| ¿Por qué estuve en la guerra del 48? |
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Por Fernando Ortuño
PROLOGO
DE BARRO Y GLORIA
Me acompaña desde hace muchos años la historia de los
hombres de la montaña, surgidos ante el clamor de los oprimidos por la
violencia y el crimen. Los montañeses pelearon bravamente para restituir la
ley, el respeto y el orden, al marcharse dijeron al nuevo gobernante. "llámanos
cuando la patria esté en peligro; cuando su honor y libertad peligren, para
luchar de nuevo por ellos y restablecerlos".
En las alturas, los compañeros muertos esperaban el regreso de
los victoriosos. Junto a ellos habían dado la vida por ideales, peleando,
disparando, huyendo y atacando hasta dejar sus cuerpos confundidos con el
barro, la niebla y la gloria. Porque de barro y gloria se hace el hombre y se
hace también la historia de los hombres.
Pienso en la revolución del cuarenta y ocho y siempre me
refiero a esa historia leída desde que era un niño. Nunca he llegado a pensar
siquiera en que todos esos muertos, que son los compañeros y por ello mis
muertos, hayan pasado por la vida en vano. Razón por la cual cuando se acerca
el tema repito las palabras a que se refiere Fernando Ortuño, en las primeras
lineas de este libro.
No puedo deshacerme de ese cuadro de una mañana clara en
montañas casi desiertas, atravesadas por la recién construida carretera
interamericana. Se acercaba un grupo de desamparadeños jefeados por Domingo
García y entre quienes no era difícil ver a Carlos Gamboa, a su hermano, a
Piquín Fernández y a Fernando Ortuño. En La Lucha, que era la finca de José
Figueres que ocupábamos con el fin de iniciar la revolución, seguimos
entrenándonos con los recién llegados. El dueño de la finca solamente pedía al
que se le acercara para ayudarlo, que llevara un revólver, una pistola, por lo
menos una carabina matatigres, o una guápil, aparte de una chaqueta o una
cobija que eran muy útiles para dormir bajo el cielo en esos montes.
De la revolución mucho se ha escrito y más se ha dicho. En
este asunto de referirse a hechos históricos se distinguen dos grupos. Uno es
de historiadores que buscan documentos, que han conocido los hechos y los
pesan y juzgan siempre hablando en pretérito. El otro está compuesto por los
que contribuyeron con sus ideas, con sus miedos y preocupaciones, todo
tendiente a ir formando la historia. Muchos de éstos cometen el error de
concretarse a si mismos y, generalmente, de hablar de sus acciones refiriendose
a circunstancias que es probable no vivieran y por ello sus palabras escritas o
contadas los van presentando como los principales personajes.
Estas páginas que vendrán después, son lo que Ortuño presenció
y por ello su publicación tenía que titularse como se titula: PORQUE ESTUVE
EN LA GUERRA DEL CUARENTA Y OCHO.
El libro contará no más de lo que el autor vio, sin
relacionarse con otros aconteceres. Lo que Fernando vio y vivió. Si tuvo algún
testigo de las cosas que cuenta, ese testigo soy. Y es tal su parquedad, unida
a su franqueza, que se sitúa en un enfoque objetivo sin pretensiones
proféticas.
Roberto Fernández Durán
San Miguel de Santo Domingo
de Heredia
Mayo de 2001
ANTECEDENTES DE LA REVOLUCION
La pregunta con que titulo este trabajo me la han hecho
repetidas veces y nunca he podido dar una respuesta concreta. Son muchas y muy
variadas las causas que me impulsaron a participar en los acontecimientos que
desembocaron en hechos armados que ensangrentaron al país. Fue como un
diabólico rompecabezas en el cual cada pieza le fue dando forma a ese monstruo
que se convirtió en una guerra fratricida. Era muy joven, cursaba los últimos
años de segunda enseñanza, cuando se desarrollaron los hechos políticos, tanto
en el país como en el resto del mundo, que produjeron los cambios que alteraron
el orden tradicional, desataron la violencia y condujeron a la guerra. Fui
testigo presencial de muchos de esos acaecimientos y lo que me propongo es
narrar aquellos en los que tuve participación.
Hace un tiempo me dijo Roberto Fernández Durán que para él lo
más importante en su vida era haber participado en la Revolución del 48. Como
él yo también participé en esa lucha armada y si bien reconozco que le dio un
giro distinto a mi vida, nunca estuve de acuerdo en que los cuarenta días que
duró la Revolución fueran los más importantes de mi vida.
Con los años he ido cambiando de opinión llegando a concluir
que esa lucha resultó ser el acontecimiento más importante para Costa Rica en
el siglo XX. Me incumbe personalmente, por haber sido uno de los protagonistas
que lucharon desde el primer día, ayudando a que triunfara el movimiento armado
y tomara el poder a partir de entonces.
Mucho se ha escrito sobre la Revolución del 48 y en su mayor
parte se trata de versiones de gente estudiosa que ha investigado los hechos, o
entrevistado a algunos de los protagonistas, logrando así con cierto orden y
secuencia armar la historia de lo ocurrido en esos días cuando las partes
lucharon por hacer prevalecer cada una sus metas y sus ideales.
Nunca he querido escribir sobre esa guerra porque hay pasajes
muy desagradables que quisiera olvidar y que me siguen mortificando la
conciencia. No he pasado de escribir algunas anécdotas que me parecieron
chistosas, como ocurre en toda guerra. La verdad es que ya somos pocos los que
estamos vivos de aquel puñado de aventureros que nos unimos a las fuerzas de
Figueres. Creo que es mi obligación escribir de primera mano lo que me tocó
presenciar y actuar, tanto antes de iniciarse la revolución, como durante la
lucha armada.

Los niños Miguel, Fernando y Gaspar Ortuño Sobrado
Pienso que para escribir sobre los hechos que desembocan en la
Revolución del 48, antes que nada es necesario establecer con claridad cómo era
y funcionaba Costa Rica antes de la década del 40, que culmina con la
administración de Don León Cortés Castro. Esa fue la Costa Rica en que yo me
formé. En ese ambiente recibí las costumbres, la ética y moral que me
inculcaron mis padres. Mi formación continuó en la escuela primaria, en el
Edificio Metálico, Escuela Buenaventura Corrales, donde mi maestra, la Niña
Rosita Font Frutos, mi inolvidable maestra, terminó de formarme. Mi niñez fue
muy placentera. Nada me faltó y mi madre se encargó de darnos una educación muy
estricta, inculcándonos hábitos de comportamiento que se grabaron por el resto
de mi vida.
DECADA DEL TREINTA
Parece que mis padres nacieron al final de la Edad Media.
Francisca Sobrado García, una de las ocho hijas (cinco hombres), la cuarta por
edad, fue educada en el Colegio de Sión por monjas francesas que no sólo le
dieron los modales y costumbres de su país de origen, sino que además la
compenetraron de los ritos y creencias de la Religión Católica. Con su carácter
fuerte y testaruda, como buena descendiente de españoles, se aferró a esas
ideas y luchó, por proyectarlas a sus tres hijos. Ir a misa todos los domingos,
rezar el rosario todas las tardes, rezar una oración antes de acostarse y al
despertarse, etc. etc. Si supiera mi querida madre que treinta años después de
haber muerto, el infierno iba a desaparecer, con los santos desahuciados
del cielo y éste en proceso de remodelación.
En mi niñez la actividad más felicitaria que tuve fue la
cacería. Mi padre en su juventud fue un asiduo cazador. Precisamente en una
cacería de venados, invitado por Matías Sobrado, fue cuando conoció a mi madre
en la Hacienda El Tempisque, propiedad de mi abuelo. Pocos meses después se
inició el noviazgo que terminó en matrimonio. En noviembre y diciembre, cuando
los lagartillos dan fruta, a la finca de Desamparados llegaban grandes manadas
de palomas collarejas a comer de los racimos de frutilla negra de los
lagartillos. Papá nos levantaba en la madrugada y nos llevaba al cerro de la
finca a cazar palomas. A mi me daba una escopeta guápil calibre 44 y nunca
dejaba de apearme una o dos palomas. Mi entrenamiento como cazador no paró ahí,
porque después recibí un "doctorado" de dos buenos amigos de mi padre: Don
Alfredo Chaves y el Doctor José Corvetti. Ambos eran obcecados cazadores que no
dejaban un solo domingo sin ir de cacería. Para entonces se habían dedicado a
la caza de aves: palomas, codornices, patos y becacinas. Los cartuchos usados
se guardaban y luego eran recargados. Yo les ayudaba en esa tarea que era muy
minuciosa. Expulsar el fulminante, medir cuidadosamente la pólvora, luego el
taco apropiado para compactar el explosivo, para finalmente introducir los
balines, de distintos tamaños, según el tipo de ave a que sería destinada: las
más gruesas para patos, un poco más finas para palomas y la "mostacilla", para
codornices y becacinas. Finalmente se ponía el taco y se riveteaban. Las de
Don Alfredo eran las que más costaba rivetear, porque las usaba hasta diez
veces cada una. Fueron ellos los que me enseñaron a tirar a cada una de esas
aves. Sólo al vuelo se cazaban y me enseñaron a tirarlas cuando volaban en
forma horizontal, cuando venían de frente o cuando iban alejándose. Las más
difíciles eran las que iban bajando porque su vuelo era mucho mas rápido. Me
enseñaron también a cubrirme para que las aves no me vieran y continuaran el
rumbo que traían. De todas esas aves, las que más disfrutaba cazando eran la
becacinas porque las otras, palomas, patos y codornices tienen un vuelo más
predecible, porque sólo se desvían cuando cambian de ruta. En cambio, la
becacina tiene un vuelo zigzaguiante con una dirección muy difícil de predecir.
Además son mucho más rápidas que cualesquiera de las otras. La codorniz es la
más "jamona", siempre en manadas de dos, cuatro o seis, no muy rápidas y vuela
en línea recta.
Un día que cazábamos becacinas en Coris, con el agua a la
rodilla, porque es un ave que vive en los pantanos, tomamos las posiciones
acostumbradas: yo en el centro, el Dr. Corvetti a mi izquierda a unos veinte
metros, y Don Alfredo a mi derecha a igual distancia. "Prinz", el perro de Don
Alfredo a unos diez pasos delante de su amo. Comenzamos a caminar lentamente
con las escopetas listas para apuntar y el seguro quitado. De pronto se
levantan dos becacinas que vuelan alejándose de nosotros. Iba una detrás de la
otra. Monto mi escopeta, apunto y disparo y me la traje a las dos en el primer
disparo. El Dr. Corvetti se quedó paralizado, se volvió a ver y en esa forma
eufórica que tenía de expresarse, me gritó: ¡Fernando, te has ganado el
doctorado, ya más no puedes aprender! Prinz corrió y recogió las dos
becacinas y se las llevó a su amo, porque era arrecho para robar presas y
llevárselas a Don Alfredo. Nos reímos los tres. Yo me sentía eufórico y
seguimos la cacería mas inolvidable de mi vida.
Otra cosa interesante fue lo que me enseñó el Dr. Corvetti
sobre las becacinas. Esas aves en el codo de las alas tienen una plumita
blanca, que es como un huesito, duro y puntiagudo."Esta pluma -me
explicó- es lo que usan en Europa los pintores para hacer las miniaturas. No
existe pincel más fino que esas plumas de la becacina". Desde entonces me
dedique a coleccionar las dos plumas-pincel de cada becacina que cazaba.
Pienso que esa escuela de cacería que recibí de esos dos
buenos amigos, fue para mi un buen entrenamiento militar y nunca me imaginé que
las enseñanzas me servirían en el futuro para sobrevivir en la guerra.
Después de terminar la primaria pasé, contra mi voluntad,
porque yo quería ir al Liceo de Costa Rica, al Colegio Seminario, regentado por
padres paulinos alemanes. En ese tiempo en Costa Rica no había universidad.
Sólo dos facultades, la de Derecho y la de Farmacia y la Escuela de Agronomía.
Mi padre, que había sido educado en Alemania, donde tenía familiares, me
hubiera mandado a educarme ahí, pero en 1944, cuando salí del Seminario, en
Europa se peleaba la Segunda Guerra Mundial. Por temor a que si me mandaba a
los Estados Unidos, podrían incorporarme al ejército, optó por enviarme al
Canadá, a la Universidad de McGuill, en Montreal, allí estuve dos años. Terminé
el Pre-leyes, pero antes de entrar a la facultad de derecho opté por regresar a
Costa Rica a terminar mi carrera de leyes en el país donde eventualmente iba a
ejercer la profesión de abogado.
La Costa Rica en que yo me crié era muy distinta a la que
comenzó a formarse después de la Segunda Guerra Mundial. Antes de la década del
cuarenta, los vínculos tanto comerciales como culturales eran con Europa. En lo
comercial, Inglaterra y Alemania eran nuestros principales compradores de café.
En lo cultural, Francia era dominante. A nuestro léxico se incorporaron muchos
galicismos. La señoras hablaban de fular, de cotán, de organdí, de crepé, de
brassier. En materia de comestibles se hablaba de champiñones, de petipua, de
escargó, de bullón, de consomé y de suflé, no se conocía la latería Del Monte y
lo que llegaba era la Rodel, francesa. En Desamparados yo iba a la pulpería de
la esquina a comprarme un "gato", que era un pastel alargado con jalea en el
centro. En cuestión de automóviles uno se refería a un cupé, un sedán o una
limosina. Revistas venían de España, como el Blanco y Negro y de Francia la
bellísima revista Figaro Illustré. Había en San José un Club Alemán, una
Escuela Alemana, el Colegio de Sión, regentado por monjas francesas, el Colegio
Seminario, con padres paulinos alemanes y el Colegio de los Angeles con frailes
dominicos españoles, de todos el más medioeval. Existían la Casa Italia, la
Casa España, la Sociedad Española de Beneficencia, el Club Alemán y la Casa
Libanesa.
La mayoría de nuestros profesionales venían graduados de
Europa en medicina, ingeniería, química, de universidades de Bélgica, Francia,
Inglaterra, Italia y Alemania. En ese tiempo para los Estados Unidos, América
Latina era tan sólo un lugar agradable para enviar de Embajadores a políticos
retirados a pasar amenas vacaciones. Tenían muy poco que hacer fuera de
aprender los modales de un "latin lover". Tal vez el único vínculo que existía
con los Estados Unidos era a través de Hollywood y sus películas, aunque en ese
tiempo tambien llegaban buenas películas de México y de la Argentina. Es hasta
después de la Guerra que aparece la Política del Buen Vecino de Roosvelt, el
Punto IV de Truman y la Alianza para el Progreso de Kennedy. Se instalan
programas de ayuda, como AID, Stica, y el Centro Cultural. Es cuando nace la
Escuela Lincoln con enseñanza en idioma inglés. Con la aparición de Fidel
Castro, la incursión del Che Guevara en el cono sur y el triunfo de los
Sandinistas en Nicaragua, la ayuda económica para América Latina se
intensifica, al punto que el Gobiemo de Luis Alberto Monge, extendiendo la
mano, obtenía sus más altos ingresos.
Pero no sólo en el campo cultural y comercial Costa Rica era
distinta. La política interna era totalmente otra cosa. Estaba dominada por los
liberales de fin de siglo. Hombres sumamente cultos y respetuosos de la opinión
pública. Era una suerte de dictadura intelectual, en la que a personajes como
Don Cleto y Don Ricardo se les admiraba y respetaba de manera singular.
Igualmente sucedía con los que formaban parte de su equipo de gobierno. Pienso
que, en realidad, esas figuras fueron tan dominantes que apagaron por completo
a la generación que les seguía, y en los años cuarenta hubo un brinco
generacional y el poder pasó de los abuelos a los nietos. Don León Cortés fue
el último de la generación de los liberales que ejerció la presidencia.
La Costa Rica que formaron y modelaron los liberales
finiseculares era muy distinta a la que me tocó vivir después de la década del
cuarenta. Los gobernantes, así como su equipo de gobierno eran hombres muy
cultos que nombraban en distintas dependencias hombres con capacidades y
conocimientos adecuados para desempeñar el cargo. Los Presidentes vivían en
casa de cristal y cuando eran emplazados públicamente, por el mismo medio en
que habían sido emplazados, daban minuciosas respuestas. Eran frecuentes los
debates por la prensa entre Don Ricardo Jiménez y su coetáneo Don Elías
Jiménez, brillante escritor, que aprovechaba cualquier error o desviación del
Gobierno para criticarlo.

Graduados de sexto grado de la Escuela Buenaventura Corrales al centro la maestra Rosita Font
HECHOS QUE LA PRESIDIERON
Al terminar el periodo presidencial de Don León Cortés, surge
como candidato del Partido Republicano Nacional el doctor Rafael Angel Calderón
Guardia, uno de los médicos más prestigiados del país. Graduado en la
Universidad de Lovaina en Bélgica, era hombre muy querido por bondadoso y
dedicado a sus pacientes, aunque fueran pobres y menesterosos. Especialmente
muy popular entre las mujeres porque además era muy bien parecido.
Se lanzó al ruedo político. Salió electo diputado y no tardó
en el Congreso de tomar liderazgo y ocupar la presidencia del Poder
Legislativo. Con el apoyo de la burguesía y una gran popularidad entre la masa,
la candidatura del doctor Calderón era tan arrolladora que nadie se atrevió a
enfrentársele. Don Ricardo Jiménez, a los 83 años, hizo un esfuerzo por ser el
candidato de la oposición, pero esta vez no recibió el apoyo del capital, que
siempre lo había financiado. El único apoyo que tuvo fue el del Partido
Comunista liderado por Manuel Mora. Ante semejante respuesta, a escasos tres
meses de haberse lanzado, Don Ricardo se retiró dejando al Dr. Calderón
prácticamente solo en la contienda. Sólo el Partido Comunista inscribió la
candidatura de un buen señor guanacasteco a quien muy pocos conocían en el
resto del país. El "doctor" hizo una campaña anticomunista para aparentar que
había alguna clase de contienda, y el día de las elecciones barrió en las urnas
con más del noventa por ciento de los votos emitidos.
El flamante Presidente toma posesión de su cargo en Mayo de
1940 y de ahí en adelante comienza a cambiar la historia del país. Las reglas
del juego a que los costarricenses estaban acostumbrados comienzan a variar. El
nivel intelectual y moral de los integrantes del equipo de gobierno desciende
en forma ostensible. Parientes y amigos íntimos del gobernante ocupan las
posiciones claves de la administración pública y se va haciendo evidente que el
poder lo ejercen plenamente el "doctor" y su hermano Don Francisco, que ocupa
el Ministerio de Seguridad Pública. El padre del gobernante, doctor Rafael
Calderón Muñoz, había sido electo Primer Designado a la Presidencia de la
República.
En todas las administraciones siempre hay ovejas negras que
amparadas al poder hacen fechorías. Pero eso se daba en medianos y bajos
niveles, y como se trataba de asuntos de poca monta, una vez destituido el
funcionario involucrado el asunto se desvanecía del panorama gubernamental.
Con la Administración Calderón Guardia los conceptos éticos y morales cambian
en forma radical. Se suprime la regla de que las compras y contratos para
realizar obras se adjudican mediante licitaciones públicas. Comenzó el gobierno
a adquirir bienes y equipos y a contratar obras en forma directa y desde luego
a amigos del gobernante. Se les llamó "Contratos sin Licitación" y el encargado
de adjudicarlos era el hermano del Presidente, a quien se le llegó, a conocer
por el mote de "Paco a Medias".
