Recuerdos de Eduardo Mora Valverde

De su libro "70 años de Militancia Comunista"
Editorial Juricentro
La Columna Liniera
Regresé a la Zona Bananera del Pacífico Sur a continuar las
tareas del Partido. El ambiente político nacional era muy tenso, especialmente
en la capital. Se sentía ya la cercanía de muy duras y peligrosas jornadas. La
oposición al Gobierno de Picado se armaba; se producían atentados terroristas.
Realizando mi trabajo en esas apartadas regiones, se produjo, en el mes de
julio, de 1947 la "Huelga de Brazos Caídos", o sea el boicot económico de la
más poderosa burguesía; en agosto, el desfile de damas enlutadas. Para el 12
de octubre la Rerum Novarum, del Reverendo Benjamín Núñez, convocó, a una
"gran manifestación" en las calles de San José; contaba con el respaldo
financiero de las cámaras patronales.
En setiembre regresé a San José, en labores partidarias.
Debido a una gira que realicé hasta Panamá, ida y vuelta
a pie, a ratos debajo de la lluvia y a ratos bajo el inclemente sol
tropical, durmiendo mal y comiendo peor, adquirí un resfriado,
con aguda y persistente tos. Como ya lo había hecho otra
vez, mi mamá me metió bajo las cobijas, junto con una
palangana de agua hirviendo en la que introdujo unas
hojas, y me puso a respirar fuerte. A la mañana siguiente me
encontraba perfectamente. Mamá llamaba a ese tratamiento
"sahumerio".
Al mediodia me reuní con Calufa y con don Paco
Calderón Guardia; discutimos la posible ruta que debería
seguir una columna de obreros bananeros y campesinos pobres
de las regiones del Pacífico Sur, para participar en una
movilización nacional, el mismo 12 de octubre, en respuesta
a la convocada por el Padre Núñez.
Previmos algunas medidas de seguridad así como la
ruta y los itinerarios. Primero recogeríamos a los trabajadores
de las fincas de González Víquez, en la frontera con Panamá,
y de último a los de Quepos y Parrita, que llegarían a Dominical.
La entrada a San Isidro de El General y Cartago la
haríamos juntos.
La entrada a San José, se calculó hacerla exactamente
a las 10 de la manana del 12 de octubre. Me fui rápido a Puerto
Cortés, esperé la llegada de Calufa, y comenzamos los preparativos,
llenos de entusiasmo y preocupados por el cumplimiento
de los plazos y por las dificultades económicas.
La Confederación General de Trabajadores de Costa
Rica, CTCR, convocaba a la manifestación nacional, careciendo
de los necesarios recursos económicos, e incluso no pudiendo
contratar, en muchos casos, líneas de transporte de
pasajeros; sus propietarios las habían puesto al servicio exclusivo
de la Rerum Novarum.
Era emocionante ver la actitud de los obreros bananeros.
Al pasar la cabeza de la columna por las fincas de la United
Fruit Co., algunos tal vez indecisos hasta ese momento, tiraban
a un lado las mangueras de riego del caldo bordelés o las
herramientas de trabajo, y se metían en sus filas. Vi a muchos
campesinos salir del rancho, amarrándose apresuradamente
los pantalones, e incorporándose a la manifestación.
Larga era la columna integrada por mil hombres
dispuestos al mayor sacrificio. Pocos sobreviven hoy. Muchos
murieron en la Guerra Civil. Otros por la edad. Los demás
siguen de pie. Cuando me encontraba preso en Honduras, en
1951, como lo narrare después, me encontré al más joven de
todos, a "Catracho", sirviendo en la cárcel de Nacaóme. Llegó
a mi celda, me abrazó como hermano y me sirvió, arriesgando
su trabajo y tal vez algo más.
Recuerdo una madrugada cuando subíamos la cuesta
de Tinamaste. Vimos salir de unos potreros a dos o tres obreros
de la columna con varios tragos entre pecho y espalda. ¿Cómo
encontraron al abastecedor en aquellas desconocidas montañas?
Fue algo inexplicable sólo atribuible al simple instinto u
olfato de los compañeros bananeros, tan brutalmente explotados,
sin diversiones y acostumbrados a tomarse sus tragos el
día de descanso.
La subida de la cuesta, antes de llegar a San Isidro de
El General, fue espantosa. Algunos trabajadores se desplomaban,
rendidos. Yo estaba joven, y además tenía alguna experiencia
en esas caminatas, y cargué en los hombros a unos de
ellos. Fallas era 14 años mayor que yo e iba bien agotado; pero
no se daba por rendido. Cerca de San Isidro nos esperaba un
pick-up manejado por Rafael Angel Aymerich, mi ex-compañero
en la organización juvenil, quien luego moriría en la
Guerra Civil; consideró conveniente ir a encontrarnos por si
necesitábamos llevar algún enfermo o herido al Hospital.
En la plaza de San Isidro nos concentramos todos; nos
esperaba el Jefe Político don José Mora, primera víctima
durante la Guerra Civil en la toma de esa plaza, el 12 de marzo
de 1948. Doña María de Salas, años después suegra de Manuel,
llevó a su casa a Calufa para darle una fricción recuperadora
de sus energías. Yo lo acompañé. Al día siguiente reanudamos
la marcha.
Cerca de Cartago nos esperaba en la carretera el
Comandante de esa provincia, coronel Vaglio, para informarnos,
previo a nuestra entrada a la ciudad, sobre la peligrosa
situación que nos amenazaba. Las autoridades no se encontraban
preparadas para evitar una agresión violenta contra la
Columna, de parte de fuerzas contrarias bien pertrechadas.
Nos aconsejo seguir un camino hacia Tres Ríos, que se iniciaba
en esa bifurcación en que nos había esperado, para evitar un
choque sangriento en Cartago.
Calufa, a la cabeza de la Columna, espero a que yo
llegara con los últimos linieros. Delante del Coronel Vaglio
nos informó de su propuesta y sin ninguna discusión resolvimos
no variar la ruta. Los mil obreros y campesinos de la
Columna gritaron llenos de entusiasmo, tal el espíritu combativo.
Y seguimos adelante.
Acabábamos de pasar por El Tejar cuando fuimos
víctimas de un pequeño ataque, sin consecuencias. Al fin
entramos a Cartago. La calle principal estaba llena de gente.
Distinguimos al Dr. Vesalio Guzmán, adversario vehemente y
uno de los principales dirigentes en esa ciudad. Pero ni él ni
nadie observó una actitud agresiva. Al contrario, las muchachas,
a quienes veíamos como reinas de belleza, se nos acercaban,
nos saludaban, y algunas nos abrazaban y besaban, a pesar
de nuestra suciedad.
Siendo en la Administración de don Daniel Oduber
diputado con doña María Luis Portuguez (luego Gobernadora
de Cartago), ésta me contó que una de esas muchachas era
ella.
El 12 de octubre de 1947 al fin entramos, por la
Avenida Segunda, al Parque Central, en donde estaba concentrado
el pueblo convocado por la Confederación de Trabajadores
de Costa Rica (CTCR). Cuando asomamos frente a la
tribuna principal, al primero que vi en ella, a la par de Manuel
y Guzmán, fue al gran poeta y educador Carlos Luis Sáenz. Los
linieros, emocionados al verse recibidos por el pueblo, levantaban
en alto las rulas. La prensa reaccionaria sacó al día
siguiente sus fotografías y en ellas se veían con caras endurecidas
por el trabajo, el sol y las hambres, y vistiendo andrajos,
debido a la dura jornada. Presentaba esa prensa a la columna
como una banda de asesinos, o poco menos.
¡Qué honor el haber sido yo uno de esos "peligrosos
malhechores"!
Mi regreso lo coordiné con Calufa. Me fui, con los
trabajadores que habían salido de Quepos y Parrita, en una
lancha. En Puntarenas dormimos y al día siguiente llegamos a
Quepos. Después de chequear la reincorporación de los
compañeros a sus respectivas fincas, mi viejo camarada y
amigo, Victor Mora Calderón, me llevó a descansar a un
modesto y tranquilo hotelito.
Regresé a la capital y participé en una de las discusiones
del Buró Político sobre la delicada situación. Estábamos en
plenas elecciones en todo el país a fin de elegir Presidente de
la República, Diputados y Munícipes. Irresponsablemente, y
sin consultar a sus aliados, don Teodoro había entregado el
mecanismo electoral a la oposición. (Nadie entendería después
en el exterior por qué el Gobierno y las fuerzas populares
que lo apoyaban hablaban de fraude en su contra).
Antes de regresar a las regiones bananeras del Pacífico
Sur, me fui con el "Cabo" Isaías Marchena a la costa atlántica
para participar en mítines de apoyo a la candidatura del
diputado Federico Picado. En la provincia de Limón el partido
oficial, junto con el partido económicamente poderoso, de la
oposición, y el comunista, se disputaban la mayoría de votos y
el único diputado. Marchena, Federico y yo hablamos en
Matina y Batán.
(Esa elección la ganó, a pesar de todo, nuestro Partido.
Pero Federico no pudo llegar a la Asamblea Legislativa. El 19
de diciembre de 1948 lo sacaron de la cárcel de Limón a las 3
de la tarde, junto con Tobías Vaglio, Lucio Ibarra, Octavio
Sáenz, Narciso Sotomayor y Alonso Aguilar, y a las nueve de la
noche, a la altura de la milla 41, después de pasar Siquirres, en
un recodo del Río Reventazón, conocido como el "Codo del
Diablo", fue brutalmente asesinado junto con sus compañeros.
Hasta el día de hoy los responsables de ese asesinato
permanecen en la impunidad).
