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San Isidro de El General
Ciudad mártir
San Isidro de El General Ciudad mártir

Por Romilio Durán Picado


  INTRODUCCION
  PREAMBULO
  PROEMIO
  CAPITULO I: SOMBRAS DE UNA DEMOCRACIA
    PRIMERO:
    Represión contra la rebeldía * El calderonismo como partido único

    SEGUNDO:
    Las listas negras

    TERCERO:
    Las garantías sociales

    CUARTO:
    Alianza caldero-comunista * Desmanes de las turbas

    QUINTO:
    León Cortés candidato de la oposición y Teodoro Picado, del gobierno * Persecusión de oposicionistas

    SEXTO:
    El 13 de febrero de 1944 * La Ceiba de Alajuela y Llano Grande de Cartago

    SETIMO:
    Muerte de Cortés * Nombramiento de Otilio Ulate en asamblea oposicionista * Huelga de Brazos Caídos * Excomunión
    por hechos en San Joaquín de Flores

    OCTAVO:
    El 31 de diciembre de 1947 en San Isidro * Captura del criminal

    NOVENO:
    8 de febrero, 1948: elecciones * Petición de nulidad y asalto a la residencia del doctor Valverde * Se agota
    la pacienciade los costarricenses
  CAPITULO II: ACCION ARMADA
    PRIMERO:
    En La Lucha se gesta una Revolución

    SEGUNDO:
    Enviado de Figueres coordina Plan Maíz con dirigentes de San Isidro de Pérez Zeledón

    TERCERO:
    Tres grupos de La Lucha y habitantes de San Isidro inician acción revolucionaría

    CUARTO:
    Toma de la Jefatura Política y del Resguardo Fiscal * La talabartería de Chacón * Captura de tres aviones

    QUINTO:
    Aviones apresados vuelan a Guatemala * Muerte del coronel Pacheco y el mayor Brenes

    SEXTO:
    Llegada del coronel Ramírez y desembarco del primer armamento * Carta del general Juan Rodríguez García para Figueres

    SETIMO:
    Ataque a la Sierra por la Unidad Móvil * Respuesta de Figueres a Rodríguez

    OCTAVO:
    Ofensiva contra San Isidro * Primer bombardeo aéreo gobiernista * Desembarco del general Tijerino, acompañado de Carlos Luis Fallas, Juan Ramón Leiva y Aureo Morales * Encuentro en la Faralla * El Alto de San Juan

    NOVENO:
    Evacuación de San Isidro * Coronel Ramírez asume el mando en Boquete y dirige la entrada a la ciudad * Bosquejo geográfico

    DECIMO:
    Comienza la batalla en la ciudad

    DECIMO PRIMERO:
    Lunes Santo: los cuatro héroes del puente de la Martin * La Trinchera * Muerte de Isabel Romero * Ataque aéreo * Balas, polvo, bombas, hambre y sed para los de la trinchera

    DECIMO SEGUNDO:
    Martes Santo: Ramírez y su gente contraatacan

    DECIMO TERCERO:
    Auxilio alcanza la trinchera * Desbande de las fuerzas gobiernistas * Muerte de Tijerino * Atropellos en Volcán * Incineración de los muertos en San Isidro

    DECIMO CUARTO:
    LOS HOMBRES DE LA TRINCHERA, poema de Alberto Cañas

    DECIMO QUINTO:
    Tropelías de grupos gobiernistas desbandados * Asesinatos de Aureo Morales * "Un militar no se agacha"

    DECIMO SEXTO:
    Bombardeo al Casa Presidencial * Ametrallamineto y bombardeo en Dominical * La Fuerza Aérea y su importancia para la revolución

    DECIMO SETIMO:
    Orden de traslado a Santa María * Escaramuza y retirada de revolucionarios * Daños de la tropa de Victor Mora a San Isidro * Aviones enviados a Altamira * Toma de Limón, entrada a Cartago y batalla de Tejar * Cuando el país celebra el triunfo, en San Isidro todavía se recogen cadaveres.
  EPILOGO
  ANEXOS



EL MOTIVO DE ESTA PUBLICACION

Cuando ocurrió el deceso de mi
marido, guardaba listo para ser editado,
el manuscrito de esta obra

Gracias a las reiteradas instancias
de sus muchos amigos y compañeros,
que le quieren profundamente y aprecian
el valor de su trabajo, como también
a mi propio convencimiento de
su mérito, llegamos a la decisión de
que ésta no podía quedar en el ámbito
privado y que debíamos entregarla al
conocimiento del público.

Por eso, con orgullo y correspondiendo
al sentido anhelo de aquellos,
entrego esta tarea póstuma de Romilio.


Nana Zamora Sánchez de Durán

San José, setiembre de 1994




INTRODUCCION

Respondo a don José Figueres Ferrer, quien expresa en su libro EL ESPÍRITU DEL 48: "A todos los que jefearon esos episodios o fueron modestos participantes, les ruego que escriban ellos mismos su verdad específica sobre la gran gesta nacional. Por eso he querido que los derechos de autor de este libro sirvan, algún día, para cubrir los gastos de esas publicaciones. Para que no olvidemos, aunque de corazón perdonemos".

Como participante, siento la obligación de narrar los episodios de la revuelta de 1948 que se desarrollaron en ese sacrificado y valiente pueblo de San Isidro de El General. Ahí se inició la lucha armada al amanecer del doce de marzo y ahí terminó, con la batalla del veinte de abril. Mientras todos los pueblos de Costa Rica celebraban con alegría la caída del nefasto régimen caldero-comunista, en San Isidro se recogían cadáveres.

En estas páginas pretendo dar a conocer mis recuerdos y mis sentimientos, que comparto con numerosos campesinos que empuñaron el arma para ir al rescate de la libertad, de la paz, la honestidad y la pureza del sufragio, derechos que habían sido mancillados y burlados por quienes sólo buscaban satisfacer la codicia y la ambición de poder. Al escribir quiero salir al paso, con los hechos, a aquellos que ahora los distorsionan y pretenden confundir a las nuevas generaciones. Bien dice en el prólogo del libro mencionado el Reverendo doctor Benjamín Núñez Vargas: "La guerra civil del 48 no la declaró ni la promovió ni la precipitó la oposición al régimen caldero-comunista, Esa guerra civil, con todo el dolor que trajo, tampoco la precipitó, ni la provocó ni la declaró José Figueres. La guerra civil de 1948 fue provocada, fue causada, fue declarada por el régimen nefasto de los ocho años al pueblo costarricense. El pueblo, bajo el liderazgo de José Figueres, no hizo otra cosa que responder, con energía y heroísmo, al reto de una guerra que le había declarado el régimen caldero-comunista. La violenta represión, desde el segundo año del gobierno del Dr. Rafael Angel Calderón Guardia y acentuada luego, fue la que provocó, como respuesta inevitable, la violenta indignación del pueblo costarricense.

Sean estas palabras mi reconocimiento a todos los excombatientes y van con especial cariño y aprecio a los generaleños que arriesgaron sus vidas y a los que la ofrendaron. Gracias a ellos, los costarricenses disfrutamos de una democracia con paz, libertad y justicia social.

Posiblemente en este relato no aparezcan algunos nombres y hechos, por lo que ofrezco disculpas y pido perdón. Lo escrito, va con sinceridad y con apego a la verdad. Es lo que viví y aconteció a mi alrededor.

Este esfuerzo lo dedico con todo cariño a mis hijos y a mis nietos.

R. D. P.


INICIO

PREAMBULO

El hoy pujante cantón de Pérez Zeledón, 19 de la Provincia de San José y cuya cabecera es San Isidro de El General, en lejanos años de selva virgen fue colonizado paulatinamente por gentes de todos los rincones del Valle Central y la zona de los Santos: hombres resueltos y varoniles, dispuestos a librar la dura batalla contra el enigma de lo desconocido, para arrebatar a la tierra el sustento y propio y de sus familiares. Esos pioneros presentían las privaciones a que iban a someterse y tenían conciencia de que el terreno acogedor de la parcela propia, los liberaría de la triste esclavitud del jornal.

Con el correr del tiempo aquellos hombres, conscientes de sus derechos y deberes cívicos, llegaron a plantearse varias metas, siendo una de ellas la emancipación de su terruño mediante el cantonato. Por esos años arribaron a San Isidro los educadores Gustavo Meza Flores, de origen chileno, y Enrique Tauler (cuyo verdadero nombre era Mateo Obrador), español de Palma de Mallorca; de las Baleares, según él decía. Compenetrados de las aspiraciones de los generaleños, ambos colaboraron en organizar los censos del poblado como paso previo para crear el nuevo cantón. Es necesario mencionar la destacada participación que en estas diligencias tuvieron los señores Nazario Segura Madrigal, Octaviano Barrantes Retana, José Trinidad Montero Rodríguez, Mario Bermúdez Bermúdez y Leandro Pérez, así como la inpreciable colaboración de las familias Barrantes y Monge. Todo este grupo de activas personas contó con la oportuna asesoría de un abogado, el licenciado Francisco Esquivel Ugalde, que periódicamente, por su profesión, visitaba la zona; y gracias a su ayuda los generaleños se enteraban del avance de las gestiones ante los organismos oficiales.

Por otra parte, en el Congreso Constitucional de la República, jugó un papel decisivo el apoyo del profesor Juan José Monge Madrigal y del licenciado Carlos María Jiménez Ortiz, quien propuso que el nuevo cantón llevara el nombre del relevante costarricense don Pedro Pérez Zeledón. El cantón fue creado por el siguiente decreto:

No. 31
EL CONGRESO CONSTITUCIONAL DE
LA REPUBLICA DE COSTA RICA
DECRETA

Artículo 1o.-- Créase el cantón (Pérez Zeledón) con los siguientes distritos. 1o. Ureña, 2o. El General, 3o. Daniel Flores, 4o. Rivas.

Artículo 2o.-- El nuevo cantón tendrá por linderos: Al norte, el río Savegre, y siguiendo al sur el Cerro Buena Vista, en dirección al cerro El Páramo, de donde se continuará hasta el cerro Chirripó Grande por lo cresta de las montañas; al Sur, la línea que a lo largo de la costa del Océano Pacífico divide a las provincias de San José y Puntarenas; al este, el mismo río Savegre, hasta su punto de unión con la línea del sur; y al oete, el cantón de Osa y río Peñas Blancas, hasta el cerro Chirripó Grande.