Ante esa modalidad de gobierno, la burguesía que lo había
acuerpado comenzó a zafarle el bulto, y poco a poco el "doctor" se fue quedando
solo. Y llegó hasta rumorarse de un posible golpe de estado.
Narro a continuación lo que me contó Don Manuel Mora, con
quien tuve largas e interesantísimas conversaciones, en la época en que fui
diputado. Cuando estaba a mediados el periodo presidencial, un día lo buscó
Don Mariano Cortés, prominente cafetalero de la zona de Turrialba, muy
involucrado en la política activa del país, con el fin de lograr el apoyo del
Partido Comunista en caso de que se diera un golpe de estado. Según Don Manuel
le pidió unos días a Don Mariano para pensar la propuesta que le hacía. Pero
esa misma noche se fue a Casa Presidencial a conversar con el Presidente. Lo
primero que le dijo fue "¡Dr. lo van a botar! No, Manuel, estoy caído"
le respondió- "Mis amigos me abandonaron y no tengo a nadie que me apoye"
Después de una larga conversación en la que fijaron nuevas metas de gobierno,
quedaron en que el Partido Comunista le daría pleno y amplio apoyo al gobierno.
La alianza llegó a conocerse como "El Pacto de la Victoria".
Se produjo entonces un cambio radical en la balanza del poder
en Costa Rica y la lucha de fuerzas anticipó, dos años a las elecciones. Don
León Cortés se perfilaba como candidato de la oposición. Por otra parte el
gobierno lanzó, como futuro candidato del Partido Republicano al Lic. Don
Teodoro Picado, quien entonces ocupaba la Presidencia del Congreso. Fue una
larga y tormentosa campaña política. Los partidos publicaban largas páginas de
los periódicos con las adhesiones que recibían, realizando grandes
concentraciones de adherentes en los distintos pueblos y ciudades, para luego
publicar impresionantes fotos de las grandes concentraciones que habían logrado
reunir.
En ese tiempo el Código Electoral era muy primitivo y
deficiente. No existía un Tribunal Electoral para escrutar los votos emitidos,
y las urnas electorales iban a la Casa Presidencial para el conteo de los
votos. El resultado final de esas las elecciones resultó en un verdadero
carnaval. Hasta por la radio se oían las carcajadas de los que estaban
transmitiendo los resultados. Simplemente invertían los números y los votos de
Don León se los adjudicaba a Don Teodoro, asignando los votos a favor de Picado
a Don León. Fue una verdadera burla que con los años muy caro pagarían.
El gobierno de Picado fue como una continuación del gobierno
anterior. La alianza con el partido comunista estrechó aun más sus lazos,
sobretodo tomando en cuenta que para entonces la Unión Soviética era uno de los
aliados que luchaban contra las Potencias del Eje. De ahí que las dos
administraciones fueron bautizadas "el régimen de los ocho años".

Después de una cacería de becacinas, en los pantanos de Salitral en Desamparados
Dos cosas muy importantes tienen lugar durante esas dos
administraciones. Cumpliendo con lo convenido en el "Pacto de la Victoria", se
incorpora a la Constitución Política el Capítulo de las Garantías Sociales, se
promulga el Código de Trabajo y se crea la Caja Costarricense del Seguro
Social. El otro hecho significativo que ocurre en ese lapso es la Segunda
Guerra Mundial que se desata en Europa.
Al entrar los Estados Unidos a la Guerra, dándole apoyo a los
Aliados, utiliza todo su poderío económico y militar para derrotar a las
Potencias del Eje (Alemania, Italia y Japón). Costa Rica, por su vecindad con
el Canal de Panamá, se convierte en punto estratégico para asegurar al máximo
el flujo de naves entre el Mar Atlántico y el Océano Pacífico. El ejército
norteamericano establece una base aérea en el Aeropuerto de la Sabana e inicia
en forma acelerada la construcción de la carretera interamericana, que le dará
acceso terrestre al Canal desde el territorio de Costa Rica. Además y a
petición del coloso de Norte, el gobierno de Costa Rica procede a detener a
todos los alemanes e italianos que habitaban en el país. A los campos de
concentración que se construyeron para detenerlos, fueron a parar alemanes e
italianos, incluyendo a descendientes nacidos en el país y en su gran mayoría
casados con damas costarricenses. Sus negocios y propiedades fueron incautados
y se nombró a amigos del gobierno para que administraran lo confiscado en tanto
se resolvía que hacer con esos bienes. La colonia alemana era muy influyente en
el ámbito de los negocios. En su mayoría dedicados al cultivo del café y de
caña de azúcar, eran dueños de grandes ingenios y beneficios así como de
algunas importantes casas comerciales.
La Legación Americana (no había Embajada en ese tiempo) no se
conformó con encarcelar a los alemanes e italianos, sino que además elaboró lo
que llamaron la "lista negra" en la que incluyó, un buen número de
costarricenses, a los que los consideraba colaboracionistas de las Potencias
del Eje. A mi padre lo incluyeron en esa lista cobrándole el pecado de haber
enviado $25 mensuales a una pariente ya muy anciana que vivía en Hamburgo.
Un barco carguero atracado al muelle de Limón, el famoso San
Pablo, descargaba tranquilamente la carga destinada a Costa Rica, y de pronto
estalló y se hundió frente al muelle. En la explosión perecieron varios
trabajadores que laboraban en las bodegas. La versión oficial fue que el
hundimiento se debía a un torpedo disparado por un submarino alemán que había
entrado a la rada de Limón. Nadie vio al submarino alemán y la verdadera
historia del hundimiento del San Pablo seguirá siendo un enorme misterio.
El hundimiento del San Pablo tuvo lugar una o dos semanas
antes del 4 de julio, día de la independencia de los Estados Unidos. Como
protesta ante el ataque a nuestras costas por los nazis, se organizó una gran
manifestación en San José, encabezada por los comunistas y algunos prominentes
ciudadanos que apoyaban a los Aliados y combatían al nazismo y al facismo. Fue
muy numerosa la concurrencia y después de escuchar discursos que protestaban
contra el acto vandálico del submarino nazi, la manifestación continuó, su ruta
por la Avenida Central en dirección a la Sabana. Cuando las turbas llegaron a
la esquina del Hospital San Juan de Dios, azuzadas por los cabecillas
comenzaron a apedrear la Panadería Musmani que pertenecía a una Familia
italiana. Yo estaba ahí y con angustia vi a los que saqueaban la panadería y
salían con las manos llenas de pan. Ese fue el comienzo del saqueo de San José.
La turba enardecida retrocede sobre la Avenida Central y uno a uno fueron
saqueados todos los negocios pertenecientes a alemanes, italianos y españoles.
El Bazar la Casa se salvó del saqueo porque su dueño, Don Lucas Gil, se paró,
en la puerta del negocio y pistola en mano amenazó con matar al que tratara de
destruir su negocio. La turba se detuvo y ante la amenaza del dueño, optó por
seguir su camino. La policía brilló, por su ausencia y no fue sino hasta
después de la seis, ya anocheciendo, que el gobierno hizo un despliegue de la
fuerza pública para restablecer el orden. San José quedó como si hubiera sido
un campo de batalla. Vitrinas destrozadas, cristales en las calles y puertas de
negocios en el suelo, como si hubiera pasado un huracán.
Pocos días después de los bochornosos acontecimientos del 4 de
julio, mi padre contó en casa que lo había llamado el doctor Corvetti, muy
amigo y además socio del doctor Mariano Figueres en la llamada Clínica
Figueres, que Don Mariano le había informado que esa noche desde la estación de
radio Almatica, propiedad de Don Gonzalo Pinto, su hijo José, a las siete y
media de la noche, pronunciaría un discurso que haría sensación en los medios
políticos. El joven Figueres era un agricultor dedicado en la zona sur a la
siembra de cabuya para la fabricación de mecates. Nunca había participado en
política y en esos círculos era un total desconocido. Anunciando el discurso si
acaso apareció una pequeña nota en el Diario de Costa Rica. A las siete y media
estaba frente al radio sintonizando Almatica. Sin duda que el discurso fue
sensacional por lo inusitado y audaz. Hizo una acerva y valiente crítica de la
acción de gobierno. Ridiculizó a los gobernantes por su política agraria y
hacendaria e hizo mofa de la colaboración militar que le prestaba a su aliado
los Estado Unidos. Se burla de la ayuda que el gobierno le prestaba a su aliado
en cuanto a la defensa de los puertos. Se refería a la defensa militar de Puerto
Limón en relación con el hundimiento del San Pablo.
En su libro "El Espíritu del 48" Don Pepe transcribe
íntegramente su famoso discurso. Para darse un idea de lo satírico y mordaz que
fue su planteamiento, vale la pena copiar por lo menos unos de los párrafos que
les debe haber ardido mucho a los hombres de gobierno. Refiriéndose a la plaga
de la langosta que en aquellos tiempos era uno de los mayores azotes de los
agricultores, dijo Don Pepe:
"Viene la plaga de la langosta que barre los cultivos como
un huracán. Y hay calma. La langosta llegó a San Ignacio: un proyecto de ley
designando 50.000 colones a combatirla. La langosta está en Jorco: Primer
debate del proyecto. La langosta se comía los frijolares de San Gabriel:
Segundo debate del proyecto. La langosta dejó sin sombra de guineos los
cafetales de Rosario. Tercer debate: La langosta en los bajos de Bustamante: El
gobierno no sabe que hacer con los 50.000 colones. En Corralillo el Gobierno no
tiene los 50.000 colones. Sígase con los tarros espantándola los dueños de
milpas de Colpachí. La langosta se murió de frío en los cerros de El Tablazo.
El gobierno tiene la satisfacción de informar que el peligro ha desaparecido.
Lo que ya han desaparecido son los maizales. Y lo que debería de desaparecer es
el Gobierno"
No había terminado su discurso cuando se oyó un escándalo en
la estación de radio. Don Pepe apenas tuvo tiempo de decir que la policía venía
a detenerlo y terminó su discurso con la siguiente frase:
"Me mandan callar con la policía. No podré decir lo que
creo que debe hacerse. Lo resumo en pocas palabras. Lo que este Gobierno debe
hacer es irse."
Figueres fue sacado a la fuerza de la radioemisora y
encarcelado, y dos o tres días después lo expulsaron del país con destino a El
Salvador. De ahí se fue para México donde pasó varios años en el exilio. Fue
así como de la noche a la mañana un desconocido se convirtió en un héroe
nacional y así lo demostró el pueblo en el apoteósico recibimiento que se le
hizo en el Aeropuerto de La Sabana cuando regresó, del exilio, una vez que Don
Teodoro asumió el poder.
Algunos meses después de las elecciones en que le dieron el
triunfo a Don Teodoro Picado, Don León Cortés muere y deja acéfala la
oposición. Para sustituirlo surgen tres figuras que pretendían llenar la
vacante: Don Fernando Castro Cervantes, un hombre que siempre había estado muy
cerca de Don León y además muy acaudalado; Don Otilio Ulate Blanco, periodista,
dueño y director del Diario de Costa Rica, el periódico de mayor circulación; y
José Figueres Ferrer, que se había integrado al Partido Demócrata de Don León,
en el que un grupo de jóvenes se habían constituido, dentro del partido, en una
ala que denominaron el Grupo Acción Demócrata. Ese grupo, encabezado por
Figueres, se coaligó con los integrantes del Centro para el Estudio de
Problemas Nacionales, y fundaron el Partido Social Demócrata.
Los más destacados lideres de la oposición decidieron ir a una
amplia convención en el Estadio Nacional, donde escogerían al nuevo jefe y
candidato de la oposición. Yo me había adherido al Partido Social Demócrata,
por haber sido miembro del Centro para el Estudio de Problemas Nacionales y por
lo tanto asistí a la Convención en el Estadio. Fue un largo día, muchos
discursos e interminables "vivas a los precandidatos. Finalmente llegó la hora
de las votaciones y en la primera el que obtuvo más votos fue Don Fernando
Castro, segundo Don Otilio Ulate y en un pobre tercer lugar Don Pepe Figueres.
Hubo un receso de una hora y se entró en una segunda votación entre los dos que
habían recibido la mayor votación. Antes de la votación, Don Pepe pidió la
palabra y anunció que su partido había decidido darle el apoyo a Don Otilio
Ulate. El apoyo de Figueres fue decisivo y así Don Otilio se convirtió en el
jefe y candidato de la oposición.
La administración de Don Teodoro Picado fue una réplica de la
administración anterior, en la que además era sabido que el poder detrás del
trono eran los hermanos Calderón. La campaña política fue una de las más largas
y violentas de la historia del país. Para ir a las elecciones la oposición
exigió que se promulgara un nuevo Código Electoral en el que se creara un
Tribunal Nacional Electoral que se encargaría de contar los votos y de hacer la
declaratoria del Presidente electo. Redactado el nuevo código, se envió al
Congreso para su aprobación.
Conforme pasaban los días los diputados del gobierno
comenzaron a dar largas al asunto. Se hizo evidente que no tenían intenciones
de aprobar la nueva legislación electoral. La tensión fue creciendo y comenzó a
intensificarse la violencia. Los diputados de gobierno no dieron su brazo a
torcer y continuaron saboteando la aprobación del nuevo Código. La oposición
por su parte endureció el tono de la campaña y amenazó con no ir a las urnas si
no se aprobaba la nueva legislación.
Se produjo entonces lo que se llamó la Huelga de Brazos
Caídos. El jefe de la oposición le pidió a los empresarios y finqueros que
todos cerraran sus negocios y paralizaran el país. La respuesta fue inmediata y
dos días después de iniciada la huelga, el país se había paralizado. La huelga
se había extendido a todas las provincias; los bancos, incluyendo el Nacional,
cerraron sus puertas y desapareció toda actividad económica.
Las experiencias del pasado demostraban que la vía electoral
no le garantizaba a la oposición que la voluntad popular externada en los
comicios sería respetada por los hombres de gobierno. De ahí que todos los
esfuerzos de los que combatían a los gobernantes, estaban dirigidos a lograr que
la legislación electoral fuera reformada y así crear los mecanismos e
instituciones, que le dieran absoluta garantía a los opositores de que el
resultado de la elecciones sería respetado.
Las batallas por lograr esas reformas al Código Electoral
fueron múltiples y se dieron en distintos campos. El partido de oposición
utilizó todas las armas de que disponía para presionar al gobierno a que
accediera a sus demandas. Movimientos estudiantiles fueron organizados en los
principales colegios de segunda enseñanza, así como en la incipiente
Universidad que estaba recién creada. En el campo religioso la iglesia
católica dio un importante aporte, brindándole a la oposición el apoyo de la
central sindical Rerum Novarun dirigida por el sacerdote Benjamín Núñez. La
figura de Monseñor Víctor Manuel Sanabria Martínez, arzobispo de San José, fue
determinante en las conversaciones y acuerdos que se llevaban a cabo entre el
partido de oposición y las fuerzas gobiernistas. Paralelo a las actividades
partidistas, tomó cuerpo un poderoso movimiento de mujeres que se organizaron
para dar en forma paralela otra batalla en demanda de las garantías
electorales.

Graduados de sexto año del Colegio Seminario con el padre Kesselheim y los
profesores Don Adán García, Don Paco Lobo y Don Mario Fernández
Es así como se inició la Huelga de Brazos Caídos, conforme fue
tomando fuerza, en forma paralela se inició el movimiento de las mujeres que le
anunciaron al gobierno su intención de participar activamente en la lucha que
se estaba dando. En un sobrio manifiesto las damas le anunciaban al Gobierno
que "...Es de extrema urgencia poner remedio a esta situación. Esta barbarie
no debe continuar. Elevamos ruegos a la Providencia para que nos devuelva la
tranquilidad y pedimos a los costarricenses que se unan en una sol haz de
voluntades, y soliciten, en la forma que corresponda que los señores Calderón
Guardia abandonen el país."
En la mañana del 2 de agosto de 1947, llegan al Parque
Nacional cerca de ocho mil mujeres y se sitúan en las puertas de la Casa
Presidencial. Doña Rosarito Brenes de Facio, madre de Rodrigo Facio, es una de
las principales dirigentes del movimiento de las mujeres, que anticipando su
actuación escriben en la prensa:
"Nos congregamos en la Catedral para una invocación a la
Virgen de los Angeles. Luego saldremos hacia la casa presidencial en orden y
silencio perfecto, de acuerdo con las instrucciones que ya han sido
distribuidas, para presentar un pliego al Sr. Presidente de la República.
Tenemos garantías completas para que nuestra manifestación no sea interferida.
A los caballeros que han insistido en protegernos, les pedimos vehementemente
abstenerse de hacerlo para que nadie pueda decir que hay provocación política
alguna en nuestro movimiento. Estamos absolutamente seguras de que no hay
costarricense capaz de estorbar un desfile respetuoso de madres y jóvenes
costarricenses que sólo piden libertad para nuestro pueblo.
Si al iniciar el día de hoy tuviera Costa Rica la solución
ansiosamente esperada, oraremos en acción de gracias en la Catedral y pasaremos
luego a expresar al Sr. Presidente de la República nuestra fé en que su
gobierno ha de asegurar dentro de su debida autonomía, las garantías que den
perfecta confianza a la nacionalidad costarricense.
El Presidente no atiende a las mujeres. Sale de la Casa
Presidencial y parado en la puerta que daba al Parque Nacional, se limita a
decirles que le pidan un milagro a la Virgen de la Angeles, cerrando, acto
seguido, la puerta tras de sí. Las mujeres no dan su brazo a torcer y deciden
quedarse en el Parque Nacional hasta que el Presidente atienda sus demandas. Se
preparan para pasar la noche frente a la Casa Presidencial, resignadas a
soportar la burla y los insultos de militares, mujerzuelas, comunistas y
palaciegos. A las once y media de la noche el gobierno ordena desconectar la
iluminación del parque y envuelta en la penumbra, la policía lanza contra las
señoras la afrentosa furia de sus cintarazos y disparos al aire, obligándolas a
buscar refugio en las casas vecinas.
Mi madre, doña Paquita Sobrado, con un grupo de amigas
participó en toda esa jornada. Vivíamos entonces a tres cuadras del Parque
Nacional y varias veces durante el día, les llevé alimentos y comidas. Cuando
cerca de la media noche, se apagaron las luces del parque y comenzó el tiroteo,
todas ellas corrieron a refugiarse en nuestra casa. Allí amanecieron.
El milagro se produce al volver el silencio y la calma en
altas horas de la noche, en tanto las mujeres van regresando a sus hogares, el
Gobierno se ve obligado a dar al pueblo las garantías que este ha sabido
conquistar. Esa noche el partido de oposición, el Gobierno y el partido oficial
llegan a un acuerdo que sale publicado en los periódicos del día siguiente.
Entre otras cosas el Convenio crea un "Comité de Investigación" integrado por
tres miembros propietarios y tres suplentes, encargado de investigar cualquier
abuso de poder o anomalía en el transcurso de la campaña. Para ayudar a que
retorne la calma, se acuerda declarar una tregua de ocho días, lapso durante el
cual se suspenderán toda clase de actividades políticas. En la cláusula segunda
del pacto, quizás la mas importante, las partes se comprometen a aceptar
"...como definitiva e inapelable la resolución que sobre las elecciones del
mes de Febrero entrante emita el Tribunal Nacional Electoral. Además el
Presidente de la República y su Secretario de Seguridad Pública entregarán
dentro del término de veinticuatro horas después de firmada esa resolución, el
control de la fuerza pública al ciudadano favorecido por la referida
declaración de elección."