En la oficina del Partido en Puerto Cortés, en una de
las paredes teníamos el Padrón Electoral enviado a nuestro
Partido por el Tribunal de Elecciones. Por él pasaban decenas
y decenas de obreros bananeros y otros a comprobar su
inscripción y su derecho legal a votar. Cuando no aparecían
hacíamos el reclamo correspondiente. Todo marchaba normalmente.
El triunfo electoral lo teníamos asegurado y eso no era
de extrañar en una región proletaria, explotada por una
odiada empresa imperialista y con hondas tradiciones de
lucha. Uno de los últimos en llegar a chequear su inclusión
correcta en el Padrón fue el compañero Avendaño, de las
fincas bananeras de Puerto González Víquez. (Pocas semanas
después nos volvimos a encontrar en La Sierra, combatiendo;
murió tres días después, en la batalla de El Tejar).
El día de las elecciones, el Lic. Marco Aurelio Salazar,
Alcalde de Puerto Cortés, hermano del leal aliado de nuestro
Partido y fundador del periódico "Libertad", profesor Ovidio
Salazar, nos entregó el Padrón Electoral definitivo. Cumplía
así una formalidad. Tomamos el padrón nuevo y sin tiempo de
hacer comparaciones, lo pusimos sobre el viejo. Pero media
hora después de abrirse las mesas de votación comenzaron a
llegar furiosos varios militantes y amigos del centro de Puerto
Cortés, pues no se encontraban en las listas recibidas por los
fiscales de las respectivas urnas de votación. Unos habían sido
trasladados a Guanacaste, otros a la Meseta Central, otros al
Atlántico, etc. Reventaban furiosos; pero en ese momento ya
nada podíamos hacer. Sólo viajando cada uno al lugar donde
lo habían fraudulentamente trasladado, podían no perder el
voto. Y eso era imposible por la falta de medios de transporte
ese mismo día. Conforme pasaba el tiempo, más personas
llegaban ya no sólo del centro de Puerto Cortés sino de toda
la región.
Me fui a la plaza frente a la Escuela a calmar los ánimos;
la violencia estaba a punto de estallar, promovida por los
frustrados votantes. Cuando me encontraba calmando los
ánimos, llegó el Coronel Toribio Mora cargando varios tarros
de gasolina para incendiar las mesas de votación. Lógicamente
eso significaría incendiar la Escuela. Por supuesto, lo impedimos.
Al día siguiente, como lo había convenido con Carlos
Luis Fallas, que se encontraba dirigiendo el trabajo electoral
en el centro de Puntarenas, tomé sitio en una avioneta de
servicio comercial, nos encontramos en el Aeropuerto de
Chacarita, y ambos nos fuimos en ese mismo avión hasta el
Aeropuerto de La Sabana, en San José.
Las calles de la capital las encontramos llenas de gente
protestando por el fraude. "Queremos votar" era el grito de
una manifestación a la que Fallas y yo nos unimos. Los dos
regresábamos furiosos después de haber palpado el fraude.
Con Antonio Barrantes fui a realizar luego, por encargo
del Partido, una misión por los alrededores de La Uruca.
Barrantes conducía un viejo automóvil, de color negro y de
techo alto. Desde un potrero nos dispararon y una bala
penetró por una de las ventanas abiertas. De inmediato sentí
un pequeño rasguño en la nuca, e instintivamente me llevé la
mano a la cabeza y cogí con los dedos un plomo enredado en
el pelo. Un proyectil había entrado al vehículo, había rebotado
en las paredes como una bola de billar, y había terminado
sin fuerza en mi cabeza.
En otra oportunidad, realizando una tarea en las
inmediaciones del Hospital San Juan de Dios, por la calle 14,
una bala me llegó en dirección al ombligo; pero por casualidad
tenía la ametralladora entre mis manos, sobre mi estómago,
y la bala lo que hizo fue destrozar el magazine.
("Te voy a decir una cosa, puej", me dijo un día el nica
Juan Ramón Leiva, el temerario, con el que había trabajado en
el Pacífico Sur en el Partido y con el que estuve después en Ecos
del 56. "Son babosadas, pero para morirse hay que tener
mucha suerte. Siempre las balas van palotro lado").
Al ponerse muy grave la situación, la Dirección del
Partido resolvió que yo no volviera al Pacífico Sur y me encargó
la responsabilidad de proteger con otros compañeros la Estación
Ecos del 56. Esta jugaba un papel sumamente importante
en la propaganda y agitación, y debíamos protegerla mucho.
Por unos días me convertí en el bisoño "comandante" de esa
guarnición.
En dos oportunidades me fui a la Finca La Caja, en La
Uruca, a recibir alguna instrucción militar con el Mayor
Brenes ("Perro Negro").
Inmediatamente comencé a preparar un plan de defensa
de la Estación, y lo discutí con los muchachos. Hicimos
una zanja en los costados Este y Sur, en ángulo recto. En caso
de un ataque nos iríamos tirando a la zanja, rodearíamos la
Estación y la defenderíamos atrincherados en ella.
Un día se encontraba Manuel haciendo una intervención
política, sentado por supuesto frente al micrófono, con la
vista hacia el norte, hacia la carretera a San Pedro. Desde un
lote vacío situado exactamente a la par de la casa donde hoy
vive, atrás de la estación, le dispararon con un máuser. Los
tiros pasaron cerca de su nuca; por suerte el tirador falló. Los
muchachos de inmediato salieron por la puerta lateral, se
lanzaron a la zanja, conforme al plan de defensa, previamente
elaborado, y formaron una línea de combate alrededor de la
Estación. Después de tomar medidas de protección a Manuel
y al equipo que atendía en esos momentos la radiodifusora,
salimos a la calle para enfrentar directamente al agresor. En
ese grupo iba yo, y a la par mía Antonio Barrantes, con un
mosquetón en la mano. Casi al solo salir, se le escaparon dos
o tres tiros que me aturdieron pues me pasaron muy cerca del
oído izquierdo.
El segundo mío en la "comandancia militar" de Ecos
del 56, ya he hablado antes, era Juan Ramón Leiva, exmiembro
de la Guardia Nacional de Nicaragua; se había
venido a trabajar a las bananeras como obrero agrícola. Lo
conocí en la finca Puntarenas, en donde llego a ser el responsable
de la célula. Mediano de estatura, era vivo, inteligente,
activo. Antes de regresar yo de las bananeras, el Partido había
promovido una emulación; el premio, un radiorreceptor, lo
ganó la finca Puntarenas, de Esquinas, por su magnífico
trabajo. Juan Ramón Leiva vino a San José a llevarse el premio;
la candente situación política lo envolvió. Ofreció sus servicios
de militar conocedor y valiente, que tanta falta nos hacía, y fue
enviado a Ecos del 56 para colaborar conmigo.
En calzoncillos y tirados en el suelo dormíamos una
noche, cuando llegó el Secretario General acompañado de
Manuel Moscoa a indagar preocupado sobre un tiroteo en las
inmediaciones de la Estación. Nosotros, quizá por cansancio,
no habíamos escuchado nada especial. Como quien estaba
comandando en esos momentos la guardia era Leiva, lo llamé
para oír sus informes, pero no se encontraba.
Cuando se marchó Manuel sin ninguna información,
quedé muy inconforme y molesto. Comencé a ir de un lado
para el otro y al rato, encabezados por Leiva, comenzaron a
llegar los muchachos que supuestamente deberían haber
estado cuidando la Estación, mientras el resto descansábamos.
Según Leiva, había salido precisamente a "rechazar"
una agresión y por eso había dejado la guarnición desprotegida
y con nosotros adentro, ignorantes de todo.
Me violenté mucho y consideré necesario castigarlo
por el mal ejemplo dado, sobre todo el, un militar de formación.
Le ordené se metiera a la sala de enfermería, de un área
aproximada de dos varas y media por seis, muy incómoda, y se
me ocurrió fijar tres días de castigo.
Leiva acató de inmediato la orden, pero cuando el c.
Luis Carballo se enteró, dicen que exclamó, y con razón: "Qué
sabe Lalo de cuestiones militares". Y desde el Estado Mayor
llegaron a recogerlo. De inmediato lo enviaron a dirigir, o a
participar, en un enfrentamiento con fuerzas encabezadas por
don Francisco Orlich, más tarde Presidente de la República.
(A Leiva lo volví a ver, en San José, pero después del
frustrado intento de liberar a San Isidro de El General, cuando
ya nos preparábamos para ir a atacar Cartago. Leiva había
llegado con Calufa a la Confederación General de Trabajadores.
Traía el ojo derecho inflamado; una esquirla se le había
introducido, al hacer un intento para tomar una determinada
posición. Al creer que había perdido el ojo se volvió más
temerario y siguió atacando con furia. La última vez que hablé
con el fue al terminar la Guerra Civil. Me lo encontré en la vieja
Casa Presidencial, ya desocupada, intentando encontrar al
Presidente para hablarle. Le acompañaba Abelardo Cuadra.
El Presidente había abandonado el país y todo era desorden
en esa residencia).
La Guerra Civil de 1948
El c. Arnoldo Ferreto, en un "Informe sobre la situación
política nacional; antecedentes y perspectivas",
presentado al VII Congreso del Partido, (página 12),
afirmó que "Un cierto espíritu aventurerista se apoderó de los
dirigentes de nuestro Partido. Todos querían ser militares:
Fallas, Lobo, Villalobos, Alvaro Montero y Eduardo Mora se
fueron al frente; Rodríguez se hizo carga de la guarnición Ecos
del 56..."
