La Guerra Civil de 1948 en Costa Rica
Arbitrios quiere la guerra...

Abelardo Cuadra
De su libro "Hombre del Caribe"
Editorial EDUCA
1
Llegué a San José alrededor de febrero de 1948, abordo de un
pequeño avión correo, y ya se sentía en el aire el olor a revuelta. Don Otilio
Ulate decía haber ganado legítimamente las elecciones, pero el gobierno de
Teodoro Picado, apoyado por Calderón Guardia y por el partido Vanguardia
Popular de Manuel Mora no quería reconocerle el triunfo; luego las elecciones
fueron anuladas por la Asamblea Legislativa, y se vino la rebelión de José
Figueres, apoyado por la gente de la Legión del Caribe que yo había conocido
en Cayo Confites y en la Habana.
Yo conocía bien a Figueres, conocía a su gente. Pero vi bien
la situación y me convencí de que su causa no me entusiasmaba, porque lo
apoyaban las medallitas como se le llamaba a los ricos recalcitrantes,
y preferí irme al lado de Vanguardia Popular y los calderonistas, o
mariachis. La inmigración nicaragüense se dividió para ingresar a ambos
bandos, pero creo que del lado del gobierno se vinieron solo los flojos, como
se verá después. En el otro campo mis compatriotas tampoco se destacaron mucho
como soldados y no pasaron del perfil de la mediocridad.
A principios del mes de marzo, días antes de proclamarse la
sublevación llegó a buscarme a mi casa en forma muy misteriosa Agustín
Sequeira, quien era para entonces secretario privado de Figueres; se presentó
como a eso de las diez de la noche, la solapa del sobretodo levantada, gacha el
ala del sombrero y los anteojos oscuros, a decirme de parte de Figueres que me
quería con ellos, pero yo tenía ya mi compromiso con el gobierno; debo
consignar que para mí resultaba una contradicción que la Legión del Caribe,
organizada para pelear contra dictaduras militares como las de Trujillo y
Somoza, vinieran a emplearse en Costa Rica para derrocar a un gobierno autor
de muchos progresos sociales, que tenía de su parte a los sindicatos y a mucha
gente de entre los pobres. Entre los miembros de la Legión del Caribe que
Sequeira me anunció estaban de parte de Figueres, se encontraba el general
dominicano Miguel Angel Ramírez, quien a los pocos días llegó de Guatemala con
otros legionarios a bordo de un avión que aterrizó en San Isidro del General,
para sumarse a los insurrectos.
Iniciadas las hostilidades los triunfos comenzaron a ser
para Figueres; el gobierno se limitaba a elogiar a los jefes
de su tropa por la prensa y radioemisoras, olvidando que
así, con la boca, nunca se ganan las guerras. A mí me tenían
relegado a una posición de muy baja categoría, instruyendo
milicias de la Confederación Trabajadores de Costa Rica
(CTCR) y a otros voluntarios de Alajuela; mientras tanto, las
tropas del gobierno, en pocos días de hostilidades, seguían
retrocediendo.
Una noche don Francisco Orlich atacó el cuartel de San
Ramón, y hasta entonces entré yo en la línea, pues se me
envió al mando de unos ciento veinte hombres de auxilio
de los defensores del cuartel. San Ramón dista unos
sesenta kilómetros de la capital, y para transportar mi tropa
utilizamos cuatro autobuses. Como ayudantes de campo llevaba
a dos muchachos jóvenes y llenos de entusiasmo, Uriel
Cuadra, mi primo y Bayardo Páez; la responsabilidad de mando
la compartía conmigo un oficial costarricense, el capitán
Aurelio Morales, (como siempre sucedió cuando yo estaba
en acción, un costarricense llevaba el mando a mi lado; en
casi todos los casos futuros, quien me tocó fue Carlos Luis
Fallas, Calufa).
El cuartel de San Ramón sólo tenía comunicación telefónica
y telegráfica con la capital, por lo que supuse que si el
enemigo no las había cortado era un ardid, para que los
defensores pudieran llamar pidiendo refuerzos, y una vez en
camino estos refuerzos, emboscarlos en un punto de la
carretera. Así, el ataque al cuartel podía ser nada más que
una pantalla y si abrían fuego contra el convoy de autobuses,
cada bala suya me heriría a tres hombres por lo menos.