Es decir, que el Congreso, al que constitucionalmente le
correspondía hacer la declaración de la elección de Presidente, se comprometía
a respetar el fallo del Tribunal. El Presidente Picado, el doctor Calderón
Guardia, candidato del partido oficial, Manuel Mora, Otilio Ulate, así como los
diputados de todos los partidos, suscribieron el pacto. El Código Electoral fue
aprobado por el Congreso y se procedió a nombrar el Tribunal Nacional
Electoral, que quedó integrado por dos prominentes abogados, ambos
Expresidentes de la Corte Suprema de Justicia: Don Gerardo Guzmán, Don José
María Vargas, y el excandidato a la Presidencia, el Lic. Don Octavio Beeche.
Como suplente fue nombrado Don Max Koberg Bolandi. Se producen los ocho días de
la tregua acordada y así volvió a reinar la paz en espera del resultado de las
elecciones.
La participación de las mujeres, organizadas como grupo de
presión, fue decisivo en el desarrollo de los acontecimientos que culminaron
con la promulgación de una nueva legislación electoral, la cual, con unas
pequeñas reformas, ha perdurado hasta nuestros días. La gesta llevada a cabo
por las mujeres durante las horas que formaron el sábado 2 de agosto de 1947,
representa un hito en la historia del país y se le conoce como LAS MUJERES DEL
2 DE AGOSTO.
Don Otilio integró la dirigencia del Partido con prominentes
hombres opositores al gobierno. Como Secretario General nombró al Lic. Mario
Echandi Jiménez, hijo de Don Alberto Echandi, que había aspirado años antes a
la Presidencia y en las elecciones obtuvo el mayor número de diputados, aunque
no la mayoría En ese tiempo las elecciones eran de segundo grado. Se votaba
por diputados, y éstos, una vez electos nombraban al Presidente Electo. Aunque
Don Alberto contaba con mayoría de diputados, a última hora se coaligaron Don
Ricardo Jiménez y el General Jorge Volio, y en lugar de nombrar al mayoritario,
escogieron a Don Ricardo Jiménez como nuevo Presidente. Los amigos de Don
Alberto, indignados concurrieron a su casa para instarlo a que rompiera el
orden Constitucional y tomara el poder por las armas. Muy parsimonioso les
dijo: "La Presidencia de la República no vale una gota de sangre de los
costarricenses" Por esa famosa frase, Don Alberto pasó a la historia como un
verdadero patriota y hombre de paz.
Como jefe de acción del partido nombró a Don José Figueres,
quien se había incorporado de lleno a las filas de la oposición. Don Pepe
mantuvo la tesis de que el Gobierno no los dejaría llegar a elecciones y en el
caso de que la oposición triunfara, no entregaría el poder.
Como Tesorero nombró a Don Ramón Aguilar, acaudalado
empresario muy allegado a la burguesía cafetalera. Don Jaime Solera Bennett y
Don Manuel Jiménez de la Guardia formaron parte del Comité de Finanzas del
Partido.
La campaña del 47, además de larga, fue tormentosa y llena de
incidentes. En varias ocasiones el Gobierno utilizó la "cincha" para disolver
manifestaciones de la oposición, alegando cualquier pretexto para justificar
sus arbitrariedades. Durante el curso de la campaña en la oposición se fueron
formando dos tendencias: la civilista encabezada por Don Mario Echandi, que
propiciaba la vía civil y llegar a las elecciones como el medio para derrotar a
la coalición del Partido Comunista con el Republicano Nacional, que apoyaban la
candidatura del Dr. Calderón Guardia, y la militar seguida por Don Pepe
Figueres, quien con escasos fondos que le fue dando la tesorería del partido,
se dedicó a comprar armas, sobre todo a miembros de la fuerza pública donde
había mucha corrupción. Al mando de Edgar Cardona se organizó una brigada de
ataque, encargada de sabotaje, (poniendo bombas, estallando transformadores de
los tendidos eléctricos, inutilizando plantas eléctricas, volando puentes y
descarrilando trenes). Yo me integré al grupo de saboteadores y participé en
varios de los operativos, de los que siempre salíamos ilesos y nunca nos
capturaron. El único "salado" fue Federico Apéstegui, a quien culparon de haber
puesto una bomba en el periódico oficial La Tribuna, en la que por desgracia
murió, el guarda de turno, que dormitaba en una silla no lejos de donde detonó.
La verdad es que no fue Apéstegui quien la puso, pero sirvió de chivo
expiatorio para amedrentar a los de la oposición, y tuvo que descontar varios
meses de cárcel por un delito que nunca cometió.
Conforme se fue acercando el día de las elecciones más
violento y agrio se fue tornando el clima político. Los discursos en las
plazas públicas eran insultantes contra personajes de los contendientes, se
publicaban tarjetas en los periódicos llenas de insinuaciones maléficas e
infundios. Me acuerdo que había un buen señor llamado Nicanor Santos Chaves,
que accedía a calzar con su firma cualquier postal que redactaran los
dirigentes del calderonismo. Los de la oposición lo apodaron como "Ni Capar
Chanchos Sabe". Tampoco se me puede olvidar una página satirica y mordaz que
escribió Roberto Fernández titulada "LA ENSEÑANZA DE
TAIRAK". Frecuentes eran los enfrentamientos en las calles, donde abundaban
las trompadas y los garrotazos. La policía utilizaba La tradicional cincha, y
las brigadas de choque comunistas comenzaron a usar el "blackjack" y muchos
estudiantes de secundaria fueron a parar a los hospitales para que les cosieran
las heridas.
En ese estado de tensión llegó el día de las elecciones. Las
votaciones transcurrieron con orden y relativa calma. Excepto uno que otro acto
de violencia, a las seis de la tarde se cerraron los comicios y todo el mundo
se fue para la casa a esperar el resultado. Desde que comenzaron a llegar los
primeros telegramas de las mesas electorales se fue haciendo evidente que el
ganador sería Don Otilio Ulate.
Hubo celebraciones en el partido de la oposición y reinó un
ambiente de alegría. Faltaba ahora que el Tribunal Electoral hiciera el
recuento de la documentación que los presidentes de las mesas entregaron esa
misma noche o al día siguiente cuando procedían de lugares alejados.
Trabajando a marcha forzada, a los treinta días el Tribunal
dio su veredicto. Los Magistrados dividieron su fallo, los magistrados Guzmán y
Vargas le dieron el triunfo a Don Otilio Ulate, y en voto de minoría el Señor
Koberg, magistrado suplente, no declara a ninguno de los candidatos como el
triunfador alegando que habianse producido muchas irregularidades, que daban
mérito para declarar nula la elecció. Conocido el fallo del Tribunal los ánimos
comenzaron a caldearse ¡Queremos votar! fue el grito de guerra de
calderonistas y comunistas, que no se conformaron con la derrota de su
candidato. Abundaron los insultos contra los miembros del Tribunal y las
denuncias de fraude en las elecciones. Llega el día en que el Congreso tenía
que hacer la declaratoria de la elección de Presidente y diputados.
El gobierno contaba con treinta diputados incluyendo los seis
comunistas, todos los cuales habían firmado el pacto que los obligaba a
respetar cualquiera que fuera el veredicto del Tribunal de Elecciones. Dos
diputados gobiernistas: Don Francisco Fonseca Charmier y Don Arturo Volio
Guardia se apartaron de la línea trazada por el gobierno y no votaron por la
anulación de las elecciones. Veintiocho diputados, incluyendo a todos los
comunistas, al final de esa tormentosa sesión votaron por la anulación de las
elecciones. De hecho hubo un rompimiento del orden constitucional. Se produce
un impase en el que nadie sabía a que atenerse. No había presidente ni
diputados electos. El sistema político se había desquebrajado.
Pasaron dos o tres semanas de concilábolos entre los líderes
de la oposición y las dirigentes del oficialismo, tratando de llegar a un
entendimiento. Don Otilio Ulate fue cediendo hasta el punto de aceptar
renunciar a su presidencia y reconocer al Doctor Ovares como el nuevo
Presidente, sin embargo, por una u otra razón las fórmulas de arreglo
discutidas nunca llegaron a concretarse.
Me acuerdo que un día, como integrante del grupo paramilitar
de la oposición, me convocaron para que llegara en la mañana a la casa del Dr.
Carlos Luis Valverde, que era el sitio donde se reunían los dirigentes del
partido de Ulate. Cuando llegué me informaron que debíamos estar listos para
tomar los cuarteles porque el Ministro de Seguridad Pública, Don René Picado
estaba dispuesto a entregarlos. Pasaron varias horas de intensa espera y como
a las dos de la tarde nos pidieron que nos retiráramos, porque Don René se
había echado para atrás. Poco después de habernos retirado, la casa del Dr.
Valverde, en donde se encontraban los máximos dirigentes de la oposición, fue
rodeada por la policía con órdenes de tomarla por asalto. El Dr. Valverde en un
arrebato de cólera, salió de la puerta de su casa a increpar a las fuerzas de
la policía comandadas por un cubano de nombre Tavío. En esos momentos la
policía comenzó a saltarse la tapia para penetrar el cuartel general de los
ulatistas. Se producen varios disparos desde dentro de la casa y dos policías
que intentaban saltar fueron muertos y cayeron en el jardín de la residencia.
Se produce una intensa balacera y el Dr. Valverde que estaba afuera porque la
puerta de entrada se había cerrado, recibe un balazo en el pecho, que pocas
horas después le causó la muerte. Las condiciones estaban dadas para que
prevaleciera la solución pronosticada por el Jefe de Acción del ulatismo, Don
Pepe Figueres: sólo una revolución sería capaz de terminar con el régimen de
los hermanos Calderón, que apoyados por los comunistas, trataban de
perpetuarse en el poder.
En una de las múltiples conversaciones que sostuve con Manuel
Mora, me contó que la decisión de anular las elecciones, fue larga y
ampliamente discutida en el seno del Comité Central del Partido. El mantuvo la
tesis de que era preferible dejar las cosas como estaban y no anular las
elecciones. De todas maneras el gobierno de Ulate iba a quedar con minoría en
el Congreso. No pudo hacer prevalecer su tesis y cuando vino la votación del
Comité Central, sólo él voto en contra de la anulación de las elecciones. Por
disciplina de partido se vio obligado a votar en el Congreso por la tesis
oficial. Esos son los pequeños detalles que dan un curso distinto a la
historia.
MI PARTIDA PARA LA LUCHA
Después de que mataron al Dr. Valverde frente a su casa, en el
país reinó completa incertidumbre. Se produce un vacío de poder constitucional
y el gobierno de Picado se amparó en la fuerza pública para mantenerse en el
poder. Agotada la vía civil, la única solución eran las armas y la revolución.
Figueres era el único que estaba preparado para iniciar la lucha armada desde
su finca La Lucha.
El grupo de desamparadeños, entre otros Carlos Gamboa, y su
hermano Tista, Piquín Fernández y Domingo Garcia, nos fuimos a refugiar en la
finca de mi padre. Lo que llamaban el Cerro de los Ortuño. Algunos otros fueron
llegando, como Federico Apéstegui y su hermano Fernando, Edgar Jiménez, casado
con una hermana de los Apéstegui y Roberto Valdeperas, que yo recuerde.
Tendríamos un par de días de dormir en la montaña ya que había orden de captura
contra todos nosotros, cuando apareció Pepe Pozuelo, figura muy allegada a Don
Otilio y primo de los Apéstegui, con un mensaje del jefe de la oposición. Don
Otilio nos pedía que todos nos fuéramos para la casa, que él habia decidido
trasladarse a Panamá y desde allí organizar la lucha armada para derrocar al
gobierno espúreo de las hermanos Calderón con sus aliados comunistas. La verdad
es que nadie creyó en el mensaje que nos enviaba el señor Ulate. Federico
Apestegui, muy allegado al grupo de Don Otilio, fue el único que regresó, a San
José con su primo Pozuelo.
Esa noche nos sentamos a deliberar sobre el camino que
debíamos seguir. Sabíamos que Don Pepe Figueres se había concentrado en su
finca La Lucha, y que contaba con armas para iniciar una revolución. Lo único
que nos quedaba era unirnos a ese grupo.
En eljeep de mi padre y otro vehículo que conseguimos, todos
los "desamparadeños" nos fuimos para La Lucha. Había un problema: Don Pepe sólo
recibía a gente que llegara armada. Sólo Roberto Valdeperas no tenía arma. Yo
contaba con una pistola y un rifle de ordeñar calibre doce. Mi pistola era el
pasaporte de Valdeperas para ingresar a La Lucha, y se la presté con ese fin,
pero nunca me la devolvió.
En la finca La Lucha habrían unos sesenta o setenta hombre
armados. Entre otros estaban Frank Marshal, Edgar Cardona, Vico Starke, Bruce
Masis, Max (Tuta) Cortés y su hermano Femando, José Delcore y su primo Renato,
Edmond Woodbridege, Carlos (Pocholo) Mendieta, Benjamín Piza, Juan Arrea y su
hermano Jorge, Joaquin Garro, Roberto Fernández, Don Manuel Camacho, Macho
Nuñez, Alberto Marten, Benjamín Odio, el padre Benjamín Nuñez y algunos más que
se me escapan de la memoria. El grupo de los desamparadeños, que éramos como
quince, significó un valioso refuerzo al contingente revolucionario.
Don Pepe todos los días nos daba entrenamiento militar, por
cierto muy primitivo, donde nos explicaba el Plan Magnolia y el Plan Clavel.
Uno era cerrar territorio y el otro era la toma de San Isidro del General.
Recuerdo que en uno de esos entrenamientos se me fue un tiro,
por suerte la escopeta miraba hacia arriba, y lo que sucedió fue que le destapé
el techo al galerón donde entrenábamos. No se me olvida el día que llegí, el
doctor Don Mariano Figueres, padre de Don Pepe, a darnos instrucciones de
primeros auxilios. Comenzó por explicarnos el funcionamiento del sistema
sanguíneo y cómo distinguir la sangre arterial y la venosa, esto con el objeto
de ligar el sangrado con un torniquete arriba o debajo de la herida. Nos
explicó que si la herida era en un brazo, había que sujetarlo al pecho, y si
era en una pierna, después de hacerle un torniquete, acostar al herido. No se
olviden -nos remarcó- que en esos casos "brazo al pecho y pierna al lecho". En
esos momentos, alguien que lo había escuchado le preguntó: "Digame, Don
Mariano, y si el balazo es en el estómago, qué es lo que tenemos que hacer?
"Oyeme chico, si tenéis una aspirina, dádsela para que muera con menos
dolor". Así terminó la clase de primeros auxilios y todos nos quedamos muy
compungidos y preocupados de los riesgos que significaba ir a la guerra.
LA TOMA DE SAN ISIDRO DEL GENERAL
Finalmente llegó el momento de iniciar el Plan Clavel, o sea
cerrar un territorio revolucionario. El otro era el Plan Magnolia, que
consistía en la toma de San Isidro de El General, y nosotros a la vez habíamos
ideado nuestro propio plan, que lo llamamos "Plan Canal": consistía en que en
caso de fracasar el Plan Magnolia, todos nos dirigiríamos cuesta abajo hasta
llegar a Panamá, donde "tal vez" nos encotraríamos con Don Otilio Ulate.
Como al medio día, después de haber "almorzado", en dos
camiones de carga nos montaron los que cabían y nos llevaron a La Sierra, como
se conocia el desvío de la carretera panamericana que entraba a la finca La
Lucha.
Ahí pasamos el resto del día y toda la noche muertos de frio,
envueltos en sacos de gangoche. No volvieron a darnos de comer, hasta como a
las nueve de la noche, que llegó la comida. A mi me dieron un envoltorio de
papel periódico que contenía un puñado de frijoles negros helados. Tal era el
hambre que me comí hasta el último frijol. No disparamos un solo tiro y a la
mañana siguiente parte del contingente ahí emplazado lo devolvieron a La Lucha.
Yo iba entre esos. Don Pepe nos anuncio que ese día se iniciaría el Plan
Magnolia. Al ingeniero Edgar Jiménez y a mi nos ordenó salir, anticipadamente
en el jeep que yo había llevado, con el objeto de que Edgar, que conocía a los
ingenieros norteamericanos que construían la panamericana, estacionados en el
Plantel de la Mills, les explicara que estaba a punto de iniciarse una
revolución para derrocar al gobierno de Picado. Que tanto el personal
norteamericano, como los equipos de construcción serían respetados. Yo me quedé
en el portón del plantel conversando con el guarda mientras Edgar cumplía su
misión. Unos tres cuartos de hora después regresó Edgar muy sonriente, ya que
los gringos no solo no hicieron objeción alguna, sino que estaban dispuestos a
hacerse de la vista gorda si utilizábamos algunos de los equipos de la
carretera.
Cumplida la misión, seguimos para San Isidro donde llegamos en
el atardecer. Ahí nos estaba esperando Don Manuel Camacho y con él Macho Núñez
y el personal de aviación, que se encargarían de volar a Guatemala a traer
armas para la revolución, en los aviones de TACA que al día siguiente íbamos a
capturar.
Para la toma de la plaza de San Isidro se fijaron tres
objetivos: la toma del Resguardo Fiscal, la toma de la Jefatura Política y la
toma del aeropuerto. Carlos Gamboa y su grupo se harían cargo de tomar la
Jefatura Política. Edmond Woodbridge y su grupo, entre los que estabamos
Fernando Cortés, Roberto Fernández y yo, les correspondía tomar el Resguardo
Fiscal. Nos pusieron un guía que estaba muy nervisso y nos hizo dar un montón
de vueltas. Se había convenido que media hora después iniciaríamos el ataque,
pero cuando finalmente nos mostró la pared posterior de una casa de madera, la
señaló y nos dijo "¡Ese es el Resguardo!" y salió corriendo. El
contingente, que seríamos de unos diez o doce, contaba además de las escopetas
y pistolas, con dos armas poderosas. Roberto Fernández portaba una
subametralladora alemana de las que usaba la SS. Linda era el arma porque el
magacín le entraba de medio lado. La otra arma "poderosa" que la traía Fernando
Cortés, era una granada de mano de las legítimas del ejército americano. No nos
habíamos todavía acomodado frente al objetivo, cuando oímos el tiroteo de los
hombres de Carlos Gamboa que había iniciado la toma de la Jefatura. Nos tiramos
en una zanja y comenzamos a dispararle a la pared del Resguardo. Con mi
escopeta doce que la usaba con tiros 12 de un solo plomo, que me los había dado
Miguel Ruiz antes de irnos a pelear, comencé a disparar contra la pared de
madera tan rápido a como podía ordeñarla. Así estuvimos como una hora, sin
saber si estábamos blanqueando a los guardas fiscales. De pronto se oye la voz
de Edmond Woodbridge que ordena. "¡La ametralladora!" Roberto Fernández
se levanta y muy parcimonioso, monta el arma y aprieta el gatillo. "Pooom",
sonó un tiro sin dar ráfaga. Vuelve a montar otro tiro y "Pooom", volvió a
sonar. Vuelve Roberto a montar otro tiro y el resultado fue el mismo. La
ametralladora no daba ráfaga. Ahí fue cuando alguien gritó: "¡Roberto, o te
agachás o te van a pegar un tiro!" Después averiguamos que las balas que le
dieron no eran las indicadas para la ametralladora de la SS alemana. Así
terminó la intervención de Roberto y su linda ametralladora. Pocos minutos
después Edmond dio otra orden: "¡La Granada!" Inmediatamente se levanta
Fernando Cortés, le extrae el seguro a la granada y la lanza contra la pared
del Resguardo. La vi chisporrotear en el aire y oí cuando pegó en la pared de
madera. Me eché de panza en la zanja en que estaba y me tapé los oídos para que
la explosión no me fuera a reventar los timpanos. Nunca había visto reventar
una granada de verdad. Sonó una gran explosión, como si hubiera detonado una
bomba de aviación. Vimos como los guardas fiscales, muy asustados, salieron
corriendo de las instalaciones del Resguardo. Habíamos logrado cumplir con el
objetivo asignado de tomamar las instalaciones del Resguardo Fiscal. En la toma
de la Jefatura por Carlos Gamboa y su grupo, murió Don Carlos Mora, el Jefe
Político, y su hijo, que salieron armados a defenderla. Por cierto que al día
siguiente no me aguanté las ganas de ir a ver el "cráter" que había dejado la
granada al explotar. Anduve para arriba y para abajo la pared de madera del
Resguardo, y no pude encontrar la menor seña causada por la explosión de la
granada. Pero ni una hierba apachurrada.