Ese criterio del c. Ferreto es respetable pero creo que
el aventurerismo existió no cuando él lo señala, sino cuando
subestimamos la acción absurda del Presidente de Guatemala
Juan José Arévalo, del escritor nicaragüense Edelberto Torres,
del periodista dominicano Juan Bosch, del médico nicaragüense
Rosendo Argüello, del entonces socialista utópico
costarricense José Figueres, y de muchos otros que, como
explicábamos antes, pretendían tumbar al Gobierno democrático
de Teodoro Picado, no para terminar con las conquistas
sociales sino para convertir a Costa Rica en una base de
operaciones para una lucha contra las dictaduras del Caribe,
que remataría en una República "Socialista". No sólo no nos
esforzamos por convencerlos de su aventura, en la que los
estaba metiendo el imperialismo norteamericano, sino que
incluso no aprovechamos bien contactos y contradicciones.
El aventurerismo consistió en valorar solamente la
magnitud del fraude electoral y limitarnos a repudiar la
actitud del Presidente Picado que cometió el acto inexplicable
de entregar íntegro el aparato electoral a las fuerzas adversarias
e impidió casi a un 30% de nuestros partidarios, votar en
las urnas previamente señaladas en los padrones.
También en que cuando el Presidente electo, don
Otilio Ulate, se mostró dispuesto a llegar a un arreglo con
nosotros, con prepotencia lo rechazamos.
Al declararse la Guerra Civil, el Partido envió a militantes
y simpatizantes a combatir, como simples milicianos, bajo
la dirección de no pocos oficiales incapaces, deshonestos y
cobardes; como si fuera poco, también muchos de ellos enemigos
ideológicos o cuando menos personas sin identificación
con nosotros.
No afirmo lo anterior para salvar mi responsabilidad
personal; precisamente soy uno de los responsables de la
anulación de las elecciones de 1948. En el mismo avión, Carlos
Luis Fallas y yo regresamos a San José, profundamente indignados
por el escandaloso fraude electoral de que fuimos
testigos ambos, dos días antes, en la provincia de Puntarenas.
Nos bajamos de la nave y nos incorporamos a un acto callejero
gritando "queremos votar". No valoramos objetivamente los
factores políticos externos, y las debilidades de nuestros aliados,
y nos mantuvimos reclamando hasta el final el desconocimiento
de las elecciones. Sólo Manuel Mora yJaime Lobo, de
la Dirección, no cayeron en ese error.
Desde principios de marzo me encontraba al frente de
un grupo de compañeros, con unos viejos rifles, y unos pocos
revólveres, defendiendo la guarnición "Ecos del 56".
"Lalo, te llaman al teléfono", me gritó el locutor en ese
momento, de la radiodifusora, Arturo Montero Vega, hoy
abogado y hermano de Alvaro. Cuando alcé el auricular oí una
voz profundamente emocionada. "Eduardo, Figueres acaba
de tomar Villa Mills. En estos momentos está abandonando la
Casa Presidencial el Embajador de los Estados Unidos; llegó
a exigirle al Presidente el envío de la Unidad Móvil a fin de
recuperar ese lugar pues Villa Mills es un campamento de la
"Public Road Administration", de los Estados Unidos; dijo
que de lo contrario, las gentes de Figueres serían expulsadas
por el Ejército Estadounidense". Y en tono de consejo me
agrego: "Suspendan los programas comerciales, pongan el
Himno Nacional e informen a los costarricenses que acaba de
iniciarse la Guerra Civil". Quien me hablaba de esa manera
era don Francisco Calderón Guardia.
Su desbordada emoción era explicable; suponía que la
interferencia del Gobierno de los Estados Unidos no obstante
su grosería, demostraba, si no respaldo, al menos neutralidad
de éste con el Gobierno de don Teodoro Picado, a pesar de su
alianza con los comunistas.
La presión de uno y la debilidad y consecuente complicidad
del otro, nos precipitaron en una trama fatal, de la cual
no nos dejarían salir: peleamos en donde el adversario deseaba
y necesitaba que peleáramos. Es decir, perdimos la batalla
estratégica, la fundamental en una guerra.
Figueres había preparado con anticipación un "Territorio
Libre"; lo conocía como a la palma de su mano; se
extendía desde La Sierra, iba por el Cerro de Tarbaca, seguía
sobre la carretera de San Ignacio de Acosta, pasaba por San
Cristóbal Sur, Frailes y Santa Elena, y cubría un territorio
montañoso en donde se encontraba San Pablo, San Marcos,
Santa María de Dota y San Isidro de El General; cobijaba la
Carretera Interamericana, de El Tejar hasta San Isidro, comprendiendo
todo el Cerro de La Muerte. (Un territorio lleno
de latifundios, con una población políticamente atrasada.
Muy alta y quebrada, con un clima excesivamente frío. A el
tuvieron que ir a combatir nuestros camaradas en su mayoría
obreros y campesinos de nuestras calurosas costas).
La Misión Militar Norteamericana terminó de dar el
empujón al Gobierno: su Escuela Militar envió al coronel
Rigoberto Pacheco Tinoco y al mayor Carlos Brenes (quien
me había dado rápida instrucción en la Finca La Caja, en La
Uruca),a "comprobar" personalmente, y de hecho desarmados,
la veracidad del levantamiento. Según me lo confió quien
era personaje importante en esta maniobra, el momento de la
salida y la ruta fueron comunicados a uno de los jefes de las
fuerzas situadas en la Interamericana, por lo que necesariamente
cayeron en una fatal emboscada, propósito evidente de
la Misión Militar.
La muerte de Pacheco y Brenes indignó al calderonismo
y así se precipitó el envio de la Unidad Móvil, al "Territorio
Libre"
Las noticias llegadas a San José, indicaban que la
muerte de los dos militares obedeció no a un enfrentamiento
de emboscados contra emboscadores, sino a un asesinato.
Pacheco y Brenes quisieron burlar el cerco pero al verse
rodeados alzaron las manos y entregaron sus armas. A sangre
fría liquidaron primero a Pacheco y luego a Brenes, a pesar de
ofrecer éste diez mil colones si no le quitaban la vida. Esto
sucedi0 el 12 de marzo.
Hasta "Ecos del 56" nos llegaban reclamos de compañeros
de la Juventud, o cercanos a ella, que pedían un rifle y
un puesto de lucha en los campos de batalla.
En un camión que llevó Franklin Rivero se me encargó
recoger, enlistar en la CTCR y llevar por la Interamericana
hasta la línea de fuego (Rivero me dijo que a Villa Mills) a ese
grupo de jóvenes. Un oficial los recibiría y les daría instrucciones
para el manejo de las armas, y otras cuestiones elementales.
Entre los primeros, recogí a Miguel Angel Aymerich.
Vivía en un pasaje en calle 6, cerca de La Castellana. "Espérame
un momento para llevarme unos calzoncillos", me dijo tal
vez en broma. Salió con el paquetico en la mano y detrás una
señora gruesa; lo abrazaba y lo besaba. Presentía que no
volvería a ver a su hijo. El último a quien recogí fue a Varelita.
Su padre, un artesano de zapatería del Barrio La Constructora,
lo despidió con optimismo. (Estando con Fallas y Leiva en los
días de la preparación del ataque a Cartago, llegó llorando a
informarnos de la muerte de su hijo).
Al salvadoreño Dueñas, encargado de la oficina de
registro, dí los nombres de los muchachos voluntarios y salí
rápidamente hacia la Interamericana. Pasé antes por "Ecos del
56" pues unos y otros deseaban abrazarse y despedirse.
Varios de los compañeros de la guarnición se subieron
"ilegalmente" al camión, "abandonando" sus responsabilidades.
No lo pude impedir, básicamente por razones sentimentales.
Al pasar por el cruce de Curridabat, y disminuir mucho
la velocidad, un muchacho de apellido Zúñiga, de San Pedro,
preguntó a los jóvenes que iban parados en el cajón del camión,
el motivo del viaje, y se encaramó. ¿Espíritu aventurerista?
Pienso que fue la inexperiencia, la falta de formación política,
el abundante fervor juvenil, el entusiasmo fresco y comunista.
No nos encontrábamos en aquel momento, en aquellas circunstancias,
preparados para encauzar debidamente los impulsos
de esa muchachada que pasará a la historia del movimiento
revolucionario de Costa Rica y ocupará un sitio de
honor.
Siendo un muchacho, de unos 14 ó 15 anos, me había
internado en el Cerro de La Muerte con Antonio Barrantes y
Manuel Vaglio, el hijo de uno de los Mártires de Codo del
Diablo. Entonces no había Carretera Interamericana que lo
atravesara; los trillos se perdían frecuentemente entre la
maleza; varios días anduvimos perdidos. Segun me lo informaron
después, Manuel pidió ayuda a la policía para que nos
encontraran; la casualidad nos llevó a topar con el TI-3, un
monomotor que se había perdido hacía mucho. Lo encontramos
clavado verticalmente a una orilla del Río Brujo; cerca
había un trillo; avisamos a campesinos, éstos a San José y
finalmente logramos llegar a la cumbre del Cerro. Bajamos al
día siguiente a Las Vueltas y entramos en la tarde a San Isidro
de El General. Esa "aventura" la habíamos iniciado Barrantes,
Vaglio y yo a partir de Copey, situado al pie del Cerro, por
Dota. De manera que mis conocimientos de la Zona eran muy
incompletos. Cuando a mí me mandaron a la Sierra y a Villa
Mills a dejar a dichos voluntarios de la Juventud, no sabía
absolutamente nada de esos lugares, como no fuera el conocimiento
teórico de que existían. Ni siquiera tenía un mapa
para formarme alguna idea. Ibamos atenidos a que la Interamericana
en construcción nos llevaría por sí sola a ellos y sería
cosa de ir preguntando hasta llegar a la "línea de fuego".
