían sus mejores galas,
preparando sus estrenos. Las costumbres eran sanas y sin pretensiones. El modo
de vestir era sencillo y solamente tenían alguna pretensión las personas
pudientes; pero sin lujos. No había automóviles y la bicicletas eran
privilegio de algunos pocos hijos de hogares adinerados. Las diversiones
consistían en ir al cine los jueves o sábados por la noche y los domingos se
exhibían funciones por la tarde para los niños y en la noche para mayores;
todo esto en la ciudad, en el campo la única diversión consistía en salir los
domingos «al centro» para asistir a los actos religiosos; los varones acudían
a la «taquilla» a hacer la tertulia con sus familiares o amigos donde libaban
un trago y donde comentaban el estado de sus sembrados, el resultado de sus
cosechas, o el estado de los caminos o del último temporal que había causado
daños en la agricultura. Los jóvenes, después de asistir a rnisa, se paseaban
por las aceras del parque donde «daban cuerda» a alguna chiquilla por la que
sentían especial atracción, formándose las habituales parejas, que generalmente
terminaban en matrimonio.
En las taquillas, después de algunos tragos, se entablaban
discusiones que en algunas ocasiones terminaban en altercados fuertes o riñas,
sin ninguna consecuencia. Era muy común que los contrincantes terminaran
siendo parientes, regresando a la «taquilla» para celebrar el
acontecimiento.
El fútbol apenas se conocía y los conciertos de la banda
musical durante los domingos alegraban el ambiente. Pronto las gentes
regresaban a sus hogares, las más a pie. Muy pocos usando su único medio de
transporte: la carreta cubierta con manteados, lo que guarecía de la lluvia o
del sol a sus mujeres y niños. También algunos de algún dinero se
transportaban a caballo.
Cuando despertaba la ambición política, la campaña
generalmente era pacífica; pero en algunos casos los ánimos se enardecían a
favor del candidato de sus simpatías. Se era ricardista o antiricardista; se
pertenecía al Partido Republicano o se era contrario; era la única alternativa.
Como no había radios, casi ni periódicos, las simpatías se conseguían a base de
conversaciones con los jefes de campaña o los adeptos que ocasionalmente eran
los candidatos a diputado o a la Municipalidad. En pocas ocasiones se
observaban riñas, peleando cada uno por sus ideas, las que siempre terminaban
sin consecuencias lamentables, terminando como ya lo dijimos, en la «taquilla»
donde se limaban las asperezas, volviendo todo a la consabida tranquilidad.
Pero así como la honestidad reinaba en el seno de la sociedad costarricense,
los políticos de bajo instinto, preparaban sus armas innobles para asegurarse
el triunfo.
El día de las elecciones se ponía de manifiesto uno de los
vicios más execrables del viejo sistema, que aunque se disfrutaba de la
democracia, no por ello se cometía el más negro pecado de lesa patria.
Consistía éste en la compra de conciencias. Tal práctica se realizaba en un
comercio ilícito y corrupto de venta de su voto por unos cuantos colones o a
cambio de una camisa, o se contribuía con el llamado «chorreo» de mesas, el
que consistía en el cambio de papeletas, de la siguiente manera: el político
de la calle llevaba consigo una papeleta de muestra que entregaba al votante.
Este al votar depositaba en la urna la papeleta de muestra y sacaba la
legítima la que, a su vez, entregaba al organizador del fraude. Este por unos
pesos entregaba, ya votada, al siguiente votante y así sucesivamente durante
todo el día. El «chanchullo» surtía efectos maravillosos y efectivos al partido
al cual pertenecía el «chorreador».
Tal práctica, tan inmoral, como llena de ignominia, que
desvirtuaba el resultado de los comicios y que constituía una flagrante burla
de la voluntad ciudadana, quedaba completamente impunel pues no existía un
código electoral, y en el Código Penal no existía penalización para este tipo
de delitos. Hay que entender también que las autoridades de Orden y Seguridad,
como se le llamaba a la policía de entonces, no intervenían, quizás por
condescendencia para el partido en el poder o bien por ausencia de
instrucciones para prevenir semejante abuso. Nuestra democracia adolecía de
grave deficiencia en este campo.
Por otra parte, la clase que prácticamente regía los
destinos del país, era la cafetalera rica y ambiciosa, siempre cargada de
pretensiones políticas. Con su poder económico se aseguraba el dominio del
gobiemo y con su prepotencia, siempre lograba alcanzar las posiciones más
elevadas del sistema gubernamental.
Los representantes del poder económico tenían un centro donde
maquinaban sus maquiavélicos proyectos, que se llamaba y aun se llama El Club
Unión, aunque ya no tiene el patrimonio exclusivo de elegir presidentes. Desde
ailí, en mesas de tragos de whisky, los magnates y comandantes de la política,
designaban a quien, por la fuerza de su dinero, sería el nuevo rector de la
política nacional. Esta ignominia del sistema político se terminó, a Dios
gracias; pero antes el país debía sufrir mucho, pues esa clase poderosa no
quería soltar las riendas.
DECADA DE LOS CUARENTA
Por otra parte, en el año 1942, el gobierno del Dr. Calderón
Guardia, con la ayuda y simpatía de los comunistas criollos que habían tomado
gran auge por la alianza internacional entre las potencias occidentales y la
Unión Sovietica que peleaban contra las potencias del Eje: Alemania, Italia y
Japón, promulgaron las leyes gue daban garantías laborales a la clase
trabajadora. El partido de los comunistas se denominaba Bloque de Obreros y
Campesinos. También esta amalgama de intereses contaba con el apoyo de la
Iglesia Católica representada por el Arzobispo de San José Víctor Malnuel
Sanabria Martínez, personaje que había ganado grandes simpatías entre los
costarricenses.
A pesar de ello, el pueblo echaba de menos las garantías
electorales que hiciera respetar el designio de su pensamiento político,
irrespetado siempre por la forma como operaban las elecciones para escoger los
representantes a las municipalidades y congreso.
En agosto de 1943, miles de mujeres, vestidas de negro en
señal de luto por lo que ocurría en nuestra Patria, se reunieron en el Parque
Nacional, frente a la antigua Casa Presidencial exigiendo la presencia del
Presidente Picado Michalski. Este no estaba en condiciones de salir; pero lo
hizo en su representación, su hermano René. Al oir el clamor de las mujeres que
exigían garantías electorales, las increpó acremente y en forma sarcástica,
exclamó: ¿Qué quieren las distinguidas damas? ¡Queremos garantías electorales,
queremos Un código que nos gnrantice nuestros derechos civiles! Exclamaron las
manifestantes. Y de pronto, tomó el señor Picado una metralleta y disparó al
aire varias ráfagas. Las señoras medio enloquecidas por aquella inaudita
respuesta, salieron despavoridas, terminando la manifestación. Lo anterior da
una leve idea de los tiempos vividos en aquella época.
Los episodios de este carácter fueron cada vez más comunes.
Hubo estallido de bombas en San José. Casi siempre recaían las sospechas sobre
algún elemento de la oposición, como sucedió con Federico Apéstegui. Las
manifestaciones populares se sucedían cada día y la policía y algunos matones
al servicio del partido en el poder, masacraban al pueblo por el simple hecho
de gritar un «Viva Ulate». Se hizo popular una arma de bolsillo entre los
matones, llamado Black-yack, con la que rompían cabezas u homoplatos. Tales
actos los realizaban criminales que se encontraban presos en la Penitemciaría
descontando penas por comisión de delitos graves; sin embargo, fueron puestos
en libertad con la condición que sirvieran de esbirros y escarnecedores de la
ciudadanía oposicionista. Esto lo afirmo porque en esos aciagos días, yo
trabajé en San José, administrando un negocio situado en Cuesta de Moras,
llamado Madreselva y que pertenecía a Hans Niehaus, padre del ex-ministro de
Relaciones Exteriores, Lic. Bern Niehaus, hijo de mi prima hermana Fanny
Quesada Córdoba.
En 1947 las cosas fueron muy graves, iban de mal en peor. Hubo
una manifestación multitudinaria en apoyo al candidato de la oposición, el
periodista Otilio Ulate Blanco. Esta manifestación fue disuelta a base de
ráfagas de ametralladora disparadas desde el Cuartel de la Artillería, situado
donde está hoy el Banco Central y era donde estaba concentrada la policía más
disciplinada. Los asistentes a la manifestación hubimos de huir,
desparramándonos por todo San José. Algunos buscamos la parada de buses ABC que
era donde estaban las «cazadoras» que hacían el recorrido a San Ramón. No nos
habíamos percatado que en el fondo del callejón, al costado oeste del Banco
Nacional, había un retén de policías debidamente armados que disparaban
indiscriminadamente a todo el que pasara por la entrada de dicho callejón. Un
muchacho que corría inmediatamente delante de mí cayó mortalmente herido en la
cabeza, al punto que tuve que saltar sobre su cadaver para no tropezar con él.
Pocos minutos más tarde, pude alcanzar el último bus que me conduciría a mi
pueblo: San Ramón. Al lleåar a mi pueblo, levanté tribuna en la esquina del
negocio comerciai de don Ángel Losilla, para explicar lo que había visto en San
José. Las autoridades de San Ramón me impidieron hablar bajo amenaza de ser
detenido.
La situación era cada vez más caótica y todos estábamos
convencidos de que la única salida honorable era el movimiento armado.
HUELGA DE BRAZOS CAIDOS
Ante el tremendo panorama descrito, los jerarcas de la
oposición trataron de agotar el último recurso de tipo pacífico para lograr las
ansiadas garantías eiectorales que el pueblo ansiaba. Fue así como en agosto de
1947 poco después de lo ocurrido a las mujeres la dirigencia oposicionista
llamó al pueblo a una huelga de brazos caídos. El llamado tuvo un eco
resonante, pues la población casi íntegra se sumó al movimiento. Desde la
juventud, hasta los ancianos; hombres y mujeres, todos de diferentes estratos
sociales proclamarón el camino escogido, como única solución para poner fin a
la difícil situación a que se había abocado el país. Los bancos clausuraron sus
puertas, el comercio, desde los grandes almacenes, hasta la más humilde
pulpería, cerraron sus puertas; las empresas de transporte remunerado de
personas, en forma unánime, mantuvieron sus unidades paralizadas; talleres de
todo tipo y en fin, toda clase de actividades mantuvieron suspendidos sus
trabajos. El éxito del movimiento fue absoluto, total y aplastante. El gobierno
no tuvo otra alternativa que buscar una transacción y así fue como se logró una
entrevista con los dirigentes de la oposición, siendo entonces que se consiguió
una promesa del Gobierno para tramitar rápidamente la promulgación de un código
electoral y la instalación de un tribunal supremo de elecciones.
COSTA RICA DURANTE LA DECADA DE LOS 40
Este período está marcado en la historia de nuestro país, como
uno de los más turbulentos y sangrientos. Comienza con la administración del
Dr. Rafael Ángel Calderón Guardia, al terminar en 1940 la administración del
Lic. León Cortés Castro. Al finalizar esta administración, Costa Rica se
encontraba en una situación boyante. Las finanzas estaban equilibradas, el
precio del dólar al dos quince de nuestra moneda, estable y conveniente para
nuestras posibilidades. La venta de café, ganado y cacao en los mercados
internacionales era suficiente para cubrir nuestras necesidades más
perentorias. Por esos días nuestro mejor mercado era Alemania que tenía
especial predilección por nuestros productos, y era el que nos ofrecía mejores
precios. Además de lo anterior, los alemanes habían establecido nuevas normas
comerciales con el fin de competir con los ingleses. Establecieron un régimen
monetario para facilitar las transacciones, para lo que crearon un valor
monetario, al que denominaron «Aski-mark». Este novedoso sistema consistía en
el intercambio de productos, sin necesidad necesidad de desembolsar moneda.