Fernando Ortuño y Daniel Oduber, estudiantes de la Universidad de McGill
en Montreal, Canadá en 1945
CAPTURA DE LOS AVIONES Y EL PUENTE AEREO CON GUATEMALA
Ya estaba amaneciendo cuando nos juntamos en la plaza a
celebrar el triunfo y a gritar "¡Viva la revolución!" De ahí nos fuimos todos
al aeropuerto a esperar la llegada de los aviones.
Ese dia habían programados dos vuelos regulares. El primer
vuelo llegó muy temprano, como a la seis y media. Desembarcamos a los pasajeros
y si no me equivoco venía piloteado por Otto Escalante, quien de inmediato se
incorporó a las fuerzas revolucionarias. Tal vez una hora después llegó, el
segundo avión de TACA, que también lo capturamos. Ahí venía Johnny Victory de
piloto, quien también se incorporó a la revolución. Los pilotos, que conocían
bien la operación de la compañía de aviación tuvieron la idea de llamar a las
oficinas de TACA y decirles que una llanta de uno de los aviones se había
desinflado y pidieron que les mandaran un repuesto y ciertas herramientas que
requerían para montarla. Como una hora después apareció el tercer avión de
TACA. De inmediato se le extrajo toda la gasolina a uno de los aviones y con
ella llenaron los tanques de los otros dos y sin perder el tiempo, al mando de
Macho Núñez y Otto Escalante zarparon para Guatemala.
A esas alturas personeros de TACA, comenzaron a reclamar la
tardanza en la salida de regreso de los tres aviones. Ahi fue cuando Edmond
Woodbrige entró en acción. Se identificó como el difunto Carlos Mora, Jefe
Político de San Isidro, y hablando como campesino les dijo que en uno de los
aviones habian llegado un montón de revoltosos que habían armado una gran
bronca, por lo que tuvo que detenerlos y parar la salida de los aviones. Que
cuando hubiera restablecido el orden, permitiría la salida de los aviones. Así
los mantuvo cuenteados varias horas. "Que el Jefe Político se había ido a
almorzar. Que el Jefe Político se habia ido a hacer una necesidad. Que estaba
deteniendo a los revoltosos. Y cuando ya no les creian, volvía a personificar
al Jefe Político y ponía toda clase de pretextos para no dejar salir los
aviones. Serían como las tres o cuatro de la tarde cuando salió al micrófono
Mr. Anson, gerente general de TACA, que quería hablar personalmente con el Jefe
Político. Después de hacerlo esperar un rato le salió Edmond con acento de polo
y le preguntó qué se le ofrcía. "Mire Señor Jefe Político, el presidente
Picado me ha autorizado para que le de la orden a los aviones de salir de
inmediato para San José". Todos estabamos muertos de risa de las
ocurrencias de Edmond, sin saber cómo le iba a contestar. De pronto, con voz
muy firme, le dijo: "Mire, Mr. Anson, vayase mil veces pa'la mierda. Ya estalló
la revolución y usted está hablando con el territorio liberado. Aquí no manda
el gobierno, los que mandamos somos nosotros" y cerró la comunicación
"¡Gringo hijuputa, eso era lo que se merecía!" -comentó muerto de risa-
En cuanto los aviones tuvieron los tanques llenos, piloteados
por Macho Núñez y Otto Escalante se elevaron con rumbo a Guatemala. Regresarían
con las armas al día siguiente muy temprano. Para confirmar que la plaza estaba
aun en manos nuestras, teníamos que colocar en media pista dos sábanas blancas
en forma de cruz. Ellos sobrevolanan la pista a baja altura y después de dar
una vuelta, aterrizarían. Para nuestra sorpresa, porque aun éramos muy
escépticos sobre las conexiones de Don Pepe en Guatemala, antitos de las seis,
oímos el ruido de los motores de los dos aviones. Pasaron sobre la pista,
vieron la cruz de las sabanas, dieron una vuelta y aterrizaron uno detrás del
otro. Todos corrimos a esperar a que los aviones abrieran sus puertas. De
pronto comienzan a salir hombres armados a quienes no conocíamos. Fuera de los
pilotos, el único tico conocido era Fernando Figuls, que había viajado a
Guatemala como representante de Figueres. Los dos aviones, al máximo de su
capacidad, venían taqueados de armas y de parque. Hasta un cañón de la guerra
del 14 con sus balas, y dos ametralladoras Hoshkins de sitio, de fabricación
francesa. Lo que más traían eran rifles mauser argentinos de 7mm.
Todos los extranjeros que llegaron eran revolucionarios
centroamericanos y caribeños. Que yo recuerde venían el General Ramirez, Paco
Morazán, Baez Bone, el Indio Sanchez, y el capitán Tercero. Después llegué a
enterarme que las armas le pertenecían al General Rodríguez que las había
adquirido para derrocar a Trujillo en Repúiblica Dominicana. Las prestaba a Don
Pepe con la condición de que triunfante la revolución se las devolvería junto
con todas las armas no gubernamentales que se capturaran. Los dos aviones, una
vez que descargaron el armamento, se volvieron a elevar, dirigiendose a
Guatemala a traer otro cargamento de armas.
En Guatemala había dos hombres fuertes: el Coronel Arbenz, y
el Coronel Arana. El primero era el Ministro de Defensa y el segundo era el
Jefe del Estado Mayor. Guatemala era gobernada por el Presidente Arevalo. Fue
el Coronel Arana el que nos ayudó permitiendo que cargáramos las armas en un
aeropuerto del ejército guatemalteco.
La mayor parte de las armas que iban llegando se enviaban a
Santa María que era donde Don Pepe había establecido su Cuartel General. Las
que nos dejábamos en San Isidro era para entrenar voluntarios que deseaban ir a
pelear. Me da risa el entrenamiento que les dábamos. Lo primero era enseñarles
cómo manipular la "bisagra", luego cómo cargar el rifle, y finálmente cómo
apuntar y disparar el arma. Para completar el entrenamiento, con un blanco al
frente, les permitíamos disparar un tiro... y ya estaban listos para ir al
frente. En camiones los íbamos mandando para Santa María. Aunque no lo parezca
el tico es muy arrojado y valiente, y a veces pienso que cuando se acostumbra
al enfrentamiento hasta disfruta de la guerra.
Un día, asesorados por uno de los oficiales extranjeros, se
nos ocurrió probar el cañón. Lo llevamos al campo de aterrizaje, lo emplazamos
en dirección a un cerro que había al final de la pista. El experto fijó la mira
y el ángulo del cañón, apuntando a la base del cerro. Hecho eso, se le
introdujo una bala, que difícilmente se la aguantaba un hombre. "Estamos
listos" -dijo- todos nos tapamos los oídos y él jaló el percutór. ¡Buuum!,
sonó el cañón, y nos quedamos viendo la base del cerro, donde nada pasó. De
pronto uno de los que observaba pegó un grito y señaló a dos metros del cañón
donde había caído la enorme bala. Todos salimos corriendo antes de que a la
bendita bala se le ocurriera estallar. Optamos por mandar el cañón a Santa
María para que allí le dieran otra probadita.
En las mañanas esperabamos a los aviones del gobierno que
llegaban a bombardear la ciudad. Eran DC3, con la puerta despegada. Por ahí
lanzaban las bombas, las que vistas desde abajo parecian que le iban a dar a
uno en la cabeza. Entre tanto todos le disparabamos. El problema era decidir
si uno hacia sus necesidades antes o después del bombardeo. Una vez me encontré
a Don Manuel Camacho, en media plaza, disparándole al avión con su escuadra
calibre 22. En las tardes nos dedicabamos a "entrenar" nuevos soldados para
mandarlos al frente.
Un día llegó Don Pepe a enterarse de cómo andaban las cosas en
San Isidro. Pasó ahí la noche y al día siguiente todos nos fuimos a desayunar
al comedor del plantel donde atendía a dos excelentes cocineras. Apenas
habíamos comenzado a servirnos, cuando llegaron los aviones a bombardear. Todos
corrimos a refugiarnos y comenzamos a dispararle al avión. Don Pepe cuando se
dio cuenta de que estabamos desperdiciando el valioso parque con que contábamos
pegó un grito ordenando: "¡PAREN EL FUEGO! ¡PAREN EL FUEGO!" El avión descargó
todas sus bombas y enfiló para San José. Regresamos al comedor a terminar el
desayuno. Las cocineras nos informaron de que teníamos que esperar a que
prendieran de nuevo la cocina, porque ante la orden de Don Pepe le habían
echado agua a la cocina para apagar el fuego. Hasta Don Pepe se echó la gran
carcajada.
Sobre lo que pasaba al otro lado del Cerro de la Muerte, era
muy poco lo que sabíamos en San Isidro. Una vez llegó Frank Marshal con Pepino
Delcore y algunos otros amigos, que venían a descansar del intenso frío que
hacía en El Empalme. Se metieron en una cantina y se pegaron la gran juma y les
dio por disparar tiros al aire. Tal era la balacera, que con buenos modales nos
les acercamos y así pudimos desarmarlos. Al día siguiente, ya tranquilos
regresaron al Empalme.
Después del triunfo de la revolución me enteré de cómo fue la
muerte del Coronel Rigoberto Pacheco. Cuento la versión que escuché. Parece que
un día el Coronel Pacheco, hombre muy valiente y versado en situaciones de
guerra, ya que había servido en la Legión Extranjera en Africa, entró por el
Tablazo y se dirigió a uno de los Santos. De pronto se encontró con un piquete
del Batallón León Cortés,al frente de los cuales estaba Carlos Gamboa. Se bajó
del jeep, sacó su pistola y encañonó a Carlos, que a su vez lo apuntaba con su
rifle. Se quedaron unos instante mirándose fijamente, el Coronel bajó su
pistola y Carlos hizo lo mismo con su rifle. Dio media vuelta, se monto en el
jeep y le ordenó regresar a su chofer, de quien no recuerdo su nombre, pero le
decían Perro Negro.
No satisfecho con lo que había visto en los cantones del sur,
el Coronel Pacheco, decidió enterarse de lo que estaba pasando en las fincas de
Figueres, entrando por la panamericana. Todavía Figueres mantenía un
contingente en La Sierra para impedir el paso hacia San Isidro. Cuando lo
vieron venir, le abrieron fuego y lograron herirlo. En la conmoción el jeep que
manejaba Perro Negro, cayó en la alcantarilla y se medio volcó. Perro Negro
logró sacar al herido y apoyado en sus hombros se internó en la montaña.
Encontró un árbol caído y sobre el se sentó a descansar con su jefe herido. Un
muchacho joven, del que me reservo el nombre, los encontró sentados sobre el
árbol. Sin decir palabra, con su rifle calibre 22, apuntó al Coronel Pacheco,
disparó y lo pegó en la base de la garganta. El Coronel cayó asfixiándose y
moribundo. Luego le ordenó a Perro Negro que se rindiera, porque estaba
rodeado, y que pusiera las manos arriba. Llevaba una pistola al cinto, entonces
le ordenó que con cuidado la sacara y se las tirara a sus pies. Recogió la
pistola, que era una 45 niquelada con cacha de conchanacar. Sin más preámbulo,
a escasos tres metros le disparó en el estomago. El impacto de una bala 45 es
tremendo. Lo hizo levantado y fue a caer a la par del Coronel que daba los
últimos suspiros de su vida. Conocidos los hechos, Don Pepe se comunicó con el
gobierno, para que enviaran a recoger los cadaveres y asi darles adecuada
sepultura.
Hay otra anécdota interesante que la cuento porque la escuché
del propio protagonista. La Lucha había sido tomada por tropas de gobierno y
Don Pepe, con toda su gente, incluyendo las estacionadas en La Sierra, se
posesionó de Santa María de Dota. Antes de evacuar esa zona Don Pepe se fue
para El Empalme, donde la familia Apéstegui tenía una finca de lechería y una
modesta casa. Ahí estaba mi primo Fernando, y me contó que Don Pepe le entregó
cuatro rifles máuser con cinco tiros cada uno y le dijo que armara a cuatro de
sus peones y se hiciera cargo de defender ese punto.
El contingente mejor preparado, porque había sido entrenado
por oficiales del ejército americano, era lo que conocía como la Unidad Móvil,
comandada por el Coronel Egidio Durán. Ese día el Coronel Heugh, ataché militar
de la Legación Americana, había viajado por la carretera panamericana hasta el
plantel de la Public Roads en Villa Mills, a enterarse del estado en que se
encontraban el personal norteamericano de la companía constructora de la
carretera. Comprobando que todos se encontraban bien, emprendió el viaje de
regreso. Después de pasar El Empalme, donde había conversado con Fernando
Apéstegui, se topó con la Unidad Móvil que venía avanzando hacia San Isidro.
Lo reconoció el Coronel Durán y le hizo señas para que se detuviera y le
preguntó. "Dígame, Coronel, usted que viene de adentro, ¿cómo ve la
situación militar? "Están muy armados y bien emplazados. Si yo contara con un
pelotón de paracaidista, lo pensaría mucho antes de emprender un ataque"
-le contestó el Coronel- "Eso es lo que me temía, voy a pedir refuerzos
antes de continuar avanzando" -comentó el Coronel Durán- y esperó 24 horas
para continuar avanzando.
Entre tanto Don Pepe, que ya contaba con las armas que habían
llegado de Guatemala, organizó un contingente al mando de Frank Marshall, para
que se ubicaran en El Empalme, como el punto de defensa del territorio ocupado.
Si el Coronel Durán con la Unidad Móvil hubiera seguido avanzado, habría
llegado a San Isidro sin encontrar resistencia alguna y posiblemente habría
tomado la ciudad y terminado con el puente aéreo que existía con Guatemala.
Cuando al día siguiente, con los refuerzos recibidos, continuó su avanzada, en
El Empalme se encontró con la tropa de Frank que lo detuvo y no lo dejó pasar.
Esas son las paradojas de la vida: una chana del Coronel Heughs cambió la
historia de la revolución.
DESEMBARCO EN DOMINICAL
En Dominical había un pequeño muelle y se pensó que ese podría
ser el punto de desembarco de tropas del gobierno para reconquistar la ciudad
de San Isidro. Al mando de un lugareño se destacó un contingente para cuidar el
sitio y no permitir que atracaran lanchas oficiales con hombres armados. De
pronto apareció una gran lancha con cientos de hombres que gritaban ¡VIVA
CALDERON GUARDIA! Nuestro comandante se asustó y salió corriendo. Así fue como
desembarcaron cerca de seiscientos, en su mayoría trabajadores bananeros, al
mando del "general" Tijerino y de Carlos Luis Fallas. La tropa lugareña se
apostó en un sitio montañoso cerca del Rio Barú, con intención de repeler a los
invasores. La noticia llegó a San Isidro pidiendo que mandaran refuerzos.
Salimos en un pick-up a reforzar a los que trataban de impedir la entrada de
las tropas gubernamentales.
Era un sitio muy boscoso en el que rara vez se distinguían las
figuras de los atacantes. Oíamos que de la montaña nos disparaban y nosotros
contestábamos el fuego a la maleza. Lo mas mortificante para mi era oír el
sonido de una corneta, que constantemente sonaba cambiando la entonación.
¿Será una orden de ataque? ¿Será de repliegue? ¿O será un cambio de posición?
Fue la primera vez que oíamos una corneta dandole órdenes a una tropa en
ataque. Con los años me vine a enterar de que el cornetista era el hijo de
Calufa Fallas.
Seguimos disparándole a un enemigo que no veíamos. Ahí fue
donde aprendí a calcular la ruta de las balas. Cuando chillaban, era que habían
pegado en una rama o en un árbol y ya desfiguradas seguían rotando produciendo
como un silbido en mi bemol. ¡Puiiing! De esas balas no había que preocuparse
porque iban lejos. De las que sí había que preocuparse eran las que al oído
sonaban como un soplido. ¡Fuiit! ¡Fuuiiit! Esas sí andaban cerca y había que
cubrirse tras un árbol o una roca.
Así pasamos toda la tarde hasta que nos dimos cuenta de que
nos estaban rodeando. Se ordenó entonces la retirada, hasta encontrar un sitio
mejor protegido para hacerle frente a los invasores. Yo me monté en uno de los
últimos camiones que evacuaban nuestra tropa, pero me di cuenta de que aun
quedaban algunos revolucionarios esperando transporte.
Llegamos al sitio escogido por los lugareños. Me sentía muy
cansado, me acosté y caí dormido. En la madrugada me despertó una acalorada
discusión entre Benjamín Odio y el hombre a cargo del mando del contingente.
Benjamin alegaba que ese punto no era el indicado para hacerle frente a la
tropa del gobierno y que deberíamos situarnos más abajo, en un sitio donde
convergían el camino que lleva a la zona bananera y la carretera principal. La
discusión se fue caldeando cada vez más, hasta que Benjamín, encolerizado,
gritó. ¡Qué se levanten los que se vienen conmigo! Sólo Carlos Mendieta y yo
nos levantamos. Cogimos nuestras armas y seguimos a Benjamín. Yo llevaba un
foco para ir iluminando el camino por las noches. Encontramos el sitio que
Benjamín buscaba, y en un paredón cercano a la carretera nos sentamos a esperar
la llegada del resto de nuestra tropa. Como era de esperar, los tres nos
quedamos dormidos.
No podría precisar cuánto tiempo estuvimos durmiendo. Me
desperté cuando oí pasos de gente que se aproximaba. Pensé que era el resto de
nuestro grupo que habíamos dejado atrás, le dí un codazo a Benjamín y dije
¡Benjamín, ahí viene la tropa! y encendí el foco iluminando a los que venían
caminado. De inmediato me dí cuenta de que eran los enemigos. Nos apuntaron con
los rifles y nos ordenaron poner las manos arriba. Yo estaba envuelto en una
cobija, me levanté y manos arriba extendí la cobija para tratar de cubrir a mis
dos compañeros. Pocholo hizo otro tanto.
Aguijoneando la memoria por mi urgencia en describir mi
participación personal en un memorable hecho histórico, he planteado a quienes
lean mis líneas una situación egoísta y egocéntrica. Así explico algunas
misiones que impiden captar globalmente muchas acciones, por lo que presento
aquí excusas. Un lector habrá tenido que preguntarse de donde salen los
personajes, acciones bélicas y otras circunstancias. En el caso del desembarco
en Dominical, enmendaré mal entendidos transcribiendo ahora lo escrito por mi
amigo Alberto Cañas en columnas publicadas por el diario LA NACION cuando ya
Costa Rica estaba en paz.