Entonces, como medida preventiva, ordené a los vehículos
avanzar con intervalos de cinco minutos y detenerse cada
quince, todos a la misma velocidad.
Pero lo que yo creí una trampa no era más que una
imprevisión de Orlich, y logramos llegar sin dificultades al
pueblo donde cambiamos unos cuantos disparos, ya ellos en
retirada. Yo me aproveche de la oscuridad de la noche,
y de que por el temor todas las puertas de San Ramón
estaban cerradas, para hacer un simulacro de fuerza: los
oficiales, previamente instruidos, daban voces de mando a
compañías de soldados que no existían, como si en lugar
de un puñado de hombres entrara al pueblo todo un ejército.
En una de las dependencias del cuartel encontramos
sobre una mesa, el cadáver de un oficial cubierto con una
bandera; en el suelo, dos cadáveres más. Hice el rol de
guardia y aposté convenientemente mi compañía en el edificio;
muy temprano envié a recoger informaciones en el
pueblo sobre el enemigo, y averiguamos que se encontraba
en El Trapiche, o Molino, no recuerdo bien, un lugar distante
como a seis kilómetros de San Ramón. Levanté a la compañía
y le di la vanguardia a Uriel Cuadra, quien llevaba rango
de capitán, y la retaguardia a Bayardo Páez, también capitán;
yo tomé el cuerpo principal y a marcha forzada emprendimos
el avance pero cuando llegamos al punto señalado ya ellos
habían levantado el campo, seguramente porque llegarían a
sus oídos noticias sobre el número fantástico de nuestras
fuerzas. Orlich procedió juiciosamente y no quiso exponer
a su cansada tropa.
De acuerdo con las órdenes de reforzar la defensa de
la ciudad que yo había recibido directamente del presidente
Picado, contramarché a San Ramón en lugar de alejarme de
la plaza en una persecución demasiado prolongada. Con la
gente del cuartel restablecí el servicio de policía y cuando
telefónicamente di mi informe ante Picado, me ordenó regresar
a Alajuela a ocuparme de nuevo en la instrucción de
las milicias.
Como la guarnición de Alajuela carecía de ametralladoras
pesadas, recuerdo que esa vez se me ocurrió mandar a
pintar de negro unas ramas gruesas de bambú y las hice colocar
en los cuatro ángulos de la terraza del cuartel entre
sacos de arena, para que parecieran ametralladoras en sus
nidos, cada una con su correspondiente dotación de hombres.
Mientras tanto. las fuerzas de Figueres seguían en su
avance y aunque sus triunfos no eran definitivos, sí hacían
mella suficiente como para desmoralizar a los partidarios
del gobierno que sólo unos pocos éxitos habían logrado,
gracias al ex-sargento de la Guardia Nacional, Juan Leiva.
Picado me llamó a San José, y me puso al frente de la
instrucción de milicias de la CTRC. Estos camaradas sí eran
gente distinta de los demás: asimilaban rápido, había entusiasmo
y cohesión entre ellos, disciplina y decisión a llegar
hasta el sacrificio si era necesario. Pero las tropas de Figueres
seguían engrosándose, no con soldados inexpertos, sino
con mis ex-compañeros de la Legión del Caribe, gente bien
fogueada.
Una noche llegué a la Casa Presidencial y por medio
de doña Etelvina, la esposa de Picado, tuve una entrevista
con él para exponerle un plan que me había venido trazando,
y era el de sorprender por la retaguardia a las fuerzas de
Figueres que venían avanzando hacia la Meseta Central desde
el sur. De esa entrevista resultó, pues, que yo saldría de
inmediato en un tren de guerra hacia Puntarenas al mando
de 350 hombres, y de allí, embarcándonos en gasovela, hasta
Puerto Cortés, maniobra con la cual me colocaba a espaldas
de los alzados; con sólo avanzar un poco, les quitaba el
improvisado aeropuerto del pueblecito de Buenos Aires que
era su base de aprovisionamiento. Yo lo que quería era metérmeles
por la cocina y cortarles sus líneas de abastecimiento,
y a lo mejor, obligarlos a contramarchar para atacarme
entorpeciéndoles su plan de avance sobre la capital.