Este sistema para los países pobres como el nuestro era sumamente justo y
equitativo. Por ejemplo: recuerdo que intercambiamos una cantidad de café y en
pago recibimos máquinas eléctricas para nuestro Ferrocarril al Pacífico, de la
famosa marca A.E.G., que según entiendo aun están prestando servicio. Igual
ocurría con las medicinas, las herramientas agrícolas, productos químicos,
etc.
Pero hizo la desgracia que el 31 de agosto de 1939, estalló la
Segunda Guerra Mundial. Las consecuencias del tremendo conflicto no se hicieron
esperar. Hubo cambio de gobierno, subió al poder el Dr. Calderón Guardia y las
cosas cambiaron radicalmente. El Gobiemo de Cortés había tenido relaciones muy
cordiales con la Alemania de entonces; pero el nuevo mandatario tenía otras
intenciones, influenciado por circunstancias casuales y momentos de actualidad
internacional, que motivó el golpe de timón que cambió la situación que generó
violencia y toda clase de atropellos.
Había escasez de toda clase de materiales de construcción,
como zinc, clavos, varillas de hierro, cemento que traíamos de Alemania. Las
medicinas también bajaron a niveles de escasez alarmante y las telas y muchos
otros artículos quedaron fuera del alcance de nuestro pueblo.
Surgió entonces un fenómeno que jamás había sido observado en
nuestro país: la especulación. Tímidamente el Gobierno tomó algunas
providencias que fueron insuficientes para combatirla, pues las Juntas que al
efecto habían sido nombradas, como la Junta de Abastos, no sirvió más que para
algunos inescrupulosos y comerciantes golosos que se aprovecharon de la
ocasión, generando de hecho una nueva clase de ricos a los que se denominó
«los nuevos ricos».
A la sombra del recién fundado sistema florecieron, además,
toda clase de tropelías e injusticias. La Junta de Abastos se convirtió en una
arma de doble filo, al extremo de que los granos básicos sólo podían adquirirse
mediante una recomendación de algún «santo grande» del partido y había que
someterse a la humillación de rendir pleitesía política a los que administraban
tal especie de ignominia, que en casi todas las ocasiones eran familiares o
fervientes amigotes del partido en el poder; con tal sistema se favorecía a los
partidarios del gobierno. De nada valieron, desde luego, las regulaciones
dictadas por las autoridades, que más valían para la exportación, que para
resolver los graves problemas que afectaban a la población. En esta forma todo
regulado a sus anchas por lus tagarotes del partido republicano. Hay que tomar
en cuenta que la situación se agravó aun más, por la clausura de los mercados
europeos debido a la guerra, pues los submarinos hacían estragos en los mares y
no permitían el paso de barcos mercantes hacia nuestras costas.
Al ocurrir el ataque de Pearl Harbour, llevado a cabo por los
japoneses contra esa base militar de los Estados Unidos, ocurrido el siete
(ocho para nosotros) de diciembre de 1942, provocó la participación de nuestro
país en la guerra en forma militante. El Gobierno de Costa Rica declaró la
guerra a las potencias del Eje, sea el bloque formado por Alemania, Italia y
Japón antes que los mismos Estados Unidos, que eran los ofendidos. Esta actitud
hizo que nuestro país se viera involucrado en el conflicto mundial y lo que fue
aprovechado por los comunistas para echarse a la calle con aviesas intenciones.
En efecto, el 29 de junio de 1942 se encontraba anclado en
Puerto Limón, un barco de nombre «San Pablo», cuando estalló algo en el seno
del barco, causando severos daños en la nave y algunos muertos. Tal incidente
fue achacado a un submarino alemán que según las autoridades nacionales había
disparado un torpedo al citado barco. Este incidente provocó en San José una
encendida manifestación popular manejada hábilmente por quienes deseaban
lanzarse a la calle en busca de víctimas propiciatorias. Lo que ocurrió en San
José, jamás habíase visto en nuestro país; hechos sumamente desagradables como
el saqueo de negocios de alemanes, italianos y japoneses. Por la Avenida
Central de San José corrían los regueros de harina de la Panadería Musmanni,
telas de las tiendas de los italianos Scaglietti, Feoli, etc.; las librerías
Lehmann y Universal y así sucesivamente, todos los negocios de los honestos
comerciantes que daban brillo al comercio nacional, sufrieron los embates de
las turbas enloquecidas, encendidas en su asquerosa pasión por discursos
incendiarios de los políticos oportunistas, apoyándose en un falso patriotismo.
A todo esto, la policía brillaba por su ausencia; desde luego que esta
circunstancia fue aprovechada por los hábiles dirigentes comunistas y así las
turbas se apoderaron de las calles josefinas. Sin duda, una negra noche que
debió llenar de pena a las gentes decentes del país.
Pero el ensañamiento no llegó hasta ahí. Fue abierto un campo
de concentración, precisamente donde ahora está el mercado de mayoreo, en la
calle 10. Los designios de la clase gobernante se iban cumpliendo como los
«molinos de Dios», poco a poco, pero inexorablemente. Allí fueron recluídos los
ciudadanos de las naciones indicadas, por su pecado de tener un origen
extranjero. Pero el camino era largo y aun faltaba mucho que recorrer.
Comenzaron, entonces, los decretos que expropiaban los bienes
de los ciudadanos de los países en guerra, por supuesto, según nuestro
criterio. Las prósperas haciendas erigidas en beneficios de café o ingenios de
azúcar, como Lindora, Victoria, Aquiares y otras; los edificios de San José
como el Steinvorth, los pertenecientes a la Sociedad Niehaus y tantos otros,
fueron pasto del apetito impúdico de los «mandamás» del gobierno.
Como no había zinc, debido a la guerra, como ya se ha dicho,
procedieron a desmantelar los galerones de las indicadas haciendas, para
subastarlas, tiñendo dichos remates de cierto matiz legal; pero los
participantes de dichos despojos, siempre eran los militarotes al servicio
del Gobierno (me correspondió asistir, junto con Hans Niehaus a uno de tales
esperpentos legales en la Hacienda Lindora, donde un Coronel, obtuvo para sí
todo el zinc rematado). Y así ocurrió con el ganado, con los negocios
comerciales, con la Empresa de Cabotaje de Limón, haciendas de cacao, como la
Waldeck. El pillaje fue absoluto. Mientras tanto los detenidos en el campo de
concentración sufrían los insultos de los esbirros secuaces gobiernistas.
Poco después, la mayor parte de los alemanes e italianos
fueron remitidos a un campo de concentración en el Norte de los Estados
Unidos.
Después vinieron los reclamos de los perjudicados alemanes e
italianos; pero el gobierno prestó oídos sordcs a los justos reclamos por los
bienes arrebatodos. Sus abogados lucharon hasta lo indecible por que se pararan
las injusticias cometidas; pero todo fue en vano. A pesar de ello, algunos
recuperaron parte del rico botín.
EL CAMINO HACIA LA REVOLUCION
A fines del mes de febrero de 1948, ya se hablaba de que don
José Figueres se preparaba en su finca La Lucha, situada en Santa María de
Dota, junto con un grupo de valientes amigos suyos, para la revolución. Por
esa razón el Gobierno de don Teodoro Picado envió la famosa Unidad Móvil de las
que el Gobierno de los Estados Unidos había instalado en Costa Rica por la
guerra con Japón. Tal unibad consistía en carros blindados de combate, muy bien
armados, especiales para la investigación militar en casos como el que se
presentaba en el sur del país.
Los hombres de Figueres, entre ellos Frank Marshall, Pepino
Delcore, emboscaron a la Unidad, derrotándola y matando o hiriendo a sus
integrantes entre los que se hallaban el Coronel Roberto Tinoco, Pencho
Alvarado, un hombre conocido como "Perro Negro" y otros. El golpe fue tremendo
para el Gobierno de Picado y prácticamente dio inicio el rompimiento de las
hostilidades. La región de Santa María de Dota y más tarde San Isidro de El
General, recibió el nombre bélico de Frente Sur comandado por don José
Figueres.
Mientras tanto don Francisco J. Orlich, comerciante y
empresario de gran prestigio en San Ramón, era Bolmarcich propietario de una
finca agriícola en el sitio denominado La Paz, en el distrito de Piedades Norte
de San Ramón, lugar montañoso donde el señor Orlich tenía una explotación de
madera y algún ganado y donde existían instalaciones propias de tales
actividades como galerón de ordeño, del aserradero movido por una «pelton»
impulsada por una caída de agua tomada del Río La Paz y que también estaba
equipada por una pequeña planta que generaba electricidad. Había también
casas para trabajadores de la finca. Un camino de tierra la comunicaba con la
ciudad de San Ramón, transitable únicamente en la estación seca para vehículos
automotores. Durante el invierno servían de medio de transporte las carretas
tiradas por bueyes, que transportaban la madera elaborada para su expendio en
la ciudad de San Ramón.
Como el sitio reunía condiciones excepcionales para la
instalación de un cuartel de armas como el hecho de quedar entre dos
cordilleras, donde todo el tiempo está nublado lo que impedía ver desde el aire
cualquier ubicación de tipo militar, donde había abundancia de agua, ganado
para la carne para abastecer todo un ejército, aunque muy frío y húmedo, el
lugar era ideal para el acampamiento de una fuerza militar idónea. En lugar tan
especial, se instaló don Chico, como popularmente se conocía al señor Orlich, y
a donde comenzó rápidamente a converger gente deseosa de ponerse a sus órdenes
y prepararse para la batalla final.
De Palmares, Naranjo, Alfaro Ruíz y San Ramón, llegaban
contingentes de hombres dispuestos a iniciar las hostilidades contra el
gobierno de Picado. Don Chico, como Jefe Comandante fue acompañado en su Estado
Mayor por Fidel Tristán, hijo, Alberto Martén, Lisímaco Azofeifa y otros no
menos importantes. Posteriormente las filas se fueron engrosando con elementos
como Gregorio -Goyo- Rojas, Eliseo Arredondo, Pedro Amores, Besarión Rodríguez,
Juan Rafael -Chirvala- Varela y muchos otros.
La organización militar que existió a partir de este momento,
en La Paz, fue designada bajo el nombre de Frente Norte, en íntima comunión con
el Frente Sur, comandado por Figueres, del cual hemos hablado ya.
Mi participación durante el período organizativo del Frente
Norte, la narro en la forma siguiente:
Un domingo a fines de febrero de 1948, fuimos convocados por
don Chico a una reunión que tendría lugar en su negocio comercial sito en la
ciudad de San Ramón, frente al mercado, a Eduardo -Yayo- Zamora y yo. En la
trastienda del citado negocio, a las nueve de la mañana, don Chico nos habló
con tristeza de la difícil situación que sufría Costa Rica y nos manifestó que
el momento crucial para la historia de nuestro país había llegado; que no había
otro camino que prepararnos para un movimiento armado y que deseaba conocer
nuestra posición para tenernos como ayudantes suyos. Ambos, imbuídos como
estábamos de la necesidad de incorporarnos al movimiento y llenos de fe y
encendidos de fervor a la Patria, le manifestamos nuestra inquebrantable
decisión de seguirlo hasta donde las circunstancias nos llevaran.
Don Chico nos dio las gracias a nombre de la Patria y nos dijo que pronto
recibiríamos instrucciones.