Artículo 3o.-- El referido cantón será inaugurado el día primero de enero de mil novecientos treinta y dos.

Transitorio.-- Se autoriza al Poder Ejecutivo para que convoque a elecciones de regidores y síndicos municipales cuando lo estime conveniente y para que dicte las demás disposiciones complementarias de la presente ley.

COMUNIQUESE AL PODER EJECUTIVO

Dado en el Salón de Sesiones del Congreso-- Palacio Nacional. San José, a los siete días del mes de octubre de mil novecientos treinta y uno.

RAFAEL CALDERÓN MUÑOZ
Vicepresidente

ASDRÚBAL VILLALOBOS
Primer Secretario

A. BALTODANO B. Segundo Secretario

San José, a los nueve días del mes de octubre de mil novecientos treinta y uno.

EJECUTESE
CLETO GONZALEZ VIQUEZ

El Secretario de Estado
en el Despacho de Gobernación

FABIO BAUDRIT.


Con alegría y orgullo los habitantes vieron coronados sus anhelos al instalarse, el 1 de enero de 1932, el primer Concejo Municipal, integrado por los señores Jaime Tabash Alice, Nazario Segura Madrigal y Carlos Quesada Gamboa.

Muy dificiles fueron los primeros pasos del incipiente cantón, cuyas finanzas descansaban en la agricultura y la ganadería. Faltaba una buena comunicación terrestre para desarrollar la zona y enlazarla con los mercados del Valle Central. Es cierto que existía la aviación, pero las tarifas eran prohibitivas, lo que imposibilitaba el mercadeo de los productos agrícolas. El país no contaba con los recursos económicos para realizar una obra de gran magnitud como la anhelada carretera.

Al llegar el año 1939 el mundo se vio envuelto en una terrible guerra, que llevó el hambre y la miseria a muchos pueblos. Dentro de esa tragedia, por extraño que parezca, la zona sur vislumbró una esperanza pues el gobierno de los Estados Unidos de Norteamérica, para proteger sus intereses, necesitaba una vía que lo comunicara con la zona del Canal de Panamá. Y así, por una insólita e irónica coincidencia, Pérez Zeledón llegó a tener su carretera.

Mas no todo fue felicidad. Al comenzar la década de los años cuarenta se inició una de las más funestas épocas de nuestra historia patria, en cuyo desenlace fueron de primerísima importancia los acontecimientos ocurridos en San Isidro de El General durante la gesta bélica libertadora de 1948.

El propósito de estas páginas es relatar esos hechos.


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PROEMIO

La obra es compacta, clara y precisa; deja bien establecidos en la mente del lector el mensaje cívico y la remembranza histórica, que evidentemente persigue el alto espíritu patriótico del autor.

Su redacción es amena, suave y sencilla, con lo que felizmente obtuvo la contextura que deseaba, para convertirla en una conversación dirigida al pueblo común, sencillo y humilde, que por fuerza de eso significa el más preciado tesoro de la Patria.

De esa manera su prédica y su lección viva, que trasciende del relato, podrá llegar naturalmente a quienes va dirigida la obra: las almas puras y sin afectaciones de nuestro campesino, del hombre de trabajo y de innato espíritu cívico.

Animo que, aunque a veces fatalmente adormecido y decepcionado, cuando menos se espera, en los momentos culminantes del acontecer nacional, brota como un torrente depurador y con fuerza incontenible arrasa las estructuras maleadas de nuestras instituciones y recupera la esencia de la Madre Patria para las nuevas generaciones.

Pero también va enderezada hacia aquellos de mentalidades selectas e intelectuales, quienes con sus dones singulares podrán, si predisponen debidamente sus corazones, recibir la profundidad de su tema.

Dos días antes del fallecimiento de don Romilio, tuve la oportunidad de departir con él, largo y tendido, en las arcadas del Banco Popular. Nos franqueamos como pocas veces puede uno hacerlo, sobre los nubarrones que amenazaban a nuestra tierra y la angustia ante el panorama que vendrían a heredar nuestros descendientes.

A manera de vaticinio inexplicable me dijo que lucharía hasta el último momento de su vida, para advertir a las juventudes del peligro que corrían y señalarles el sendero de la rectificación.

Horas después, el 18 de octubre de 1989, el bizarro guayacán de nuestros combatientes auténticos caía sin aliento en medio de una disertación enérgica y emotiva que dirigía a los nuevos conductores de su Partido.

Este libro es la continuación por siempre jamás de su alocución interrumpida.

San José, junio de 1994

Roberto R. Güell
Presidente de la Asociación de
Excombatientes del Ejército de
Liberación.

San Isidro de El General Ciudad mártir

Antigua Iglesia de San Isidro de El General frente a
la cual, en las trincheras, lucharon los figueristas
contra los "mariachis".


INICIO

CAPITULO I: SOMBRAS DE UNA DEMOCRACIA


PRIMERO

A pesar de nuestra decantada democracia, en el pasado el pueblo de Costa Rica nunca eligió a sus gobernantes; éstos eran impuestos por camarillas de políticos al servicio de los grandes intereses económicos y financieros, que escogían candidatos y determinaban cuál iba a ser Presidente. Para ellos lo único inmoral en política era perder y para eso, además de los fraudes, disponían de un sistema electoral que hacia llegar a la casa Presidencial todos los votos obtenidos en el país. Allí quedaba electo el Presidente; si alguien protestaba no lograba respuesta o recibía una evasiva, porque el pueblo a lo único que tenía derecho era al berreo. Esta era la libertad imperante.

Por lo anterior, los costarricenses fueron perdiendo la fe y se produjo en el ambiente un estado de rebeldía, gracias al cual el espíritu valiente de los ciudadanos se subleva ante el intento de cualquier imposición.

Ante esta actitud del pueblo, los políticos cambiaron de táctica: comenzaron a usar la represión, amenazando con despido del puesto al empleado público, con la pérdida del trabajo al operario y al más humilde jornalero. En muchos hogares se padeció hambre por no someterse a la imposición de jefes y patronos.

Dentro de este ambiente político, llegó la campaña electoral para elegir el Presidente que gobernaría en el período 1940-1944. La oposición puso como candidato al Lic. Ricardo Jiménez Oreamuno y el Partido oficial al doctor Rafael Angel Calderón Guardia. El oficialismo usó todo su poder y obligó a don Ricardo a renunciar, quedando la oposición acéfala. A la maquinaria oficial se enfrentaron dos pequeños grupos: el de don Virgilio Salazar Leiva, y el comunismo bajo la conducción del licenciado Manuel Mora Valverde. Prácticamente el calderonismo quedó como partido único y se conjeturaba que en las elecciones podía haber muchas abstenciones, razón para publicar un decreto mediante el cual el voto se hizo obligatorio, imponiendo una multa al que no lo emitiera; esto también creó temor a las represalias y así fue como el doctor Calderón Guardia llegó a la presidencia por una abrumadora mayoría de sufragios.


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SEGUNDO

Escribir la verdad y buscar que esta prevalezca, no es sembrar odios. Al doctor Calderón Guardia le correspondió gobernar cuando una guerra mundial se desarrollaba en Europa, Africa y el Pacífico, lo cual le sirvió para perseguir a los que no estaban de acuerdo con la corrupción de su gobierno. Confeccionó listas negras, incluyendo en ellas a familias extranjeras honorables, a las que calificó de nazis, fascistas y traidores. Estas medidas fueron extremas contra los alemanes e italianos, grupos respetables que tenían tantos años de convivir en el país, que por sus vínculos eran tan "ticos" como los mismos costarricenses mereciendo por ello toda consideración. Pero el gobierno, sin contemplaciones, los despojó de fortunas forjadas a base de organización y trabajo, con lo que contribuían al desarrollo y a la economía nacional. Lo absurdo es que Calderón Guardia puso la administración de esos bienes en manos de paniaguados que rodeaban su gobierno. Las personas incluidas en las listas negras fueron capturadas, enviándose muchos de ellos a campos de concentración en el extranjero.

Por la forma como se manejaron estos asuntos, es lógico que el gobernante se hiciera acreedor a una fuerte corriente de antipatía. Estos hechos, más la creciente corruptela en que había caído la función pública, fueron causa de que el gobierno perdiera el apoyo popular. No es un cuadro, como se le ha hecho creer a las nuevas generaciones, en el que todo fue consecuencia de la propaganda de los grupos opuestos a la legislación social.


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TERCERO

Al llegar las elecciones de medio período (cambio de la mitad de los diputados), se evidenció que más del cincuenta por ciento de los que habían llevado al poder al doctor Calderón Guardia lo abandonaba y algunos núcleos de sus partidarios organizaron un golpe de Estado. Para comprender con claridad lo anterior, es necesario observar que como el 8 de febrero de 1942 Calderón Guardia recibió una respuesta negativa a su gestión como gobernante, el 1 de mayo del mismo año en su mensaje al Congreso de la República propuso incluir en la Constitución Política un capítulo de Garantías Sociales, lo que constituía un golpe político habilidoso.


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CUARTO

El panorama para el doctor Calderón Guardia era sombrío. Sin el apoyo de sus amigos, con amenaza de un golpe de Estado; se sintió prisionero en la Casa Presidencial, situación aprovechada por el líder comunista Mora Valverde, para ofrecerle su apoyo y el de su partido, argumentando que lo hacía en vista de los últimos acontecimientos. Solicitó que rechazara toda injerencia del capitalismo en el gobierno, a cambio de lo cual le garantizaba el apoyo del autentico pueblo. Así nació la alianza caldero-comunista, pacto firmado tiempo después con el que se inició una de las etapas más funestas de la historia política de Costa Rica, ocasionando la generalización acentuada de una creciente desconfianza en el gobierno.