La noche antes de la salida de esta expedición, un nicaragüense
me llegó a decir que había visto en la calle al ex-teniente
Justo Salamanca, y ordené me lo localizaran de
inmediato y me lo llevaran. Este hombre había estado conmigo
en la guerra de las Segovias, y después en la sublevación
del Segundo Batallón, y yo tenía por lo tanto plena
confianza en él. Salamanca llegó un poco asustado pero se
serenó al verme; me dijo que ignoraba mi presencia en las
filas del gobierno, él más bien andaba buscando cómo tirarse
al monte para juntarse con las fuerzas de Figueres. Le pedí
ayudarme, le ofrecí el rango de capitán y lo convencí. Esa
misma noche, se quedó a dormir en el cuartel.
Ya en Puerto Cortés, que era un asiento bananero de la
United Fruit Company, me dediqué a la organización de la
tropa, tardándome en esta tarea como unos ocho días. A
veces me parece que cometí un error con esta dilación,
pero pienso que de no haberlo hecho así, al resolver una
marcha forzada inmediata las fuerzas de Figueres me hubieran
derrotado como lo hicieron con mi compatriota Tijerino,
quien hasta la vida había perdido unos días antes; y además,
no estaba dispuesto a sacrificar el único cuerpo militar
intacto que conservaba el gobierno.
Me acuerdo aquí que cuando en compañía del médico
de la tropa organizaba el cuerpo de la Cruz Roja (el médico
era un estudiante de último año que acababa de volver de
Italia), al dictar él el stock de medicinas terminó diciendo:
tantas cajas de inyecciones antitetánicas, tantas cajas de
inyecciones antiofídicas...
-Como ve, coronel, tenemos de todo.
Entonces, un soldadito que sentado sobre una piedra
con su rifle entre las manos siguiendo con interés los nombres
de las medicinas que se dictaban, dijo:
-Lo único que no trajo usted, doctor, son inyecciones
contra las balas.
Como he dicho, las fuerzas bajo mi mando se componían
de unos 350 hombres, pero de ellos, los únicos que podían
llamarse realmente soldados eran unos 30 o 40 muchachos
comunistas; mis dos ayudantes Cuadra y Páez, Salamanca y
otro nicaragüense a quien le di el mando de la retaguardia
no obstante ser un borracho empedernido. Y por supuesto,
el comandante Carlos Luis Fallas, con no pocas virtudes
que envidiarle.
Falto de una constante línea de información, yo ignoraba
los avances de Figueres; pero ejecuté mi plan mandando
primero a ocupar el pueblecito de Buenos Aires, como era
mi idea original. Esta operación la realizó Justo Salamanca,
quien desalojó al enemigo tras un breve combate en el que
le causamos cuatro, muertos, habiéndoseles incautado varios
rifles. Mi gente, a pesar de lo que se les había tratado de
enseñar, era tan poco adecuada para los menesteres de la
guerra, que después de entrar en el grueso de las fuerzas
a Buenos Aires y dejar allí un destacamento encargado de la
custodia del aeropuerto al mando del capitán Quintanilla;
las quince palomas mensajeras que les confié y que nos
servirían para comunicarnos con la capital se las comieron
entre él y sus sargentos y cabos, a dos palomas per cápita.
Otra cosa que hacían era derrochar inútilmente la munición
durante las noches, disparando contra supuestos bultos
sospechosos; era tanto el parque que gastaban contra
enemigos imaginarios, que ya me estaba preocupando de la
falta que nos harían las balas a la hora de un combate de
verdad. Una noche tomé a uno de estos centinelas alborotadores,
y tras un juicio sumario dispuse fusilarlo, pero la
oportuna intervención de Calufa evitó la ejecución; desde
entonces, sí, mejoró la disciplina.
Yo continué mi avance sobre la retaguardia de Figueres.