Una noche, encontrándome yo en casa de mi novia, hoy mi esposa
Rosita, como a las siete de la noche, llegó don Chico manejando su automóvil
negro; me invitó a subir porque ibamos para un sitio que por el momento don
Chico me lo ocultó. Ibamos para Pilas, situado en Naranjo, lugar muy escondido
por aquellos días, hacienda de su propiedad donde había instalaciones propias
de un beneficio de café y abundante en sus alrededores de cafetales. Cuando
llegamos a la casa de la administración nos esperaban cuatro personas, las que
me fueron presentados como Roberto -El Indio- Escalante, Miguel Ruiz Herrero,
Julio Sánchez Quesada y otro cuyo nombre ha escapado a mi memoria. Don Chico en
pocas palabras -era de poco hablar-, nos dio las instrucciones que deberíamos
atender en el camino que deberíamos emprender de ahí en adelante.
Yo continué yendo a Pilas donde fui entrenado por los citados
Escalante y Sánchez, a fabricar coctails (bombas) Molotov, que tan buenos
resultados les habían dado a los rusos en su lucha contra los alemanes y que
consistía en una botella corriente, de vidrio, conteniendo tres cuartas de
gasolina, una de diesel y dos onzas de azufre. Se envolvía en yute o gangoche,
dejando en la parte inferior una mecha para encenderla y lanzarla contra el
objetivo, provocando, al estallar, un voraz incendio. También fui entrenado en
la colocación de dinamita en parches para volar puentes o edificios; igualmente
fui adiestrado para disparar con armas, calibre 45 y ametralladora de sitio. En
fin, recibí instrucciones para prepararme para un acontecirniento como el que
nos esperaba.
Se había instalado don Chico con sus hombres en el Cuartel de
La Paz, lugar como ya dijimos sumamente adecuado para mantener un ejército
regular y así atacar puntos claves de las fuerzas gobiernistas. Además de las
condiciones naturales topográficas como por ejemplo el camino que daba acceso a
las instalaciones distantes cuatro kilómetros adentro de la montaña, que al
correr paralelo al Río La Paz, por el lado derecho desembocaba en numerosas
quebradas, teniendo cada una de ellas puentes de madera que podrían ser
dinamitados con facilidad para impedir el paso de cualquier contingente enemigo
que osara penetrar en él. Tales condiciones les brindaba una seguridad especial
para evitar alguna incursión del enemigo.
Don Chico, dentro del esquema general organizativo y
preparatorio de la revolución, me escogio «como su mano derecha» en San Ramón y
que sería el comisionado de llevar adelante las incidencias iniciales del
movimiento en el momento propicio. En efecto, el que esto escribe recibía
órdenes directamente de don Chico, que ya estaba constituido como el Comandante
de la rebelión de lo que en adelante sería denominado Frente Norte, en íntima
comunión con el Frente Sur. Para lograr los fines deseados y una mayor
efectividad en las acciones del futuro me fueron dictadas las directivas
siguientes:
Comunicación directa, actuando yo como agente de enlace, entre
la casa de don Fernando Valverde, quien se encontraba en el Frente Sur con
Figueres y el Frente Norte. Dicha casa se encuentra aun al costado este de la
estación de gasoliria de Jesús -Churi- Rodríguez, en la que había instalada
una pequeña estación de radio que recibía mensajes del Frente Sur. Tales
mensajes debían ser llevados diariamente al Cuartel de La Paz y de eso fui
encargado yo. Cada día, debía presentarme entre ocho y nueve de la manana a
dicha casa para saber qué había de nuevo y proceder en consecuencia. Algunas
veces recibía instrucciones para llevar un recado, otras para acudir a algún
sitio a recibir armas que enviaban vecinos de otros lugares.
Cumpliendo tales premisas, me tocó una vez ir a La Balsa,
finca de los señores Herrera, para guiar junto con Juan Rafael -Chirvala-
Varela, a un grupo de naranjeños que deseaban incorporarse al Frente Norte.
Entre ellos estaban los Hermanos Corrales, Lisandro y Carlos, un hombre de
apellido Poveda procedente de San José, quien había arrebatado un revólver y un
máuser a un policía. Había otros hombres, pero he olvidado sus nombres.
Chirvala y yo, guiamos a los futuros combatientes, por un camino desconocido
para todos, menos para Varela que conocía muy bien aquellos andurriales, que
conducían de La Balsa a La Paz. Con los hombres y una carreta tirada por
bueyes, cargada de dinamita, provisiones y otros pertrechos, llegamos a La Paz,
casi de noche, siendo recibidos con gran entusiasmo por don Chico y sus
hombres. Yo regresé a pie a San Ramón.
Al día siguiente recibí órdenes de don Rogelio Valverde quien
estaba a cargo de la estaclón de radio, para trasladarme a Alto Villegas a
recibir unas armas que enviaba don Otilio Ulate, desde su finca La Vieja de San
Carlos. Me hice acompañar de los revolucionarios Glauco Araya, Huber Chacón y
Juan Vicente González Valverde. Al llegar a la finca de Miguel Valverdel hombre
de toda confianza, nos esperaba un hombrecito bajo, quien traía las armas
enviadas por Ulate que consistían en dos revólveres: un calibre veintidós y
otro calibre treinta y ocho largo; una carabina veintidós y un rifle calibre
veinte, usado en cacería. Las recibimos llenos de satisfacción y las escondimos
entre un montón de bagazo que había en el trapiche propiedad del señor
Valverde. Como era muy tarde de la noche, regresamos a San Ramón, para al día
siguiente transportarlas a La Paz, recibiéndolas don Chico con gran alegría,
pues las armas eran muy escasas.
Al día siguiente, me presenté, como de costumbre, en la casa
de don Fernando, recibiendo orden inmediata de don Rogelio para que viajara a
La Paz llevando un pequeño rollo de papel, muy parecido a una cinta de tiros
de los que usan los chiquillos para disparar armas de juguetes para los días de
Navidad. «Tenés que llevar esto a La Paz y entregárselo personalmente a Chico;
¡es algo muy importante!». Fue la orden que me dio don Rogelio. E insistió:
«Si te agarra la policía, tenés que comerte ese rollito, porque contiene la
clave de transmisión de la radio del Frente Sur. ¡No podés permitir que esto
caiga en manos del enemigo!»... Pasé por mi casa y al salir, observé al
Sargento de la Policía, Rafael Hernández Alvarado, hombre muy acucioso y sagaz,
me vigilaba. Como pude, por entre los cercos aledaños a mi casa, logré
escabullirmele al Sargento Hernández y cogí el camino a San Juan. Como yo
conocía los trillos de ese sector como la palma de mis manos, siempre por
entre cafetales y charrales, cruzando el río Barranca, salía a la calle de Los
Angeles; de aquí al camino de Piedades Norte y luego a La Paz, donde hice
entrega , todo orgulloso, de aquel importante documento a don Chico, quien me
felicitó y me dijo: «Ahora sí va a haber comunicación directa con el Frente
Norte y va a haber mejor coordinación...» yo por mi parte, estaba seguro de que
habría major entendimiento entre los dos frentes.
Otro episodio que merece consignarlo aquí es el que trata del
robo de dinamita en las Minas del Aguacate, jurisdicción de San Mateo. Para
esta comisión fue encargado José María -Chema- Bogantes quien acompañado de
Heriberto Martínez y otros, llevaron a cabo brillantemente la acción. El
administrador de Las Minas era Alfredo Herrera, miembro de la oposición, por
lo que no hubo dificultades de ninguna clase, pues el señor Herrera estaba de
acuerdo con tal cometido. La operación se llevó a cabo usando bestias para el
transporte de las cajas de dinamita pasando por caminos de poco tránsito y
siguiendo el rumbo: Piedades Sur, Nagatac, Agua Agria y El Desmonte. La
dinamita fue usada para garantizar la voladura de los puentes de La Paz y para
dinamitar el Puente del Río Colorado, situado en la carretera Vieja de Naranjo
a Sarchí y también en el intento de voladura de Las Gemelas sobre la carretera
a Puntarenas.
En los primeros días de marzo de 1948, dispuso don Chico
dinamitar el puente sobre el Río Colorado, ubicado entre Naranjo y Sarchí, por
la carretera vieja. Con tal fin encargó al Indio Escalante, quien acompañado de
Sánchez, Miguel Ruiz, el que esto escribe y dos más, cuyos nombres no me vienen
a la memoria y armados de un mosquetón, dos maúseres, revólveres y carabinas y
cuatro cargas de dinamita. Salimos de La Paz en horas de la tarde, muy hermosa
por cierto y cruzando por La Balsa, Los Angeles, El Silencio, Alto Villegas, La
Cañuela, Concepción y San Jerónimo de Naranjo, llegamos al objetivo. Allí
Escalante nos distribuyó conforme a la topografía del terreno. A mí me
correspondió situarle en una colina al oeste del puente, armado de un máuser y
me tocaba vigilar la entrada del puente por el sector este, sea, la llegada de
Sarchí. El Indio con Sánchez procedieron a colocar las bombas, tipo parche, en
las partes donde ellos creían lo más vulnerable de la estructura. Más o menos
dos horas más tarde, nos hicieron señales de que estaba lista la operación para
dar fuego y así ocurrió, una vez reunido el grupo al lado oeste del puente,
posición que nos dejaba el paso libre para huir hacia La Paz, por donde
habíamos llegado. Cuando oímos la explosión, todos creímos que el puente, o al
menos una buena porción de él, había sido destruída; pero no ocurrió así, pues
las bombas habían quedado «flojas», quizás por falta de experiencia o de
conocimiento de la estructura del puente. En todo caso, la misión había sido
cumplida y lo destruído en el puente sólo constituyó una pequeña porción del
piso, daño que fue reparado por las fuerzas del gobierno, dos días después.
Sin embargo, analizando el operativo, el resultado fue satisfactorio, porque el
Gobierno se vio obligado a mantener una fuerza en forma permanente para su
vigilancia. También quedó demostrada la potencialidad de ataque de la gente del
Frente Norte.
La organización del Frente Norte quedó definitivamente
organizada de la manera siguiente: Francisco José Orlich Bolmarcich,
comandante, Jefes de Pelotón: Fidel Tristán, Rodrigo -Indio- Escalante, Alberto
Martén, Lisímaco Azofeifa, Eugenio Mora Bustamante, Antonio Acosta Salazar y
Jorge Quesada Muñoz. Otros puestos de mando eran ocupados por los improvisados
militares que más se distinguían por su interés, decisión y don de mando, como
en los casos de Teófilo Herrera Orozco, quien era el administrador de la finca
La Paz, Lubín Chaves Morera, Marco Tulio Chaves Morera, Carlos y Luis Guillermo
Alfaro Solano, José Manuel -Chanel- Jiménez, Carlos -Chale- Chassoul Monge,
Besarión Rodríguez, Gregorio -Goyo- Rojas Picado, Pedro Amores, Juan Rafael
-Chirvala- Varela Lara, Carlos Roulanger, el único experimentado de todo el
contingente pues había peleado en Francia, durante la Segunda Guerra, contra
los alemanes. También se encontraban actuando como soldados: los hermanos
Esquivel, los hermanos Corrales Mora, Mario y Braulio, Raúl Cambronero, los
hermanos González de Los Ángeles de San Ramón; además gentes de Palmares, de
Alfaro Ruiz, de Naranjo, y de otros lugares como Tilarán, Atenas, etc. Desde
ahora me apresuro a pedir disculpas a todos aquellos valientes que ingresaron a
las filas del Ejército del Frente Norte y que no han sido consignados aquí.
Esto se se debe a que no existen listas de todos los participantes. Además, el
tiempo que hace de tales acontecimientos, hace que la memoria sea un enemigo
que nos lleva a cometer injusticia. Para todos que quede constando esta
circunstancia y advertirles que de todas maneras, el recuerdo es imperecedero
y el agradecimiento de la Patria pervive en el corazón de los legionarios de la
época.