El 4 de julio de 1942, tomando como pretexto el sabotaje al vapor San Pablo anclado en Puerto Limón, que como otros había sido requisado por tener bandera de un país con el que se había roto toda relación a causa de la guerra, las turbas se lanzaron a las calles cometiendo toda clase de desmanes, rompiendo vitrinas y saqueando almacenes, bajo la mirada complaciente de las autoridades. Cuatro días después, la noche del 8 de julio desde Radio América Latina, habló don José Figueres. Analizó lo sucedido el 4 de julio y criticó al gobierno. Dentro de la propia cabina la policía le arrebató el micrófono y lo hizo prisionero. Tres días después fue enviado al exilio, siendo el único costarricense que ha sufrido tal pena después del gobierno de los Tinoco. Muchos hablan ahora de destierro, presentándose como exiliados, cuando la verdad es que huyeron para no rendir cuentas de sus actos al pueblo. Nunca previó Calderón Guardia las consecuencias de aquel acto arbitrario.


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QUINTO

Al iniciarse la campaña presidencial para el período 1944-1948, la oposición tuvo como candidato al licenciado León Cortés Castro; en el partido oficial lo fue el licenciado Teodoro Picado Michalski. Desde el inicio, la lucha se tornó violenta: los caldero-comunistas organizaron brigadas de choque, grupos entrenados para golpear a todo aquel que se manifestara en contra del gobierno o del partido oficial; para ellos era necesario impedir que la oposición alcanzara el poder; tenían que seguir gobernando para ocultarla corrupción en que se movían. Organizaron todas las comunidades del país utilizando a las autoridades de orden y seguridad y a los resguardos fiscales. A todos se les instruía para perseguir a los oposicionistas a los que, por cualquier manifestación, se les encarcelaba, acusándolos de participar en actividades contrarias al gobierno y sin permitírseles defensa alguna se les condenaba a pagar sumas de dinero que, en la mayoría de las veces, paraba en los bolsillos de esas arbitrarias autoridades. En aquella época azarosa un "viva León Cortés" equivalía a ser cinchoneado, "blackjaqueado", encarcelado y multado; más de un ciudadano murió a consecuencia de golpizas. Las arbitrariedades llegaban a tal extremo que el jefe del Resguardo Fiscal de San Isidro de El General, cuando alguna radioemisora transmitía un discurso político de la oposición recorría, acompañado de sus subalternos, los negocios de cantina y salones donde había grupos escuchando el mensaje de sus dirigentes y en voz alta reforzada con dos fuetazos en el mostrador, ordenaba apagar la radio. Uno de esto sitios, y donde se reunía mayor número de personas, era el hotel "La Casa Amarilla".

Otra misión de esos depravados políticos era la de enseñar a sus dirigentes cómo hacer fraudes fuera y dentro de los recintos electorales, labor que realizaban con funcionarios de cierto nivel intelectual, casi siempre profesores. En San Isidro de El General, por ejemplo, sentó cátedra de cinismo y no de civismo el profesor José Bustamante; su grupo era el que mandaba en el día de las elecciones, buscando sobornar con guaro y baratijas las conciencias de los ciudadanos. Esta era la democracia que vivíamos los costarricenses y a la que nuestros historiadores e intelectuales han dedicado páginas enteras, cantándole loas y exaltando a los viejos patricios, que muchas veces usaron esa "democracia" para cubrir toda la corrupción que les servía para escalar posiciones. Difícil resulta describir tanta infamia, tanto atropello a la dignidad de los costarricenses.


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SEXTO

En ese ambiente de luchas callejeras, de flagelación, cárcel y hostigamiento, llegó el domingo 13 de febrero de 1944, día de elecciones, fecha negra en la historia de Costa Rica. Para el caldero-comunismo el objetivo era detener a la oposición y a su líder León Cortés Castro, sin importar los medios para lograrlo. Asesinaron a Timoleón Morera en la Ceiba de Alajuela; y en Llano Grande de Cartago murieron heroicamente Alberto Guzmán Guzmán, Ignacio Guzmán Ruiz y José Mercedes Rivera, todos en defensa del sufragio. Así, entre fraudes y sangre, hicieron Presidente al licenciado Teodoro Picado Michalski. En verdad, fue de la Casa Presidencial de donde salió el nombramiento, ya que ahí se invirtió el resultado de los comicios, burlando la opinión expresada por el pueblo. Esto hizo reaccionar a la oposición, la que dispuso que en el futuro haría respetar el resultado de las votaciones, aunque para ello fuera preciso hacer uso de las armas. Ahora seguirá vigilante y en lucha permanente, aprovechando toda oportunidad de manifestar su repudio al régimen. Una de esas ocasiones fue el regreso de don José Figueres del exilio, el 23 de mayo de 1944: recibido por una multitud eufórica que lo acompañó al Diario de Costa Rica, desde cuyo balcón pronunció un encendido discurso contra Calderón Guardia. Después, una caravana de jinetes lo dejó en la hacienda La Lucha.


INICIO

SÉTIMO

La represión era bárbara; los enfrentamientos se hicieron permanentes en San José y en algunas cabeceras de provincias y cantones. Los caldero- comunistas salían a intimidar y golpear con los "black jacks", siempre apoyados por la policía. Desigual pelea, pero la oposición respondió al verse obligada a organizarse en grupos; unos para repeler esos ataques y otros para recurrir al sabotaje.

El 3 de marzo de 1946 la oposición recibió un duro golpe: la muerte del licenciado Cortés Castro. Desapareció el líder del partido opositor más grande que hasta entonces se había podido organizar en el país. Ante el desconcierto algo debía hacerse. El 13 de febrero de 1947, en el Estadio Nacional, se celebró una asamblea para escoger entre don Otilio Ulate Blanco, don José Figueres Ferrer y don Fernando Castro Cervantes. Don Otilio fue nombrado candidato a la Presidencia y don José, Jefe de Acción. Ambos por el Partido Unión Nacional.

Con candidato y organizada en todo el país, la oposición provocó una violenta reacción de los caldero-comunistas, y las brigadas de choque reactivaron sus métodos represivos; esto hizo que el ambiente se caldeara.

En el Valle de El General, propiamente en San Isidro, cuando se conmemoraba la fiesta patronal, la noche del 14 de mayo de 1947, el guarda fiscal Carlos Monge Solís, "Cuto", en estado de ebriedad, disparó su revólver contra un grupo de ulatistas, hiriendo al joven Bernardo Amador Sibaja; el pueblo se reunió, hubo arengas y desfile hasta la casa del guarda Monge, a quien buscaban para sacarlo de su refugio y lincharlo. Como la dirigencia del partido ulatista intervino pidiendo calma, decidieron encerrarlo en una celda de la cárcel para luego trasladarlo a San José. Mientras esto pasaba, todas las autoridades se concentraron, o más bien se refugiaron, ofreciendo a los jefes ulatistas hasta las armas, si era necesario, para que se hicieran cargo del orden y seguridad del pueblo, lo que no fue aceptado.

Mientras tanto, en otras partes del país las brigadas de choque cometían toda clase de atropellos, apretando su furia contra los cartagineses. Como respuesta, el 19 de julio del 47 se inició la resistencia en esa ciudad. Bloquearon el Alto de Ochomogo y dos días después, el 21, se declaró la huelga de brazos caídos. El país en efervescencia, el 2 de agosto marcharon las mujeres hasta la Casa Presidencial, recibiendo toda clase de insultos e improperios de una turba oficialista; desde el cuartel Bella Vista dispararon ráfagas de ametralladora para dispersarlas, pero ellas permanecieron firmes hasta que el Presidente, en un pacto de honor, se comprometió a dar garantías para elecciones libres, y respetar el resultado de las mismas. Dicen nuestros campesinos que "una cosa piensa el burro y otra el que lo va arreando". ¡Qué pensarían mientras tanto los caldero-comunistas de esa decisión presidencial? Esa seguía siendo la incógnita.

El 11 de octubre de 1947 llegaron a San Isidro de El General alrededor de cuatrocientos trabajadores bananeros, organizados por los líderes comunistas para ser transportados por la noche y participar, al día siguiente, en un desplante de fuerza por las calles de San José. Venían con "rulas" o machetes y cobijas multicolores dobladas sobre sus hombros; esto originó que se les apodara "mariachis", por la similitud con los ponchos que usan campesinos y músicos mexicanos. Las horas de permanencia de esta gente en San José fueron aprovechados por las autoridades para hostigar a los oposicionistas, provocando con ello serios disturbios y enfrentamientos.

Continuaba la actitud de irrespeto a los derechos ciudadanos, lo que se confirmó en San Joaquín de Flores, donde se realizaba una reunión ulatista y de pronto aparecieron los sicarios gubernamentales, seguidos de las turbas, disolviendo la reunión a garrote y "blackjack". Aquellos indefensos, obligados a refugiarse en el templo fueron testigos de la invasión perpetrada por chusma que, irrespetando el sagrado recinto, asesinó a un ciudadano y maltrató de palabra y de hecho al señor Cura. Todo esto obligó a las más altas autoridades eclesiásticas a pronunciarse.


DECLARACIÓN OFICIAL DEL ARZOBISPO DE SAN JOSÉ

Con vista de la información oficial levantada en esta fecha, de orden del suscrito Arzobispo de San José, por monseñor Miguel Chaverri Rojas, Secretario de la Curia Metropolitana de San José, y constando en ella que:

a) Un grupo numeroso de personas pertenecientes, según es voz pública, al Partido Republicano Nacional, violó gravemente de hecho, en el día de ayer, la santidad del templo parroquial de San Joaquín de Flores, violación acompañada además de efusión "grave e injuriosa" de sangre (Canon 1172) en el recinto sagrado;

b) De palabra cuando menos algunas de aquellas personas agraviaron al señor Cura de la citada parroquia mientras él, en cumplimiento de su deber, trataba de amparar a sus feligreses contra las agresiones de que eran víctimas;

En cumplimiento de nuestro deber como Ordinario de esa Arquidiócesis:

1.- Protestamos públicamente ante Dios y ante la conciencia religiosa de la nación contra tan inexcusable violación de un lugar sagrado y contra el irrespeto de que fue objeto el párroco de San Joaquín de Flores;

2.- Concurriendo en el caso las circunstancias indicadas en el canon 2329 declaramos haber incurrido los susodichos violadores de la santidad del lugar sagrado en la penalidad señalada en dicho canon;

3.- Haciendo uso de la facultad discrecional que nos atribuye el mismo canon 2329, y supuesta la gravedad del delito cometido, del que no se registra otro ejemplo en nuestra Patria en el curso del presente siglo, declaramos la excomunión NEMINE RESERVATA contra todos y cada uno de cuantos directa o indirectamente participaron en la comisión del delito.