Pocos minutos después de pasar La Lucha, nos vimos
cobijados por una lluvia de balas. Un militar del Gobierno,
muerto de miedo, nos dijo que huyéramos con él; nos agregó
que nos encontrábamos en El Empalme. Afligido, y mientras
se zafaba, nos señaló una loma de donde provenían los tiros
del enemigo, comandado éste por un militar norteamericano
de apellido Marshall. (El oficial gobiernista, que casi no sabía
lo que decía, se refería sin duda alguna a Frank Marshall).
Le pedí a mis compañeros protegerse en un paredón
que estaba a la izquierda de la carretera, y formé dos grupos.
A uno lo dejé al pie de la loma; me puse al frente del otro para
subir y expulsar a los adversarios. No todos los compañeros
dejados al pie del pequeño cerro tenían armas, ni en ese
momento crítico y de precipitación era posible adquirirlas.
Las instrucciones que di, un poco vagas desde el punto de vista
militar, eran que nos garantizaran apoyo.
Inicié la marcha cerro arriba, gateando, con un "Mosquetón"
en la mano derecha; atrás los demás. De pronto sentí
un fuerte golpe en la encía superior. Un muchacho apodado
"patas de hule" o "piernas de hule", que ya se encontraba en
el sitio de la balacera cuando llegamos, me sobrepasó y sin
quererlo, con la culata de su rifle me golpeó fuertemente,
arrancándome casi un diente y aflojandome al otro e inflamándome
por varios días la boca. Los adversarios al fin se
desplazaron hacia el sur.
Urgido por la necesidad de reincorporarme a la guarnición
de Ecos del 56, y por hacerme examinar de un dentista,
formalice mi regreso a la capital, no sin remordimiento de
conciencia (y éstas son las cuestiones que tal vez no valora bien
el c. Ferreto), sobre todo porque los compañeros pedían mi
permanencia.
"Oye chico, ¿por qué no le haces caso a Manuel? Te ha
andado buscando y tú no lo vas a ver", llegó a decirme Adolfo
Braña en momentos en que me encontraba en "Ecos del 56"
haciendo un plan táctico para defender a San José de un
ataque sorpresivo. Me lo habían mandado a pedir, con el
"Chino" Rodríguez. (Por casualidad lo conservo en un roto y
amarillento papel, pues nunca lo entregué, ni hubiera servido
para nada debido a mi ignorancia en esa materia).
Con el mismo viejo Braña me fui a explicarle a Manuel que yo
no había recibido ningún recado suyo. Pero éste se limitó a
obsequiarme personalmente una pistola 45, la cual me acompaño
durante toda la Guerra Civil. (Era mi orgullo; luego la
presté para siempre a los compañeros nicaragüenses en los
días de su lucha contra Somoza).
Manuel me informó que me habían llamado para
enviarme al Pacífico Sur, a las regiones bananeras en donde yo
había trabajado los años 1946 y 1947, para reclutar obreros de
la United, y campesinos pobres, a fin de integrar una columna
que dirigiría el general Sandinista Tijerino, para tomar San
Isidro de El General. Pero Carlos Luis Fallas, el gran líder de
toda esa gente, se fue a cumplir esa misión y las condiciones le
hicieron comprender que no podía desligarse de esos camaradas
y que debía convertirse en su líder "militar", junto con
Tijerino.
El doctor Fischel, en su consultorio esquina opuesta al
Correo, comenzó a tratarme los dientes. Pero debí suspender
el tratamiento y salir, por orden de la Dirección del Partido,
hacia La Sierra. A Fernando Chaves Molina, a Alvaro Montero
Vega y a mí, nos encargaron una tarea políticamente muy
delicada: proteger la vida del Jefe de la Iglesia Costarricense,
Arzobispo Monsenor Víctor Manuel Sanabria, la del Lic.
Ernesto Martén Carranza y la del Dr. Fernando Pinto. Debíamos
llevarlos a La Sierra, esperarlos el tiempo necesario
mientras en El Empalme, (después supimos que habían llegado
hasta Santa María de Dota) conversaban con don Pepe
Figueres y ponerlos de regreso en las puertas del Palacio
Arzobispal.
Monseñor, buscando la paz, y de pleno acuerdo con
don Otilio Ulate, iba a proponer un armisticio bajo la siguiente
fórmula: entregar la Presidencia de la República al doctor
Julio César Ovares, integrar un Gabinete con representación
igual de las dos partes en lucha y decretar una amnistía
general. Monseñor le dijo a Manuel: "Ustedes tienen una sola
palabra. Ustedes hasta con los adversarios respetan las reglas
de la lealtad. Sólo si ustedes garantizan mi seguridad, yo voy
hasta donde Figueres".
Fernando Chaves se fue a preparar un cargamento de
medicinas y de equipo médico a fin de llevarles a los combatientes
enemigos para atender a los heridos. Surgieron muchas
críticas. Se decía, especialmente entre nuestros aliados
calderonistas, que eso significaba ni más ni menos darle armas
a los adversarios. Pero Chaves llenó un camión, el cual fue
"misteriosamente" saqueado en la noche y a la carrera, casi en
los momentos mismos de salir con Monseñor, se preparó otro
cargamento de medicinas. Fui a Ecos del 56 y le pedí a un
compañero hondureño de apellido Anduray, locutor de la
Estación, pero conocedor del manejo de armas, nos acompañara
en unjeep con Chaves, con Montero y conmigo, cargando
él una ametralladora grande, con trípode. Iríamos exactamente
detrás de Monseñor, de Martén y de Pinto.
Delante del jeep de Monseñor iba el camión con las
medicinas que tanto nos costó preparar. Lo conducía un
militante del Partido. Pero la caravana era más grande; nos
seguían otros vehículos con altos militares del Gobierno,
como López Mazegosa, López Roig, el "gordo Quintales"...
Como a una hora antes de llegar a La Sierra, en una
bifurcación del camino, detuvo el jeep Monseñor y se bajó
indignado junto con sus acompañantes. "Mire Eduardo, mejor
me devuelvo. Oficiales del Gobierno se llevaron el camión
con las medicinas", me dijo Monseñor señalándome el camino
por donde lo habían introducido
Le contesté que nosotros no podíamos abandonarlo
por ninguna razón pues debíamos protegerlo a él. Pero
después de un intercambio de opiniones Chaves ofreció ir
solo, en nuestro jeep, para investigar el paradero del vehículo
Al rato regresó con las medicinas.
Al desembocar en La Sierra vimos las tiendas de
campaña en donde pasaban la noche, muertos de frío, nuestros
camaradas combatientes. Sobre cada tienda una bandera
roja, la de nuestro Partido. En La Sierra, como en el resto del
país, nuestros militantes y simpatizantes peleaban bajo la
dirección de militares, algunos valientes y honrados, pero
otros cobardes, anticomunistas, inescrupulosos. Cuando aparecíamos
dirigentes del Partido, como en esa ocasión, los
milicianos reclamaban nuestra presencia permanente, no
porque supiéramos algo sobre cuestiones militares, sino porque
al menos acatarían la autoridad de un cuadro político.
Incluso un dirigente del Partido, combatiendo, se constituía
en un factor de estímulo, de confianza y de seguridad.
Los coroneles Caballero y Zamora, junto con otros
oficiales, nos recibieron evidentemente enterados de la misión
de Monseñor. Con gran rapidez dieron todas las facilidades
para la continuación de su viaje. Por sugerencia del Jefe de
la Iglesia el camión de las medicinas fue cubierto con una gran
bandera del Vaticano; el doctor Pinto tomó el volante, Monseñor
se sentó a la par suya y don Ernesto Martén en el mismo
asiento, al lado de la puerta.
Estaban a punto de salir hacia la "tierra de nadie"
cuando llegó apresurado el c. Castillo, ingeniero agrónomo
que al terminar la Guerra Civil se fue a Venezuela y aún
permanece en ese país. Nos informó que el pequeño aparato
de inteligencia del Partido había detectado un atentado contra
la vida de Monseñor. Oficiales del Gobierno habían escogido
dos cerros no muy altos, a la orilla de la carretera entre La
Sierra y El Empalme, y desde allí dispararían con armas
pesadas sobre el camión.
Nos apresuramos a llegar hasta don Monseñor, y sus
acompañantes, y les explicamos la necesidad de darnos tiempo
para desbaratar ese criminal propósito. Ya Castillo estaba
llamando a todos los combatientes a una concentración.
Resultaba extraña tal disposición, tomada por tres dirigentes
comunistas sin consultar para nada al comandante Caballero
ni a ninguno de sus oficiales. Todo era el producto de relaciones
contradictorias dentro de un ejército improvisado en el
cual quienes combatían eran comunistas, y quienes dirigían
las acciones militares, los aliados de los comunistas. Por esa
razón los camaradas no pusieron en duda que era la disciplina
del Partido la que se debía acatar.
De inmediato nos vimos rodeados de dos o tres mil
personas, entre ellas los oficiales de la Unidad Móvil, o sea de
la Escuela Militar, así como los oficiales que venían con
nosotros desde San José. También Monseñor Sanabria, don
Ernesto Martén y el doctor Pinto.
Me dirigí a los miles de milicianos comunistas y simpatizantes:
"En nombre del partido les exigimos que contribuyan,
con todos los medios a su alcance, a proteger la vida del
Jefe de la Iglesia del pueblo costarricense, Monseñor Sanabria,
y de sus acompañantes. Ellos deben ir a conversar con
José Figueres para presentarle una propuesta de armisticio, y
deben regresar vivos. Si tuvieran ustedes que disparar contra
los oficiales, deben disparar. Es orden de la Dirección del
Partido".
Los soldados se fueron a ocupar sus puestos. Los
oficiales guardaron silencio y se dispersaron. Después se le dijo
a Monseñor que podía continuar su marcha, si lo consideraba
pertinente. Llenos de confianza salieron en el camión cubierto
con la Bandera de la Iglesia Católica llevando las medicinas
a los soldados de Figueres, las tres ilustres personalidades.