Pero ya sus fuerzas habían derrotado a las tropas del gobierno
en el combate de Tejar, y para mediados de abril
habían tomado la ciudad de Cartago, colocándose a escasos
veinticinco kilómetros de la capital, con la ventaja de que
podían movilizarse incluso por carretera pavimentada. Picado
nos mandó reconcentrar en auxilio de la defensa de San José
y de inmediato contramarchamos a Buenos Aires, a pesar
de que estábamos sólo a dos jornadas de las líneas de
Figueres. El miedo había cundido en la capital, y muchos
políticos importantes empezaban a huir al extranjero.
Al regresar, sostuve una conferencia importante con el
presidente Picado y algunos de sus colaboradores, (los que
todavía quedaban) como resultado de la cual se me nombró
Jefe del Estado Mayor y Comandante en Jefe de las fuerzas
del Alto Ochomogo, zona por la que avanzaba Figueres. La
situación era delicadísima, sobre todo porque el enemigo,
marchando sobre la carretera, había tomado posiciones ventajosas
en el cerro de Cristo Rey, donde con tractores de
Obras Públicas abrió trincheras que circundaban el cerro,
en forma de tornillo.
Dispuse hacer avanzar a Salamanca hasta la población
de Tres Ríos, situada sobre la carretera a Cartago, para defender
la entrada a la capital; y yo resolví marchar a Cartago
para atacar a Figueres y decidir de una sola vez la suerte
de la guerra.
2
Yo quería cantarle diana a Figueres, sorprendiéndolo en
sus trincheras antes de que rompiera el día, y dispuse la
marcha a la una de la madrugada a través de un camino
apenas transitado, entre las serranías que se elevan separando
los valles donde se asientan San José y Cartago; pero
el baqueano que nos conducía era seguramente del enemigo,
porque nos llevó por hondonadas dificultosas, de tal manera
que cuando pensé estar en Cartago, nos encontrábamos precisamente
frente al cerro de Cristo Rey, en las narices de
la avanzada, a descubierto del fuego. La vanguardia que comandaba
Calufa fue atacada al no más coronar la cresta de
la loma vecina y el grueso de los soldados en vez de tenderse
en línea de fuego se había escondido en línea de fuego, que no es lo
mismo. ¡Y pensar que la mitad eran nicaragüenses! En toda esa campaña, no
recibí más que decepciones de mis paisanos como peleadores.
La sorpresa contra Figueres había fracasado, y mi esperanza
de un triunfo decisivo también. Caprichos de la
suerte que nunca ha querido nada conmigo, a pesar de que
la he buscado, como se busca el agua para beber.
Si hay cosas que dan asco es tratar con cobardes. La
gente de la tropa no quería avanzar a pesar de las órdenes
y cuando este mal de la cobardía se presenta en las filas
es al jefe a quien le toca la obligación de exponerse, para
estimular a los demás. Recuerdo que ya de mañana mientras
recorría las filas, divisé en el fondo de una quebrada
formada por el arranque de dos lomas como diez soldados
nicas que de tan inclinados parecía que estaban bebiendo
agua; y cuando uno de ellos intentó incorporarse, los demás
le gritaron que se agachara, porque lo podían matar. ¡Y estaban
en ángulo muerto, con las balas pasando a la altura
de las crestas! Una ametralladora barría sobre las lomas,
manejada con tanta tranquilidad y maestría, que quien lo
hacía siguiendo la cadencia de aquel soncito callejero.
No hay...... No hay...... No hay..... No hay con quien
No hay...... No hay...... No hay..... No hay con quien
(quizás ese ametralladorista lea esta relación y se sonría al
saber de su serenidad y buen humor de entonces, en momentos
tan álgidos, fueron reconocidos por su adversario).
Yo me erguí frente al sonsonete de la ametralladora y le
descubrí el pecho en desafío, desatándome primero un pañuelo
rojo y blanco que llevaba anudado al cuello, y agitándolo
a guisa de bandera para que me reconocieran. Mientras
descargaba magazine tras magazine de mi pistola, los balazos
de la ametralladora llegaron a enterrarse entre mis piernas
abiertas, y otros me pasaban sobre la cabeza. Pero la
demostración acabó cuando me acordé de mis hijos, y lentamente
me fui retirando. Que diga si miento el no hay con quien
de la ametralladora.