Publíquese la declaración, para todo efecto, en los periódicos, a reserva de proceder a su publicación formal en la Revista Eclesiástica.

Dada en el Palacio Arzobispal de San José, a los veinte días del mes de octubre de mil novecientos cuarenta y siete.

(f) VICTOR S.                                                        MIGUEL CHAVERRI
Arzobispo de San José                                                Secretario


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OCTAVO

El país convulsionado, sin lugar donde no llegue la mano del militarote con el fin de atemorizar al pueblo. En Pérez Zeledón siempre dieron respuesta a todo intento de las autoridades de irrespetar los derechos ciudadanos. Al no aceptar esta actitud, los altos dirigentes del caldero- comunismo enviaron a un asesino a coordinar y dirigir las acciones de las autoridades y hacer que se respetaran, por medio del terror, todas las arbitrariedades. Los caldero-comunistas locales estaban felices, porque les llegó quien pondría en cintura a los "malcriados" de la oposición; Juan Araya Monge tenía fama de asesino y su nombre era distintivo del auténtico delincuente; su cometido fue terminar con la dirigencia de la oposición.

Transcurrieron unos días y llegó el 31 de diciembre de 1947. San Isidro celebraba el año nuevo; a las doce, gritos de alegría y posiblemente algunos grupos lanzaron vivas al candidato Ulate; la policía estaba concentrada en la Jefatura Política. De pronto se oyó una descarga de "máuser" y a cien metros, en uno de los corrillos, cayó muerto el joven Elías Alvarado Quesada. La fiesta terminó. El pueblo hacía comentarios; se improvisaron oradores que arengaron a cientos de hombres, organizados para tomar por asalto la jefatura política; de pronto, corrió la noticia de que el criminal había huido. ¿Por dónde? No se sabe. Algunos prepararon bestias para perseguirlo. Al amanecer alguien avisó que iba rumbo al Cerro de la Muerte, por el camino de Rivas. Salieron los jinetes, le dieron alcance y uno de ellos, Jorge Ramírez Vargas, le ordenó detenerse y conociendo sus antecedentes, le disparó con revólver hiriéndolo levemente en una pierna; amarrado se le llevó a San isidro, con la debida custodia, porque la gente quería lincharlo. Al día siguiente fue enviado a San José.

Dentro de este ambiente transcurrieron los días. Había pesimismo en la oposición; sobraban las razones para que la mayoría de los costarricenses pensara que los caldero-comunistas no acatarían el resultado de los comicios y que sólo un movimiento armado los haría respetarlo.


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NOVENO

Bajo el peso de esa incertidumbre llegó el día de las elecciones: el 8 de febrero de 1948, con gran actividad de los dos bandos, se transportaban los votantes y se vigilaban los recintos electorales. Era necesario cuidar que se respetaran los principios, los ideales y las garantías obtenidas en la "Huelga de brazos caídos".

Un pueblo paciente y amante de la paz, esperaba la noche ansioso por oír los informes. Comenzaron a saberse los resultados de la votación; todos indicaban un triunfo inobjetable del ulatismo. Al día siguiente, la noticia era que don Otilio Ulate tenía el respaldo de diez mil costarricenses más que su contrincante, Calderón Guardia. Pero para que esto quedara en firme, tenía que dar su fallo el Tribunal Nacional Electoral. El sábado 28 los magistrados emitieron su veredicto, declarando Presidente Electo a don Otilio Ulate Blanco, con los votos positivos de los licenciados Gerardo Guzmán Quirós y José María Vargas Pacheco y el voto salvado de don Max Koberg Bolandi.

Hubo alegría y esperanza de que se iniciara una nueva etapa y que el país tomara el camino de la honestidad y el respeto a los derechos de los ciudadanos. Pero todo fue una quimera. Pocas horas después, en un acto premeditado, las turbas y las brigadas de choque, respaldadas por la policía, se lanzaron a las calles pidiendo la anulación de las votaciones, alegando que la oposición había hecho fraude. Se buscaba con ello respaldar y justificar lo que iba a ser la vergüenza más grande de nuestra historia.

El lunes primero de marzo los diputados del CONGRESO CONSTITUCIONAL FUERON CONVOCADOS A SESIÓN EXTRAORDINARIA PARA CONOCER UNA MOCIÓN QUE PEDIA LA NULIDAD DE LA ELECCIÓN DE DON OTILIO ULATE BLANCO COMO PRESIDENTE DE LA REPÚBLICA. Todo fue preparado cuidadosamente: las barras totalmente llenas de una turba aleccionada y protegida por los militares que ocupaban los patios del Palacio Nacional, con vivas al candidato derrotado, Calderón Guardia, pedían a los diputados caldero-comunistas que anularan las elecciones, a la vez que con gritos ofendían y denigraban a los diputados de oposición que valientemente defendían el fallo del Consejo Electoral que daba el triunfo a Ulate.

Se inició el acto aprobando moción para que la votación fuera nominal y requiriese simple mayoría. De inmediato la moción de fondo, pidiendo que las elecciones del ocho de febrero fueran anuladas. Después de acalorado debate, votaron afirmativamente los diputados FRANCISCO QUESADA SMITH, CARLOS LUIS FALLAS SIBAJA, JOSÉ ALBERTAZZI AVENDAÑO, LUIS CALVO GÓMEZ, ANTONIO RIGGIONI CUBILLO, EFIGENIO VALLEJO, LUIS VASCO COTO, JUAN MUÑOZ ROVIRA, LUIS CARBALLO CORRALES, JAIME CERDAS MORA, JOSÉ SABORIO ALFARO, ENRIQUE BALTODANO BRICEÑO, FILIBERTO CHAVARRIA, MANUEL MORA VALVERDE, FRANCISCO QUINTANA SALINAS, ONOFRE VILLALOBOS SOTO, VICTOR RODRIGUEZ CAMPOS, EMILIO SANAHUJA, RODOLFO SALAZAR, ALFREDO PICADO, CARLOS BARAHONA SÁNCHEZ, VIRGILIO CALVO BRENES, JOSÉ FERNÁNDEZ FERREIRO, ÁLVARO CUBIllO AGUILAR, FEDERICO VOLIO, VIDAL ARGUEDAS QUIRÓS Y GILBERTO CHARPENTIER MORA. Total 27. De la misma agrupación oficialista dijeron no: TOMÁS GUARDIA, FRANCISCO FONSECA CHAMIER Y ARTURO VOLIO GUARDIA. Otro diputado del mismo grupo que no estaba de acuerdo, don JESÚS QUIRÓS TROYO, no llegó a la sesión. La actitud honrada y valiente de estos señores fue criticada por sus compañeros; Además, votaron negativamente los diputados de la oposición VICTOR MANUEL ELIZONDO, FERNANDO LARA BUSTAMANTE, FERNANDO VOLIO SANCHO, ANTONIO PENA CHAVARRIA, BERNARDO BENAVIDES, FRANCISCO ORLICH B., ANTONIO CHAVES SOTO, JUAN JOSÉ HERRERO, ADRIANO CAMACHO QUIRÓS, RODRIGO VALVERDE VEGA, OTTO CORTÉS FERNÁNDEZ, LUIS CARLOS SUÁREZ MATAMOROS, JORGE ORTIZ MARTIN, RUBÉN GONZÁLEZ FLORES, MARCIAL RODRIGUEZ CONEJO Y ELADIO ROSABAL. Una vez que los 27 diputados del gobierno habían consumado el oprobioso acto, la soldadesca, al mando del mercenario cubano Juan José Tavío Silva, Jefe de la Policía, se dirigió en manifestación de triunfo a la casa del eminente médico y gran ciudadano Dr. Carlos Luis Valverde Vega, quien fue asesinado. Pero otra versión de este crimen fue expuesta en la ASAMBLEA CONSTITUYENTE el 20 de enero de 1949, por el diputado José María Zeledón Brenes, autor de la letra de nuestro Himno Nacional. Estas son sus palabras:

"Me permito venir a interrumpir la interesante sesión de la Asamblea, para presentar una moción, la que se me ha ocurrido al leer el Decreto de la Asamblea que confirma la elección de don Otilio Ulate y condena la actitud asumida por el Congreso del primero de marzo. Si 27 diputados, faltando al honor empeñado en un pacto que puso fin a la Huelga de Brazos Caídos, anularon la elección legítima de don Otilio, para entronizar a Calderón Guardia, y si la Asamblea creyó que tal acto era vituperable, significa esto que el Congreso del primero de marzo se puso al margen de la ley al atentar contra la ley misma. Por otra parte, existe una --sospecha que debe de investigarse--, y es que el Congreso del primero de marzo, integrado por una mayoría adicta incondicionalmente al régimen, esperaba la noticia del asesinato de don Otilio Ulate, para dar legalidad al nombramiento de Calderón Guardia. Desde un principio se sospechó afininad entre los 27 diputados que anularon la elección del 8 de febrero, y los facinerosos que asaltaron la residencia del Dr. Carlos Luis Valverde para cometer uno de los más horrendos crímenes que recuerda nuestra historia. Los que asaltaron la residencia del llorado Dr. Valverde iban en busca de don Otilio Ulate con el fin de ultimarlo. Parece que los 27 diputados conocían esta ruin maniobra, pues impacientes esperaban la noticia de la muerte del candidato victorioso, para legalizar el decreto de anulatoria de las elecciones, por la muerte de Ulate. Esas cosas no es posible que permanezcan en el misterio; es necesario, imperativo, aclararlas. Las posibles conexiones entre los 27 Diputados y los asesinos del Dr. Valverde deben investigarse para señalar las responsabilidades del caso. Ahora que el país está en un proceso de moralización, no es posible pasar por alto un hecho de la magnitud del perpetrado el primero de marzo. Y esta actitud mía al pedir sanción no es de hoy. Cuando me tocó participar en las deliberaciones legislativas del año 1929 también mi voz se alzó para condenar actos que me parecían bochornosos. Fiel a la línea de conducta que me he trazado, no puedo permitir que actos como los del primero de marzo no sean lo suficientemente investigados para señalar a los culpables. Para terminar, señores Diputados, no debemos olvidar que la piedad es amorosa, que la misericordia es encantadora, pero que más noble y más fecunda es la justicia. Y justicia es lo que vengo a clamar ante esta Honorable Asamblea Constituyente".