(En 1952, encontrándonos en la clandestinidad, asistí
una noche a una reunión del Partido en Grecia. El portero de
la Escuela era militante y creó las condiciones preparándonos
una de las aulas. Cuando por casualidad se mencionó ese
incidente oí una voz que venía del final del salón; en la semi
oscuridad no podía precisar de quien era. "Vos sabés, Lalo,
quien dirigía al grupo que iba a matar a Monseñor? Era yo. No
militaba todavía en el Partido, pero a partir de ese momento
comprendí que ahí estaba mi lugar. Por eso estoy aquí".
Después se acercó. Era Mario Segura, de Santo Domingo de
Heredia).
Esa noche dormimos en La Sierra "Peor que perros",
como me decía Fernando Chaves Molina. Tirados en el suelo,
sin cobijas, pegados lo más posible unos a otros para sentir algo
de calor. El c. Avendaño, el mismo que el día de las elecciones
llegó a decirme en Puerto Cortés, indignado, que lo habían
trasladado a votar a Limón, sin haberlo solicitado, anulándole
así su voto, me pidió que me quedara combatiendo en La
Sierra. "Ya sé que vos no sabés de estas babosadas, pero
venite".
Al despedirme al día siguiente le prometí a él y a otros
excompañeros de la Zona Bananera y de la Juventud volver a
La Sierra. El regreso a la capital lo hicimos más o menos
siguiendo el mismo orden. Detrás del de Monseñor, iba el jeep
nuestro. No sabíamos del fracaso de la gestión de paz, pero
regresábamos contentos de haber cumplido exitosamente la
tarea encargada por la Dirección del Partido.
La "Public Roads" no había terminado de construir la
carretera. Si el serpenteo y el declive hoy son muy peligrosos,
en aquél tiempo eran mucho mayores, y la bajada la íbamos
haciendo con cuidado. No habíamos recorrido la mitad cuando
pasaron en sentido contrario dos vehículos; el primero,
una camioneta Willis nueva; en ella el Jefe de la Policía del
Gobierno, el coronel de nacionalidad cubana Juan José Tavío,
furibundo anticomunista, perteneciente al FBI. Después de la
Guerra Civil regresó a su patria y se convirtió en uno de los
torturadores de Batista. La Revolución Cubana lo ajustició al
triunfar.
Cuando lo vimos pasar comenzamos a especular sobre
si no sería él quien como jefe de la policía había planeado el
crimen del Jefe de la Iglesia, para frustrar un arreglo político
a base del Dr. Ovares, fundador de la Liga Cívica y un hombre
antiimperialista, y a la vez para culparnos a los comunistas del
crimen. Supusimos que se dirigía a La Sierra a investigar
personalmente los entretelones del frustrado asesinato y, de
ser posible, ejecutarlo mediante otro plan.
Al poco rato Anduray nos avisó la cercanía de Tavío
detrás de nuestro jeep. Evidentemente el agente del FBI al ver
pasar en sentido contrario a Monseñor Sanabria resolvió
regresar. Aumentando la velocidad sobrepasó a los vehículos
de la cola y sólo le faltaba adelantar al nuestro, cuando
Anduray lo descubrió. Chaves Molina conducía nuestro jeep
y comenzó a zigzaguear para no dejarlo pasar. Teníamos no
sólo el temor sino el convencimiento de que Tavío y sus gentes,
al situarse a la zaga del vehículo de Monseñor, procederían de
inmediato a liquidarlo, talvez empujándolo a un precipicio en
una de las numerosas vueltas.
Le pedimos a Anduray que la mira de su ametralladora
la pusiera sobre la cara de Tavío y ante el primer intento de
sobrepasarnos, disparara sin vacilación.
Al evadir Chaves un hueco, la Willis de Tavío pasó
como un rayo, sin darle tiempo a Anduray de actuar, y se situó
detrás de su objetivo. Por suerte en ese momento llegábamos
al Tejar; Monseñor debió darse cuenta de esa situación extraña
al ver el vehículo de Tavío al lado suyo, y no el nuestro;
entonces en vez de seguir hacia Cartago entró a la población
y se detuvo frente a la Iglesia del lugar. Con más rapidez que
Tavío y sus subalternos, nosotros nos tiramos del jeep y
corrimos hacia donde Monseñor Sanabria. Pero de inmediato
Tavío se nos acercó y nos dio la mano a todos.
Con facilidad organizamos la protección del Jefe de la
Iglesia y sus acompañantes hasta San José. En la puerta del
Palacio Arzobispal nos despedimos de ellos.
Después de los hechos narrados, la Dirección del
Partido no me envió a combatir a La Sierra; sería faltar a la
verdad afirmarlo; no actué correctamente al permitir que mis
compromisos morales determinaran mi incorporación a las
filas de combatientes de la Interamericana. Alguna vez Manuel,
pasados varios años de los acontecimientos, en tono
burlón me dijo: "Usted no pidió perniso para irse", y yo le
contesté: "Ustedes tampoco pidieron que no lo hiciera". Mi
incorporación a ese ejército popular, sin preparación, sin
confianza política, y sin dirección y orientación diaria, permanente,
directa, del Partido, no puede interpretarse como una
decisión aventurerista. Tampoco la de Fallas, ni la de Montero,
ni la de Payín Rodríguez, ni la de otros cuadros dirigentes. En
el caso mío acepto que fue equivocado mi proceder; me llevó
a él no sólo la presión de algunos de mis compañeros de la
Juventud y de las bananeras, sino la experiencia misma de la
lucha, producto de mi contacto directo con la realidad viva en
los frentes de combate. Era necesaria la presencia permanente
de cuadros del Partido, a la par de los militantes y simpatizantes
dispuestos a toda clase de sacrificios, a dar sus vidas, aunque
inconformes con decisiones y procedimientos de jefes militares,
ideológica y hasta políticamente extraños, cuando menos
desconocidos e incluso hasta temerosos de ellos. Nunca hablé
con Fallas al respecto, pero reconociendo a Calufa como lo
conocí, estoy absolutamente seguro de que su decisión de
seguir con sus compañeros bananeros hasta San Isidro de El
General, después de reclutarlos, fue consecuencia de su conciencia
política y de su responsabilidad, aunque procediera
sin previa autorización. La Dirección del Partido nunca mostró
celo por evitar la incorporación directa de él, como de
otros de sus dirigentes, a la lucha armada. Es más, al regresar
de una operación éramos enviados a otra.
Con la pistola 45 y un mosquetón salí para La Sierra
junto con otros compañeros. Antes de llegar a Casa Mata vimos
a varios hombres armados en la Interamericana. Distinguí a
Antonio Valerín, el padre de Menchita y suegro de Payín, y a
Adolfo García Barberena, a quien llamábamos el "Nica Garcillón",
y al que mucho queríamos por su valentía y lealtad.
(Murió combatiendo en Nueva Guinea, Nicaragua, en la lucha
del FSLN. Antes de salir a su última batalla estuvimos en las
oficinas del Partido conversando sobre la situación militar
contra Somoza y oyendo unos cassettes sobre una operación
militar reciente, que dirigió).
Salí de la CTCR y no lo hice a escondidas sino como la
cosa más natural del mundo. Repito, reconozco no haber
recibido una orden, pero de hecho la Dirección aceptó mi
traslado; prueba de ello fue el nombramiento como comandante
de la guarnición Ecos del 56, en sustitución mía, de
Efraín Rodríguez.
Una madrugada, tan fría o más que las anteriores, me
encontraba en un punto avanzado de la Interamericana,
tendido sobre la carretera, con una ametralladora de trípode
mirando hacia las posiciones enemigas, listo a disparar
en cualquier momento, cuando oí el motor de un camión
que se avecinaba por detrás, como a una distancia tal vez de
doscientos metros. A la par mía se encontraba tirado Fredy,
un negrito de Limón, sencillo y generoso, con quien había
hecho mucha relación amistosa. Varias veces sacó de su inseparable
mochila un pedazo de "dulce de tapa", y después de
morderlo y dejarlo babeado, me lo pasaba para que yo mordiera
y recuperara energías. Le grité: "Fredy, ve quién viene".
Poco después se encontraba casi a mis pies el Presidente
don Teodoro Picado, acompañado de Claudio Mora Molina,
ex campeón nacional de boxeo, militar del Gobierno,
comandante en las primeras batallas que se dieron en el Tejar
y luego muerto en 1955 en La Cruz, cuando se produjo la
condenable invasión a Costa Rica, desde Nicaragua.
No me levanté a saludar al Presidente pues suponía
que las reglas militares me lo impedían. Sin embargo me quité
del cuello la cobija y sin levantarme me volví a conversar con
don Teodoro, con Mora Molina y otra u otras personas de la
protección del Presidente. Al despedirse, don Teodoro me
obsequió un máuser frances, diferente a los demás, pues al
bajársele un seguro podía descargar completa la cejilla de
cinco tiros, como si se tratara de una ametralladora.
Al día siguiente, entre los compañeros combatientes,
ese máuser se convirtió en centro de atención. Cuando se salía
de inspección, o a alguna acción bélica, siempre alguien me lo
pedía para llevarlo. Con él se quedó posteriormente Alvaro
Montero cuando llegó con Guillermo Fernández, munícipe
del Partido electo en 1932, a decirme que la Dirección me
pedía regresar de inmediato a fin de cumplir una tarea muy
delicada. Le dije a Alvaro que era inconveniente mi retiro de
La Sierra si no se nombraba un sustituto. "Andate vos y yo me
quedo", me dijo Alvaro. Le dejé el máuser de don Teodoro y
salí hacia San José con el Ñato Fernández.