De las publicaciones del gran escritor, comenzaré con las
tituladas "Comienza San Isidro". Dice así, refiriéndose a la situación de la
ciudad tomada por la revolución:
"Había mucho que hacer y había que hacerlo. Así comenzó el
entrenamiento de voluntarios, que luego se enviaban al Cuartel General de Santa
María. No creo que se tratara tan sólo de gente del lugar. De todas partes
comenzaron a presentarse hombres. Desde Buenos Aires llegaban los voluntarios,
después de tres días de caminar. Y los muchachos que habían tomado y ocupado
San Isidro, comenzaron a someterlos a un entrenamiento duro y concienzudo, que
los convirtió en soldados valiosos para la causa revolucionaria".
Se habla enseguida de los bombardeos aéreos que el Gobierno
inició menos de dos días después de la toma de la ciudad y continúa asi:
"Ante ese bombardeo y la inminencia de nuevas incursiones
de la misma índole, se apresuraron los trabajos de defensa. Y en una tarde de
trabnjo intensivo y eficaz, llevado a cabo por oficiales, por soldados y por
civiles, se acondicionaron trincheras en la plaza de San Isidro. Estas
trincheras fueron escenario de una de las hazañas más espantosas, más
desesperantes y más deseperadas de toda la guerra."
Continua la columna:
"Los aviones gobiernistas no lograron detener los
cargamentos de armas, ni las operaciones aéreas de la revolución. Desde el
primer día, la aviación gobiernista fracasó. De nada sirve un bombardeo si no
destruye la importancia militar que el objetivo tiene para los que lo ocupan.
San Isidro siguió siendo San Isidro. El campo de aterrizaje de San Isidro
siguió siendo la arteria fundamental del Ejército.
Sin embargo, el deseo del Gobierno no era sóolo el de
destruir San Isidro, sino también el de recuperarlo. Y su defectuosa aviación
no iba a lograr semejante empresa, contra hombres valientes, dispuestos a
pelear y a jugarse la vida.
Un día se anunció que Carlos Luis Fallas y el General
Tijerino saldrían con sus célebres columnas de "linieros" rumbo al
Sur".
Puede leerse después:
"Fallas y Tijerino se organizaron en la Zona Bananera y un
buen día desembarcaron en Dominical".
Les faltaba, sin embargo, mucho para llegar a San Isidro.
Nuestra captura la relata Cañas en la columna titulada "El hombre del foco" en
los siguientes términos:
"En la Faralla había veinticinco homhres al mando de Juan
Arrea y Roberto Fernández. Un día salió de San Isidro Benjamín Odio con
cincuenta hombres, con instrucciones de reforzar a los hombres de La
Faralla".
Sigue narrando Cañas:
"Sin embargo cuando Odio y su gente llegaron, ya era tarde y
amenazaba anochecer. Por eso no pudo realizarse el plan inmediato de abandonar
La Faralla y buscar una posición más adecuada".
Sigue el relato:
"Benjamín Odio tenía que ir de nuevo a San Isidro. Cuando
regresó, pudo notar que los hombres gue habían salido hacia el cerro favorable,
habían seguido recto. Efecto de la oscuridad, de la noche y del
cansancio.
La posición cogida por error no era buena. Había que ir al
cerro que se había acordado tomar. Pero la tropa y algunos oficiales
prefirieron quedarse donde estaban. Entonces, como el cerro se había
considerado como una posición imprescindible, se fueron hacia él Odio,
Mendieta y Ortuño.
El encuentro con los del gobierno viene enseguida.
"La noche -terrible segunda noche- era oscura, y tras el
caminar unos pocos kilómetros, decidieron que se habían perdido. Entonces se
echaron a descansar y el cansancio los durmió en la falda de una loma".
Un ruido los despertó, un ruido de marcha sobre la carretera,
un chas, chas, a gran distancia, un rastrilleo de gentes. Creyeron que eran los
hombres que habían quedado ese día en Las Tumbas, y se despreocuparon. Al poco
rato volvieron a despertarse, y pudieron ver los bultos de los que hacian el
ruido. Sólo los bultos; solo las siluetas recortadas en la noche. Eran veinte.
No se sabía quienes eran, pero los tres presumieron que serían los de Las
Tumbas. Cuando terminaron de pasar Odio les dio un ¡Alto! con energía,
como quien manda. Se detuvieron. ¿Por qué tardaron tanto? -les preguntó-
Estábamos esperándolos. Los otros no contestaron. Eran sólo una
avanzada, el grueso, con Fallas a la cabeza, venía atras. Como no contestaban,
Odio encendió un foco que traía, y alumbró, la cara desconocida de un
negro.
No había que perder la calma. Había que seguir dando la
impresión de que eran amigos. "Así es como se pierden las causas" les
gritó. Y siguió, increpándolos duramente mientras retrocedía hasta donde se
encontraban Mendieta y Ortuño, a quienes murmuró -¡Nos cogieron!
Los mariachis parecieron darse cuenta de la situación, y
gritaron su contraseña: -¡Santa María!
Algo había que responderles. No se podían quedar callados.
¡DOTA! -gritó Benjamín Odio.
-¿Quién dijo Dota?
Fue un coro el que hizo la pregunta, que se repitió en otras
voces, como un eco: ¿Quién dijo Dota? ¿Quién dijo Dota? ¿Quién dijo Dota?
¿Quién dijo Dota?
Benjamín Odio era la presa mas solicitada de las fuerzas
gobiernistas. Ortuño y Mendieta decidieron ver qué se podía hacer por salvarlo.
Ortuño se levantó entonces, y se entregó. Lo cogieron a culatazos. Mientras
tanto Odio se había tirado al suelo como primera providencia. La situación no
podía ser mas comprometida para aquellos tres hombres aislados.
A todo esto iba llegando el grueso de la tropa enemiga,
jefeado por Carlos Luis Fallas, que venía a caballo. Mendieta decidió seguir el
ejemplo de Ortuño y se entregó también. Y por supuesto fue agredido en igual
forma que su compañero. Odio sabía lo que le tocaba si lograban capturarlo, y
siguió en el suelo.
De pronto alguno recordó el foco con que los habían alumbrado,
y exigió de Mendieta que se lo entregara.
¡No lo tengo! -respondió-
Ortuño tampoco lo tenía. Entonces se dieron cuenta de que
faltaba uno. No sospechaban quién pudiera ser, pero necesitaban cogerlo.
Comenzaron a oirse las voces:
¡Dónde está el del foco?
¡Cojan al del foco!
¡Cuidado se les va el del foco!
Mientras tanto, Benjamín se había desabrochado la faja del
parque y tirado su rifle. Tenía unos cuantos segundos para salvarse, con una
acción desesperada. Estaba tirado en el suelo, prácticamente en el centro de
la tropa enemiga. Se incorporó lentamente, cuidadosamente y comenzó a gritar
lo que los otros gritaban.
¿Donde está el del foco?
-¡Cuidado se les escapa el del foco!
Y al mismo tiempo, los insultaba y los empujaba, como hacian
los otros.
¡Que no se les vaya el del foco!
Cuando estuvo aislado, cuando se sintió sólo, se dejó caer en
un guindo, precipicio abajo. Ortuño y Pocholo Mendieta fueron prisioneros de
Fallas por seis días más.
Nos amarraron las manos atrás. Nos sentaron al borde de la
carretera a esperar a que llegara alguno de los oficiales. Cuando éste llegó
comenzó a hacernos preguntas tontas. ¿Cómo te llamas? Francisco Rojas
-fue mi respuesta- y qué es lo que hacés? "Soy tractorista de la
compañia". Pocholo dio otro nombre inventado y se definió como ayudante de
tractorista. Entonces comenzaron a preguntarme: que cuántos eran los que los
estaban esperando y que cuántas ametralladoras tenían. Les respondí que no
sabía. Alguien se me abalanzó y me dio un fuerte culatazo en la cabeza que me
hizo ver estrellas. El golpe me dejó la cara ensangrentada. Tal vez esa sangre
fue la que me salvó la vida, porque más de uno a gritos pedía que nos fusilaran
pero mi apariencia era tan patética que solo inspiraba lástima. El que nos
interrogaba nos seguía increpando a gritos: ¡Contestá hijueputa o te
fusilamos! Ante semejante amenaza opté por complacerlos. "Está bien, les
digo todo lo que sé". -y comencé a exagerar- "Como unos quinientos hay
allí arriba y supongo que las ametralladoras son unos rifles grandotes con una
cinta de tiros. De esas yo conté seis". Y así seguí mintiendo hasta que
llegó el General Tijerino. Nos apartó de los que nos rodeaban y comenzó un
nuevo interrogatorio que para Pocholo y para mí fue fácil porque ya nos
sabíamos la historia y lo que hicimos fue repetirla. En esos momentos salió a
la carretera un grupo de campesinos enarbolando banderas de la oposición y
gritando VIVA ULATE, VIVA DON OTILIO ULATE. Venían desarmados, los capturaron y
los sentaron al borde de la carretera. A Pocholo y a mi nos mantuvieron
aislados.
Un rato después llegó Calufa. En respuesta a sus preguntas nos
sujetamos a repetir el cuento que habíamos inventado. "Asi es que te llamas
Francisco Rojas, y quién es tu papá? En ese tiempo había un carajo al que
le decían Jupa de Tabla, cuyo apellido era Rojas ahora no me acuerdo del
nombre. "Asi que sos hijo de Jupa de Tabla -comentó Calufa y agregó
Me decís que sos herediano, ¿decime a dónde vivís en Heredia? Ahí si que
me desconcertó porque de Heredia no conocía ni el nombre de una pulpería. Lo
único que se me ocurrió fue decirle que vivía a la pura entrada de la
ciudad.
"Me estás mintiendo, jodido" -me contestó Calufa
sonriendo con sarcasmo- "Yo soy de Heredia y ahi conozco a todo el mundo.
Pero decime otra cosa -continuó preguntando- ¿Quién es Fernando
Ortuño?" "Un ofical que estaba con nosotros y que se escapó" -fue mi
respuesta- "Repito que me seguís mintiendo" -comentó Calufa- Se levantó
y volviéndome a ver me dijo "Bueno Francisco, ahora sos prisionero y te venís
con nosotros para San Isidro". Así terminó el interrogatorio de Calufa y se
fue sonriendo. Desde entonces cuando se dirigía a mi, me llamaba Francisco.
Cuento la historia de como Calufa supo que yo era Fernando
Ortuño. Cuando terminé el segundo año de pre-leyes en la Universidad de McGill,
me quedé unos días en Montreal, empacando mis cosas. Había resuelto terminar mi
carrera de leyes en la Universidad de Costa Rica, era diciembre y tenía hasta
marzo para entrar a la Escuela de Derecho. Una noche me fui con unos amigos a
"El Morocco", un elegante cabaret de Montreal, y cuando entré reconocí, sentado
en una mesa, a Don Miguel Brenes, entonces Ministro de Trabajo, acompañado por
un señor al que no conocía. Era el Dr. Guillermo Padilla Castro que venía
acompañando al Ministro de Trabajo a una conferencia de la Oficina
Internacional de Trabajo. Don Miguel, muy complacido de verme, me invitó a que
me sentara con ellos. Me contaron que el Dr. Padilla, después de la
Conferencia seguía para Inglaterra donde desempeñaría el cargo de Ministro de
Costa Rica. Pasé un rato muy agradable porque ambos tenian más de un trago
adentro.
Mi padre me había comprado un automóvil Pontiac de viejo
modelo y los siguientes días me dediqué a transportarlos a la Conferencia y les
enseñé la ciudad que para entonces conocía muy bien. Un día en una recepción,
el Dr. Padilla me propuso que me fuera con él a Europa, y que el se encargaría
de que me nombraran Secretario de la Legación en Inglaterra. Yo estaba loco por
conocer Europa, llamé a mi padre por teléfono, que en ese tiempo era una forma
inusual de comunicarse, y me dio permiso de ir, así como fondos para sufragar
los gastos.
Para no desperdiciar mis vacaciones me fui sólo para Londres
porque el Dr. Padilla retrasó su viaje y fue llegando a Inglaterra a finales
del mes. Pasamos la navidad juntos y en enero nos fuimos para Dublin, donde el
Dr. Padilla tenía un hijo de su primera esposa. De Irlanda seguimos a París,
donde Padillita era un verdadero baqueano. Allí había estudiado y sacado su
doctorado en derecho. Un día en el Café de la Paix, frente a la Opera de París,
conocí a una encantadora muchacha, que se llamaba Michel Clerin. Durante poco
más de un mes que permanecimos en Pans la estuve cortejando. Vivía en
Versalles, se venía en el tren, y yo la esperaba frente al Monument du Mort en
la Gare Saint Lazare. Regresé a Costa Rica y por varios años nos estuvimos
escribiendo.
Pocos días antes de irme para la revolución recibí una carta
amorosa de Michel y me la eché al bolsillo para seguirla leyendo. Cuando nos
cogieron presos a Pocholo y a mi, nos quitaron todo lo que andábamos en los
bolsillos. Esa carta fue la que me delató ante Calufa; de ahí sus sonrisas
cuando escuchaba las mentiras que yo le pegaba.
Para terminar el resto del cuento, siendo yo diputado
(1962-1966) me había hecho amigo de un hombre de apellido Salazar, a quien
llamaban "Pelos" porque era casi calvo. "Pelos" era el contacto del Partido
Comunista con la Asamblea Legislativa. Un día me dijo que en el Partido había
algo que me pertenecía y que me lo querían devolver. Nunca pude figurarme qué
tendría al Partido Comunista que me perteneciera. Pocos días después me buscó
"Pelos" y me trajo la carta de Michel Clerin que habían archivado diecisiete
años. Todavía la conservo como uno de los recuerdos más preciados y siempre le
estaré agradecido a los comunistas por lo ordenados que son con sus
archivos.
En la retaguardia de los invasores íbamos todos los
prisioneros cargando las valijas y la comida de la tropa. Me tocó jalar con una
pesada valija, creo que era la de Tijerino. Llevaban a un muy buen baqueano,
que tomo una ruta por la montaña, para evadir el enfrentamiento con nuestras
tropas que los estaban esperando. Dos días y una noche tardamos en llegar a San
Isidro. En las tardes y en la noche llegaba Calufa a conversar con los
prisioneros. Nos hablaba de las maravillas del comunismo y de todo lo que se
beneficiaría la clase trabajadora. Más de un farsante de los campesinos presos
comentaba indignado, las injusticias del capitalismo. Hasta yo los tomé en
serio, pero lo cierto es que cada noche se zafaban dos o tres. La fuerzas de
Tijerino en su mayoría eran trabajadores bananeros pésimamente armados. El
gobierno les había entregado los anticucos rifles Remington de un tiro. No sé
si provenían de la guerra del 56, porque me di cuenta que constantemente los
tiros no reventaban. Algunos venían desarmados y servían de suplentes cuando
alguien les cedía el rifle o lo mataban. Cuanta casita de campesinos pasabamos
se metían a saquearla. Saliendo de una casa un pobre diablo me enseñó lo que
había robado: traía dos figuritas de yeso pintadas, posiblemente para decorar
el portal, y me dijo: "¡Choojodido!. En la guerra no es tanto el berguello,
como el saquello". Frase que al contarla después se hizo famosa.
Entre tanto el General Ramírez, al darse cuenta de que el
enemigo lo había evadido, regresó a San Isidro y se posesionó del plantel de la
compañía, que estaba en el alto, de donde se podía dominar toda la cuidad. Otra
cosa que yo desconocía era que en la plaza, frente a la iglesia, los nuestros
habían construido una trinchera. Me cuentan que cuando comenzaron a construirla
en línea recta, llegó el cura, que era un alemán que había estado en la Guerra
del 14, y los paró para explicarles que así no se construía una trinchera. Que
en línea recta, un solo tirador desde un flanco los podía matar a todos. Las
trincheras había que trazarlas en zig-zag, sin dejar flancos al descubierto.
Asi se hizo y gracias al cura alemán nos salvamos de un descalabro por la gran
ignorancia que teníamos del arte de la guerra.
La ciudad estaba vacía con excepción del plantel y de los
hombres que ocupaban las trincheras de la plaza, que les hicieron un
enfrentamiento feroz. A los prisioneros nos situaron en el banco casi seco del
río, y ahí pasamos la primera noche. En la mañana siguiente, muy temprano,
Tijerino mandó por Pocholo y por mi. Muy parsimonioso nos explicó que ya había
tomado toda la ciudad, pero que había un pequeño grupo que seguía haciendo
resistencia desde unas trincheras situadas en la plaza. Que para no derramar
más sangre, proponía que uno de nosotros fuera a las trincheras a pedirles que
se rindieran. Me dí cuenta de que era una misión suicida, porque una vez que
entrara a la trinchera, ahí me quedaría con mis compañeros sin poderles ayudar
porque no tenía arma. Entonces con mucha calma le dije: "General, nosotros
somos prisioneros de guerra y de acuerdo con la Convención de Viena, que usted
como militar conoce, a un prisionero no se le puede ordenar que entre en
acción. Lo que yo le sugiero es que esa misión se la encargue a la Cruz
Roja". Me dio la razón y nos devolvió al banco del río. Me fui muerto de
risa, porque sabía que en San Isidro no existía la Cruz Roja. Otro día llamó,
esta vez sólo a Carlos, para contarle cuáles eran sus intenciones de llevar la
revolución a Nicaragua y derrocar a Somoza, a quien Don Pepe odiaba. Quería que
fuera a ver a Figueres y le propusiera una alianza entre los dos, para que
juntos le hicieran la guerra a los Somoza. Pocholo, se negó a cumplir esa
misión.
Acabaríamos de regresar al banco del río, cuando apareció una
muchacha con un pichel enlozado y con una taza y dijo que ese café se lo
mandaban a Don Fernando Ortuño. ¿Y quién es ese señor? -pregunté de inmediato-
Pocholo en seguida repuntó y dijo que a ese señor nadie lo conocía, pero que
dejara el cafecito, que él se lo tomaba y que le agradeciera con toda el alma
al que lo había enviado. Nos lo tomamos entre los dos, nada más apetecible que
un café caliente cuando se tiene hambre y frio.
A media mañana los presos nos dimos cuenta de que la situación
se le estaba complicando a los invasores. A Calufa se le notaba una gran
tensión y constantemente se le veía conferenciar con Tijerino. Comenzamos a oír
el tableteo de una ametralladora, que se mantenía disparando en ráfagas cortas.
Alguien dijo que era un tanque nuestro que venía avanzando sobre la ciudad. Los
hombres de Tijerino comenzaron a correr y a refugiarse en el cauce del río.
Además el General Ramírez con un puñado de hombres, inicio una contraofensiva
atacando por el lado donde estaba el aserradero. La zozobra entre las fuerzas
invasoras se fue intensificando. Era evidente que la suerte les había cambiado,
no habían podido tomar la plaza y estaban en grandes apuros.
Pasó el tiempo y como a media tarde se presentó Tijerino y le
ordenó a los guardas que nos custodiaban, que llevaran a los prisioneros a una
colina que estaba detrás del hospital. Salimos todos en fila india, yo cargando
la valija de Tijerino y conforme avanzábamos nos dimos cuenta de que por el
flanco izquierdo avanzaban nuestras tropas. Cuando nos dimos cuenta de que los
tiros pegaban en el suelo frente a nosotros, todos, incluyendo los guardas,
salimos corriendo para protegernos. En la primera zanja que encontré tiré la
valija, y ya mas expedito seguí corriendo en dirección al hospital, que estaba
rodeado por una cerca muy alta, con no menos de diez o doce hilos de alambre de
púas. No se cómo lo hicimos pero en dos toques nos brincamos la cerca y nos
refugiamos en el hospital. Enseguida los enfermeros nos sacaron por detrás y
nos metieron en el cenicero del horno donde se quemaban los desechos del
hospital. Desde ahí oiamos el tiroteo de la batalla que estaba por terminar. Ya
en el atardecer, los tiros fueron mermando y eran unos pocos los que sonaban.