Pon fin algunos de los nuestros pudieron bajar del cerro,
pero al acercarnos al de Cristo Rey me convencí de que no
podría ser tomado sino con armas de tiro indirecto (rifles
lanza-bombas o morteros de trinchera); pero como estábamos
desprovistos de ellos no hubo más arbitrio que retroceder
a la posición primitiva, en espera de mejor consejo; se
acomodó a la gente y matamos un toro que por allí pastaba;
lo cocinamos y comimos a la vista del enemigo, con el afán
de probarle que la tropa se encontraba en perfecto orden
y dispuesta de recibirlo a bala si intentaba algún movimiento
ofensivo. Dicen que las carnes de animales finos dan diarrea
al que no está acostumbrado a comerlas y como aquel torete
era de raza, casi toda le tropa sufrió de esas carreras. (Me
expongo a narrar este pequeño incidente, a que alguno diga
que los apuros se debieron al miedo y no a la casta del
torito, pero sea.)
El destace del animal y la cocinada estuvieron salpicados
por un cruce de bala, semejante a esas garúas lentas y
ralas, cosa que no me preocupaba porque tales tiroteos
más bien animan la moral. Mi decisión era la de esperar la noche
para dar el ataque a Figueres en Cartago, pero a través del
pequeño transmisor que llevábamos, Ricardo me ordenó, hablando
por la estación Ecos del 56, que regresara inmediatamente
a San José, cosa que de inmediato cumplí.
A partir de entonces, comenzó el éxodo de la capital
por bandadas, pero yo seguía afanándome en dar una batalla
decisiva y ganarla, aún cuando se hablaba ya de una capitulación
que estaba siendo negociada por el cuerpo diplomático.
Han pasado tantos años desde entonces, y todavía
me da vergüenza recordar lo pobre que fueron nuestras
acciones militares; pero me sirve de satisfacción el haber
hecho todo lo que está en le mano de un soldado.
De regreso en San José supe que una columna de Figueres
había salido de Cartago y marchaba haciendo un
arco muy extenso en dirección de Rancho Redondo, para ponerse
en las puertas de la capital, así que me dispuse a cortarles
el avance, entusiasmado además por una reciente adquisición:
la de un tal Martínez, famoso ex-sargento de la
G.N., un insigne tragabalas que había integrado nada
menos que la compañía M del Capitán Puller en las Segovias.
Durante la noche me estuvo haciendo recuerdos de sus
acciones, las que yo conocía de oídas, y por la madrugada,
no dudé de entregarle la retaguardia, compuesta de unos
ochenta hombres; 50 puse en la retaguardia y yo tomé el
cuerpo principal con 120. El enemigo tenía en su columna
menor número de gente que yo, de manera que les llevaba
esa primera ventaja.
Salimos de San José como a la una de la mañana; yo
iba acompañado de mi hijo Abelardo que tenía 17 años. La
defensa de la capital la dejaba en manos de Salamanca, con
suficientes refuerzos, y aunque yo estaba consciente del
peligro de un ataque de Figueres por otros flancos, en mi
cabeza martillaba insensantemente le obsesión de un triunfo,
un triunfo, un triunfo. Pero ya lo decía un refrán de mi pueblo:
"La que se va a perder, desde pequeña no reza".
Como a las ocho de la mañana, unos campesinos nos
informaron que una segunda columna enemiga andaba en
nuestras cercanías. (columna que estaba comandada por dos
compañeros míos de la G.N., como supe después). Invertí
entonces el orden de la marcha, pasando a Martínez la retaguardia,
por si acaso esa segunda columna enemiga decidía
atacarnos por detrás. Y en efecto, como a las diez de la
mañana sonaron los primeros tiros en las avanzadas.