Cuando llegué a San José en la C.T.C.R. Manuel me
dijo que se me había llamado para que fuera a reclutar
bananeros, unos 200, a fin de ir a San Isidro de El General a
respaldar a Fallas y a Tijerino los cuales se encontraban en
difícil situación. Nos reportamos en la CTCR y me fui a reunir
con mi familia, y a comer. En la noche regresé pero los planes
de lucha habían cambiado y, por supuesto, también las tareas
que uno debía realizar.
Manuel y Ferreto, según me informo el c. José Merino y
Coronado, a cargo de labores de inteligencia, había salido en
un jeep a hacer un recorrido hasta San Cristóbal. Después me
enteré, por boca del mismo Manuel, que el propósito de esa
arriesgada gira consistió en comprobar si las autoridades
militares del Gobierno habían tomado medidas para impedir
el ingreso a Cartago de las fuerzas adversarias. Pero habíamos
sido traicionados. Figueres entró con su gente en la madrugada
del día siguiente, sin disparar un solo tiro.
Don Francisco Calderón Guardia le había confiado
privadamente a Manuel que el Gobierno de los Estados Unidos
y el de Somoza se habían puesto dc acuerdo para manipular,
en la medida de lo posible, al Presidente Picado y a otros
funcionarios, a fin de facilitar la llegada de Figueres sin
contratiempos a Cartago. El Gobierno, a partir de entonces,
debería abandonar la capital y trasladarse a Liberia para que
los comunistas quedáramos con la responsabilidad de defender
solos la ciudad capital; así se produciría el enfrentamiento
armado entre nosotros las fuerzas de Figueres y se justificaría
internacionalmente una invasión de Somoza a Costa Rica.
Don Paco le dijo a Manuel que el Gobierno de los Estados
Unidos y Somoza "sabían" que Figueres no estaba actuando en
Costa Rica para defender la elección de don Otilio Ulate, sino
para establecer una base militar, bajo la dirección del mismo
Figueres, y posteriormente organizar el derrocamiento de los
Somoza y de los gobiernos dictatoriales de Honduras, El
Salvador, y otros, e integrar una República Socialista en el
Caribe.
La entrega de Cartago a las fuerzas de Figueres debió
en efecto ser el producto de esa intriga internacional y de la
complicidad del Presidente Picado, pues se dieron estos otros
hechos: Teodoro no quiso atender el informe de una elevadísima
personalidad costarricense que confiadamente le detalló
cómo y en qué día las gentes de Figueres avanzarían sobre
Cartago, incluso indicando detalles como trillos por donde
marcharían. Poco antes del "ataque" a Cartago, René Picado,
Ministro de Seguridad y hermano de don Teodoro, retiró la
Unidad Móvil de la Interamericana (dato muy curioso pues
don René Picado se encontraba en los Estados Unidos y
regresó apresuradamente a dar esa y otras órdenes aparentemente
dirigidas a lograr el objetivo denunciado por don
Paco). En una carta privada, más tarde dada a la publicidad,
don Teodoro le hablaba a Manuel y al doctor Calderón de
"fuerzas incontrastables" (refiriéndose al gobierno de los
Estados Unidos) que ejecutarían un "vejamen" contra Costa
Rica (se refería a la invasión de Somoza) si él se mantenía en
el Poder.
Por esos días, en efecto, nuestro país se quedó sin
Gobierno y los comunistas, organizados y mal armados, quedamos
dueños de hecho de la situación. Recuerdo la siguiente
anécdota: estando yo un día en el Anexo del Hotel Costa Rica,
fue anunciada la llegada del comandante Vega, de Puntarenas;
necesitaba urgentemente hablar con Manuel. Se había
venido del Puerto en un tren expreso y al ser recibido, se paró
frente a Manuel, irguió el pecho, y lo saludó militarmente
llamándolo "comandante", cosa muy cómica para nosotros,
por nuestra formación.
Fallas y Leiva regresaron a San José, en vista de que
Figueres ya se encontraba en Cartago y las acciones contra San
Isidro habían perdido sentido. Estuvimos conversando en el
local de la CTCR. Leiva llegaba con un ojo muy inflamado.
Una esquirla se le había incrustado cuando atacaba una
posición enemiga. Me contaron que él creyó haber perdido el
ojo y entonces se volvió más temerario de lo acostumbrado.
Fallás fue nombrado miembro del nuevo Estado Mayor, como
jefe, y al coronel nicaragüense Abelardo Cuadra, como principal
consejero militar.
"Abelardo quiere hablar con vos", me llegó a decir
Calufa una tarde mientras conversaba con Antonio Barrantes,
"Ameba". Salí entonces de la oficina en que nos encontrábamos
e inmediatamente me tomó Cuadra por un brazo y me
invitó a salir en la madrugada del día siguiente hacia Rancho
Redondo, en Guadalupe, a impedir, según él, que las fuerzas
de Figueres, muy bien armadas, entraran a San José.
En la Plaza de Guadalupe un militar de apellido
Serrano, de la Escuela Militar, entregó a Abelardo un croquis
señalando el camino a seguir hasta el beneficio de café del
Conde Tatembach; verbalmente le explicó características del
lugar.
Cuando marchábamos en dirección a Rancho Redondo
observamos una ambulancia de la Cruz Roja, siguiéndonos
permanentemente. Eso nos disgustó mucho pues nos parecía
ya sospechosa la publicidad dada a la operación. Se le pidió
retirarse.
Al recibir los primeros tiros, Abelardo resolvió dejar en
ese mismo lugar una "línea de retaguardia" al mando de
Martínez, conocido como "Pico de oro" y escogió a unos 12
combatientes, incluyéndome a mí, e incluyéndose él, para
romper la línea de fuego y penetrar la infraestructura industrial
en donde al parecer estaba concentrado, según suposiciones
o informes, el adversario.
Le pregunté a Cuadra la razón por la cual dejaba una
retaguardia tan numerosa. Me contestó que el grueso del
enemigo nos pensaba atacar por detrás. "Andan cerca y debemos
tomar medidas", afirmó. (Después supimos que iban
comandadas por Marcial Aguiluz).
Comenzamos a saltar zanjas y obstáculos, escapando al
fuego de las ametralladoras, con Cuadra a la cabeza. Nos
separamos tanto de la retaguardia, dentro de una concepción
táctica concebida por Cuadra, que en determinado momento
nos sentimos rodeados de fuego de ametralladoras. Pero la
retaguardia no daba señales de vida. En un bajo, cerca de
donde estábamos, divisamos una hermosa y salvadora residencia.
Los tiros nos silbaban cerca cuando a la carrera bajamos
hasta la casa. Estaba por supuesto desalojada. Me impresionó
encontrar en el jardín un papel con el nombre de un ex-condiscípulo
del Liceo, de quien hablé antes, hijo de Zeledón
Castro. ¿Estaríamos en una propiedad del terrateniente de
Vuelta de Jorco?
El coronel Cuadra se encontraba muy molesto con
Martínez, a cargo de la línea de retaguardia. Resultaba totalmente
inexplicable que habiendo pasado tantas horas no
diera señales de vida.
Avanzaba la tarde, y las perspectivas no eran halagüeñas.
Yo tenía entonces fama de poseer un gran sentido de
orientación. Cuadra me pidió buscar una salida de aquel
encierro. Arrastrándome a ratos, en otras caminando agachado,
y cuando era posible trepándome a algún árbol, para
formarme una mejor idea de los alrededores y de las salidas
menos peligrosas, volví donde Cuadra. Por supuesto no podía
dar seguridad absoluta ni mucho menos, pues el enemigo era
superior a nosotros, debido a la ausencia de Martínez.
Cuadra se encontraba sentado en la cima de una loma;
a su alrededor picaban los tiros de las ametralladoras y de los
rifles. Posiblemente el suyo era un arranque de temeridad, o
una forma de sugerirnos la ausencia del peligro inminente. En
vez de bajar para enterarse de mis investigaciones y discutirlas
y ajustarlas, me llamó a la cima; yo le indicaba que llegara hasta
donde estaba yo para ponernos de acuerdo; pero insistía en
llevarme a su lado; no quise demostrar temor, y con precaución
fui subiendo. Cuando estuve a la par suya se quitó de la
muñeca de su brazo izquierdo una pulsera y me la obsequio;
era una brújula, (Cuando después de la Guerra Civil llegué a
México, se la enseñé a Manuel y a Carmen Lyra, con satisfacción,
y así la conservé hasta que se me extravió; o mejor dicho
hasta que un camarada se la dejó como recuerdo).
Nos disponíamos a salir del cerco, pasara lo que
pasara, con la complicidad de la oscuridad, cuando comenzamos
a oír intercambio de tiros; gracias al olfato o a la
experiencia de Cuadra, y también a que nuestros socorristas
traían datos muy aproximados del lugar, entramos en
contacto con dos columnas enviadas desde San José en
nuestro auxilio, precisamente por donde le había sugerido a
Cuadra.
Mientras tanto Pico de Oro había llegado a San José
con todos los integrantes de la línea de retaguardia; Manuel
les preguntó por los 12 que faltábamos. Según Martínez, su
línea de retaguardia había abandonado el lugar, por orden
suya, pues evidentemente los 12 habíamos perecido. Manuel
no quedó satisfecho, ni mucho menos, y fue así cómo organizó
las dos columnas de voluntarios, muy ágiles, muy valientes,
muy astutos y muy solidarios.