Como expresa don José María Zeledón, estos forajidos sabían que allí se encontraba, con un grupo de amigos, el Presidente Electo de los costarricenses don Otilio Ulate Blanco y para justificar la ignominiosa acción que iban a cometer, afirman que en esa casa había un armamento. Llegados al sitio, aquel sombrío personaje ordenó tomar la casa por asalto y en medio de una balacera cayeron muertos dos guardias y el Dr. Valverde fue herido gravemente, para morir horas después.

Todos estos hechos colmaron la copa y agotaron la paciencia de los costarricenses. La insurrección se hizo inevitable. Los culpables, el grupo de irresponsables diputados y un Presidente de la República sin autoridad alguna, avasallado por una camarilla de políticos ambiciosos y corruptos, le declararon la guerra al pueblo. Es sobre las espaldas de los líderes caldero-comunistas, del gobernante con sus militares y de los 27 diputados que tendrá que caer el peso de los muertos por esa irracional actitud.

Parecía que las autoridades se empeñaban, con todos los medios a su alcance. por llevar el país a un cruel enfrentamiento entre hermanos. Hasta costarricenses honorables, dedicados al trabajo y ajenos a los ajetreos de la política, se vieron arrastrados por las circunstancias, dispuestos a tomar partido en la oposición al no aceptar los procedimientos anómalos del gobierno. Tal fue el caso dc lo sucedido al ciudadano cartaginés, Capitán Guillermo Núñez Umaña, cuando una mañana se dirigía al Aeropuerto de La Sabana a cumplir con los vuelos diarios de la compañía de aviación para la cual laboraba. Una soldadesca le impidió el paso en Curridabat; con justo enojo regresó a Cartago y se comunicó con su jefe, quien le aconsejó que pasara al cuartel y solicitara un salvoconducto. Atendiendo esta sugerencia, se presentó ante el Comandante de Plaza y este, en vez de extender el salvoconducto, ordenó su arresto en un calabozo, del que salió cuatro días: después gracias a que su esposa presentó un recurso de Habeas Corpus. ¿Se le encarceló por algún comentario suelto que alguna vez expresara o simplemente por ser cartaginés? Con esa actitud contra el Capitán Núñez las autoridades nunca se imaginaron que estaban enconando el espíritu de uno de los opositores al gobierno que más aportes prestó a la revolución libertadora, tanto por su valor como por la brillantez de sus iniciativas.

Imposible que un pueblo, heredero de los más puros sentimientos de paz y libertad, noble y valiente como los soldados de la epopeya de 1856, no respondiera, corajudo y decidido, ante el ultraje de los sátrapas caldero- comunistas. Nuestra democracia estaba ensombrecida y era necesario que del estrépito de las armas naciera un nuevo sol que la alumbrara. La revolución comenzaba a gestarse.

San Isidro de El General Ciudad mártir

Uno de los aviones usados por los rebeldes durante
la Guerra Civil de 1948, se destrozó en un aterrizaje
en el campo de San Isidro de El General. No hubo
víctimas, pero la pérdida siempre fue lamentada,
aunque ya no hacía tanta falta como al principio.
Desde este avión se lanzó una bomba sobre la
casa Presidencial, la que cayó exactamente en la
esquina sur oeste del Parque Nacional.


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CAPITULO II: ACCION ARMADA


San Isidro de El General Ciudad mártir

Obsérvese parte de las trincheras excavadas en la
plaza de San Isidro de El General, desde las cuales
se peleó con gran decisión contra las fuerzas del
General Tijerino. Las gentes de las trincheras
estuvieron aislados del resto del ejército por casi
treinta y seis horas, con hambre, sed y frío. Quienes
los asediaban, rivalizaban en valor y en empeños
de sacarlos de ahí.


PRIMERO

En la hacienda La Lucha don Pepe Figueres, acompañado por Edgar Cardona Quirós, Frank Marshall Jiménez, Max (Tuta) Cortés González, Fernando Figuls Quirós, Víctor Alberto Quirós Sasso, Alberto Lorenzo Brenes, y José Santos (Pepino) Delcore, da los primeros pasos para responder con las armas al reto. Pequeño grupo de valientes dispuesto a todo para defender sus ideales. Están presentes también valiosos elementos: el licenciado Alberto Martén Chavarría, don Alex Murray Macnair, el licenciado Benjamín Odio Odio y don Fernando Valverde Vega.

El gobierno tiene informes de lo que acontece pero no les da importancia. Más bien se mofa, diciendo que son locuras de Figueres. Olvida que estos hombres de La Lucha representan a la mayoría de los costarricenses, en sus distintos niveles sociales y económicos. Y que cada hombre, cada mujer y cada joven busca la forma de colaborar para concluir con el oprobioso régimen de los ocho años.

Don Pepe envía a don Manuel Camacho Jiménez con un mensaje al capitán Guillermo Núñez, para que se incorpore al movimiento. Núñez está de acuerdo y regresa con don Manuel a La Lucha, después de evadir una serie de retenes.

Reunido con lo que podría llamarse su Estado Mayor, don Pepe plantea el asunto de las armas, que deben traerse de Guatemala. Las únicas vías para ello son la aérea y la marítima y por esta última ya se había sufrido un fracaso, pues ofrecía innumerables dificultades además de su elevadísimo costo. Siendo el tiempo un factor determinante y ya que está presente el capitán Núñez, se solicita su consejo. Pide tiempo para meditar sobre el asunto, retirándose con un cuaderno a un cabuyal; a su regreso presenta un plan que al ser leído no provoca discusiones, recibiendo aprobación unánime, y bautizado por don Pepe con el nombre de "Plan Maíz".

A La Lucha van llegando hombres de todas las edades y de todos los lugares. Los más significativos son los de Cartago, con Bruce Masís Dibiasi a la cabeza; de Desamparados con Carlos Gamboa, Domingo García Villalobos, Juan Bautista Gamboa y veinte compañeros más, y un grupo de decididos puriscaleños con Sidney Ross, Rafael Solórzano Saborío y Teófilo Santillán. Así se va formando un ejército de patriotas voluntarios.


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SEGUNDO

Don Pepe inmediatamente envía al señor Camacho Jiménez a San Isidro de El General para explorar el ambiente, con el fin de organizar allí el movimiento armado, pues de acuerdo con el "Plan Maíz" al aeropuerto de esa ciudad llegarían las armas de Guatemala. Camacho busca a los dirigentes políticos de la última campaña electoral y una vez reunidos les informa cómo se está tratando de organizar un grupo. Todos opinan que sólo con las armas se podrá rescatar el país del desastre económico, social y político a que lo ha llevado la nefasta alianza caldero-comunista. Los generaleños están dispuestos a dar la vida para salvar a la patria de la amenaza de convertirse en el primer país comunista del continente americano. El grupo está formado por Aníbal Barboza Villalobos, el licenciado Oldemar Chavarría Chinchilla, Romilio Durán Picado, Hernán Bermúdez Bermúdez, Jorge Ramírez Vargas, Aquileo Barrantes Fonseca y José Tabash Mora; para colaborar en algunas misiones difíciles se cuenta con Manuel Madrigal Valverde, Jorge Alfaro Alpízar, y Arturo Muñoz Valverde. La principal labor de este grupo es empadronar, con todas las reservas del caso, a los hombres dispuestos a callar y actuar en el momento preciso, en el lugar, día y hora que se indique. Se hacen dos bandos, uno en San Isidro y otro en Buena Vista del distrito de Rivas. Además se cuenta con algunas armas, siendo el centro de reuniones, o cuartel general, el hotel "La Casa Amarilla" propiedad de la familia Ramírez Cruz.

Al enviado de don Pepe se le informa que en varias oportunidades en el transcurso de la campaña política, se había recibido la visita de un grupo de jóvenes universitarios, miembros de la J.U.C.O. ("JUVENTUD- UNIVERSITARIA-COSTARRICENSE-OPOSICIONISTA") compuesto por Enrique Obregón Valverde, Sidney Brautigam Jiménez, Fernando Herrera Sánchez, José Cubero Madrigal y un joven D'Ambrosio. Impartían orientación política y enseñaban tácticas de sabotaje, así como el manejo de armas y explosivos.

El grupo oposicionista de San Isidro siempre estuvo consciente de que sólo con un movimiento armado se podrían frenar los desafueros del gobierno; permaneció activo vanos años antes del 48 y es digno de recordarse el 13 de febrero de 1944, cuando la soldadesca, al mando de un tal Coronel Molina recorría los principales lugares del cantón en un vehículo, visitando los centros de sufragio, impresionando a los modestos campesinos con desplantes de matonismo. Por la noche, fueron recogiendo la documentación de las Juntas Receptoras de Votos para trasladarla a San Isidro; cuando lo hacían con la correspondiente a La Palma, en un punto determinado de la carrera se colocó una carga de dinamita, accionada por Evangelista Aguilera Jiménez; fue un milagro que no explotara en el preciso momento que pasaba el camión gobiernista, cuyos ocupantes sólo sufrieron un fuerte golpe, sin mayores consecuencias.

El grupo de San Isidro pensaba que en otros cantones había organizaciones similares. Don Manuel Camacho manifiesta que a partir de ese momento se debe actuar sólo acatando órdenes de don Pepe Figueres. Don Pepe es ampliamente conocido por todos los pobladores de la región, tanto por sus dotes de agricultor y empresario como por el buen trato a sus trabajadores, a quienes hace partícipes de sus actividades; todos lo respetan y admiran por sus sentimientos humanitarios, pues muchos han recibido sus favores. Hubo familias que buscaron nuevos horizontes en el Valle de El General, a las que él les proporcionó transporte y ayuda económica.