Salimos del cenicero y en el hospital nos informaron que la tropa de Tijerino
había abandonado el lugar. Felices nos abrazamos y al enterarnos de que un
camión se dirigía a la plaza, nos montamos en el para saber la suerte que
habían corrido nuestros compañeros.
Nos bajamos en la plaza que estaba llena de montones de tierra
y poco a poco vimos salir unas caras ennegrecidas por el polvo, lo que hacía
muy difícil poderlos reconocer. Habían pasado muchas horas dentro de la
trinchera. Vi salir a Don Fernando Valverde, a Edmond Woodbrige y a algunos
otros que ya no recuerdo. En San Isidro había corrido la bola de que a mi me
habían matado. Al verme todos muy alegres se vinieron a darme un abrazo.
"¡Estás vivo, Fernando!" "¡Te dábamos por muerto!" "Qué dicha que estás
vivo! Y me abrazaban fuertemente. La guerra desarrolla en el hombre un
poderoso sentido de solidaridad. Pienso que es algo muy próximo al amor sano
entre los hombres. A los compañeros de lucha se les quiere intensamente.
Después de contarles las peripecias que habíamos tenido como
prisioneros, comenzamos Pocholo y yo a hacerles toda clase de preguntas. "¿Y
a dónde esta el tanque que vomitaba fuego? ¿Cuál tanque? -me contestaron-
Lo que oian era la ametralladora Hoshkins que colocaron en la torre del agua
del plantel, y que operó sin descanso Juanchón Arrea. Cada vez que veía
movimiento de tropas, les apuntaba y los hacía correr. Era impresionante
porque daba unas ráfagas lentas. Pom, pom, pom, pom -sin que supiéramos de
dónde provenían los disparos.
La ciudad estaba desierta. Parecía una ciudad fantasma. Había
muchos muertos, algunos tirados en media calle. Nos lamentamos mucho al saber
que a Chavela, la simpática salonera del hotel La Casa Amarilla frente a la
plaza, donde con frecuencia íbamos a comer, la habían matado. Se le ocurrió
salir a la puerta y ahí la blanquearon. Por la ciudad solo circulaba una mujer.
Era de la vida alegre y reconocida como la "querida del General Ramírez",
porque era la que le daba sus satisfacciones. Le deciamos "Penicilina". Era
muy alegre y ocurrente, siempre muerta de risa.
Fuimos limpiando la ciudad de muertos, y aquellos que no
fueron reconocidos, los fuimos estibando uno encima del otro con instrucciones
de quemarlos. Nada más impresionante que contemplar cadaveres quemándose. Se
comienzan a menear, levantan los brazos y algunos parece que se van a sentar.
¡Horrible el espantoso espectáculo!
Llegó la noticia de que al General Tijerino lo habían matado
cuando iba a caballo en retirada. No muy lejos de la ciudad, se topó con un
piquete nuestro y un buen tirador acertó a pegarle un tiro en el pómulo
izquierdo, que al salir la bala le destapó el cerebro. Cuando llegó el cadáver,
el General Ramírez resolvió que había que enterrarlo con honores militares. En
un camión se colocó a Tijerino envuelto en una sábana blanca. Siguiendo al
camión se formaron dos hileras de hombres con rifle al hombro. Así seguimos a
paso lento, subiendo la cuesta que lleva al cementerio. De pronto me di cuenta
de que una cabra se había metido entre las dos filas que acompañaban las
exequias. Nadie se atrevió a espantarla, y la cabra siguió muy campante a paso
lento hasta la puerta del cementerio. Después del entierro donde se hicieron
tres salvas que sonaron como ráfagas de ametralladora, nadie volvió a ver a la
cabra. El cabro en la mitología es el símbolo de la fertilidad y de la hombría.
Dos condiciones que le sobraban a Tijerino, y a veces pienso que fue un
homenaje que le hicieron los dioses al valiente guerrero. El gobierno de Picado
le había ofrecido a Tijerino, como premio, que serían suyas las armas que
capturara, las cuales utilizaría para invadir Nicaragua con el fin de derrocar
a Somoza. Por idealista perdió la vida peleando para otros. Había sido sargento
de la Guardia Nacional y cansado del régimen somocista, desertó y se vino a
vivir a Costa Rica.
Cuando tomamos San Isidro y nos instalamos debidamente,
optamos por asignarnos grados militares. Con mentalidad de ticos militares casi
todos resultamos coroneles. Al enterarse los extranjeros de los grados que nos
habíamos asignado, comenzaron por degradarnos y de esa manera me asignaron el
grado de subteniente, y me di por satisfecho al no haber parado en sargento. Al
único que los lugareños nunca le pudieron decir el nombre fue a Edmond
Woodbrige. Lo más aproximado que anduvieron fue llamarlo Coronel Guber. Nos
vivíamos jodiéndolo con su nuevo nombre: Guber para acá y Guber para allá.
Edmond, con su gran sentido de humor inglés, se reía y nos seguía la corriente.
La guerra no deja de tener ratos muy agradables y divertidos. Mi carrera
militar fue muy exitosa, porque cuarenta días después, al terminar la
revolución, ya era capitán.
Es oportuno narrar lo que sucedió con los aviones que todos
los días volaban a Guatemala a traer armas. Un día de tantos dejaron de llegar.
Parece que el gobierno de Picado protestó ante la cancilleria guatemalteca,
exigiendo que se parara el envío de armas a los revolucionarios, y el Coronel
Arana no tuvo mas remedio que suspender la salida de nuestros aviones. Pasaron
unos días sin llegar los aviones que nos suplían de armas y municiones, cuando
de pronto muy temprano en la mañana oímos los motores de un DC3, que
sobrevolaba el campo de aterrizaje a poca altura. Era plateado y no traía las
insignias de TACA. Corrimos a la pista a poner la cruz de sábanas y a hacerle
señas para que aterrizara. Así lo hizo y cuando apagó motores, la gran sorpresa
fue ver bajar del avión a Manuel Enrique (Pillique) Guerra y otro compañero.
Parece que Piyique estaba en Miami, se enteró de la situación, y nadie sabe
cómo se hizo de un DC3, y en vuelo directo se vino para San Tsidro del General.
La llegada del avión de Pillique sirvió para restablecer el puente aéreo con
Guatemala. Comenzaron nuevamente a llegar los dos aviones, trayendo más
armamento.
En esos días llegó el Padre Nuñez de Santa María, entre otras
cosas, para contarnos a Pocholo y a mi, que Don Pepe se había enterado de
nuestra captura; que a mi me daba por muerto, y se alegraba mucho de que
hubiera salido con vida. Que me felicitaba, que suponía estaba agotado de las
calamidades que había pasado y que le parecía justo nos tomaramos unos ocho
días de vacaciones. Si hubiéramos tenido donde ir lo habríamos hecho, pero
preferimos quedarnos donde estábamos, ya que San Isidro, ciudad fantasma, era
territorio completamente nuestro.
Pocholo y yo nos escapamos de nuestros captores el 23 de
marzo. Yo cumplía 21 años el 26. Ese día alcanzaría la mayoridad, porque
entonces no era como ahora que se alcanza a los 18. Desde el 25 le anuncié a
mis compañeros que mi cumpleaños lo pensaba celebrar a lo grande. El grupo de
los celebrantes recorrió la ciudad hasta que encontramos una "pulpería y
cantina" esquinera, a la par de la cual estaba le residencia del dueño. Era de
madera pintada de color verde tierno. Forzamos la puerta y nos instalamos en la
cocina de la casa. De la cantina trajimos toda clase de licores y latas de
sardinas, porque no había atún en ese tiempo. Ahí comenzamos la fiesta de mi
cumpleaños. Que yo recuerde estaban en la celebración Edmond, Roberto
Fernández, Juanchón Arrea, por supuesto Carlos Mendieta y Piyayo Quesada. Yo me
pegué una gran juma y al final tuvieron que llevarme palanqueado a dormir la
borrachera. ¡El cumpleaños que nunca podré olvidar! ¡como gozamos!

Capitán Fernando Ortuño
LA MARCHA SOBRE CARTAGO
Llegó el día en que Figueres ordenó, evacuar San Isidro de El
General y concentrar todo su ejército en Santa María de Dota. Quería unir al
Batallón San Isidro, con los del El Empalme y el León Cortés. Con ese ejército
descendería de las montañas del sur a tomar Cartago. Un día antes de la
partida, aterrizó un avión procedente de Altamira, quc traía al contingente que
peleaba en las cercanías de San Ramón. Al frente de ellos venía Chico Orlich y
recuerdo que lo acompañaban Miguel Ruiz Herrero, Chacón Jinesta, conocido como
Escorriola y Mario Rodríguez, ambos de Alajuela. Venía a engrosar el ejército
de Figueres. A la mañana siguiente se montó en el avión el grupo que había de
tomar Puerto Limón. Aterrizaron de nuevo en Altamira, con órdenes de esperar
una señal indicada para volar a Limón y tomarlo simultáneamente con Cartago.
Recuerdo que entre ellos iban Vico Starke, Jorge (el flaco) Arrea, y Benjamín
Piza. Soy muy malo para retener nombres. A ese contingente se le llamó Batallón
Caribe, que nada tuvo que ver con lo que después de la Revolución se llamó la
Legión Caribe, formada por los revolucionarios extranjeros que fueron
aterrizando paulatínamente Costa Rica.
Yo fui el primero que salió de San Isidro, con la misión de
llevar lo que llamaban un Ling (que era una versión de camión de transporte de
materiales pesados, con orugas traseras en lugar de llantas). El famoso Ling,
con la asesoría de los gringos de la compañía fue blindado hasta convertirlo en
una tanqueta. Era un arma poderosa, reservada para la toma de Cartago- El
blindaje era tan fuerte y pesado, porque hasta arena introdujeron entre las dos
planchas de acero que lo cubrían. Tenía claraboya al frente, atrás y a los
lados para poder disparar en cualquier dirección. Lo malo es que pesaba tanto
que andaba sumamente despacio. Por eso me despacharon de primero, con mi
ayudante de ametralladorista y unos cinco hombres más. En la cabina blindada
hacía un calor infernal, pero sin más remedio así seguimos a paso de tortuga.
Al rato me di cuenta de que constantemente nos iban pasando los camiones que
llevaba la tropa para Santa María. Cuando comenzamos a subir la cuesta, el
Ling se recalentó, y su velocidad disminuyó aun más. En toda la tarde tal vez
habríamos recorrido unos diez kilómetros y me ostiné de seguir en ese chunche,
porque a ese paso tardaríamos ocho días en llegar. Ordené que lo arrimaran a un
paredón y nos bajáramos a ver si todavía subía algún camión que nos llevara a
Santa María. Después de esperar un buen rato, apareció un camión que llevaba
unos sacos de arroz para Santa María. Lo paramos, nos montamos en él y dejamos
el Ling abandonado. En la madrugada llegamos a Santa María. Me fui para la
escuela donde Don Pepe tenía su su Cuartel General, y le narré lo que había
pasado con el bendito Ling. "Hizo lo correcto, Ortuño, -me dijo-
pero le aconsejo que se valla a dormir porque mañana mismo salimos para
Cartago". Me acuerdo que esa noche me encontré con Papito Gamboa (Enrique)
que venía llegando de San José a unirse a la revolución. El pobre medio
descansó esa noche y al día siguiente salió de regreso a la toma de Cartago
¡Qué volada de caite, la que le tocó al pobre Papito!
Figueres salió de Santa Maria de Dota con unos seiscientos
hombres bien armados y calculó que en un día y una noche llegaría a Cartago.
Mandar tanta gente no era fácil y en lugar de un día, tardó dos. La toma de
Cartago y la de Limón se habían programado para ser simultáneas. De ahí que se
comenzó a trasmitir por radio el mensaje que decía. "Magnolia y Clavel 24 horas
después". Y constantemente lo repetían, pero los que estaban en Altamira lo
desconocieron. Siguieron con el itinerario acordado, razón por la cual se
anticiparon un día y Limon cayó 24 horas antes que Cartago.
Conviene aquí detener mi historia para contar detalles de los
que me enteré ya pasada la revolución. Con ello explico ahora lo que en su
tiempo parecía ser un desface entre los avisos trasmitidos por radio y la
cruenta realidad.
En forna simultánea a la concentración de fuerzas de Figueres
en Santa María de Dota, el grupo revolucionario que había formado Chico Orlich
en la zona norte, transportados desde San Isidro, alcanzaba por la via aérea la
pista de Altamira, en la finca de Don Gastón y Don Manuel Peralta, en la zona
de San Carlos. En esa propiedad había una pista cercada, apta para el
aterrizaje y despegue de aviones grandes, como los Douglas DC-3 que se usaban
por todos nuestros países para transporte de carga y aviación comercial de
pasajeros.
Todos los datos sobre el Batallón Caribe fueron publicados en
el diario LA PRENSA LIBRE bajo el título de RECUERDOS DE LA REVOLUCION,
escritos por el inteligente guerrillero y buen amigo Carlos María Jiménez,
recien terminada la confrontación armada. Así expresa Jimenez:
Se nos ordenó que permaneciéramos cerca de los aviones,
que se colocaron en cada extremo de campo... Cuando llegamos serían
aproximadamente las diez de la mañana; unos se dedicaron a limpiar los fusiles,
otros a conversar con los campesinos del lugar que estaban en pie de guerra,
pues habían tenido un encuentro con las fuerzas del Resguardo de Villa Quesada,
y los demás entre los que me contaba yo, nos echamos sobre el mullido zacate a
dormir mientras podíamos".
Continúa:
"Despues de almuerzo se procedió a distribuir los muchachos
para organizar las guardias en previsión de un posible ataque de los mariachis
que estaban destacados en Villa Quesada".
"Durante el resto del día no tuvimos actividad de ninguna
clase. La plana mayor se reunió en la casa del señor Peralta... a planear el
ataque y dar los últimos toques al lugar de nuestra misión... El plan se llamó
desde un principio "Plan Clavel", que para nosotros era chino pues no sabíamos
de la misa a la media. Muy de mañana del diez de abril nos levantamos para
desayunarnos... Después de desayunar nos dirigimos al comisariato de la
localidad... Lo curioso de toda esta empresa realizada en Altamira, fue el
hecho de que todos los muchachos de la Legión alegaban que no tenían un cinco,
pero a la hora llegada los préstamos a largo plazo se sucedieron con rapidez
vertiginosa pues un muchacho de Cartago andaba con una pequeña cantidad de
dinero que había traido de su casa... Se llegó a la hora de almuerzo casi sin
sentirlo. Piza nos ordenó que regresáramos inmediatamente pues se nos iba a
decir el lugar de nuestro destino y se iban a impartir las últimas
instrucciones para el desarrollo del "Plan Clavel". No fue sino hasta las dos
de la tarde que Piza nos llamó aparte para comenzar a explicarnos cual era el
"Plan Clavel". Extendió a nuestros asombrados ojos un plano que para la mayoría
de los muchachos era una confusión de trazos y puntos, pero que unos pocos
descubrieron en el acto: el plano era de la ciudad de Limón".
Expresa en la columna siguiente:
"El ataque aéreo que el Gobierno desató sobre nosotros en
Altamira no nos tomó de sorpresa pues esperábamos algo parecido. El primer
avión, un Douglas DC-3 inició el ataque a las cuatro y unos minutos de la
tarde del día 10 de abril. La posición nuestra le fue dada al Gobierno por el
jefe del Resguardo destacado en Villa Quesada que ya sabía el lugar donde
estabamos acampados. Fue ese bombardeo el más tenaz y salvaje que sufrió el
Ejercito de Liberación Nacional durante toda la guerra. Ni los desatados sobre
San Isidro del General y El Empalme se igualaron en furia y duración al que
sufrió La Legión Caribe en Altamira".
"El bombardeo lo llevaron a cabo con dos aviones Douglas
DC-3 y un avión de caza monoplano modelo viejo que hacía las veces de escolta
de los dos aviones grandes..."
"...A todo esto el avión ya venía en picada disparando sus
ametralladoras y dispuesto a dejar caer su cargamento de muerte sobre los
aviones y nosotros, que estabamos en el campo defendiendo los aparatos. Cuando
venía a poca altura el malogrado Rolando Aguirre, que estaba con su Lewis en el
cerro más cercano al campo, abrió nutrido fuego que logró alcanzar al avión
enemigo en la parte inferior del fuselaje: la ametralladora nuestra que estaba
en el campo también vomitó fuego al unísono con las máquinas manejadas por
Arrea y Rodolfo Quirós destacadas en la salida del campo."
"...El aparato enemigo no pudo bajar mucho debido al fuego
nuestro, y se tuvo que conformar con dejar caer la bomba a la loca, destrozando
un ranchito cercano que por fortuna estaba desocupado. Nuevamente volvió al
ataque pero esta vez fueron sesenta fusiles y ametralladoras los que le dieron
una calurosa recepción; dejó caer otra bomba que fue a estallar cerca del río y
en la desesperación de su fracaso nos propinó una fuerte ráfaga que no nos
hacia nada, pues estábamos muy bien defendidos por una trinchera natural que
rodeaba el campo. Todos seguimos disparando contra el avión hasta que este se
colocaba fuera de nuestro alcance. Fue entonces cuando nos atacó el avión de
caza con el fuego de una ametralladora. El ataque fue estéril pues el avioncito
fue muy bien recibido por nuestras máquinas que se encargaron de propinarle al
piloto el mayor susto de su vida, pues lo tocamos en las alas y en el fuselaje.
Mientras tanto el segundo avión Douglas no había entrado en acción. El fuego
cesó por unos minutos pues los aviones se retiraron momentaneamente. Pudimos
observar que la nave, que según supimos después iba piloteada por el célebre
Wilson, volaha con dificultad y a baja altura. Este avión no volvió a
atacarnos, pues por efectos del fuerte ataque nuestro, se estrelló pereciendo
sus ocupantes entre los que iban el conocido Arquímides Avarez, Sherman Wilson,
Alfredo Chamorro, Jorge Sáurez, Victor Manuel Chacón y otros más cuyos nombres
nunca supimos... Eran las cuatro y cuarenta y cinco minutos de la tarde cuando
sufrimos el segundo ataque. Esta vez el avión voló a mucha altura, tratando de
esquivar el fuego nuestro. Iba piloteado por Jerry de Larm y llevaba como
tripulantes a varios sicarios del Gobierno, en cuenta a un tal capitán Méndez,
que durante toda su vida ha sido un pillo de marca mayor".
Hasta aquí lo relatado por Jiménez en páginas de LA PRENSA
LIBRE, que posteriormente fueron recogidos en un libro. Con ello trato de
señalar cómo la revolución de Figueres, al extenderse por todo el territorio
nacional, marcó de un tajo un cambio en la vida pacífica y semifeudal que Costa
Rica había venido desarrollando hasta una fecha de mediados del siglo XX que ha
quedado impresa en el espíritu democrático nacional. Es nada más que el número
de un año: 1948.
No puedo terminar este capítulo sin mencionar una conversación
que tuvo lugar en mi oficina unos veinticinco años después de la Guerra de
Liberación.
Mi amigo Vico Starke, cabeza visible de la acción
conquistadora de Limón, explicó en una reunión en mi oficina las razones que
tuvo para apresurar la toma del importante puerto.