IMPORTANTE COMISION AL FRENTE NORTE
El ocho de marzo de 1948, nos fue encargado a Edgar -Macho-
Mora García y a mí, una importante misión que consistía en transportar víveres,
combustibles, municiones, etc., al cuartel del Frente Norte. Para ello debíamos
usar un camión de carga, el más grande que existía en esos años en San Ramón
perteneciente a Mora García. Era de marca «Reo», el que una vez cargado, como a
las diez de la mañana, partimos hacia La Paz. Había que cruzar el centro de
San Ramón, pues el vehículo estaba localizado en la estación de gasolina de
Humberto Mora Cambronero, donde está hoy la estación ESSO. La salida fue
espectacular pues posiblemente encontraríamos en el camino a policías del
gobierno. Pasamos por la calle central al costado oeste de la Iglesia
Parroquial y el Palacio Municipal, lo que realizó mi compañero Mora, que era
un gran chofer, a gran velocidad, de modo que las autoridades no tuvieron
tiempo de vernos y ya era tarde para perseguirnos con éxito. De modo que
llegamos a La Paz sin novedad. En La Paz nos recibieron con vítores y gran
alegría, ya que era la última operación de ese calibre que haríamos, pues la
rebelión estallaría de un momento a otro.
Al día siguiente me presenté, como de costumbre, en la casa de
los Valverde, donde don Rogelio me dio instrucciones de dirigirme
inmediatamente La Paz, pues don Chico requería mis servicios urgentemente.
Orienté mis pasos por las sendas ya descritas. Llegué al Cuartel de La Paz,
como a mediodía. Don Chico me giró las que serían las últimas instrucciones,
pues todo debía quedar listo para el día doce, en la noche, en que San Ramón
debía ser atacado por las fuerzas del Frente Norte. Ya en El Empalme y otros
sitios del Sur del país habían ocurrido alzamientos y encuentros entre las
fuerzas del gobierno y las revolucionarias, con saldo de muertos y heridos.
Concretamente se informaba de la unidad móvil destruida por los rebeldes, en la
que murieron importantes militares del Gobierno de Picado, a manos de Frank
Marshall y sus compañeros Pepino Delcore y otros valientes. Entre los militares
gobiernistas habían perdido la vida el Coronel Roberto Tinoco, Pencho Alvarado,
uno conocido como "Perro Negro" y otros más, todos de absoluta confianza del
Gobierno de Picado. A esta acción se le consideró un duro golpe para las
fuerzas leales al Gobierno.
EL ASESINATO DEL DOCTOR CARLOS LUIS VALVERDE VEGA
El tres de marzo de 1948, nos asombró a todos los
costarricenses una de las noticias más nefastas, dolorosas, trágicas y
dramáticas de toda la historia nacional. Las emisoras de radio nos despertaron
con una noticia verdaderamente lamentable. Al efecto, amenizaban sus programas
con las notas de la desfalleciente «Marcha Fúnebre», la más célebre de todas
las marchas fúnebres del mundo. A veces era interrumpida con las notas del
Himno Nacional y lacónicamente trasmitida la infausta del asesinato del Dr.
Carlos Luis Valverde Vega, a manos de los sicarios del gobierno, el célebre
asesino Tavío, de origen cubano, mercenario de las fuerzas del Gobierno de
Teodoro Picado.
El Dr. Valverde se encontraba en su casa de habitación en San
José, reunido, según se dijo, con algunos personajes dirigentes de la
oposición. Se anunció que trataban de la organización de la Revolución que
pronto estallaría y ello ocasionó que Tavío con un pelotón de criminales como
él, asaltaran la casa del doctor Valverde y sin darle oportunidad de
defenderse, cayó mortalmente herido en el jardín del frente de su casa y luego
rematado para no dejar dudas de su muerte.
El doctor Valverde había nacido en San Ramón, hermano de los
Valverde de los que hemos hecho mención, Licenciado Rogelio Valverde y don
Rodrigo Valverde, hombre agricultor de grandes méritos. Todos ellos,
prominentes en la vida nacional y el doctor, notable por su inteligencia como
médico, era, por su preparación e idoneidad, mencionado para ocupar la
presidencia de la República. Además, era un hombre valiente y generoso y por
eso había que acabar con su vida.
Pocos años antes, había ocurrido otro crimen horrendo. Había
sido asesinado otro eminente médico nacional: el doctor Moreno Cañas. Otro de
los grandes y famosos galenos que adornan y prestigian el Cuerpo Médico
Nacional y de quien se asegura que hacía y hace milagros, ya que realizó
curaciones realmente milagrosas. Aun se cuenta que hay personas que mantienen
en su hogar retratos del médico, a los que se mantienen con velitas encendidas
como si veneraran la efigie de un santo.
Pues bien, estos asesinatos, cuyo origen jamás comprendió el
pueblo costarricense, llenaron de amargura el ambiente nacional. Ambos de
carácter político, llevaron a la conciencia del costarricense el
convencimiento de que nuestro país se encontraba en una encrucijada de la que
no había otra salida que el movimiento armado.
El dolor y la amargura que produjo el asesinato del Dr.
Valverde, por ser más reciente y el más cruel, enterneció y estremeció el alma
costarricense hasta lo más profundo y obligó a todos los costarricenses de
corazón puro y digno, a tomar la dura decisión de empuñar las armas para acudir
en salvaguarda de la Patria mancillada por mercenarios extranjeros y aun por
malos hijos de esta Patria.
Ejemplos como los anteriores, no dejan lugar a dudas de la
razón de la causa revolucionaria y de la ineludible obligación de luchar por la
nobleza de una bandera que debía ser izada en honor del prestigio nacional.
El asesinato del Dr. Valverde tuvo verdadera influencia moral
y directa en la decisión del pueblo costarricense para la participación heroica
en la guerra que se avecinaba. Este hecho brutal tuvo repercuslón en todos los
ámbitos patrios, toda vez que el doctor era muy estimado como profesional y de
gran sensibilidad humana.
ENCARCELAMIENTO
Las últimas instrucciones que me giró el comandante Orlich
fueron las siguientes: a) Organizar la incomunicación de San Ramón con el resto
del país que consistía en el corte del fluído eléctrico, el de telégrafo,
teléfono y suspensión del servicio de agua. b) Distribución de algunas armas y
coctails Molotov que habían sido preparados anticipadamente c) Confección de un
croquis de la ciudad de San Ramón que sirviera de guía para el ataque que se
avecinaba. Este punto fue cumplido ahí mismo, pues con una hoja de papel y un
lápiz y sobre un banco de carpintería lo confeccioné, indicando en él los
lugares donde estaban escondidas las armas y las bombas, así como la ubicación
de los edificios principales y las calles de mejor acceso para el ataque a los
mismos. En dicho croquis se destacaba la ubicación del Palacio Municipal,
centro de estacionamiento de la policía, el Mercado, la Iglesia Parroquial,
Parque, la casa que hacía de cuartel al Resguardo Fiscal, etc.
En cuanto al punto a) comisioné a Eduardo Soto, quien buscó a
su vez a dos ayudantes. El trabajo de Soto consistió en la interrupción del
servicio eléctrico en San Pedro, lo que logró lanzando un cable sobre las
líneas conductoras de la planta de San Pedro hacia la ciudad de San Ramón. La
operación resultó exitosa. Para el punto b) comisioné a Kermith Salas Bermúdez,
quien igualmente, con dos ayudantes cortó el cable del teléfono a la altura de
San Isidro. Esta operación resultó muy simple y fue lograda a perfección por el
señor Salas, ya fallecido. Para el tercer punto, delegué funciones en Carlos
García Flores, quien también escogió de su entera confianza a dos ayudantes. El
corte del teléfono fue logrado fácilmente, pues el tendido del cable era a
poca altura y sobre postes naturales. La suspensión del servicio de agua fue
encomendada a Abelino Campos Sancho, que era el empleado municipal que atendía
tal servicio.
De esta manera San Ramón quedó a oscuras, sin teléfono ni
telégrafo y sin agua. Había sido cumplido el plan prescrito y ordenado por el
comandante Orlich. En cuanto a las armas, que consistían en un lote de
revólveres y dos rifles de cacería, el propio don Chico se encargó de
comisionar a soldados de su confianza para que las recogieran e hicieran uso de
ella; pero esta parte fracasó ya que los hombres encargados fueron omisos en la
comisión. Las bombas en cantidad de cincuenta y siete estaban distribuidas como
sigue: veintisiete en la cerca de la casa, colindante con Rogelio Valverde y
que pertenecía don Gregorio -Lolo- Miranda, situada al costado sur de la Iglesia
Parroquial; veintitrés en la casa de Rafael Carrillo Castro, situada donde
estaba la estación de buses de Mora. Las restantes diecisiete bombas se
encontraban escondidas en casa de Berta Núñez, tía mía. Dichas bombas fueron
fabricadas en la casa de mi madre, Doña Digna Núñez y colaboraron Wálter
Cambronero Muñoz, Jorge Mora Bustamante, Humberto Mora Cambronero, quien
obsequió la gasolina y el diesel.
En horas de la mañana del once de marzo, acababa yo de llegar
de La Paz, cuando cayó en casa de mi tía Berta una patrulla del Resguardo
Fiscal, jefeada por el Sargento Azarías Salas Cabezas, acompañado de los
guardas Ramón Leitón Méndez, Rafael Rodríguez Cambronero y un miembro del grupo
de muelleros de Puntarenas, que prestaba servicio en este lugar. Al preguntar
el sargento Salas, quién era el dueño de la casa y responder mi tía Berta que
ella era la dueña, procedió a su arresto, obligándome yo a responder por ella,
siendo detenido en el acto y conducido al Palacio Municipal, donde fui puesto
a la orden del Juez Penal de San Ramón, Lic. Miguel Pacheco Brown.
El resto de las bombas no fueron utilizadas por la omisión de
los soldados rebeldes, encargados por don Chico y que no cumplieron su
cometido.
Como ya quedó dicho, el que esto escribe, fue detenido. Al
principio no me importó el hecho, porque según el comandante Orlich, yo no
debía prestar resistencia y porque él comisionaría a un contingente para que me
liberara de la cárcel. Por informes que tuve depués, ese encargo fue dado por
don Chico a José Angel del Barco. Así las cosas, al día siguiente, doce de
marzo, fui conducido al jusgado a rendir declaración en la causa penal que
había sido establecida, según el criterio del señor Juez, por los delitos de
estrago e incendio, dada la poderosa carga de las bombas. Permanecí
incomunicado en la cárcel de San Ramón, por todo el día, hasta que se produjo
el ataque de las patrullas del Frente Norte a San Ramón. Gracias a que el
Alcaide de Cárcel, Alonso -Pancho- Mora Rojas, era como un hermano mío, me
permitió presenciar desde la acera de la Cárcel, situada donde está ahora el
edificio del SNAA, el ataque que llevaban a cabo las fuerzas del Frente Norte
contra la plaza de San Ramón.
ATAQUE A SAN RAMON
El doce de marzo de 1948, a eso de las siete y treinta de la
noche, el comandante Orlich y sus huestes, de improviso cayeron sobre la
ciudad de San Ramón. Las tropas se agruparon en la finca «El Porvenir»,
propiedad de los senores Orlich, situada a las afueras de esta ciudad, sector
oeste, como doscientos metros al norte de la Iglesia del Tremedal. En este
lugar las fuerzas fueron divididas en tres columnas. La primera debía
dirigirse hacia el Mercado con lo que taponarían la salida del contigente
oficial por el lado norte, sea, la posibilidad de una retirada de las fuerzas
gobiernistas. La segunda columna avanzaría, partiendo de la Iglesia del
Tremedal hacia el parque para atacar frontalmente el Palacio Municipal, y a
la vez, dominar ei flanco oeste de dicho edificio. La tercera columna partiría
de la esquina, cien metros al sur del Tremedal hacia el Este para atacar la
casa donde estaba ubicado el Resguardo Fiscal, al frente de lo que es hoy
Panadería Orozco y cubrir el flanco Sur de la Iglesia Parroquial. Esta posición
sería encargada a Carlos Boulanger, quien con su mosquetón, dominaría el Parque
y la entrada del Palacio Municipal. Al escucharse los primeros disparos, la
población entera, a oscuras como hemos dejado dicho y totalmente aislada del
resto del país, soportó durante dos horas, más o menos, el nutrido fuego
cruzado que desde los puntos indicados, ametrallaban el Palacio Municipal,
desde donde, los pocos policías que allí había al mando del Jefe Político
Flavio Mora Pacheco y secundado por algunos leales a la causa gobiernista,
repelían el fuego.