Alcancé la vanguardia y al primer vistazo me di cuenta
que los muchachos se habían tendido y respondían al fuego;
hice entrar en línea a los míos y envié órdenes a Martínez
de que no avanzara y se quedara en su puesto, ante el temor
de que se presentara la otra columna que desde temprano
andábamos buscando, y también porque cualquier avance
era innecesario, ya que el adversario ocupaba la cresta
de una loma paralela a la nuestra, separadas ambas por una
hondura de unos trescientos metros. Nada podía hacerse
sino cambiar disparos, como si nos entrenáramos al blanco.
Pero este ejercicio no me convenía, porque nuestra situación
no estaba para perder el tiempo, y ordené a un soldado
costarricense muy valiente de apellido Matos, y a
Eduardo Mora, que con una patrulla de 15 soldados buscaran
comunicación entre ambos cerros. Una hora después
regresaron, informándome que habían encontrado un paso.
De inmediato le envié a Martínez orden de avanzar por ese
rumbo, mientras yo encaminaba también a mi gente a salir
de los barrancos que ocupábamos y que nos servían de
trincheras naturales, para cruzar al otro lado.
La dificultad estaba en que el enemigo barría el campo
con fuego de ametralladoras, o con la puntería de sus rifleros
lo que nos impedía adelantar; como del lado opuesto
se divisaba una casita blanca, los míos dispararon animosamente
sobre ella creyendo que de allí provenía el fuego.
Como no parecía salir ningún fogonazo de la casita, yo registraba
con mis anteojos de campaña (que todavía conservo
como recuerdo de aquellos días) buscando descubrir de dónde
precisamente nos atacaban, y al fin pude observar las
hojas de un árbol verde y frondoso que se movían extrañamente
cada vez que sonaba una ráfaga. Llamé a dos muchachos
y les ordené disparar con sus ametralladoras al árbol
aquel que por su aspecto debía ser de mango; a las primeras
ráfagas, mientras volaban por el aire las hojas, un cuerpo
cayo al suelo, y luego otro: ahora sí, podíamos seguir luchando
por conseguir el avance.
Ya había enviado dos o tres veces órdenes a Martínez
de que adelantara, pero al no tener ninguna respuesta suya
y no dar señales de que cumplía las instrucciones, mandé
a mi propio hijo Abelardo, a riesgo de su vida, con el recado.
Es hoy el día y aún no puedo explicarme la conducta de
este hombre tan afamado por su valor: al último requerimiento
que le llevó mi hijo, dio orden a su gente de contramarchar
a San José, y de vuelta allá se dedicó a propalar
la falsa noticia de que yo me encontraba herido, posiblemente
prisionero, y mi gente cercada por el enemigo, si
no hubiera sido porque perdimos, yo le hubiera levantado
Consejo de Guerra por traidor.
Pero al fin logramos atravesar el paso entre los dos
cerros y desalojamos al enemigo empujándolo como dos kilómetros;
dejamos de perseguirlo para volver a la capital
pues era necesario reforzar su defensa antes de caer la
noche. Al acercarnos a San José, me topé con Bayardo
Páez y Uriel Cuadra a la cabeza de una columna de voluntarios
organizados apresuradamente por ellos para venir en
mi ayuda, alarmados por las falsedades de Martínez.
Regresamos juntos, y como el camino que me llevaba a
San José pasaba cerca de la quinta del doctor Calderón Guardia,
fui a verlo. Estaba acostado en la sala sobre una camita de
campaña, y a pesar de ser un hombre joven y fuerte, se le
notaba la fatiga, como si el peso de la derrota que ya lo
abrumaba, lo envejeciera.
-Abelardo, -me dijo incorporándose -no sabe el gusto
que me da verlo, aquí se ha corrido la noticia de que lo habían
herido, de que estaba usted prisionero. Todos mis amigos
me han abandonado, mientras usted, a quien yo expulsé
del país, sigue peleando por mí...
La voz le salía arrastrada y dolorida.
Me fui a mi casa a descansar un poco, y más tarde regresé
a la Casa Presidencial. Mi idea era la de montar un
plan defensivo, para lo cual era preciso llamar por radio a
todos los destacamentos dispersos para que se concentraran
en la capital. Pero en los pasillos me encontré mucha gente
desconocida, y un señor Rivas, de la firma Rivas Hnos., me
informó que el gobierno ya había capitulado. Me aconsejó
qué me fuera rápidamente del lugar antes de que me reconocieran.