Informa también don Manuel que él ha sido nombrado para coordinar acciones entre La Lucha y San Isidro y que, para colaborar e iniciarlas, al día siguiente llegará José Joaquín [Piquín] Fernández Gamboa con su camión; el primer encargo será la compra y traslado a La Lucha de ciertas cantidades de arroz, frijoles, dulce y manteca, todo ello necesario para la alimentación de los hombres incorporados al movimiento.

El licenciado Arnoldo Jiménez Zavaleta llegó a San Isidro antes de las elecciones, como delegado del Partido Unión Nacional y todavía permanece en el lugar. Se acuerda que viaje a San José en compañía de Romilio Durán, a conseguir municiones para las armas, o dinero para comprarlas. Al llegar a la capital, el primero en ser consultado es don Mario Echandi Jiménez, quien como Secretario del Partido puede ayudar, y lo hace espontáneamente con la suma de tres mil ochocientos colones.


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TERCERO

Las visitas del señor Camacho traen confianza al grupo de San Isidro. Ya hay un Jefe de quién recibir órdenes. Aunque se desconocen los planes bélicos, cunden el optimismo y la fe en que todo saldrá bien. No faltan los escépticos, que dicen tener deseo y valor, pero se preguntan dónde están las armas. Hay que insistir en que don Pepe lo tiene todo listo y que cuando llegue el momento, él armará a su gente. En ese esperar pasan los días sin mayores contratiempos. Todos se preparan moral y espiritualmente y no es para menos. Se trata de algo desconocido, del gran dilema de empuñar el arma para enfrentar a compatriotas.

Piquín Fernández, con su camión, hace dos viajes a la Lucha y uno al Empalme, a dejar mercadería tal como se ha planeado. Así se llega al miércoles 10 de marzo de 1948, día en que se espera una visita más de don Manuel Camacho. Esta vez viene con una orden: Piquín debe trasladarse en la tarde a La Lucha para transportar a los muchachos que don Pepe enviará con todas las instrucciones para tomar la ciudad al amanecer el día 11, en conjunto con los de San Isidro. Circunstancias especiales, ya que la Carretera Interamericana se aterró, impiden la salida de San Isidro. Sólo queda paso para un vehículo pequeño de doble tracción. El que no llegue el camión a La Lucha preocupa a don Pepe, al creer que las autoridades del gobierno han controlado el movimiento. Al amanecer del jueves 11, llegan Frank Marshall, Elías Vicente y Roberto Valdeperas a indagar sobre el atraso del camión. Enterado de todo, Marshall avisa que esa noche vendrá la gente en carros de La Lucha y que deben esperarlos en el lugar convenido, sea La Tolva, hoy Barrio San Luis. Ahí se reunirán. Desde la tarde se comienza a pasar el aviso de persona a persona, y a partir de las siete de la noche se van juntando en el lugar acordado; se recomienda no hacer ninguna manifestación que pueda despertar sospechas. A las nueve de la noche sucede algo imprevisto. La soldadesca que desde antes de las elecciones había llegado a San Isidro, desata una balacera, en la que no falta el tableteo de una ametralladora y disparos de "máuser", al igual que en San José; esto alarma a la población y entre los sublevados cunde el desconcierto; algunos piensan que los del gobierno ya están enterados del movimiento pero van transcurriendo las horas y al ser las once vuelve la tranquilidad.

Han llegado todos a la cita. En el grupo hay ansiedad y nerviosismo, que va en aumento conforme se acerca la hora decisiva. Hay un silencio profundo; unos están sentados, otros tendidos sobre el césped, mirando las estrellas, quizá musitando una oración con el pensamiento en el hogar, en la madre, en la esposa, en los hijos, recordando a la novia, pero con una idea fija: ofrendar la vida si es necesario, para legar a sus seres queridos una patria mejor. En el grupo hay solteros, casados, jóvenes y viejos, todos con el mismo espíritu, con idéntico anhelo. Son Aníbal Barboza Villalobos, Aquileo Barrantes Fonseca, Arturo Muñoz Valverde, Juan Barboza Villalobos, Romilio Durán Picado, José Tabash Mora, Ramiro Barboza Villalobos, Arturo Altamirano Mata, Rodrigo Infante Segura, Dimas Barrantes Fonseca, Manuel Madrigal Valverde, Victor Badilla "El Guarda", Bernardo Amador Sibaja, Jorge E. Alfaro Alpízar, Jorge Ramírez Vargas, Ramón Segura Madrigal, Juan Cordero Villalobos, Oldemar Chavarría Chinchilla, Ismael Mora Zúñiga, Adolfo Pereira Míguez, Manuel Molina Mora, Mario Garbanzo Díaz, Francisco Cantillo Méndez, Sigifredo Chacón Badilla y Enrique Guzmán Jiménez.

Al otro lado de la ciudad se encuentra otro grupo, quizá con los mismos pensamientos; son vecinos de Buena Vista y de Pueblo Nuevo, listos para entrar en acción en el momento oportuno; ahí están Carlos Castro Solano, Rafael Montenegro Guillén, Neftalí Elizondo Ureña, Concepción Fallas Sánchez, José Angulo Serrano, Custodio Chaves Granados, Juan Ramón Fallas Sánchez, Humberto Angulo Torres, José Castro Solano, Rogelio Castro Solano, Guido Barrantes Badilla, Agatón Venegas Cordero, Carlos Calderón Leitón, Alcides Cordero y Joaquín Hidalgo Quesada.

Pasa la media noche, Manuel Camacho, preocupado, dispone que un jeep conducido por Piquín Fernández, acompañado por Aníbal Barboza y Romilio Durán, vaya al encuentro de la gente que hace horas salió de La Lucha. A pocos kilómetros, en unas curvas de la carretera aparecen las luces de varios vehículos y sin perder tiempo se incorporan al grupo para llegar al lugar donde los generaleños esperan. En la oscuridad habla Carlos Gamboa Gamboa, y comienza a impartir órdenes. Explica que la operación que se va a realizar se denomina "PLAN MAIZ" y que vienen organizados en tres grupos, a los que les asignaron jefes y misiones a cumplir. El grupo suyo está formado en su mayoría por desamparadeños: su hermano Juan Bautista, Domingo García Villalobos, Jorge Romero Calderón, Domingo Chacón Morales, Eladio Bonilla Castillo, Arturo Sotillo Jiménez, Carlos Luis: Castro Femández, Enrique Jiménez Canossa, Marcelino Jiménez Mesén, Aníbal Monge Valverde, Ricardo Arana Ballar, Fernando Monge Ureña, José Joaquín Femández Gamboa, Julio César Mora Mora, Miguel Angel Flores: Valverde, Femando Ortuño Sobrado y Cayetano Rivera Mata.

Otro grupo llamado "QUIRAZÚ" está constituido por Roberto Femández Durán, Edmond Woodbridge Mangel, Juan Arrea Escalante, Femando Cortés Noriega, y Arnoldo Ramos, que se les unió al quedar perdido de sus compañeros que iban a La Lucha pocos días antes.

Un tercer grupo jefeado por Manuel Camacho: Max [Tuta] Cortés González, Haroldo Mora Gómez, Elías Vicente Sáenz, Fernando Herrera Sánchez y José Luis Cubero Madrigal. Fuera de los tres grupos comandados por Gamboa, Fernández y Camacho, vienen los pilotos Guillermo Núñez Umaña y Otto Escalante Wiepking.


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CUARTO

El grupo comandado por Camacho y Cortés debe tomar la Jefatura Política; al grupo Quirazú bajo el mando de Fernández y Woodbridge le toca el Resguardo Fiscal, y el tercer grupo, jefeado por Gamboa y García, está encargado de conquistar la llamada casa de los Chacón, donde hay una talabartería y es el centro de operaciones de los comunistas. Los generaleños son distribuidos en los tres grupos asumiendo la función de guías.

Formados los tres grupos y dadas las instrucciones, se entrega un brazalete azul a cada integrante y se ordena que los pilotos permanezcan en el lugar de llegada, ya que de ellos depende el éxito de la revolución y no deben exponerse esa noche. Su misión es para el día siguiente, quedándose acompañados de Marcelino Jiménez. No obstante, es tan grande el deseo de cooperar, que olvidan la recomendación y se incorporan al grupo de Camacho y Cortés. Por último se da el santo y seña y cada grupo se dirige a su destino. El que va a la talabartería tiene que recorrer un trayecto más corto, libre de obstáculos; los otros deben hacer un recorrido más largo, atravesando propiedades y saltando cercas, lo que dificulta la sincronización de los ataques. Gamboa con su gente llega de primero; concede un tiempo prudencial e inicia el fuego, disparándole a la talabartería Chacón, la cual es una casa de madera de dos plantas. Desde una ventana de la planta alta de inmediato es contestado el fuego con ráfagas de ametralladora. Ante esa situación, se ordena a Carlos Luis Castro Fernández que lance dos bombas a la casa; llega hasta el propio sitio deslizándose por la orilla de las paredes, donde no tenía ángulo el que disparaba. Las bombas estallan y el hombre de la ametralladora abandona su posición: sale a media calle, sigue disparando y cae gravemente herido, pero con fuerza suficiente para utilizar su Neuhausen, quitándole una pequeña pieza, la cual lanza lejos; este hombre es Joaquín Mora, un joven valiente, que en campañas anteriores había sufrido vejámenes y toda clase de atropellos del régimen caldero- comunista en la pelea por la pureza del sufragio. Pero ahora tiene sus motivos, que por respeto a su memoria no es conveniente analizar, y en esos momentos está bajo las órdenes del gobierno. Además, su padre, el profesor José Mora Sáenz, que sí es calderonista, hace un mes se hizo cargo de la Jefatura Política, solicitando al Ministerio de Seguridad la asignación de su hijo para que lo acompañe. Don José sale de su casa descontrolado. No sabe lo que pasa y grita que no disparen más; que ya es suficiente. Es posible su confusión, porque al inicio de la noche su gente había estado disparando. Sólo pudo pronunciar esas palabras y se desploma mortalmente herido, pereciendo casi instantáneamente.