En la esquina noroeste de la Iglesia Parroquial, se hallaba
apostado el revolucionario Federico Alpízar, oriundo de Naranjo, quien al
recibir el impacto de un tiro en su cabeza, fue muerto instantáneamente. En la
puerta del Edificio Municipal, cayó de otro disparo mortalmente herido Catalino
Murillo de las fuerzas del Gobierno. Cien metros al este de la esquina del
mercado, Carlos Corrales, de Naranjo, fue herido en una rodilla. Este es el
saldo del ataque revolucionario del doce de marzo de 1948.
La participación de la ciudadanía ramonense en favor de la
revolución fue muy pobre e indecisa. Tuvimos informes de que Ezcequías
Cambronero y Juan Luis Ulate Ramos, valientes y leales de la causa
revolucionaria, se echaron a la calle con sendos revólveres; pero no hubo
coordinación entre el contigente que procedía de La Paz con la gente que quería
colaborar, clasifiquémoslo como poblaclon civil.
En todo caso, la intensión del Comandante Orlich no era la de
tomar la plaza de San Ramón y hacerse fuerte aquí, sino, la de provocar la
alarma y demostrar que existía una fuerza militar capaz de hacer frente a
cualquier eventualidad de ese carácter que pudiera suscitarse en el futuro.
Igualmente se pretendía que el Gobierno se viera obligado a mantener en San
Ramón una fuerza poderosa y sustraerla del Frente Sur, con el fin de aliviar la
presión que sobre este frente pudiera plantear, haciéndole más difícil la
situación a Figueres.
Una vez cumplida la misión, en la forma narrada, los hombres
del Frente Norte se retiraron al cuartel de La Paz, donde se mantuvieron, en
buena parte, con la salvedad que diremos, en forma precaria, pues se carecía
de armas y elementos bélicos suficientes como para continuar hostigando las
fuerzas leales. Por su parte, tampoco el Gobierno mostró interés en atacar el
Cuartel de La Paz, ya que a pesar de su vulnerabilidad, las tropas acantonadas
en San Ramón tenían otros intereses, como lo veremos. En efecto, al día
siguiente del ataque de Orlich a San Ramón, a muy tempranas horas, llegó un
poderoso contingente de Puntarenas, integrado en su mayoría por muelleros. Esta
gente venía comandada por un capitán Rodríguez y horas más tarde llegó otro
poderoso batallón de fuerzas enviadas desde San José, jefeadas por el
tristemente célehre Aureo Morales, quien disponía de unos doscientos hombres.
Este se mantuvo en San Ramón por pocos días hasta que quedara la plaza de San
Ramón debidamente organizada.
Después fue designado jefe de la zona, al medroso General
Modesto Soto, que de general no tenía nada, el que veinía secundado por sus
cuñados de apellidos Arauz, Amado y Rafael, de origen nicaragüense, que como
se veráa de militares carecían de moral y ética, así como de valor.
Mientras tanto continuaba preso en la carcel de San Ramón,
donde habíamos como ciento ochentn reos hacinados en el pequeño edificio que
durante muchos años dio albergue a chicheros o reos de delitos comunes. En
tales condiciones no hacianmos otra cosa que esperar acontecimientos. Todos los
días recibíamos informaciones de la revolución, generalmente alentadoras. A
cada instante nuestra fortaleza nos indicaba con gran algría y optimismo el
curso de los acontecimientos y sólo esperábamos el triunfo final de la
revolución.
En realidad, dentro del penal no había problemas. La comida
nos era suministrada desde nuestros hogares, y para los detenidos que no eran
ramonenses, un comité de mujeres se encargaron de suministrarles los alimentos,
cobijas y ropa limpia. En este aspecto, hay que rendir homenaje a las mujeres
de la revolución que jamás escatimaron esfuerzos para que los hombres que
desgraciadamente habían caído presos, no sufrieron penas mayores.
Sin embargo, no faltaron ocasiones que nos causaron
preocupación. Un día, me envió un buen amigo a quien creía copartidario de la
causa, una llave para abrir el candado de la puerta principal de la cárcel, a
fin de facilitarnos el escape del penal. Entre los detenidos formamos un
comité de fuga, integrado por Ramón Murillo Castro, Miguel Guitérrez, quien
había sido ingeniero jefe de la construcción de la Planta Eléctrica de
Nagatac, el que esto describe y otros. El día que habíamos decidido el escape,
me llamó el Alcalde de Cárcel, mi estimado Pancho Mora y me dijo sumamente
preocupado que algo raro iba a ocurrir, pues la cárcel se encontraba
totalmente rodeada por gentes del Gobierno y me llevó para que yo quedara
convencido a una pequeña ventanilla que había en una de las celdas y que daba
acceso a la calle. En efecto, al frente de la cárcel pude observar gran
cantidad de rifles cuyos cañones apuntaban hacia la puerta que daba acceso a la
cárcel. Inmediatamente comuniqué aquella circunstancia a mis compañeros, lo que
nos hizo desistir del proyecto de fuga.
Otro día, soldados del Gobierno sacaron de la cárcel a los
detenidos José Miguel Hernández Alvarado y Antonio González Quesada,
difundiéndose la noticia de que los iban a fusilar en el lugar conocido para
nosotros, como «El Aserrín» situado a cincuenta metros de la cárcel y que era
un botadero de esa materia producto de un aserradero que era propiedad de la
Compañía Eléctrica de Mr. Sax. Dichosamente el hecho no pasó de ser una alarma
infundada. Después de unas pocas horas, los mencionados Hernández y González
regresaron a la cárcel, informándonos que los habían llevado a un
interrogatorio y si bien era cierto que los habían amenazado con fusilarlos,
la cosa no pasó a más.
El veinticinco de marzo, como a las diez de la mañana, fue
parqueado un camión de carga que había sido decomisado a Romano Orlich, frente
a la cárcel. Ingresaron tres soldados al penal y a la fuerza fuimos sacados de
allí Ramón Murillo Castro y yo. Al salir de dicho lugar, un soldado Hans Obuch
Kriebel, alemán residente en San Ramón, que prestaba servicio al Gobierno, me
pegó un «culatazo» por mis costillas que me hizo salir de la cárcel
trastabillando, cayendo en la acera del edificio. Después de un momento me
alzaron y me lanzaron al camión, donde ya estaba Murillo y el Lic. Augusto
Jenkins, quien poseía una farmacia en San Ramón desde hacía largo tiempo y
radicado en San Ramón, donde era persona de gran estima. Al Lic. Jenkins se le
atribuía la posesión de gran cantidad de parque o munición para armas de
fuego. Al subir al camión nos encontrábamos debidamente custodiados por los
cuatro costados del vehículo. A mí no me permitieron sentarme en el piso del
camlon, sino que me hicieron sostenerme de una cadena que sostenía los
laterales de la carrocería, atado de ambas manos.
El camión era manejado por Miguel Carrillo Soto; la comitiva
era jefeada pnr el Capitán Fernando López González y los guardas vigilantes que
nos cuidaban en la carrocería eran un hombre de apellido Cruz, un hijo del
General Soto y dos más, a quienes no conocó, por ser gente de fuera.
Al pasar por la «recta de Palmares», una vaca se atravesó al
camión y como éste estaba nuevo y sus frenos en magníficas condiciones, al
frenar para evitar el choque con el semoviente, yo me fui para atrás, hasta
donde la cadena en que estaba atado me lo permitió. Esto hizo que el guarda que
yo tenía a mis espaldas, con su rifle me provocó un «rasponazo», en la base de
la columna que me tuvo lesionado durante los días que permanecí en la
penitenciaría, destino final de la odisea. Además, el culatazo de Hans me tuvo
con fuertes dolores durante ese mismo lapso.
Ese mismo día, en horas de la tarde, nos internaron en la
famosa «Checa», que era el cuartel de la Tercera Compañía de Policía. La
sección más temida de ese cuerpo de policía, cuyos destinos regía el fatídico
Tavío, militar cubano, cruel y asesino del Dr. Carlos L. Valverde Vega.
Nos encerraron en una asquerosa celda, como de tres metros de ancho por unos
cuatro o cinco de largo, donde habíamos hacinados diecisiete reos, todos
políticos. Había unas personas mayores, entre las que estaba un señor Machado,
que según entiendo después fue gobernador de Alajuela. Todos, bajo un calor
insoportable, teniendo que aspirar los fétidos olores del excremento producto
de nosotros mismos, así como de nuestras orinas, ya que el local carecía de
servicios sanitarios y algunos de los reos tenían varios días de permanecer en
tales condiciones. Desde luego, algunos estábamos temerosos por el futuro
incierto que se nos prometía.
Al lllegar la noche, sin comer ni beber gota de agua todos
sudorosos y hediondos, nos visitó un «cura» que según supimos después, era
falso, nos ofreció confesión y coinsuelo espiritual, porque a su decir, todos
nosotros seríamos pasados por las armas, por considerarnos reos, muy
peligrosos.
Sería la medianoche cuando un guarda desde afuera gritaba:
«¿Dónde está el mono de Augusto Jenkins?» (Nos decían monos a los
revolucionarios por una caricatura de la efigie de Ulate durante la campaña
política) Al escuchar las repetidas interrogantes, nos volvimos a ver unos a
otros, llenos de temor y ansiedad. Aquí está dijo otro policía y abriendo la
puerta de nuestra celda, sacaron a empellones al senor Jenkins. Se lo llevaron
encañonado y poco después, escuchamos de nuevo las voces aguardentosas de los
soldados de Tavío: «¡Pónganlo ahí!»; seguidamente las voces de mando:
«¡Guardias, listos!... ¡Apunten!», y luego: «¡Fuego!»... Todo quedó en
silencio. Por momentos parecía que descendía sobre todos nosotros la angustia
de la muerte. Poco después de nuevo, la voz preguntando: «¿Dónde está el «mono»
de Ramón Murillo?» «Aquí está»... dijo otro. De nuevo la misma pantomina...
¡Sáquenlo y tráingalo!... Lo mismo que al señor Jenkins. iPónganlo ahí! Dijo el
ordenanza... «Apunten! ¡Fuego!»... Otra vez, silencio absoluto... La
incertidumbre reinaba en los corazones de los prisioneros y algunos me volvían
a ver, como diciéndome: seguís vos... En efecto, pocos minutos después, se
escucharon las voces: «¿Dónde está el mono de Edgard Córdoba?», «¡Aquí está
ese h. de p.!» «Tráiganlo», y lo mismo que los anteriores. Yo salí de la celda
encañonado. Sentí temor Y por un momento pasaron por mi mente imágenes
borrosas de mi vida. Recordé a mi madre que posiblemente había rezado mucho por
mí; pero la decisión de morir se imponía en esos aciagos momentos. En mi
interior, me encomendé a Dios y en breve pensamiento pedí perdón por mis
pecados..
Pero la marcha continuó y se escucharon las voces de ordenanza
«Póngalo ahí...¡Apunteni!... ¡Fuego!» Me di cuenta entonces que todo había
sido una pantomima. Fui conducido hacia un gran patio de aquella terrible
prisión donde había un autobús. Me obligaron a subir y allí me encontré con
mis compañeros Jenkiní y Murillo. Me obligaron a sentarme separadamente de
ellos, aunque los saludé con gran alegría.