Cuando regresamos a San José, ya el Estado Mayor
nuestro había elaborado en lo fundamental el plan de
ataque a Cartago y sólo esperaba el regreso de Cuadra para
completarlo. En esencia consistía en lo siguiente: una
columna de unos 300 hombres, yo entre ellos, bajo la
dirección de Fallas y Cuadra, entraríamos a la vieja capital
a las 4 de la mañana y haríamos contacto, en el Cuartel, con
el valiente coronel Roberto Tinoco. Otra atacaría desde Tres
Ríos. Los jefes de esta última serían Salamanca, el discreto y
capaz militar que tomo Buenos Aires, y Leiva, el impetuoso, el
que adelantó el ataque a San Isidro, poniendo en un aprieto
a Tijerino. La tercera la integrarían los compañeros de la
Interamericana y atacarían por El Tejar. En total seríamos
unos 3 ó 4.000 hombres contra 700 de Figueres.
La columna nuestra se integraba, repito, por unos 300
combatientes. Yo iba adelante, al mando de unos 50. Muchos
de ellos de la Juventud. Recuerdo a Guillermo y a Noe Carvajal
Cabezas; (uno salió herido en el codo del brazo izquierdo y el
otro murió) a Edgar Campos, que después fue funcionario de
un organismo internacional; al hijo de don Víctor Lorz y a
otros cuyos apellidos se me escapan de la memoria.
Al entrar a la falda del monte situado frente al Cristo,
en el Alto de Ochomogo, a pesar de que la operación la
creíamos secreta (un miembro del Estado Mayor del Gobierno
al parecer era un agente yanqui), fuimos atacados por
sorpresa desde el costado sur, es decir desde la carretera.
Volví a ver hacia el Cristo y noté que bajo su protección
se escondía un ametralladorista, logrando abarcar así, con
mayor amplitud, el potrero en que nos encontrábamos. Saqué
mi pistola 45 e hice un primer intento de apagar el fuego de
esa máquina, apuntando a la cabeza del ametralladorista. Por
inmadurez comencé a avanzar en esa direcci6n, sin protegerme.
A Campos lo veía haciendo gestos retadores. Un hijo de
Fallas, corneta, daba clarinasos envalentonadores. Detrás mío,
desde la pendiente, vi bajar corriendo al teniente Quintanilla
con una pesada ametralladora, y a su ayudante, Pablo Chaves,
hoy gerente de la "Coope-Sierra Cantillo", del Pacífico Sur.
De pronto caí al suelo y comencé a sangrar por el lado
derecho del cuello. Mis compañeros se asustaron mucho.
Fallas llegó corriendo y al ver un simple rasponazo me dijo:
"Guevón, me asustase; ¿vos sabés lo que hubiera sido llevarte
con las patas "padelante" donde Manuel?".
Cuadra ordenó a Quintanilla que con su poderosa
ametralladora protegiera la continuación de nuestra marcha
hacia Cartago. Así llegamos a una casona e hicimos una breve
parada; matamos un buey utilizando bayonetas propias o
prestadas, lo asamos en pedazos individuales y lo comimos sin
sal.
El c. Pablo Chaves se me acercó y me contó que era
originario de Cachí de Cartago; sus padres desgraciadamente
adversarios políticos suyos; su padre combatiente de Figueres.
Cuando tenía 11 ó 12 años se impresionó con la firmeza y
combatividad de nuestro Partido y con las grandes movilizaciones
promovidas para conseguir y consolidar las conquistas
sociales, y razonó de esta manera: "Soy hijo de papá, pero no
estoy obligado a pensar como él", Y se fue a las bananeras del
Pacífico Sur a ganarse la vida trabajando como obrero agrícola
Cuando comenzó la Guerra Civil trabajaba en Finca 16;
buscó a Santiago Flores, dirigente del Partido, y se incorporó
a las milicias. Peleó en Dominical, llegó a San José y se alistó
supuestamente para ir a tomar Limón, pues así se lo dio a
entender Abelardo Cuadra. En esa marcha hacia Llano Grande
para atacar Cartago fue que lo conocí.
Estando en la casona divisamos dos mujeres. ¿Qué
hacían en ese momento y en ese lugar? ¿Andarían en labor de
espionaje?
Cuadra dispuso que Pablo y otro compañero fueran
tras ellas hasta sus casas, situadas a unos 400 metros del lugar,
y las observaran bien a fin de comprobar si en efecto eran
maestras.
(Años después me contó Chaves que efectivamente lo
eran. Una de ellas se llamaba Carmen Naranjo, la cual llegaría
a convertirse en una distinguida escritora. También me contó
que cuando llegó de regreso a la casona, nosotros ya habíamos
partido. Como oían fuego de fusilería y ametralladoras en
Cartago, dieron por hecho que nuestra columna había penetrado
en esa ciudad y decidieron contactar. De pronto se
vieron en el centro de un cerco cada vez más reducido y no
encontraron escapatoria. El comandante adversario, con acento
extranjero, los interrogó. Pablo se puso insolente y la
respuesta fue una trompada que lo tiró al suelo. El comandante
era Marcial Aguiluz, uno de los hombres a quienes posteriormente
más llegó a querer nuestro Partido por su hidalguía,
por su lealtad, por su devoción a la lucha contra las
injusticias.
Pablo Chaves fue a parar a la cárcel acusado de haber
asaltado una Iglesia. Pero el papá, activo "figuerista", puso de
lado las discrepancias y actuó. A partir de entonces al jefe de
detectives, patrón de Pablo cuando éste era un niño, "extrañamente"
se le perdió la tarjeta de "delincuencia". Luego Pablo
se escapó de la cárcel porque el guarda que era su tío, se
descuidó inexplicablemente.
Antes de llegar a Llano Grande, a esperar las 4 de la
mañana para entrar a Cartago, capturamos a dos combatientes
enemigos en una lechería. Los llevamos con nosotros. En
un galerón lleno de papas nos reunimos Fallas, Cuadra y yo
con los presos, en procura de obtener información sobre las
posiciones del adversario.
"Fusilalos si se niegan a hablar", me dijo Fallas con
fingido matonismo y con el propósito de atemorizarlos.
Dichosamente no tuve necesidad de continuar el simulacro;
ellos nos enteraron de nuestra situación en la batalla
del Tejar.
Poco antes de abandonar Llano Grande y comenzar el
ataque a Cartago se recibió por radio, desde la Estación Ecos
del 56, la orden de regresar a San José. Toda la noche
caminamos, habiendosenos prohibido hablar y fumar. Marchábamos
en fila india y las órdenes de detenernos o continuar
nos llegaban en voz baja, desde atrás.
Entrada la noche, antes de llegar a Tres Ríos, terriblemente
empapados debido a un aguacero que duró hasta la
madrugada, resolvimos dormir y descansar. En un potrero
buscamos un declive, a fin de que la lluvia no se estancara
debajo de nuestros cuerpos, y dormimos profundamente. Tan
profundamente que los dos presos aprovecharon la oportunidad
para escaparse.
En las puertas de Tres Ríos formamos dos columnas,
una encabezada por Fallas y otra por mí; en el centro, el hijo
de Calufa haciendo sonar su corneta; en las calles nos recibieron
calurosamente. (Por casualidad, al mismo tiempo entraban
a Tres Ríos compañeros participantes de la batalla de El
Tejar; entre ellos distinguí a Emllio Braña, el hijo del querido
"viejo" Braña).
Fallas y yo continuamos hacia San José y nos fuimos
directamente al anexo del Hotel Costa Rica, en donde estaba
reunido el Buró Político el Partido.
A poco de regresar de Llano Grande comencé a
enterarme de gestiones de paz realizadas a iniciativa de la
Embajada de México, por el Cuerpo Diplomático. Manuel
intervenía en nombre del Partido.
Me encontraba realizando, dentro de ese paréntesis
de combate directo, algunas tareas de seguridad. Por eso
acompañé a Manuel, con su equipo de protección, a una de
esas históricas sesiones.
El Embajador Davis de los Estados Unidos, llevó al
Presidente Teodoro Picado un mensaje del Secretario de
Estado Norteamericano Marshall, despachado desde América
del Sur. En efecto, en una conferencia en Colombia se encontraba
ese alto funcionario estadounidense; en nombre de su
gobierno amenazaba con una invasión de marines yanquis si
no renunciaba Teodoro.
El Gobierno de México, enterado de esas presiones
(coincidentes con el denunciado plan de don Paco Calderón
Guardia) ordenó a su Embajador intervenir ante el Cuerpo
Diplomático para evitar esa nueva desvergüenza en la historia
de América Latina.
No sé si los representantes de México cometieron
algún error, difíciles por lo demás de evadir en aquellas
complejas circunstancias. En todo caso, lo cierto es que hicieron
lo posible por evitar un agravio a nuestro país y llegar a un
acuerdo de paz.
En las reuniones organizadas en la sede de la representación
por el Embajador Ojeda, el de los Estados Unidos,
señor Davis, cuando supo que la Guardia Nacional de Nicaragua
se encontraba en nuestro territorio, anuncio el retiro de
ésta pero sólo previa garantía de que el "comunismo internacional"
no sería una amenaza en Costa Rica para la seguridad
del Canal de Panamá y del Caribe. Manuel consideró necesario
alcanzar un entendimiento patriótico para enfrentar la
intervención extranjera y en nombre del Partido llegó hasta la
línea final, aparentemente, en esas gestiones de dignidad
nacional: ofrecer a Figueres un entendimiento inmediato
orientado a lograr la unidad de todas las fuerzas en ese
momento en pugna para enfrentar la agresión promovida por
los Estados Unidos.
Para quienes formábamos la guardia de protección del
Secretario General ese día, y estoy convencido que para todos
los muchachos que empuñábamos las armas, eso era anímicamente
muy difícil. Pero por respeto y absoluta confianza en el
Partido, quienes supimos de esa gestión la aceptamos, y se
llegó al llamado Pacto de Ochomogo.
¿Cometimos errores? Eso no debe ni preguntarse.