Ocurre que después de la batalla en Altamira contra los
aviones, el Batallón Caribe constató que en la acción antiaérea se había
gastado el parque necesario para sostener un día de combate. Y lo que restaba
en los dos aviones, manejados por Macho Nuñez y Pillique Guerra, y el parque en
poder de los guerrilleros, todo servía únicamente para sostener fuego por un
día. Por esta razón, entonces imposible de explicar al Estado Mayor de
Figueres, Vico y Núñez decidieron no contestar los mensajes que iban
recibiendo del grupo, en marcha fantasma hacia Cartago.
Aprovechándose de la incomunicación que se había impuesto, la
Legión Caribe dio una sorpresa a amigos y enemigos, tomando los aviones en la
mañana siguiente y procediendo a la toma de Limón rapidamente. Esta operación
fue el primer desembarco aéreo ocurrido en América.
Descender de Santa María de Dota a Cartago fue una larga
caminata. Para que los aviones del gobierno no nos detectaran, la mayor parte
del día nos escondíamos debajo de los árboles. Darle de comer a ese gentío no
era fácil. Me acuerdo, porque presencié al "chef" cocinando, en la paila de un
trapiche. Echó una chancha destazada en pedacitos, luego le agregó un saco de
arroz, tres racimos pelados de guineo morado, y abundante sal. Cuando decidió
que el sancocho estaba listo, dio la venia para que nos sirviéramos. Me acerqué
a la paila y lo que vi fue un caldo espeso morado. Había que servirse en una
taza o en un tarro. Con una cuchara de madera que ibamos pasando, todos
tratabamos de bucear, a ver si agarrábamos algo de la carne de cerdo que estaba
en el fondo. Nunca había comido algo tan feo, pero la verdad es que teníamos
hambre y por lo menos estaba caliente.
Estábamos amparados debajo de los árboles, cuando apareció un
jeep del gobierno en donde venía el ingeniero Don Rafael Roig, con sus
ayudantes. Andaba inspeccionando esos caminos. Los detuvieron y los hicieron
presos. Algunos que ya habían gastado sus zapatos, cuando vieron que los
apresados venian calzando buenas botas, se las quitaron y los dejaron
descalzos. Cuando Don Pepe, que conocía al ingeniero Roig, se enteró de lo
ocurrido, inmediatamente dio la orden de que les devolvieran las botas. Costó
encontrarlas pero al final aparecieron y a los presos les volvió el alma al
cuerpo, porque descalzos nunca hubieran llegado a Cartago.
Al final de la marcha noté que las tropas se iban diezmando.
Muchachos que se sentaban a descansar se quedaban dormidos y los íbamos dejando
porque no había forma de despertarlos. No tenían como yo, suficiente grasa que
quemar.
EL TAPON DE LA PANAMERICANA
La estrategia ideada por Figueres para tomar Cartago fue la
siguiente. Doy números aproximados. Contaba con tres batallones: el del
Empalme, el León Cortés y el San Isidro, que reforzados, cada uno era de unos
doscientos hombres. Los dos primeros entrarían a la ciudad, que era donde
esperaba encontrar la mayor resistencia; el Batallón San Isidro lo dividió en
dos y antes de llegar a Cartago la mitad se dirigiría al Alto de Ochomogo a
impedir la entrada de tropas del gobierno provenientes de San José, y la otra
mitad, pasando El Tejar, subiría por la carretera panamericana hasta encontrar
un sitio apropiado para hacerle frente a las tropas del gobierno estacionadas
en Casamata, que ante el ataque a Cartago regresarían a tratar de salvarla y
reconquistarla.
Yo iba en esa mitad del batallón que habría de establecer lo
que se conoció como el "Tapón de la Panamericana". Durante la larga caminata,
nuestros hombres se fueron diezmando, se acostaban a descansar y se quedaban
dormidos, y al final los que llegamos al punto donde haríamos la resistencia
fuimos treinta y seis. A pocos kilómetros del Tejar, donde la carretera
comienza su ascenso, antes de una curva, hay un corte que atraviesa un cerro
dejando a la derecha un gran paredón y a la izquierda un pequeño montículo. Ese
fue el punto escogido. En el montículo instalamos una ametralladora de sitio,
con unos ocho o diez hambres y el resto nos subimos por el paredón y nos
emplazamos en el alto para desde ahí dispararle a las tropas que vinieran
descendiendo. Después de la curva, hacia la derecha, el camino enderezaba
nuevamente y seguía una larga recta que al final se perdía al cruzar la
carretera hacia la derecha. Muy temprano, cuando estabamos organizándonos,
apareció un camión que transportaba pan para las tropas del gobierno. Venían
dos en la cabina y alguien se precipitó y disparó un tiro con la mala suerte de
que le atravesó las piernas a los ocupantes. Sacamos a los heridos y los
sentamos detrás del montículo, sin que nadie le diera especial importancia a
las heridas. Los vi muy pálidos tiritando de frío. Entre tanto todos nos
avalanzamos sobre el pan, que significaba el desayuno que la providencia nos
enviaba. El camión del pan lo atravesamos en la carretera después de la curva,
donde no lo pudieran ver los que bajaban.
Yo me instalé con mi nueva ametralladora "Mendoza" de
fabricación mexicana y a la par mi ayudante con mi maúser. El enemigo no se
hizo esperarar mucho. Primero oímos el ruido de motores y de pronto vimos
saliendo de la curva a una tanqueta; detrás de ella un jeep cargado de tropa, y
seguía una cazadora, y otra cazadora, y otras más hasta perderse al final de la
recta. Todas cargadas de hombres armados. Teníamos orden de no disparar hasta
que se nos diera la señal de fuego. La tanqueta fue descendiendo lentamente
hasta que llegó a la curva y ahí se detuvo cuando vio el camión atravesado.
Lentamente comenzó a retroceder, momento en que recibimos la orden de hacer
fuego. La ametralladora emplazada en el montículo vomitó plomo e igualmente lo
hicimos los que estábamos arriba. Solo la tanqueta y el jeep que la precedía,
lograron retroceder hasta llegar a la curva que los hizo desaparecer. Las
cazadoras quedaron inmovilizadas en media carretera.
Escogimos como blancos a las cazadoras que venían llenas de
tropa. Los hombres que las ocupaban salían por las puertas y se tiraban por las
ventanas. Me di cuenta de que las cazadoras son el más inadecuado medio para
transportar tropas. Se convierten en verdaderas "latas de sardinas" de donde es
muy difícil salir. Era el momento de estrenar mi nueva ametralladora. Hice el
primer disparo y no dio ráfaga; hice el segundo y el resultado fue el mismo. Le
empujé más duro el magazín curvo que se coloca por encima, y volví a probar,
con el mismo resultado. Después de cinco o seis tiros sin lograr que diera
ráfaga, me "cabrié" y se la di a mi ayudante y tomé el maúser, con el que podía
disparar con mas rapidez que con la bendita Mendoza. Los que lograron salirse
de las cazadoras salieron corriendo y se escurrieron por el guindo. Les
disparábamos aunque con poca efectividad, porque parecían gacelas en su
estampida. Cuando ya no había a quien dispararle, nos dedicamos a puntear a las
cazadoras. A las llantas, a los radiadores, a los parabrisas, en fin, tratando
de hacerles el mayor daño posible para inutilizarlas y no pudieran volver a ser
usadas.
Frente a la trompa de unas de las cazadora había un hombre
muerto, caído desde los inicios del combate y habrían pasado más de tres horas
desde que cayó abatido. Como ya estábamos aburridos de blanquear cazadoras
vacías, se me ocurrió decirle a Pocholo, que estaba a la par mia, que por qué
no le disparábamos al muerto, por si no lo estaba. "Buena idea", me dijo.
Estaba como a unos cien metros, así que graduamos las miras, apuntamos y
disparamos simultáneamente. Yo vi el polvo levantarse a escasos centímetros del
muerto. Apenas habíamos recargado para hacer el segundo disparo, cuando el
muertito, de un brinco, se levanta y sale corriendo hacia el guindo. Un hombre
paciente que salvó su vida haciéndose el muerto. Tico al fin.
Conforme fue pasando el tiempo, nos dimos cuenta de que el
enemigo comenzaba a rodearnos. Ya los tiros no sólo venían de frente, sino que
nos atacaban de los flancos sin que pudiéramos ubicarlos. Y la cosa empeoró
cuando notamos que nos estaban disparando con morteros. Al principio los
impactos caían bastante lejos, pero conforme fueron afinando la puntería, las
granadas se fueron acercando. De pronto cayó una muy próxima al punto donde
estabamos emplazados y alguien que estaba a escasos metros de mi posición
resultó herido por un fragmento de obús.
Nuestro comandante era el Capitán Tercero, nicaragüense, y dio
la orden de retirada en terminos muy pesimistas y alarmantes. Hacía augurios de
derrota, diciendo que la guerra estaba perdida y como desde Cartago lo que se
oía era un nutrido tiroteo, él aseguró que la ciudad no había sido tomada. Nada
más desconcertante para un soldado que cuando su comandante se desmoraliza y
trasmite esa sensación a sus subalternos. Emprendimos la retirada; ya los
emplazados en el montículo se habían retirado y cuando pasamos por detrás me
fijé en los dos choferes del camión de pan, seguían sentados pero muertos.
¡Pobrecitos!. Se desangraron porque a nadie se le ocurrió ligarles las heridas
para impedir la hemorragia. Conforme íbamos caminando con ruta a la ciudad,
Tercero comenzó a lamentarse de la suerte que iba a correr cuando lo
capturaran; que por su acento nica lo iban a reconocer y que posiblemente lo
fusilarían. Me le acerqué y le recomendé que comenzara a practicar el hablado
tico y que se fuera a la retaguardia porque desde ese momento yo asumía el
mando. Que como extranjero el no estaba obligado a continuar la lucha, pero que
nuestro deber era ir a Cartago a ayudar a nuestros compañeros en la batalla que
ahí se libraba. Se alineó al final de la cola y nos siguió, un poco alejado, en
nuestra ruta hacia Cartago. Tomamos dirección para entrar a la ciudad por el
sector de la Basílica de los Angeles. Cuando nos topamos a los primeros
habitantes de la ciudad, los encontramos eufóricos de alegría y nos dieron la
noticia de que la ciudad, desde las primeras horas de la mañana había sido
tomada por los revolucionarios. En realidad no hubo gran resistencia. Fuera de
unos pocos francotiradores aislados, la única resistencia que quedaba era la de
los que defendían el cuartel. Esa era la causa del tiroteo que escuchábamos
desde el "Tapón". En ese momento Tercero se volvió a aninar.
En el Alto de Ochomogo, habían atravesado un camión en la
carretera para impedir el paso a Cartago. De pronto apareció una tanqueta al
mando del Coronel Roberto Tinoco que no se detuvo ante el camión atravesado. Le
pegó un empujón, lo ladeó y siguió su ruta a la ciudad y dirigiéndose al
cuartel, se introdujo en la fortaleza para apoyar a los que la defendían.
Esa era la situación militar cuando llegamos a la ciudad. Nos
fuimos al San Luis Gonzaga, donde Figueres había instalado su Cuartel General.
Nos dieron de comer nos pidieron que nos fuéramos a descansar porque al día
siguiente teníamos que regresar al Tejar a emplazar una nueva línea de
defensa.
LA BATALLA DE EL TEJAR
Muy temprano nos levantaron y nos mandaron cn un camión de
carga al Tejar. Nos apeamos cerca del puente que está antes de la entrada del
pueblo y comenzamos a avanzar lentamente. No habríamos avanzado ni cincuenta
metros cuando comenzaron a llovernos balas por todos lados. El pueblo ya había
sido ocupado por las tropas con las que habíamos luchado el día anterior. Unos
corrieron hacia la derecha y otros hacia la izquierda y nos esparcimos hacia
los potreros que circundan al pueblo. Vi que se aproximaba al puente un
ciclista, lo bajé y me fui en la bicicleta a Cartago a informar sobre la
situación que encontramos. Cuando subía las escaleras del San Luis Gonzaga,
Tercero las venía bajando. ¡Se debe haber venido en subway! Pensé para mis
adentros.
Una vez que me di cuenta de lo que estaba sucediendo en el
Tejar, me informaron que ya estaban saliendo los refuerzos. Cuando bajé, en la
puerta del San Luis, me encontré con Tuta Cartés, que iba saliendo en una
cazadora llena de hombres hacia El Tejar. "¡Venite con nosotros!" -me gritó-
"No Tuta, yo no me monto en una latab de sardinas, me voy en un camión de
carga.". Y así lo hice y me fui en el estribo. La cazadora de Tuta entró al
Tejar y en un puente los recibió una ametralladora Maxin que los acribilló a
balazos. El chofer logró poner marcha atrás y se fue en la alcantarilla. Eso
los salvó de que no los mataran a todos. Tuta logró tirarse y salió corriendo
por los potreros como enloquecido. El pobre fue a parar a Llano Grande, hasta
que se recuperó de la impresión que había recibido.
El camión en el que yo viajaba en el estribo, antes de llegar
al Tejar, nos apeó a todos para que fuéramos a reforzar a nuestros contingentes
de defensa, con instrucciones de irnos a la escuela frente a la plaza. Ahí
estaba Frank Marshall apostado detrás de la baranda de la escuela, con unos
diez hombres. A los que llegamos nos colocó en igual posición. Por cierto que
almorzamos muy bien. Sanwiches preparados por las damas de Cartago y dos tarros
de leche fría que había mandado Don Jose Joaquín Peralta. Parece que a la
vuelta de la esquina, las tropas del gobierno también estaban almorzando.
Como nada sucedíia, Frank le ordenó a dos hombre que
atravesaran la plaza y fueran a ver qué estaba pasando al otro lado. Apenas
pasaron la esquina, oimos un gran tiroteo, y enseguida vimos a los enviados
que corrían desesperados hacia la escuela. Uno venía herido en una pierna.
¡Ahi están, a la vuelta de la esquina! -gritaban- En eso oímos el ruido
de un motor de tractor dc orugas que se venía aproximando. Frank ordenó que nos
cubriéramos tras el pretil de la baranda y ordenó que nadie sacara la cabeza
hasta que él lo ordenara. Así lo hicimos, aunque yo tuve la buena idea de
conseguirme una pequeña troza de madera, que la coloqué sobre el muro que nos
cubría, y por la rendija podía ver lo que iba a pasar.
De la esquina sur este de la plaza vi surgir un enorme tractor
de orugas blindado, convertido en tanque. Comenzó lentamente a avanzar sobre la
plaza y a sus lados tenía muchos hombres armados. Venía con sus armas listas
para disparar y así fueron penetrando en la plaza. Por supuesto que los demás
no se aguantaron de ver lo que ocurría y al sacar la cabeza, los que avanzaban
nos descubrieron. El tanque se detuvo y comenzó a retroceder con los hombres
que lo rodeaban. Ahí fue cuando Frank dio la orden de fuego. En el alto de la
escuela se había emplazado una ametralladora de sitio y otra igual en la torre
de la iglesia. El fuego de las dos ametralladoras fue nutrido, igualmente el
que hicimos los que estábamos apostados en el pretil de la escuela. El tanque
retrocedió lentamente hasta que desapareció detrás de la esquina. Años después
me enteré que dentro del tanque venía Carlos Leiva Ortuño, (el Mono) primo
segundo mío. Me contó que un tiro penetró por una de las escotillas, dio vuelta
contra las paredes blindadas, y terminó pegándole a el en un hombro. Siempre
riéndose, me decía que yo era el que había disparado ese tiro. En la plaza
quedaron muchos hombres tendidos. Ya retirado el tanque la batalla continuó
sin objetivos visibles y el fuego disminuyó por un rato. De pronto nos dimos
cuenta de que nos estaban disparando desde la sacristía de la iglesia. Federico
Starke, hermano de Vico, logró introducirse en la sacristía y desde ahí
comenzó a dispararnos a los que estábamos en el pretil de la escuela, desde un
angulo lateral muy desfavorable para nosotros. Renato Delcore se ofreció para
ir a la sacristía y por las ventanas tirar unas granadas para así desalojar a
los atacantes. Bajo el fuego del enemigo atravesó la calle y se amparó a la
pared exterior de la sacristía. Por la ventana arrojó dos granadas, y el fuego
desde la sacristía se silenció. Los ocupantes abandonaron la estratégica
posición.
Poco después de silenciar a los que se habían metido en la
sacristía vino algo peor. Los artilleros del gobierno comenzaron utilizar sus
morteros y conforme fueron afinando su puntería las explosiones se nos fueron
acercando. Cuando acertaron a dar en elblanco, algunos de los nuestros fueron
impactados por fragmentos de los obuses de mortero.
Frank ordenó que a su derecha contaran hasta diez hombres para
que se fueran con él. Yo era el número once y no entré en la colada. Con sus
hombres se dirigió al este para tratar de rodear a las fuerzas del gobierno.
Por otro lado Edgar Cardona, desde temprano se había situado en pequeñas
colinas al lado oeste del pueblo. Ambos, como si estuvieran sincronizados,
iniciaron la contraofensiva causándole severas bajas al enemigo. Los morteros
guardaron silencio, se oía mucha gritería al otro lado de la plaza, y poco a
poco comenzaron a salir hombres con las manos arriba que venían a rendirse.
Entre ellos había un miembro de la Guardia Nacional herido en la base de la
pierna izquierda. Traía casco y el uniforme de la Guardia. Tuve que interceder
con Carlos Gamboa, porque quería que se lo dieran para "llevarlo a dar un
paseo". Estaba muy deprimido porque había perdido el día anterior a varios de
sus compañeros desamparadeños. Carlos se calmó y así le salvé el pellejo al
pobre nica. Lo único que sé es que me quedé con el casco que traía. Me hacía
más falta a mi que al prisionero de guerra desarmado. Sé que otro le quitó las
botas y si no le quitaron el uniforme es porque el pantalón estaba empapado en
sangre. Bueno, "son gajes del oficio".
Comenzaba a anochecer cuando oímos una gran explosión al otro
lado de la plaza que daba la impresión de juego de pólvora. Como nada pasaba
nos fuimos acercando y nos dimos cuenta de que un camión, en el que traían
todo el parque, lo habían incendiado. El enemigo se había retirado en
desbandada. Dejaron todo el armamento tirado y lo único que acataron fue
prenderle fuego al camión del parque. Impresionante verlo estallar a poquitos y
contemplar los juegos de luces que en el aire producían los proyectiles al
estallar.
La batalla de El Tejar había terminado. Encontramos abandonada
la tanqueta que el día anterior nos había atacado en el Tapón de la
Panamericana. Estaba en perfectas condiciones. Decidimos irnos en ella a
Cartago. Yo me monté en la trompa con mi rifle y mi casco. Como temí que nos
fueran a confundir con el enemigo, le ordené a varios lugareños que fueran
corriendo delante de la tanqueta, avisando que éramos revolucionarios. Así
llegamos a Cartago, sin problemas, a celebrar el triunfo. En el San Luis
Gonzaga había como un jolgorio. Todos gritaban, bailaban de alegría, y
abundaban lindas damas que ofrecían comida y bocadillos.