En este vehículo encontré a un soldado ramonense de Rafael
Angel -Loca- Quesada, quien armado de un máuser, lo manipulaba hacia nosotros
moviéndole el manubrio, mientras decía: «¡Qué ganas de que se vaya un tiro!»...
La amenaza no pasó a más, aunque durante el trayecto la reptió por varias
ocasiones.
Pronto llegamos a nuestro destino final: La Penitenciaría.
Pensamos que seríamos llevados al Frente Sur a servir de carne de cañón pues
eso era lo que se decía en la carcel de San Ramón; pero no. Nos alojaron en
una celda, en el pbellón oeste, número diecisiete, donde además había ocho
presos políticos más. Esa noche la terminamos de pasar en el suelo sin abrigo.
Al amanecer sin haber dormido nada, hubimos de levantarnos ya que nos llamaban
a tomar café. Yo tomé unos sorbos pues aquella agua sabía a diablos. El pan que
nos sirvieron no podía comerse, pues era como un trozo de hule; algunos cogían
las bolas de pan para juugar fútbol en los patios y casi rebotaban como si de
verdad estuvieran hechas de hule. A la hora del almuerzo ninguno probó bocado.
La comida era una porquería, el arroz y frijoles olían mal, estaban lleno de
piedrillas, duros y sabe Dios si hasta ratones condimentaban aquella
pestilente comida. Por lo menos los servicios sanitarios funcionaban con
normalidad, había suficiente agua y aun cuando eran comunes, es decir, sin
divisiones, podía uno bañarse adecuadamente.
En honor a la verdad hay que decir que no existía mal trato
por parte de los vigilantes y encontramos compañerismo entre los casi dos mil
presos que existían en todo el penal, presos políticos, ya que los reos comunes
estaban alojados en el sector este del penal. Entre los compañeros
revolucionarios se hablaba de una fuga en masa; pero se corrían graves riesgos
por la vigilancia externa, que se mantenía día y noche.
A la mañana siguiente, fue puesto en libertad nuestro
compañero Augusto Jenkins, pues siendo súbdito inglés, la Embajada de Gran
Bretaña en nuestro país intervino para lograrlo. Lo despedimos con cierta
nostaligia; pero a la vez nos alegramos de ello, pues la libertad es un goce
divino.
Cerca del mediodía, llegaron unos guardias a la reja
preguntando por Edgard Córdoba; pero habíamos sido advertidos de que no nos
identificáramos por lo que había ocurrido con Nicolás Marín, quien fue sacado
de la detención y jamás apareció, siendo una víctima inmolada y que se
convirtió, más tarde, en un héroe de la revolución. Sin embaråo, me acerqué
con mucho sigilo a la reja y cuando los guardas dijeron que traían unos
colchones, ropa de cama y comida para Edgard Córdoba me identifiqué y
reclbí aquel tesoro que había caído como del cielo. Después supe que Rogelio
Valverde, que estaba preso en otra sección, llamada de «preferencia», se
había enterado que Ramón Murillo y yo estábamos presos. Él avisó a sus
hermanas Elenita y Gertrudis que vivían en San José y éstas que conocían a mi
prima Fanny Quesada Córdoba, le avisaron por teléfono y mi prima procedió a
enviarnos comida suficiente para dos, que compartimos gustosos y complacidos
y además los enseres que nos servirían para dormir mejor durante los días que
nos faltaban. Un «Dios le pague» brotó de nuestros corazones para mi querida
Fanny.
Separados del mundo como estábamos, no había noticias y sólo
una que otra «bola» nos llegaba acerca del rumbo de la situación. Siempre
fuimos optimistas y esperábamos lo mejor. Fanny no nos volvió a escribir por
temer represalias.
ACONTECER EN SAN RAMON
Mientras tanto, ¿qué ocurría en San Ramón? Al dejar el
Gobierno el cuidado de la plaza de San Ramón al mando del «General» Modesto
Soto y sus secuaces, éstos se dedicaron al pillaje. Robaron todo cuanto
pudieron: granos, ganado, saquearon tiendas como la de José -Pepe- Valenciano
y el Almacén Orlich, negocios como el de José Joaquín Mora Paniagua, Rafael
Castro Piepper, Luis Pineda Arias, Ramón Rodríguez y muchos otros. Patrullas de
cuatreros recorrían los campos asaltando a los campesinos que poseían maíz,
frijoles o cualquier otro bien que pudiera satisfacer sus apetitos de rapiña.
Encarcelaron a todo aquel que fuera blanco de su saña y en fin, actuaron con
avaricia y codicia.
Uno de los hechos que más indignación causó, fue la detención
sufrida por distinguidas damas de la sociedad ramonense por el solo hecho de
estar emparentadas con los jefes de la revolución. Se trató de las señoras
Marita de Orlich, esposa de don Chico; Aleida Acosta esposa de Rodrigo
Valverde; María Orlich, hermana de don Chico; Anita Monge de Chassoul, hoy de
Vega. Estas señoras fueron conducidas al Palacio -Cuartel- Municipal, donde
fueron humilladas y escarnecidas por los hermanos Arauz. Al saberse de las
incidiosas intencione de tales sujetos, el Teniente Fernando López, Martín
Quesada Muñoz y Rafael Hernández, los tres jefes del estado mayor de Soto, se
constituyeron en salvaguardia de la integridad física y moral de las detenidas,
hasta lograr su libertad. Esta actitud de los valientes y honestos soldados
gobiernistas, verdaderos ejemplos de la civilidad costarricense, deberá siempre
permanecer en el corazón de los ramonenses y rendirles homenaje de respeto y
admiración. Dos de ellos, ya son fallecidos: López y Hernández, Martín Quesada
aun vive.
Posteriormente, los mismos sicarios de Arauz, por causa de
faldas, mataron en la misma puerta del Palacio Municipal a un humilde soldado
compnñero suyo, Luis Ramírez, hombre trabajador que se opuso a las malas
intenciones de dichos sujetos con respecto a unas jovencitas, a quien
pretendían con sus amores.
Otro hecho significativo ocurrido durante estos días, fue el
derribo de un avión que fue tiroteado por hombres de La Paz, mientras
bombardeaba con bombas hechas por el Gobierno de Picado en los talleres de
Obras Públicas. Según las versiones llegadas hasta este servidor, esas bombas
fueron hechas usando cilindros de gas, los que eran rellenados con dinamita y
múltiples pedazos metálicos que al estallar la bomba se esparcían por todo el
ámbito de su alcance, causando lesiones y daños a los soldados revolucionarios.
Dos de estas bombas cayeron en las cercaías de las instalaciones
revolucionarias, pero no causaron daño alguno. Los hombres de La Paz, con sus
rifles tirotearon al intruso que fue alcanzado, habiendo caído en las faldas
del río Espino, jurisdicción de Zapote de Alfaro Ruíz. En el percance murieron
sus ocupantes y una de sus armas fue entregada, más tarde, al suscrito, cuando
ya había concluido el movimiento revolucionario.
21 DE ABRIL: TERMINA LA REVOLUCION
Muy temprano el 21 de abril de 1948 llegoó a la
Penitenciaría la noticia de que delegados del Gobierno, acompañados de Monseñor
Víctor Manuel Sanabria, Arzobispo de San José y el Embajador de los Estados
Unidos, señor Davis, habían logrado concertar la paz con Figueres y su estado
mayor, reunión que tuvo efecto en el Alto de Ochomogo, antes que el ejército de
la revolución cayera sobre Cartago y luego sobre San José, con las gravísimas
consecuencias que ello habría significado por la pérdida de vidas y destrucción
material que tal acción habría ocasionado. Los mil ochocientos y pico de
hombres que estábamos en la prisión estallamos en un grito de júbilo. Las vivas
a Ulate, a Figueres a las tropas del ejército de liberación conmovieron hasta
sus cimientos los vetustos muros de la Peni y sólo anhelábamos el momento de
salir de aquel antro para respirar los aires de libertad que desde hacía
cuarenta y dos días no respirábamos.
Pero no todo era gloria. Aun faltaban tremendos momentos de
angustia. Se decía que los «mariachis» no querían entregar las armas y que
estaban dispuestos a destruir San José, antes que cayera en manos de los
revolucionarios. Ante tales perspectivas, las autoridades del penal fueron muy
cautelosas, para evitar que al ponernos en libertad fuéramos masacrados. Así
las cosas, dispusieron dejarnos salir en pequeños grupos, lo que se cumplió a
lo largo del día. Lentamente fuimos desocupando aquella vieja mole de
mampostería.
A mí me pusieron en libertad junto con Teodoro -Lolito-
Barrantes Campos, Ramón Murillo, mi estimado compañero, Santiago Quesada y
otros. Pudimos alcanzar el último bus que salía de San José para San Ramón, el
cual abordamos frente a la antigua Imprenta Nacional. Las calles estaban
desiertas. Nos pusimos en marcha; pero en cuanto llegamos a Tacares de Grecia,
frente a las bodegas de azúcar, el vehículo se varó y no pudo ser reparado, por
lo que tuvimos que continuar a pie.
Al llegar a Sarchí, nos encontramos con gentes que expresaban
alegría al vernos y dudaban que la revolución había terminado; pero por nuestra
apariencia, barbudos, malolientes y demacrados, nos creyeron. Y como éramos de
los mismos, nos advirtieron del peligro que corríamos toda vez que gentes
armadas del grupo de Modesto Soto se habían apoderado del lugar, de Naranjo y
se decía que no querían abandonar San Ramón. Ante tales advertencias, decidimos
seguir nuestro camino por veredas poco transitadas. Por cierto que gentes
buenas de Sarchí nos brindaron café y algo de comer. Los mismos vecinos nos
indicaron el camino que deberíamos tomar para llegar a Naranjo.
Al llegar a Naranjo y propiamente en la calle que conduce al
mercado, nos encontramos con una patrulla de gentes del Gobierno que de
inmediato nos dio el alto. Esta patrulla la jefeaba un hombre conocido como
Yulo López, quien era trabajador del mercado que se estaba construyendo en San
Ramón y muy amigo de Ramón Murillo. Éste nos informó que el comandante de la
zona otro ramonense de nombre Miguel Ángel -Pepo- Lobo que nos odiaba a muerte
y que de haber caído en su poder quizás nos habría ido mal, no quería entregar
las armas a lado de su congénere Modesto Soto; que se encontraba enardecido por
la derrota y que para unirse a Soto, estaba saqueando los negocios de
Naranjo.
López, en un gesto de humanidad, nos recomendó que
continuáramos el viaje por una callecilla que rodeaba la población y que salía
al Bajo de San Lucas, situado al norte de Naranjo, donde está hoy el estadio de
esa población y de allí podríamos tomar el camino que por Palmitos conduce a
San Ramón. Así lo hicimos sin contratiempos. Cogiendo el camino de San Ramón
llegamos a San Isidro, y frente a la que es hoy Escuela Laboratorio, donde
vivía el padre de nuestro compañero Santiago Quesada, éste nos dijo que Modesto
estaba como loco, que no quería entregar la plaza, que desataba balaceras a
cada momento y que asaltaba los negocios aun de su propio partido. Que
tuviéramos mucho cuidado porque de caer en sus manos, correríamos grave riesgo.
En el caso de Lolito Barrantes, no había ningún problerma ya que tomando él la
calle de ronda que sale al cementerio por donde aun vive, practicamente
llegaría a su casa sin problema. En cambio Murillo y yo teníamos que cruzar el
sector noreste de la población muy vigilada por gentes gobiernistas y como la
noche estaba muy clara por la llena era muy peligroso el proyecto.