Seguramente se cometieron. En ellos no incurren sólo quienes
están al margen de la lucha. Pero recibimos una lección:
para los comunistas, el patriotismo no es un concepto hueco,
formal, integrado por la celebración de fechas conmemorativas.
El patriotismo es parte de nuestra vida. Es un elemento
esencial de nuestra lucha. Los ciudadanos pueden o no cometer
errores, y corresponde a ellos mismos tolerarlos o enmendarlos,
así como buscar las formas para hacerlo. Concretamente,
en abril de 1948 éramos los costarricenses quienes teníamos
que resolver, mal o bien, la suerte de nuestra Patria;
aunque cometiéramos errores; lo fundamental era salvar la
dignidad del pueblo costarricense.
El Acuerdo de Ochomogo garantizó las conquistas
sociales y económicas y garantizó el respeto a la CTCR, a
nuestro Partido y a todos los demás partidos revolucionarios y
democráticos que se llegaran a formar en el futuro.
El Padre Benjamín Núñez y el periodista Guillermo
Villegas Hoffmeister, para crear seguramente mayores motivos
de roces en la izquierda, han afirmado que no hubo tales
promesas de Figueres a Manuel Mora en Ochomogo, ni
mucho menos fueron las que éste nos informó, en la Comisión
Política. Por supuesto, según ellos no hubo ningún documento
escrito al respecto.
Sin embargo el Padre Núñez y el periodista Villegas
cometen un error en el libro que le atribuyen a Figueres. En
la página 273 de "El Espíritu del 48", don José Figueres dice
textualmente: "En realidad, el documento no venía a ser otra
cosa que la expresión escrita del espíritu y la letra de la
Segunda Proclama de Santa María de Dota, que la opinión
pública conocía. Era la reiteración de la conversación que yo
sostuve con Manuel Mora en Ochomogo".
Y a continuación reproducen textualmente la carta,
enviada el 19 de abril de 1948, por el Presbítero Benjamín
Núñez, como Delegado del Ejército de Liberación Nacional,
a nuestro Partido. La carta es un compromiso, que no fue
cumplido íntegramente, de respeto a todas las conquistas
democráticas, incluso a las alcanzadas durante los gobiernos
del doctor Calderón Guardia y del Lic. don Teodoro Picado.
En el punto 7 de la larga carta, o Pacto de Ochomogo, sin dejar
lugar a dudas aclara lo que el Padre Núñez y el periodista
Villegas pusieron en duda ante un compañero: el respeto a la
legalidad del Partido de los comunistas; en el artículo tres el
respeto a la CTCR. Etc.
En fin, el acuerdo de Ochomogo garantizó las conquistas
sociales y económicas ya alcanzadas, por las que tanto luchó
nuestro pueblo encabezado por nuestro Partido, y la legalidad
de los comunistas y sindicalistas.
El 27 de abril, en el Parque España, frente al viejo local
de la CTCR, y como parte de los compromisos alcanzados, nos
reunimos los combatientes. Simbólicamente deberíamos entregar
las armas al Lic. Miguel Brenes Gutiérrez encargado de la
Fuerza Pública para ese efecto. La Presidencia de la República la
había asumido ya el tercer designado, don San tos León Herrera.
En una breve y emotiva intervención Manuel informó
sobre los compromisos y el acuerdo de paz alcanzado. De
pronto los excombatientes apuntaron sus armas hacia el cielo
y dispararon, una, dos, tres veces. Caras enérgicas, cansadas,
llorosas algunas, llenas de emoción y de esperanza.
Previamente se había organizado un pequeño aparato
para ayudar económicamente al regreso de los combatientes
a sus casas. La mayoría era de las costas; otros del interior del
país pero de lugares lejanos; otros del Valle Central; algunos,
no pocos, de la capital.
Una vez terminada la entrega, en un jeep conducido
por Antonio Barrantes, nos fuimos Rodolfo Guzmán, Manuel
y yo, los últimos en permanecer en la Plaza España, (cuando
ya se oían descargas de los adversarios que posiblemente
comenzaban a entrar a la capital), a los refugios señalados
previamente. Como la casa de Carmen Lyra, en donde ella se
encontraba enferma, estaba a unas pocas cuadras del lugar, fui
el primero en bajar. Tenía la tarea de protegerla con mi
ametralladora y la pistola 45, y funcionar como una especie de
enlace entre la Dirección y los compañeros que irían llegando
"perdidos", o militantes no excombatientes que necesitaban
orientación para desarrollar su trabajo en la clandestinidad. A
pocas cuadras de la casa de Chabela vivía doña Rosita Quirós,
gran amiga del Partido y estrechamente vinculada a dirigentes
militares adversarios; allí se quedaría Manuel, junto con Ferreto
y Carlos Luis Sáenz, radicados de previo en esa residencia.
Barrantes al final iría a dejar a Guzmán. Y también esta tarea
fue cumplida valiente y disciplinadamente por Barrantes,
aunque como me decía años más tarde Guzmán, gozando de
lo lindo, antes se tomaron unos tragos de despedida.
En la prensa internacional se llegó a decir, durante el
desarrollo del conflicto, que Carmen Lyra se paseaba durante
la Guerra Civil con dos pistolas al cinto, presumiblemente
cometiendo crímenes. Teníamos temor sobre la veracidad de
los rumores de que las fuerzas de Frank Marshall pensaran
sacarla de la casa, del pelo, para asesinarla como castigo.
Me acomodé en la sala y en presencia de Chabela tomé
la ametralladora, me fui al patio, separado de la acera por una
tapia, y sobre ella, entre unas matas, coloqué el arma. Me dejé
la 43.
Dormía profundamente, quizás en la madrugada, y oí
la débil voz de Chabela: "Eduardo, Eduardo se cayó la ametralladora".
Extrañado me levanté, corrí a la tapia, me subí y la
encontré en donde la había dejado. Eran alucinaciones de
nuestra dulce y bondadosa Chabela, la más grande escritora
de Costa Rica, que amaba profundamente a su patria, a su casa,
a la tapia, a las guarias de su patio... y que luego fue expulsada
y obligada a vivir enferma y a morir en el exilio.
En la mañana de ese día llegó Adán Guevara. Lo había
visto la última vez, tirado en una butaca, fatigado, en Tres Ríos,
después de un combate. Llegó por orientaciones y le pedí su
regreso rápido, pero cuidadoso. Luego supimos de su detención
y del intento en Liberia de ahorcarlo. Colgando de un
árbol, con un lazo en su fuerte cuello, fue encontrado con vida
por un campesino, el cual de un machetazo cortó el mecate y
le permitió a Adán huir y refugiarse.
Una noche llegó a la casa de Chabela el abogado
Fernando Castro, yerno de don Ramón Madrigal. Llevaba el
vehículo lujoso de su rico y anticomunista suegro. Bajo esa
protección me trasladó a una casa cerca del Parque Central en
donde seguí cumpliendo mis tareas en relación con los camaradas
aún no orientados en su trabajo. Ya Carmen Lyra había
sido llevada a la Embajada de México
En mi nuevo escondite recibí instrucciones de atender
a varios compañeros. El último fue Abraham Marenco, ex-coronel
de Sandino. Lo había conocido en Esquinas, en la
finca Alajuela, en donde trabajaba como peón bananero. Era
el encargado del periódico en ese conjunto de fincas conocidas
con los nombres de las provincias de Costa Rica. Con él
estuve en La Sierra. Durante la batalla de El Tejar fue herido
en la espalda; en una cama del Seguro Social se encontraba,
con la cara tapada y un cuello ortopédico, cuando llegaron a
buscarlo para darle "el castigo que merece". Un funcionario lo
llevó a una sala contigua, dándole tiempo a Marenco para su
escape. Este se quitó el aparato ortopédico y se puso los
pantalones; al fin un compañero lo puso en contacto conmigo.
Le di 125 colones, pues ya no tenía más y un revólver
desarmable en dos partes, con los cinco tiros. Salió así hacia
Nicaragua, para hacer contactos en la frontera e ingresar
ilegalmente a su patria. Al despedirnos calurosamente, me dio
su última broma: "Lalo, me alegré pues decían que te habían
metido un tiro en la frente".
Ciertamente circulaba el rumor de mi muerte y lo
llevaron a conocimiento de mi famllia, por dicha al terminar
la Guerra, cuando ya me sabían vivo.
Fallas y yo teníamos una amiga llamada Aurea Alvarado,
nicaragüense; vivía muy cerca del Partido, por el Teatro
Moderno. Preocupada llevó a mi casa esa "información",
recibida de militares "figueristas", agregando que el coronel
Elías Vicente (mi excondiscípulo del Liceo de Costa Rica) me
había dado un tiro en la frente, con su ametralladora. Según
Aurea, Elías era el ametralladorista del Cristo, en Ochomogo.
En esa misma semana se me avisó del viaje a México, a
terminar mis estudios universitarios. Me enviaron el tiquete y
el pasaporte. El sábado llegó Dueñas, el salvadoreño a quien
ya me referí, todavía con una pequeña molestia en una nalga,
debido al tiro recibido en la Interamericana cuando combatíamos.
El tenía contactos en el Aeropuerto de La Sabana, y
pasamos sin dificultad.
Dueñas hacía mucho tiempo no iba a su patria. En el
avión, lleno de infantil emoción, me iba contando de su
pueblo "Mexicanos", y me invitó a ir a una poza muy linda en
donde él aprendió a nadar. En efecto fue lo primero que
hicimos pues al día siguiente yo tendría necesariamente que
despedirme de él y de su patria. Llegamos a Mexicanos,
buscamos el río, pero se había secado. Muy triste me invitó
entonces a ir a comer pupusas.
Al día siguiente llegué al Distrito Federal de México. Me
esperaba otro tipo de tareas.
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