Al grupo de Gamboa le disparan por detrás de donde está apostado, desde otra talabartería. El primero en localizar este foco de fuego es Juan Bautista Gamboa, quien descarga el "magazine" de su carabina calibre 22, cayendo herido el talabartero Céspedes, el que a su vez ya hirió al desamparadeño Arturo Sotillo Jiménez. En esta forma termina la misión del grupo de Carlos Gamboa, y éste inmediatamente pide que se le guíe a la Jefatura Política, la cual ya ha sido tomada por el grupo de Camacho, de Tuta Cortés y Elías Vicente, después de que Cortés dispara una ráfaga de ametralladora y Elías lanza una bomba, sin encontrar resistencia. Sólo resulta herido levemente el policía Lorenzo Marín, pues sus compañeros gobiernistas, excepto los que se entregan, se esconden bajo el piso, lo que pasa inadvertido. Sin embargo, los descubre la gente de Gamboa, haciéndolos prisioneros. En ese momento es apresado el primer civil, el dirigente comunista José Morales, que a esa temprana hora se dirigía al matadero Municipal. Se acerca el amanecer del 12 de marzo, fecha histórica en la que se declara territorio libre el sector generaleño.

Se sigue avanzando hasta llegar al punto de reunión de los tres grupos, el Resguardo Fiscal. Se dispara contra la casa que ocupa, pero no hay respuesta; al avanzar se toma la posición, donde no hay nadie. Sus defensores han asumido la misma actitud de sus compañeros de la Comandancia Cantonal y están escondidos bajo el piso y acostados en los caños. En este lugar hay un lote de armas y municiones que, junto con las de la Jefatura Política y las requisadas a los prisioneros, sirven para armar a los hombres que se han presentado a colaborar. A éstos se les encarga la tarea de conducir a todos los dirigentes caldero-comunistas, para mayor seguridad, a una casa de dos pisos de bajareque, propiedad de don Natalio Fallas, que servirá como detención o cárcel provisional.

El capitán Núñez se dirige a la casa del Jefe de Radios Nacionales, don Gilberto Blanco Montero, para enterarlo de lo que sucede y pedirle su colaboración y la de su hermano Jesús Blanco, el otro operador. Inmediatamente se ponen a la orden de la causa revolucionaria, ofreciendo cooperar ampliamente. Aparece el sol y de los hogares van saliendo, con cierta preocupación, hombres, mujeres, jóvenes y niños, que al enterarse de lo sucedído estallan en júbilo. El pueblo está de fiesta.

Mientras tanto, Roberto Fernández Durán, Edmond Woodbridge y otros se hacen cargo de las comunicaciones; se captura al radioperador de Taca, un joven de Moravia y de filiación comunista; se le obliga a transmitir solamente los mensajes que se le dan por escrito. Para que se acate esta orden, detrás de él se encuentra Roberto Valdeperas Escalante, atento y arma en mano. Cuando esto sucede, Carlos Gamboa organiza el resto de la gente en dos filas, una a cada lado de la pista de aterrizaje, ya que hay que decomisar el primer avión, que llega en el servicio regular de pasajeros y carga. Inmediatamente se reporta a San José su arribo, indicándose que ha sufrido un desperfecto en el tren de aterrizaje; se pide que envíen otro con repuestos y mecánicos y así se captura un segundo aparato y después un tercer avión. Los dos primeros son ocupados por los pilotos Núñez y Escalante.


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QUINTO

Revisados y listos los aviones, al ser las once de la mañana despegan con rumbo a Guatemala. A esa hora ya han sido detenidas todas las personas que podrían ofrecer algún peligro para la revolución. Los últimos en localizarse son el Jefe del Resguardo Fiscal, Jesús Montero y sus tres hijos, también miembros de ese cuerpo, en el que sobresalieron por la persecución de todo aquel que se manifestara contra el gobierno.

Entretanto, en La Lucha se había organizado un retén que fue enviado a La Sierra para impedir el paso por la carretera Interamericana. Al ser el medio día aparece sorpresivamente un jeep, tal vez para inspeccionar la zona, en el que viajan el coronel Rigoberto Pacheco Tinoco, el mayor Carlos Brenes (Perro Negro), Luis Quinto Vaglio y el teniente César Fernández como conductor, además de un "baquiano". En la escaramuza que sobreviene mueren Pacheco y Brenes, sale ileso Vaglio y es herido Fernández, quien es llevado en el autobús que hacía su última carrera a San Isidro, donde en la noche se acondiciona un carro como ambulancia a la Cruz Roja, que sale rumbo a San José con los heridos José Joaquín Mora, que muere pocos días después, el talabartero Céspedes y el teniente César Fernández, todos viajando bajo la atención del empleado de una botica, de nombre Jesús Delgado.

Los señores Blanco Montero mantienen la comunicación de Radios Nacionales y reciben el siguiente mensaje dirigido al Jefe Político: "SIRVASE INFORMAR QUE NOVEDADES SUCEDEN AHI. FIRMA R.A. GUTIÉRREZ, DIRECTOR DE RADIOS NACIONALES". Respuesta: "Aquí todo sin novedad. Atentamente José Mora Sáenz. Jefe Político". Cuando se envía este mensaje don José Mora ya tiene varias horas de fallecido. Otro mensaje, del mismo director, al capitán Núñez: "PÓNGASE A LA ORDEN DEL GOBIERNO". Respuesta: "Yo sólo recibo órdenes de José Figueres Ferrer. Capitán Guillermo Núñez". Estas comunicaciones terminan al ingresar los primeros heridos a San José. Cuando esto sucede, quien tiene a su cargo el control de las comunicaciones en San Isidro es don Arnoldo Müller.

El día transcurre tranquilo. Han llegado más hombres a enlistarse como soldados voluntarios de todas las comunidades de Pérez Zeledón. Algunos llegan a ofrecer sus servicios en otros quehaceres; todos quieren participar, pues hay deseos de servir a la causa. Los sacerdotes de la parroquia, de origen germano, Padres Bernardo Drug y León Nathrat, este último ex-oficial del ejército alemán en la primera guerra mundial, ofrecen colaborar. Cuando llegan las armas, ellos dan las instrucciones de cómo disparar a los aviones en pleno vuelo. Recomiendan cavar unas trincheras, como lo ha sugerido a Edmond Woodbridge el piloto de uno de los aviones capturados, Juan Ignacio Pérez Rey, que había peleado en la guerra civil española: cavando en zigzag por los costados de la plaza.

En horas avanzadas de la tarde, llegan José Luis Abarca Méndez y un compañero con un mensaje de don Pepe. Es la orden para que Carlos Gamboa regrese con su gente a La Lucha, dejando en San isidro a los que están atendiendo algunos puestos: de jefatura. Son las seis de la tarde y de acuerdo con la disposición, Gamboa con su gente y algunos generaleños parten rumbo a La Lucha. Se organiza la vigilancia en algunos puntos principales del pueblo y en una tranquilidad absoluta transcurre la noche.


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SEXTO

Así llega el nuevo día, trece de marzo. Sólo se oyen comentarios de lo sucedido y sobre los posibles acontecimientos futuros. Todo es una incógnita y esto produce cierto nerviosismo, que aumenta conforme avanza el tiempo. Son las primeras horas de la mañana. De pronto alguien grita: "Avión". Comienza a oirse el ruido de motores y aparecen dos aviones. La gente corre a ocupar sus puestos, pues es preciso quitar los obstáculos colocados a lo largo de la pista de aterrizaje. Hay que esperar la señal convenida: los aparatos deben volar de oeste a este; la pista tiene que estar marcada con dos grandes mantas en cruz para indicar que San Isidro sigue siendo territorio libre; a su vez los pilotos deben sacar tres veces el tren de aterrizaje, antes de descender. La operación se efectúa sin contratiempos. Ya en tierra, se abre la portezuela de uno de los aviones y aparece un hombre de buena estatura; comienza a dar órdenes, para que se coloquen los camiones que van a cargar los pertrechos. Hay tres camiones listos: el de José Joaquín Fernández Gamboa, el de Carlos Chacón Madrigal y el de Ramiro Vega González. Son cargados simultáneamente. Aquel hombre, que sin poner los pies en tierra costarricense impresiona por su seriedad y don de mando, es el coronel Miguel Angel Ramírez Alcántara. Lo acompañan otros oficiales: mayor Jorge Rivas Montes, capitán Horacio Ornes Goiscou, capitán Mario Sosa, mayor Francisco Morazán, Presentación Ortega, Alfredo Mejía Lara y Francisco Sánchez, (El Indio). En vuelos posteriores llegarán otros, como Adolfo Báez Bone, José María Tercero, Dr. Gómez Robelo, Jacinto López Godoy, Marcos Ortega, Octavio Calderón, Francisco Castillo, Dr. Rosendo Argüello hijo y Jacinto Castro. Habían llegado al país con anticipación, Edelmiro Izaula y Antonio Salaverri. Todos eran idealistas que, sin ser costarricenses y a riesgo de sus vidas, venían en nuestra ayuda, para que aquí se sentaran las bases de una verdadera democracia. COSTA RICA está en deuda con ellos. Para comprender mejor esto, es necesario conocer la generosa ayuda que prestó a nuestra revolución desde Guatemala, uno de esos hombres, Juan Rodríguez García, que en una de las cartas enviadas a don Pepe Figueres dice lo siguiente: Yo puse en manos de la revolución de Costa Rica el siguiente equipo, que le dio el triunfo final y definitivo a las armas bajo su mando, equipo que logré como producto de mis sacrificios personales y de gestiones con poderosos amigos. La lista que transcribo me fue entregada por el alto oficial de este país que hizo los sucesivos despachos: (sic).