Murillo y yo nos lanzamos a la aventura. Yo traía una camisa
blanca y sobre mis hombros un saco de manta, tambiín blanco, a manera de
«mica», donde portaba mis chuicas, lo que me hacía un blanco seguro. Era más
o menos, la una de la madrugada. Como yo conocía ese sector como mis manos,
cogimos trillos por entre propiedades hasta llegar a la casa de mi madre.
Entramos por detrás de la casa y llamé a mamá, quien desde adentro preguntó
quién era. A mamá le habían informado que me habían fusilado en San José y por
eso sintió terror de que yo no fuera el que llamaba a su puerta. A mis ruegos
por fin abrió. El abrazo que nos dimos aun lo siento en mi pecho. Conversamos
ligeramente sobre la situación y al escuchar unos disparos, nos dimos cuenta de
que la ciudad de San Ramón seguía en poder de Modesto Soto. A través de solares
Ramón pudo cruzar las pocas cuadras que nos separaban. Al pasar Ramón por
debajo del puente de la Quebrada Estero, que para esa época no estaba entubada,
y como su cauce estaba muy seco, sus zapatos enterrados en el barro se
escuchaban perfectamente a la hora de dar el paso. En ese momento, proveniente
del Norte, pasó una patrulla de soldados del gobierno; pero éstos no se dieron
cuenta y siguieron su marcha y Ramón, que no se había dado cuenta del peligro
en que se encontraba, siguió su curso hasta su casa, situada frente a lo que es
hoy el Almacén Santa Ana.
Al día siguiente, muy temprano, tuve noticias de Ramón, quien
había llegado a su casa sin novedad. Mientras tanto, yo permanecí oculto en un
sitio de mi casa, esperando que Modesto Soto y sus secuaces depusieran las
armas.
LA HUIDA DE MODESTO SOTO Y SUS COMPINCHES
Como a medio día del 22 de abril corrió, como reguero de
pólvora la noticia que anunciaba la huída del famoso General Soto. En efecto,
se escuchaban disparos de fusilería y ráfagas de ametralladora por todas
partes. Era una especie de locura colectiva. Soto preaparó su escape, junto
con numerosos de sus secuaces, hacia Nicaragua llevándose una cantidad inmensa
del producto de sus atropellos y saqueos. En veintisiete vehículos, entre ellos
automóviles, camiones, pick-ups, cargados hasta el tope, iban parte de la
tropa y el producto de su pillaje. En San Ramón no se escapó nadie de sus
tropelías. Hasta negocios comerciales de su propios copartidarios fueron
asaltados, como la tienda La Confianza de Domingo Rodríguez. En Esparza actuó
de igual manera y así en todas las poblaciones que debía atravesar. Soto se
convirtió en una especie de pequño Atila, sin causar daño a las personas
dischosamente. Lo que le interesaba era robar, nada más. En Liberia se organizó
rapidamente una fuerza para impedir su huída hacia Nicaragua, al mando del
Coronel Santos; pero vadiendo caminos, Soto logró huir con su caravana. Nos
contaron que Soto y su gente fue desarmada al llegar a Nicaragua y todo su
cargamento de la mercadería robada, le fue decomisada por el Gobierno de
Somoza, aunque nada de ella fue devuelta a Costa Rica. También se supo que
Soto había sido muerto por un rival.
Entre los ramonenses que partieron con el «General», iban
Marcelino Villegas, de quien jamás se supo su paradero, Martón Quesada Muñoz,
Mario Araya Calvo, Rafel Angel Quesada, Fernando López González, Miguel Ángel
-Pepo- Lobo, muerto en acción en Los Chiles, Rolando Orlich Ramírez, Nautilio
Cordero, Francisco -Pipiolo- Alfaro Calvo.
Serían las dos de la tarde del día veintidós de abril, cuando
hicieron su ingreso a San Ramón los revolucionarios acantonados en La Paz.
Venían comandados por Fidel Tristán, Lisímaco Azofeifa y otros. De camino nos
unimos Rogelio Valverde y casi todo el pueblo de San Ramón. Conforme la columna
se acercaba a este lugar, la tropa se acrecentaba, la que fue recibida con gran
entusiasmo y alborozo. Inmediatamente fueron dictadas las directivas necesarias
para instalarse en el Palacio Municipal, que no sufrió daños durante el período
que duró la revolución. Se procedió a organizar la vigilancia de la ciudad y
sus alrededores.
Yo fui designado como Jefe de Patrullas, procediendo de
inmediato a organizar los grupos que deberían cuidar los lugares estratégicos
del cuadrante; fue organizada la cocina para la alimentación de los soldados
y voluntarios, atendida por mujeres, que en forma generosa y patriótica,
atendieron los requerimientos de la tropa y la que quedó instalada en los
galerones que la Iglesia Parroquial usaba para turnos y actividades que le eran
propias.
El día once de mayo siguiente, cuando me presenté, como de
costumbre, a prestar mi servicio en la calidad dicha, Rogelio Valverde me
entregó un telegrama expedido por su hermano Fernando Valverde que había sido
nombrado como Ministro de Gobernación y Policía de la Junta de Gobierno
presidida por don José Figueres. En dicho telegrama se me comunicaba que había
sido nombrado como Jefe Político y Comandante de San Ramón. De inmediato
procedí a ocupar la nueva posición continuando en la forma prevista con las
circunstancias del momento. Había mucho que hacer. Entre las nuevas funciones
que era urgente intervenir, estaba la del examen de los detenidos que poblaban
la cárcel, ahora del otro lado de la medalla. Algunos de ellos había que
seguirles causa por haber cometido hechos delictuosos; pero en su mayor parte,
fueron puestos en libertad inmediata, pues su detención obedecía a medidas de
seguridad. Entre éstos había ciudadanos honestos que su único delito era haber
prestado servicio a una causa que ellos consideraron justa y correcta. Por ello
fueron puestos en libertad, casi inmediatamente. Poco a poco, la calma fue
colmando los hogares ramonenses, hasta volver a la normalidad, cuando todos nos
dedicamos a tratar olvidar rencillas y odios provocados por la revolución. Mi
función como Jefe Político debe ser juzgada por la historia pues me tocó
gobernar San Ramón en una situación sumamente delicada y difícil, dadas las
circunstancias propias derivadas del movimiento revolucionario.
VUELVE LA INTRANQUILIDAD
A pesar de la aparente paz que vivíamos en Costa Rica había
algunos que seguían pensantdo en volver al poder. Con el doctor Calderón
Guardia a la cabeza. Los que habían perdido la revolución se reunieron en
Nicargua y con el apoyo del dictador Anastasio Somoza, que los armó y preparó
para una nueva aventura bélica, en diciembre de mil novecientos cuarenta y
ocho, se inicio una invasión que se llevó a cabo por la frontera norte desde
luego, sorprendiendo en el primer momento a las autoridades costarricenses.
Este movimiento recibió el nombre de contrarrevolución.
Penetraron varios kilómetros del territorio nacional, llegando
hasta las cercanías de Liberia. Una vez repuesta la Junta de Gobierno,
encabezada por Figueres, de la sorpresa, procedió a organizar el contraataque.
Se entablaron varias acciones de alguna intensidad en los lugares llamados
Cerro El Hacha, La Cruz, El Amo y otros de menor importancia. En realidad, el
armamento que traían los foragidos no era del más moderno, por lo que las
tropas leales costarricenses pudieron repeler pronta y eficazmente la ofensiva
enemiga.
En todo el país se vivió de nuevo el estado de guerra. El
pueblo fue movilizado y todo el mundo, hombres y mujeres, de todas las
condiciones sociales acudieron al llamado de las autoridades nacionales. La
pelea duró poco ya que los atacantes hubieron de retirarse derrotados,
humillados, con heridos y muertos, y desechos moralmente. Así terminó esta
segunda intentona de los calderonistas por hacerse del poder.
OTRA INTENTONA
En diciembre de 1954, vuelve el calderonismo a invadir el país
siempre con la ayuda de Somoza. Desde mucho tiempo antes sabíamos en Costa Rica
que los «mariachis», estaban preparando un nuevo conflicto, pues era patente la
ausencia de personas leales al Dr. Calderón Guardia, que habían desaparécido
del país y se tenía conocimiento de que en Nicaragua, en un lugar denominado
Coyotepe, cercano a Masaya, donde existía un antiguo cuartel, había muchos
costarricenses entrenándose militarmente.
El gobierno de Costa Rica, jefeado por José Figueres, ahora
como Presidente Constitucional estaba sobre aviso; pero atado de manos, como
estaba, no podía hacer nada; es decir, no podía tomar ninguna medida por los
cauces internacionales, porque no se podía demostrar que el gobierno
nicaragüense estuviera auxiliando a los enemigos de nuestro país en una nueva
aventura internacional de carácter bélico. Había que esperar las acciones
militares para así poder recurrir a los organismos como la O.E.A., a efecto de
impedir derramamiento de sangre inútil. Mientras esto ocurría, los
costarricenses nos preparábamos para lo peor. Se establecieron centros de
preparación militar. En San Ramón, Planta La Garita, Planta Electrica, Finca
Judas en Cañas y en otros lugares se encontraban contingentes de costarricenses
preparándose para la guerra.
Un día de principios de 1955, conmovió a la sociedad
costarricense la noticia de que fuerzas calderonistas aliadas con mercenarios
nicaragüenses y hondureños, habían cruzado la frontera norte, ocupando diversos
lugares estratégicos. De inmediato nuestro gobierno proclamó la alerta general
y procedió a enviar hombres en forma extraordinaria. Brigadas especiales
portando morteros pesados se apostaron en lugares como El Amo, Cerro El Hacha y
fue tomada La Cruz, punto fronterizo de gran importancia, donde se hicieron
fuertes nuestras fuerzas y desde donde dirigían su contraofensiva. Sin embargo,
hubo combates encarnizados con saldo de muertos y heridos por ambos bandos.
Lentamente después de las primeras sorpresas, el panorama militar fue tomando
otro cariz, hasta el punto de que, pasadas las primeras escaramuzas, las
fuerzas leales, comenzaron a balancear la situación logrando las primeras
significativas victorias y pocos días despues los invasores se retiraron
derrotados nuevamente.
Debemos mencionar un hecho de mucha importancia que
prácticamente inclinó a nuestro favor la balanza. Fue la intervención del
organismo internacional O.E.A., que envio asesores militares para orientar a
nuestros soldados. Estados Unidos, con base en una resolución de dicho
Organismo, vendió al Gobierno de Costa Rica, por la simbólica suma de un dólar,
dos aviones de guerra, tipo P-47 que sirvieron para neutralizar la acción de
aviones procedentes de Nicaragua y que amenazaban con bombardear San José y
puntos claves de la carretera Panamericana y así interrumpir el envío de
pertrechos de guerra y alimentos al ejército costarricense que batallaba en el
norte. El respaldo que dio la O.E.A., a nuestro gobierno fue decisivo y sirvió
de lección a Somoza para que dejara de intervenir en los asuntos internos de
otros países del mismo hemisferio. Fue una victoria de orden diplomático, en la
que destacó el Lic. Gonzalo Facio, de gran relevancia. Era la primera Vez que
la O.E.A. se sometería a prueba para demostrar su eficacia como organismo que
serviría para dilucidar los problemas regionales entre naciones de la misma
América.