En la puerta me encontré a Aida, mi esposa, que llegaba
a darme la noticia de la capitulación, y en el mismo instante
se detenía una camioneta llena de jovencitos barbilindos,
de aquellos medallitas, que lucían coquetamente en sus cuellos
las famosas cadenitas de oro; ver a los soldaditos elegantes
entrar a la Casa Presidencial en alegre tumulto; fue
para mí como un navajazo en la cara, pero no tuve más que
retirarme, pensando en el peligro que correría mi esposa
si me reconocían. Unas cuadras más lejos nos despedimos,
pues ella volvía a la casa donde estaban solos los niños,
y yo me iba en busca del refugio de una embajada. (Las
radiodifusoras, ya en manos de los vencedores, transmitían avisos
en los que a los extranjeros metidos en acciónes militares
del gobierno caído, se nos ponía casi fuera de la ley.)
Todavía se oían los tiros esporádicos de los muchachos
de la C.T.R.C. que se negaban a rendirse, cuando llegué
a la embajada de Venezuela, en uno de los barrios elegantes
de la ciudad. Desde dentro, el embajador me mandó responder
por medio de un empleado que Venezuela no era
campo de ganado para irse a refugiar en ella, a pesar de lo
que le había informado por intermedio del mismo empleado,
de mi condición de extranjero y de rango militar. (Después
supe que uno de los líderes triunfantes era hermano de una
amante del embajador, quien queriendo quedar bien con los
nuevos gobernantes, pasaba groseramente encima del derecho
de asilo.)
Acudí entonces a la embajada de México, y allí si me
recibieron cordialmente. Ya estaban refugiados dentro el presidente
Picado y otros de sus colaboradores; más noche,
llegó mi hijo Abelardo junto con Uriel Cuadra y Bayardo
Páez, quienes también recibieron asilo.
El embajador mexicano nos extendió a todos pasaportes
para dirigirnos adonde quisiéramos, y un día antes de salir
yo para Venezuela, se presentó en la embajada Manuel Mora
a verme; de un maletín negro sacó un fajo de billetes y me
los dio, y a Uriel, a Bayaro y a mi hijo le regaló dinero
también. (Cuando me volví a encontrar con Salamanca años
después, me contó que él también había recibido dinero de
Manuel Mora). Pasa el tiempo y no dejo de agradecérselo
porque no se olvidó de nosotros, que sin un centavo, salíamos
del país en la mayor desgracia.
Uriél se fue a México, Bayardo y mi hijo a Nicaragua,
Salamanca (sin saberlo yo) a Venezuela. Aida, y mis hijitos
Rusita y Víctor, me siguieron en el exilio; y mientras aguardaba
en el refugio de la embajada el permiso de salida del
país, ella y los niños participaban a fuerza en las tertulias
que se prolongaban hasta pasada la medianoche, conversando
todos de la guerra perdida, lo cual me recordaba aquellas
otras veladas de la casita frente al Garage Herrán en la
plaza de la Soledad, la casita llena de nicas errantes, y me
recordaba la colecta de centavos entre todos para mandar a
comprar café cuando apretaba el frío, y la voz de Aida desde
el otro lado del tabique del aposento gritando furiosa que
la dejáramos dormir, que estábamos desvelando a los niños,
cuando estallaban las carcajadas ante algún chiste.
Ahora había salido vivo de otra aventura, y ella se iba
conmigo. El embajador mexicano, Dr. Carlos Darío Ojeda,
nos llevó personalmente en su automóvil al aeropuerto de
La Sabana, con la bandera de México desplegada, porqué
habían grupos que injuriaban y maltrataban a los vecinos
que salían. Pero también tuve la suerte de encontrarme en
el aeropuerto al general Miguel Angel Ramírez, quien me
abrazó y nos puso una custodia de dos soldados con ametralladoras
para protegernos. Platicamos largo rato, haciendo
memoria de Cayo Confites, de la guerra recién pasada en
la que el destino nos había puesto como adversarios, y del
combate de Cristo Rey, donde habíamos peleado frente a
frente.
|