Descansamos esa noche y al día siguiente muy temprano
regresamos al Tejar a hacer una labor de limpieza similar a la que hicimos en
San Isidro. La casa de Don Cuco Arrieta estaba situada en la esquina sur-oeste
frente a la plaza. Cuando llegué, nuestra gente ya había comenzado a levantar
cadáveres que fueron depositados en el jardín de la casa de Don Cuco. Reconocí
a Don José Joaquín Peralta que pacientemente inspeccionaba a los muertos. Se
les quedaba viendo, y seguía con otro. Me extrañó mucho lo que Don Quín hacia
y me le acerqué, lo saludé y le pregunté qué era lo que buscaba: "Ayer me
contaron -me respondió- que aquí en el Tejar habían matado a Fernando Ortuño, y
estoy tratando de encontrarlo entre los muertos" "Don José Joaquín -le dije-
no siga buscando porque el gue le habla es Fernando Ortuño" Se emocionó
y me dio un gran abrazo. Claro, ¿cómo me iba a reconocer si había perdido
cincuenta libras, tenía una larga barba y andaba puesto mi casco de guerra?
Siempre le agradecí que fuera tan buen amigo y se preocupara por rescatar mi
cadáver. ¡Que buena gente era Papaquín!.
Los cadáveres, en mayor número que los de San Isidro, se
fueron colocando uno encima de otro en el jardín de la casa de Don Cuco. Los
rociaron con diesel y les prendieron fuego. Ya ese desagradable espectáculo lo
había visto, así es que opté por regresar a Cartago. De lo que me perdí fue de
ver el incendio, pues a alguien se le ocurrió prenderle fuego a la casa de Don
Cuco Arrieta. Aquello quedó como una chicharronera, con cenizas por todos
lados.
Al regresar a Cartago me mandaron a unirme al grupo destacado
en Ochomogo. Eran mis compañeros de San Isidro, y ahí había muy poco que hacer.
De vez en cuando sonaba un tiroteo a larga distancia, y nosotros contestábamos
con otro tiroteo. Convinimos en alternarnos y día de por medio lo teníamos
libre, que aprovechábamos para ir a Cartago a enteramos de novedades. La única
resistencia era la del Cuartel que seguían defendiendo. A unos dos o
trescientos metros en línea recta del Cuartel, frente a la puerta principal,
estaba colocado el famoso cañon. El artillero era Manuel Enrique Herrero (el
Negro) que cada quince minutos lo cañoneaba. Del Cuartel constantemente
disparaban contra el canón, por lo que había que refugiarse para no pescar una
bala. Pasado un lapso -me parece verlo- el Negro, con su puro en la boca, cogía
una bala y cargaba el cañón, afinaba la puntería y jalaba el percutor. ¡Pooom!
-sonaba- y él se quedaba a la par del cañón para ver si le había dado a la
puerta del Cuartel. Lo cierto es que las balas ya funcionaban. Seguro que
habían escogido las menos oxidadas. Un día me mandaron con unos hombres a
inspeccionar la casa de un calderonista situada detrás del Cuartel. Cuando
entramos nos encontramos con una bala de cañón, sentada en media sala. En la
pared se veía el hueco que hizo al penetrar. Por lo menos supimos que salían
del cañón aunque la mayoría no estallaba.
Don Pepe lo primero que hizo fue mandar a decomisar todo el
guaro y licores que había en las cantinas de la ciudad. Costaba mucho tirarse
un trago. El único lugar donde se podía era en el Hotel Holanda, con el gran
problema de que estaba situado frente al Cuartel. Había que jugársela para
llegar al bar. Decidí ir a tomarme unos tragos y cuando llegué después de una
gran carrera, me encontre el bar atestado de compañeros sentados frente a la
barra saboreando los tragos que les servían. Me senté con ellos y comencé a
chupar guaro. El ambiente estaba caldeado, abundaban los chistes y las
anécdotas sobre las vivencias de cada cual, pegaban gritos, cantaban y todos
nos reíamos. Todos veníamos armados, la mayoría con subametralladoras. En eso
a uno se le ocurrió, blanquear una de las lámparas que iluminaban el bar. Otros
lo siguieron disparando al cielo raso y se armó la balacera. Me di cuenta de
que había un disgusto entre dos compañeros, que se apearon de la barra y se
encañonaron. Pensé que si no sucedía un milagro, aquello iba a terminar en una
matazón. El milagro no se hizo esperar. De pronto entra por la puerta Don Julio
Molina. Con su voz parsimoniosa, nos llamñ la atención y nos dijo: "Muchachos,
ya han bebido bastante y es hora de irse a acostar" y nos fue cogiendo del
brazo encaminandonos a la puerta. El jolgorio terminó y Don Julio nos salvó.
¿Quién lo envió? ¿Don Pepe o la Virgen de los Angeles?
La batalla del Tejar fue el mayor enfrentamiento que hubo en
la guerra civil. El mayor contingente y mejor armado del gobierno había sido
derrotado. El régimen caldero-comunista había perdido la guerra. Supongo que
con órdenes del Presidente Picado, el Coronel Tinoco comunicó la rendición del
Cuartel, sujeto que se respetarían las vidas de los defensores y que no serían
vejados ni sometidos a torturas. Ese día me tocaba libre y al enterarme de la
rendición, me quedé esa noche para presenciar el acontecimiento.
Se había convenido en que dos filas de hombres armados
llegaría a la puerta del Cuartel. Los ocupantes de la fortaleza irían saliendo
en fila india y cuando saliera el último los que estabamos esperando los
custodiaríamos hasta una escuela que se había escogido como carcel para ellos.
Yo estaba en la línea izquierda entre los primeros campos porque quería ser de
los primeros en entrar al Cuartel. Nadie me contó que había que custodiar a los
prisioneros. El primero que salió fue el Coronel Tinoco, erguido con porte
militar. Fue caminado lentamente seguido por sus hombres separados como un
metro en la fila que fueron haciendo. Cuando salió el último, dimos media
vuelta y emprendimos la marcha hacia la escuela destinada para retenerlos. En
el momento que vimos entrar al último, todos salimos corriendo hacia el Cuartel
para ver lo que había dentro, y dejamos a los prisioneros solos. Se pudieron
haber escapado porque no había nadie que lo impidiera. Al día siguiente estaban
todos en la escuela, posiblemente porque el Coronel Tinoco, sujetándose a la
palabra empeñada, impidió la fuga de sus hombres. Era un gran caballero y un
excelente militar.
La carrera de la escuela al Cuartel fue una feroz competencia
por ver quién llegaba primero. Cuando entré ya el Cuartel había sido ocupado
por otros que no habían custodiado a los presos. Estaba mal iluminado pero se
distinguía bien lo que había. Lo que buscábamos eran armas o trofeos de guerra.
Había dos muertos tirados en el piso de dos recámaras. Olían muy mal porque ya
habían entrado en el proceso de descomposición. Recorrí varias veces los
distintos sitios del Cuartel y no encontré nada que fuera de mi interés. Las
mejores armas ya tenían dueño, así es que muy cansado y desilusionado de mi
mala suerte, encontré una cama con un colchón de paja. Me acosté en ella y me
dormí. Cuando al día siguiente me desperté, sentí que la espalda me dolía. No
recordaba haberme golpeado. Intrigado me puse a buscar lo que me había
producido el dolor. En eso levanté el colchón y debajo me encontré con una
subametralladora Raising, calibre 45, arma hasta entonces desconocida en la
revolución. Todos los que me vieron con ella se volvieron locos con el
hallazgo. Hasta oferta de compra recibí, pero ni pensé en deshacerme de ella,
porque era el mejor trofeo de guerra que podía haber econtrado. Despues me di
cuenta de que no servía para nada. Se recalentaba y se encasquillaba
constantemente. Pero yo seguia "rajando" con ella, hasta que en San José me
encontré con un maje que andaba con una ametralladora Neuhausen como nueva. Me
contó que se la había quitado al Coronel Valenzuela, que era el Director de
Aviación. Le decían Chuspín y era famoso porque decían que cuando un novato le
pedía permiso para volar, él le decía: "Le doy permiso pero eso sí: me
vuela bajito y despacio". Logré convencer al amigo que mi ametralladora era
muy superior a las viejas Nehuausen y al final cambiamos de ametralladoras.
Seguí destacado en Ochomogo, muy aburrido porque ahí no había
nada que hacer. De vez en cuando sonaban unos disparos a larga distancia y
nosotros contestábamos respondiendo el "saludo". Se comenzó a negociar la
rendición del Gobierno en la Embajada de México, y nos dieron instrucciones de
dejar pasar a los miembros del cuerpo diplomático que llegaban a parlamentar
con Figueres. Llegaban los carros diplomáticos, se identificaban y los
dejábamos pasar. Un día llegó un elegante carro en el que venía el Nuncio
Apostólico. La frontera estaba en un puentecito allí situado. En el momento en
que el Nuncio se bajó para identificarse, comenzí, un nutrido tiroteo, esta vez
más intenso de lo usual. Para proteger al importante personaje, lo cogimos y lo
metimos debajo del puente. Pasado el tiroteo salió el Nuncio todo embarrialado
y sus zapatillas con hebillas rojas cubiertas de barro. No teníamos agua para
lavárselas y no tuvo más remedio de irse así para Cartago.
CAPITULACION DEL GOBIERNO DE PICADO Y DESFILE
DE LA VICTORIA
La resistencia del gobierno ya había terminado. Se trabajaba
en los últimos detalles para que asumiera la Presidencia Don Santos León
Herrera con el nombramiento de Ministro de Seguridad Pública a Don Miguel
Brenes Gutitérrez. Un día me fui en un jeep a San José a ver a mis padres.
Todo el trayecto y la ciudad estaban en absoluta calma.
Terminadas la negociaciones, los hermanos Calderón y Don
Teodoro con su hermano René, acompañados de algunos de sus más cercanos
familiares y amigos salieron del país con destino a Nicaragua y México. Don
Santos León y Don Miguel cumplieron al pie de la letra lo pactado, y comenzaron
a entregarle los cuarteles a las fuerzas revolucionarias. Vino entonces el
famoso "Desfile de la Victoria" en que los veteranos de la revolución, así como
muchos "bombetas" que se colaron, desfilamos triunfantes por las calles de San
José.
A Roberto Fernández y a mi, con unos cuantos hombres de San
Isidro, nos encargaron el cuido y la vigilancia del Aeropuerto Internacional de
la Sabana. Ver llegar aviones y verlos salir era todo lo que hacíamos, puesto
que todo lo técnico lo habíamos dejado a cargo de los expertos que nos ayudaban
desde antes de la revolución. Un día se presentó algo muy importante. Nos
avisaron que el Embajador de México, en su carro diplomático, traería a Don
Manuel Mora, que estaba asilado en su Embajada. Don Manuel tomaría el avión de
Panamerican con destino a México. Estábamos en los preparativos cuando se
presentó un grupo de los termocéfalos de la revolución con intenciones de
capturar al Sr. Mora y fusilarlo. Les impedimos la entrada al Aeropuerto, y les
pedimos que se abstuvieran de semejante atrocidad. Había que respetar la
inmunidad diplomática del Embajador y los principios del asilo político.
Salieron aparentemente muy resignados, aunque después nos enteramos de que se
habían ido a situar hacia el oeste, al final de la pista, para detener el avión
y ahí apoderarse del jefe del Partido Comunista.
El carro de la Embajada llegó custodiado por dos motocicletas
y carros del gobierno con gente armada. En la puerta estabamos Roberto y yo
esperándolo, y habíamos apostado a todo el personal militar con rifles en la
puerta. Cuando el automóvil oficial de la Embajada llegó, nuestros soldados lo
cubrieron y Roberto y yo nos aproximamos a abrirle la puerta a sus ocupantes.
Salió el Embajador de México. Le seguía Don Manuel Mora. Los introdujimos al
edificio donde teníamos una oficina lista para que esperaran la salida del
avión. El Embajador hizo saber que no se separaría del asilado hasta que no
partiera para México. Llegó el DC3 de Panamerican y después de una corta
espera vino el momento de abordarlo. Acompañamos a Don Manuel hasta la
escalerilla del avión y le deseamos buena suerte. De allí yo salí corriendo.
Subí las escaleras de la torre de dos en dos, y en el balcón me situé para ver
qué iba a pasar. Vi unos hombres armados al final de la pista. Para ahí se
dirigía el avión y lo usual era que al llegar al final diera la vuelta, y
calentara motores antes de emprender el despegue. Los hombres armados se
anticiparon a la llegada y lo encañonaron. En ese momento vi que el avión
redujo la velocidad y con gran rapidez dio la vuelta. Sin calentar motores
emprendió el despegue. Sonó un nutrido tiroteo, pero el avión tomó velocidad y
casi al final de la pista levantó vuelo, tomó altura y desapareció en el
horizonte. Esa es la historia de cómo un piloto gringo muy "guevón" le salvó la
vida a Don Manuel. El avión, que volaba directo, a México, sufrió algunos
desperfectos, porque llegó todo agujereado de los tiros que le dispararon.
Advertido por Don Manuel de que no podía aterrizar en Nicaragua, porque ahí
Somoza lo capturaría, el piloto optó, por volar a Panamá. De ahí Don Manuel se
fue para México donde pasaría unos años exiliado.
Cuando entregamos el Aeropuerto a las autoridades del nuevo
gobierno, yo me quedé sin oficio. Antes de la revolución había estado en Europa
y me volvía loco por volver a Francia a estudiar derecho en la Sorbona.
Benjamín Odio era el Ministro de Relaciones Exteriores y varias veces le
solicité que me nombrara Cónsul en París y que si ahí no había campo, que me
nombrara Cónsul en cualquiera de las capitales europeas importantes, como
Londres, Roma o Madrid. Siempre me salía con que no disponía de presupuesto y
que debía esperar a que se presentara la oportunidad.
En el Barrio Escalante, en la hermosa casa del doctor Calderón
Guardia habíamos instalado el Club de Oficiales y ahí tomábamos tragos y
podíamos escuchar cuentos y chismes de lo que sucedía en San José. Había algo
que nos chocaba mucho y era ver la injerencia de los mercenarios extranjeros.
Chendo Arguello era nada menos que el Secretario de la Casa Presidencial.
Además, cada día aparecían nuevos aventureros que se paseaban por la Avenida
Central, ametralladora al hombro. La Junta de Gobierno les asignó el Cuartel de
Artillería, donde hoy está el Banco Central, a los legionarios para que
residieran y se concentraran en un solo sitio. Eran tan frecuentes los
escandalos y abusos de los legionarios, que un día en una reunión de oficiales,
decidimos conminar a Edgar Cardona, ya Ministro de Seguridad Pública,
amenazándolo con sacarlos de la Artillería, si el gobierno no quería
expulsarlos del país. Ante semejante rebelión de los oficiales, Don Pepe
decidió proceder conforme a la demanda que le hicimos. Los legionarios no
volvieron a hacer escándalos y poco a poco fueron desapareciendo de las calles
de San José.
Yo seguía sin oficio hasta que un buen día se les ocurrió
nombrarme Attaché Militar, ad-honorem, del Presidente Figueres. Debe haber sido
una de las geniales ideas de Daniel Oduber, de quien yo era muy amigo porque
habíamos estado juntos en la Universidad de McGill, él haciendo un posgraduado
y yo comenzando mi carrera. Todo lo que tenía que hacer como Attaché Militar
era asistir uniformado a las presentaciones de credenciales de los
diplomáticos. El Presidente y los Ministros asistían vistiendo chaqué. Jorge
Woodbridge era uno de los asistentes de Edgar Cardona y logró convencer al
Ministro de que se mandara a hacer un uniforme de gala. Total, que se mandaron
a hacer tres: uno para Edgar, con charreteras colgantes de plata y dos con
charreteras doradas, para él y para mi. Como no tenía nada mejor que hacer,
ingresé a la Escuela de Derecho a continuar mis estudios. Me reconocieron un
año por haber dejado el curso a medio palo en tanto peleaba en la revolución.
A cada rato se presentaba a la Escuela de Derecho algún enviado de la Casa
Presidencial a avisarme que ese día había una presentación de credenciales y
que debía presentarme a la Casa Amarilla, debidamente uniformado. Salía
corriendo para casa, me cambiaba y me iba para la Cancillería a esperar la
llegada del Presidente a recibir las credenciales de los enviados extranjeros.
Cuando la ceremonia terminaba venía un insípido brindis de una copa de champán
y ahí terminaba todo. Yo salía a la par del Presidente y lo acompañaba hasta la
Casa Presidencial. De ahí cogía mi carro y salía en carrera para la sede del
diplomático acreditado, a participar en la fiesta de celebración, que en estos
casos era de rigor. Había toda clase de licores y bocadillos, Jorge era bueno
para la "cucharada" y al final los dos salíamos viendo todo como en
tecnicolor.
Después de la semirebelión del Club de Oficiales, conociéndome
muy bien, Daniel me había catalogado como uno de los revoltosos. Me llamó un
día a Casa Presidencial, donde desempeñaba el cargo de Secretario de la Junta
de Gobierno, para decirme que Alvaro Rossi (Moro), que había sido nombrado
agregado Comercial a la Embajada en Washington había decidido regresar a Costa
Rica y que el puesto quedaba vacante. Que si yo lo quería. Ninguna gracia me
hizo el ofrecimiento, porque yo lo que quería era irme para Europa, pero sin
mejor alternativa me fui para Washington, como subaltemo de Mario Esquivel
Arguedas que había sido nombrado Embajador ante la Casa Blanca y la OEA. ¡Quién
iba a pensar entonces, que muchos años después, durante la Administración de
Don Jose Joaquín Trejos, yo desempeñaría esos mismos cargos! En la Embajada en
Washington estuve poco más de un año, desempeñando dos puestos: uno como
Attaché Comercial y otro como Attaché Militar. Desempeñando el papel de
militar, me tocaba ir a las reuniones de la Junta Interamericana de Defensa.
Cuando presenté mi curiculum militar, me dio pena y risa explicar cómo en pocos
meses había ascendido de Teniente a Mayor. La verdad es que ahí nadie esperaba
más de un militar de Costa Rica.
En la OEA hubo un acontecimieto muy importante para Costa
Rica. Cuando vino la invasión en diciembre de 1948 a Costa Rica por las fuerzas
calderonistas estacionadas y entrenadas en Nicaragua, nuestra Embajada lo
denunció ante el Consejo de la OEA y solicitó que se convocara a una Reunión de
Cancilleres del Continente. El Embajador de Nicaragua era Guillermo Sevilla
Sacasa, experimentado diplomático y brillante orador. Mario Esquivel no daba
esa talla. Era muy joven y sin experiencia diplomática. Afortunadamente en esos
días había llegado a Washington Don Alberto Martén a quien se acreditó como
Embajador Extraordinario y se hizo cargo de asumir la defensa de nuestra
posición ante el Consejo. Como gran jurista y excelente orador se "comió" a
Sevilla Sacasa y dejó muy en alto la posición de nuestro país. La convocatoria
a Reunión de Cancilleres no llegó a votarse porque entretanto las fuerzas
invasoras fueron derrotadas y huyeron hacia Nicaragua. "Muerto el perro se
acabó la rabia".
Después me alegré de que la suerte me enviara a Washington en
lugar de un consulado en Europa. Las experiencias que ahí viví, nunca las podré
olvidar. Poco antes de terminar los dieciocho meses del gobierno de la Junta
Fundadora de la Segunda República, le envié mi renuncia del cargo al Presidente
Electo Don Otilo Ulate, quien ni acuse de recibo me comunicó. Don Otilio era
muy descuidado en los pequeños detalles de la vida. Después me enteré que fui
uno de los pocos funcionarios que presentaron su renuncia ante el gobierno que
asumía el poder. Al regresar a Costa Rica volví a la Escuela de Derecho a
terminar los dos años que me faltaban y me metí en negocios, donde no me ha ido
tan mal.
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