Para el año 1955 durante los sucesos descritos, yo ocupaba el
cargo de Jefe Administrativo del Hospital Carlos Luis Valverde Vega de San
Ramón. Un día, al inicio de tales hostilidades, el Jefe Político de entonces,
Teófilo Herrera Orozco, me llamó para solicitar mi colaboración haciéndome
cargo de la dirección de carácter militar de San Ramón. Yo acepté gustoso tal
responabilidad con amplias garantías para que pudiera desempeñar a cabalidad
mis funciones. Fue así como me correspondió participar de nuevo en una asonada
militar. Al tomar el mando, dispuse todo cuanto podía llevar a cabo para
mantener segura la plaza de San Ramón, que se convirtió en un sitio de enlace
entre San José y el norte, donde peleaban los bravos soldados leales a Costa
Rica.
Dentro del esqucma organizativo militar establecido Por el
Alto Mando del Gobierno, fue establecido un lugar denominado Judas, que es una
finca aledaña a Cañas, Guanacaste. Allí estaban acampados contingentes leales
que recibían instrucción militar y los preparaban para enviarlos al frente.
Yo tenía, además de los asuntos propios de la seguridad de San
Ramón, que cuidar de la manutención de la gente de Judas, debiendo
proporcionarles alimentos y vituallas. De esta manera, en cuatro ocasiones,
dirigí sendos convoyes de vehículos cargados de granos, frutas y pertrechos de
diversa índole, necesarios para el sostenimiento de la gente de Judas.
Ocasionalmente, en dos fechas, tuve la oportunidad dc presenciar el ataque de
aviones enemigos al campamento de Judas. Dichos aviones provenían de Nicaragua
y tenían como objetivo el bombardeo y ametrallamiento del campamento. Vi como
nuestros soldados repelían el ataque con gran eficacia y valentía usando para
ello rifles corrientes.
Cómo en ocasiones anteriores, San Ramón sirvió con gran
eficacia la atención y cuidado de los contingentes que dcbían pernoctar en esta
ciudad, procedentes de San José y enviados a Guanacaste. Aquí comités
especiales cuidaban del alojamiento en la Escuela Jorge Washington. La comida
era preparada por mujeres instaladas en los galerones de la Iglesia, lo que
también hacían con los voluntarios que prestaban servicio en la vigilancia de
la ciudad.
Los dueños de vehículos los facilitaban para hacer patrullaje
o para operaciones, como recoger alimentos o patrullar la carretera o calles de
alguna importancia, como las que conducen a Naranjo, Palmares y Zarcero. Toda
la ciudadanía, sin diferencias de ninguna clase, se aglutinó alrededor de una
causa común, que era la de mantener la integridad territorial de nuestra
Patria, así como, lo más importante, salvar a Costa Rica del inmenso peligro
que sobre ella se cernía de perder la libertad y democracia que tanto había
costado a nuestros abuelos. Así transcurrieron algunos días, llenos de
incertidumbre; pero al fin, por la decisión de nuestro Gobierno y la ayuda
internacional, llegó a su término la aventura provocada por mercenarios con la
ayuda de Somoza.
Costa Rica regresó a la calma, sin poder evlitar el dolor de
algunos hogares costarricenses que perdieron a sus seres queridos o el tener
que cuidar a los heridos que nos causaron los invasores.
Entre los muertos que lamentablemente tuvimos que llorar se
encontraban varios elementos de la Cruz Roja, entre ellos, el Dr. Antonio
Facio y compañeros, ametrallados en El Amo.
Por el bando contrario, murieron en acción Rafael Ángel -Loca-
Quesada, Miguel Ángel -Pepo- Lobo y algunos más cuyos nombres escapan a mi
memoria. También cabe mencionar que otros personajes del bando calderonista se
ausentaron, algunos para siempre, de San Ramón, como ocurrió con Marcelino
Villegas Valverde, cuyo paradero jamás se supo; Nautilio Cordero, quien regresó
a Costa Rica, pero no a San Ramón, dejando aquí a esposa e hijos; Fernando
López González quien se trasladó a Panamá, regresando años después al lado de
los suyos. Otros regresaron y se incorporaron a la vida normal con sus
familiares y haciendas. Tal es el caso de Martín Quesada Muñoz, José Manuel
-Chanel- Paniagua Rojas, Joel Rodríguez Alvarez, Miguel Ramírez, Rolando Orlich
Ramírez y algunos más. Desde entonces viven tranquilos, sin molestias y sin
consecuencias legales de ninguna especie.
Así regresó Costa Rica a su vida de eterna democracia y
libertad. Esperamos que por siempre jamás.
Para concluir este esbozo diremos que donde existió el Cuartel
del Frente del Norte, en la finca La Paz, hoy convertida en parcelas donde
viven muchos agricultores, fue fundado el Partido Liberación Nacional en el
año 1951, según consta en diversos escritos y conmemorado por un monolito,
donde están consignados en una placa de bronce los nombres de sus fundadores,
entre ellos: José Figueres Ferrer, Francisco Orlich Bolmarcich, Fernando
Valverde Vega, los tres ramonences, Daniel Oduber Quirós y otros líderes
prominentes del partido.
ALGUNAS ANECDOTAS
Una noche clara de marzo, en pleno desarrollo de la
revolución un prominente hombre político que estaba al servicio del gobierno,
fue enviado a montar guardia a una de las torres de la Iglesia Parroquial. En
un momento dado y ya en horas avanzadas de la madrugada, el susodicho guarda
tomó el teléfono que estaba instalado en la misma torre y que comunicaba con la
oficina central del cuartel, y a voz en cuello, gritó: «¡por la calle que va al
Tremedal, observo un bulto que viene hacia acá!»... La rápida contestación del
otro lado del hilo telefónico, increpó: «Explíquese qué clase de bulto es;
¡descriíbalo!» Y el guardia, un tanto azorado, contestó: «no sé, se parece
mucho a una vaca», y colgó el teléfono...
Otro día, en el seno del cuartel de las tropas gobiernistas,
se encontraba el encargado de entregar armas a los hombres que saldrían a
prestar servicio, como de costumbre, y al hacerse presente uno de los
voluntarios a quien conocían por el sobrenombre de «Pistiadora», dijo al
oficial «Yo quiero uno de esos rifles de picaporte» se refería a un máuser;
pero hubo de conformarse con un bocaueca de marca Winchester...
Un día de tantos, a la hora de dar instrucciones a un retén
que en esos momentos salía a hacer un recorrido de rutina, el oficial
instructor, ordenó, con voz severa a los soldados: «Recuerden que la situación
es muy grave; el enemigo puede salir de donde menos se piensa. Así es que,
muchachos, deben permanecer ojo alerta y dispuestos a disparar a todo lo que
ustedes vean moverse». La patrulla salió a desempeñar su misión. Allá a altas
horas de la noche, a la luz de la clara luna, vieron un bulto que se movía
hacia el grupo patrullero. Unos inmensos y brilantes ojos brillaron, por lo
que un soldado, sin dar el alto de costumbre, de una vez disparó acertando a
darle al bulto en medio de los ojos... Era un pobre animal vacuno. Que más
tarde se convirtió en un banquete para la tropa.
Así concluyo este trabajo, que dejo a la posteridad como un
recuerdo de los hechos ocurridos durante los años 1948 y 1955, y que Dios
quiera no vuelvan a ocupar en la historia de Costa Rica ningún lugar.
Terminado de redactar en San Ramón, a los veintiocho días del
mes de marzo de mil novecientos noventa y cinco.
MAPA DE SAN RAMON
Ataque del 12 de marzo de 1948
en la ciudad de San Ramón

--->
M.
P.M.
E.
A.
C.C.
T.
C.
R.F.
D.B.
C.A.
P.R.R.
|
Entrada de las columnas rebeldes
Mercado
Palacio Municipal
Escuela
Aserradero
Casa Cural
Teatro
Cárcel
Resguardo Fiscal
Lugar donde estaban las bombas "molotov" y algunas armas
Club de Amigos
Plaza Rafael Rodríguez
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FOTOGRAFIAS
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| Vista del galerón donde estaban ubicadas las oficinas, arsenal y comedor |
Vista parcial, primer término la casa que habitan los miembros del Estado Mayor |
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| Vista general de algunas casas habitadas por los trabajadores de la finca que sirvieron de habitación de algunos soldados |
En primer término el galerón a que se refiere la primera fotografía. Luego, la casa habitada por el estado mayor |
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| Panorama que muestra lo principal del Cuartel del Norte |
Vista parcial de las principales casas habitadas por los soldados |
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| Retén de vigilancia en algú lugar del Cuartel del Norte, La Paz. |
José Figueres Ferrer Comandante en Jefe del Ejército de Liberación Nacional |
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| Edgar Córdoba mientras vigilaba en el Cuartel del Norte |
Grupo de combatientes del Frente Norte |
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| Retén de vigilancia en la Planta Nagatac, San Ramón |
Cuerpo de Policía después de la Revolución de 1948 |
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| Edgar Córdoba despué de la revolución de 1948 |
Edgar Córdoba Núñez nombrado Jefe Político de San Ramón el 11 de mayo de 1948 |
LISTA DE EXCOMBATIENTES DEL FRENTE NORTE
Excombatientes que participaron en el Frente Norte durante la Revolución de
1948. La Paz; San Ramón de Alajuela
Antonio Acosta Salazar
Carlos Acosta Salazar
Orontes Alfaro Orozco
Carlos E. Alfaro Solano
Jorge Alfaro Solano
Federico Alpízar
Rafael Angel Alpízar Badilla
Francisco Alvarez Monge
Pedro Amores Arguedas
Edwin Araya
Rolando Araya
Eliseo Arredondo Blanco
Edgard Arroyo Cordero
Rodolfo Arroyo Ramírez
Lisímaco Azofeifa (Capitán)
José Alberto del Barco
Teodoro Barrantes Campos
Mercedes Banavides Sánchez (Cocinera)
Carlos Boulanger
Fernando Cambronero Gamboa
Fernando Carvajal Gamboa
Jorge "Chato" Céspedes
Victor Céspedes
Jose Antonio Chaves Méndez
Lubín Morera Chaves
Marco Tulio Chaves Morera
Luis Emilio Chassoul Monge
Carlos Chassoul Mongel
Edgard Córdoba Núñez
Carlos Corrales Blanco
Lisandro Corrales Blanco
Braulio Corrales Mora
Arturo Eastwood
Rodrigo Escalante
Braulio Esquivel Paniagua
José Angel Gamboa (Lito Gamboa Mora)
Inocente Gamboa Valverde
Carlos García Flores
Dionisio González Vásquez
Francisco González Vásquez
Ramón González Vásquez
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Alfredo Herrera Orozco
Teófilo Herrera Orozco
Antonio Herrera Salazar
Cristina Herrera Benavides (Cocimera)
Miguel Hernández Alvarado
José Joaquín Jiménez Ramírez
José Manuel Jiménez Paniagua
Anita Leitón Méndez (Enfermera)
Jorge Madrigal Muóoz
Alberto Martén
Heriberto Martínez Loría
Federico Mejías
Gonzalo Monge
Eugenio Mora Bustamante
Nicolás Mora Bustamante
Jorge Mora Bustamante
Edgar Mora García
Carlos Luis Mora Salas
Carlos Morera Salas
Ramón Murillo Castro
Juan José Nájera Salas
Francisco Orlich Bolmarcich
Rafael Angel Quesada Mora
Jorge Quesada Muñoz (Capitán)
Santiago Ramos
Jose Manuel Retana Chacón
Rafael Rodríguez
Besarión Rodríguez González
Antonio Rodríguez Soto
Nautilio Rojas
Gregorio Rojas Picado
Miguel Ruiz Herrero
Miguel Angel Salazar Alfaro
Hector Sánchez
Célimo Sancho Sancho
Floro Soto
Miguel Teja
Fidel Tristán
Juan Rafael Varela Lara
Israel Vega
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Nota: El anterior listado resulta apenas tentativo, al no existir un
registro de los participantes en el Frente Norte. De ahí que, de seguro, hay
omisión de nombres que escapan a la memoria del autor.
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