Fusiles cal. 30                                800
Tolvas p. amet. cal. 45                         25
Detonadores                                    100
Cartuchos cal. 30                          223.000
Ametralladora "M" 7 mm                          10
Amet. Lewis cal. 7-65                            8
Cajitas p. amet. "H"                            16
Cajitas p. amet. "L" 7-65                        8
Tolvas p. amet. "M" cal. 7 mm.                  50
Bombas de aviación                              20
Cartuchos cal. 7 mm.                        78.760
Cartucherines                                  600
Pies de mecha para idem.                       200
Cinturones                                       5
Sacos de Quipo                                   4
Tirafrictores                                    4
Accesorios Mendoza. Baqueta                     10
Llaves desarmadoras                             10
Extractores                                      4
Ametralladoras cal. 45                          16
Granadas de mano                               100
Cartuchos cal. 45                           19.300
Piezas H.H. cal. 42.                             4
Ametralladoras "H" cal 7 mm                      6
Fusiles "R" cal 7 mm                           200
Cargadores metálicos rígidos                   192
Discos para art. "L" cal. 7-65                  48
Granadas cal. 42 mm "H"                        400
Cartuchos cal. 45                            9.000
Granadas de mano                               350
Candelas para dinamitar                        200
Fulminantes para dinamita                      200
Cantimploras de aluminio                         5
Alzas                                            4
Escobillones                                     2
Escobillones                                    10
Botadores                                       10
Punzones                                         4

Una vez cargados los camiones, se comienza a distribuir rifles a muchos generaleños deseosos de empuñar el arma; instructores improvisan soldados, los que necesitan saber cómo maniobrar el "máuser", porque la puntería la tienen fina, como buenos cazadores. Unos van subiendo a un autobús; otros se quedan en San Isidro.

Es la una de la tarde. El coronel Ramírez da la orden de partir hacia La Lucha; la caravana inicia la marcha con unos jeeps seguidos de los camiones con las armas. El autobús con los improvisados soldados, que ahí mismo van recibiendo instrucciones. La marcha se torna lenta al cruzar el Cerro de la Muerte; hay neblina y cae una llovizna persistente. El frío es intenso, pero al fin se llega a La Sierra, para comenzar a descender hasta las instalaciones de La Lucha. El encuentro de don Pepe con aquellos amigos es dramático. Después del abrazo afectuoso, las primeras palabras del coronel Ramírez son: "De aquí hay que salir pronto; esto es una trampa". Luego entrega a don Pepe unos documentos enviados por don Juan Rodríguez García, entre los cuales hay una carta que dice: (Sic.)

"Guatemala, 12 de marzo de 1948

Señor don
José Figueres
Miembro del Comité Supremo Revolucionario
San José, Costa Rica.

Mi distinguido amigo y compañero:

Al fin creo que nuestra ayuda a la causa de ustedes es efectiva. Si no llegó antes fue porque era del todo imposible, ya que estamos sin los recursos suficientes para hacer una operación que garantizara lo más posible el éxito. Además, si el envío del material no se decidió antes, o sea seguido de pasadas las elecciones, fue debido a mi ausencia de esta ciudad. Ahora creo que estamos en condiciones de llevar adelante nuestros planes y el material que le envío, puede considerarlo como la primera remesa, que puede decidir las operaciones en Costa Rica. No se puede imaginar cuánta atención he puesto en la actual situación de su país. Desde que se me informó, estando en la Habana, que ustedes afrontaban una situación crítica decidí prestarle toda ayuda y cooperación. En el futuro según lo requieran los acontecimientos, esa ayuda irá en aumento. Puede estar seguro que no escatimaré ningún esfuerzo para que ustedes puedan solucionar lo más pronto posible los problemas políticos de Costa Rica, contando desde luego con la firme participación de ustedes para solucionar, más adelante, la situación de todos los países del área del Caribe que se encuentran sometidos por regímenes despóticos.

Me permito recomendarle que trate por todos los medios de obtener la conquista de un Puerto de Costa Rica en el Atlántico, pues si es necesario por esa vía les podría enviar un equipo mayor, así como valientes y expertos combatientes que podrían ser de gran utilidad para el éxito de su misión. En consecuencia, es necesario que las fuerzas revolucionarias bajo su mando se apoderen cuanto antes de Puerto Limón o de otro que ofrezca seguridad para operaciones de mayor escala.

Para garantizar el envío y que cooperen con usted me permito enviarle un grupo de oficiales de mi mayor confianza, a quienes le ruego atender con las mayores consideraciones y utilizarlos en los lugares que más necesarios sean. Son ellos Mayor Jorge Rivas, Capitán Francisco Morazán, Teniente Mario Sosa, ellos son jóvenes que luchan con sinceridad por los principios democráticos y anhelan para sus respectivas Patrias gobiernos decentes que garanticen las libertades ciudadanas y la justicia social que tanto necesitan nuestros oprimidos pueblos. Con dichos amigos también van mis compatriotas Teniente Coronel Miguel Angel Ramírez y Capitán Horacio J. Ornes; el primero lleva la representación militar ante usted del comandante en Jefe del Ejército de Liberación del Caribe. El segundo, señor Ornes, ostenta mi representación personal y será el delegado político del Presidente del Comité Supremo Revolucionario. Este último conoce bien a Costa Rica y espero que al lado suyo ambos puedan ser de gran utilidad para nuestra causa común. Posiblemente en un futuro viaje de los aviones pueda enviarle más técnicos militares, así como amigos de mi mayor confianza.

Mi mayor deseo es estar con usted en el momento de iniciarse la lucha, pero he considerado conveniente permanecer aquí algunos días más para hacer los preparativos relacionados con el envío de más material. Pero deseo expresarle que tengo gran confianza en que usted sabrá llevar adelante con éxito la lucha armada en vuestro país y, a la vez, asegurarle que tan pronto resuelva los asuntos pendientes aquí estaré a su lado, luchando brazo con brazo con usted y mis amigos costarricenses como verá por los documentos anexos. En mi calidad de jefe militar de todo el movimiento me he dignado nombrarlo a usted Jefe de las Fuerzas que operan en territorio costarricense, teniendo presente sus altos merecimientos y el profundo conocimiento de que usted hará honor a la noble cruzada de liberación de nuestros pueblos oprimidos por asesinos y déspotas vulgares.

Al despedirme de usted y desearle el mejor de los éxitos en la misión que tiene por delante, quiero aprovechar esta ocasión para reiterarle las muestras más sinceras de mi amistad y afecto.

Mayor General Juan Rodríguez García
Presidente del Comité Supremo Revolucionario en Jefe
del Ejército de Liberación del Caribe.


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SÉTIMO

Después de una taza de café, es distribuida la gente ya debidamente equipada; unos para San Cristóbal Sur y otros para La Sierra, lugar a donde van los generaleños. En la casa de La Sierra hay uno que hace el café, Emiliano Valverde Gamboa; en otro galerón están secando ropa Marciano Barrantes Campos y Anathan Ceciliano Ureña; hacen guardia en uno de los puestos Lupercio Zúñiga Arias y Romilio Durán Picado; en la "ratonera" hay mucha gente de San José y Cartago. Es la una de la madrugada y hay cambio de guardia; se llega a la casa y hay que quitarse la ropa para secarla, ya que las condiciones climatológicas que privan son sumamente duras. Hay que meterse entre los montones de cabuya, buscando un poco de calor; son las tres de la madrugada y ya medio secos, hay que ir a llevar café a los que están en los puestos de guardia. Así transcurre la madrugada y llega el amanecer del domingo 14. Continúa el frío y la neblina; en una explanada frente a la casa hay unas trozas de madera; Barrantes Campos, que para abrigarse trae sobre la espalda un saco de yute franja azul con un nudo en la garganta, se lo quita doblándolo a lo largo sobre una tuca y sacando un cuchillo que lleva al cinto, de dos machetazos le corta las puntas, lo extiende y aparecen tres agujeros, dos para los brazos y uno para el cuello. Se lo pone y lo amarra con el cinturón; es el primer soldado con uniforme del Ejército de Liberación.

Han transcurrido dos o tres horas cuando se rompe el silencio. Están disparando y por los claros donde pasa la neblina, a lo lejos, puede verse donde se mueve el enemigo, en el recodo de La Ventolera y en la finca La Herediana. Los que conocen dicen que son los de la Unidad Móvil, la fuerza más organizada y con mejor equipo que tiene el gobierno. A ratos se intensifica el fuego con ráfagas de ametralladora, con explosiones de obuses, morteros y bazucas; se les contesta con moderación, posiblemente pensando en economizar municiones. Dentro de este ambiente de explosiones y de silbidos de balas, se oyen los motores de los camiones revolucionarios que vienen saliendo de La Lucha, con las armas y todo el equipo bélico. Bajo una lluvia de balas llegan a La Sierra y por la Carretera Interamericana enrumban al sur, para ponerse a buen recaudo. De esta operación es responsable don Alberto Martén Chavarría, a quien acompañan don Fernando Valverde Vega y los generaleños Aníbal Barboza, Jorge E. Alfaro, Juan Vargas Sánchez y Belisario Solís Arguedas.

Por teléfono se solicitan refuerzos para otros frentes, atacados con furia por las fuerzas del gobierno; por ello el grupo de La Sierra se reduce, quedando unos 18 hombres siempre al mando de Alberto Lorenzo Brenes, Manuel Antonio Quirós y el hondureño Mario Sosa. Son las tres de la tarde. En una recta de la carretera y rebasando las "ratoneras", avanza un vehículo seguido por dos columnas de soldados gobiernistas. Los revolucionarios, ante tan desigual enfrentamiento, tienen que abandonar la pelea. Quedan tres, Haroldo Mora Gómez, Víctor Badilla y Romilio Durán, protegiendo la retirada de todos, en la que resulta herido "el que hacía el café" Emilio Valverde. Los de la Unidad móvil toman posiciones, rápidamente colocan las ametralladoras de sitio y comienzan a disparar hacia el bajo de los Chaves y el camino de La Lucha. Así transcurren una o dos horas, cuando de pronto cae emboscado un jeep revolucionano conducido por Alvaro Monge Ureña, que lleva a Zacarías Taylor, Simón Acevedo y otro; luego cae un jeep más, con cinco revolucionanos al mando de Gonzalo Segares García; detrás viene un camión con gente de San Isidro. Estos reaccionan a pesar de la sorpresa, pero los del gobierno disparan, y mueren Concepción Fallas Sánchez y Pedro Ureña Quesada; quedan heridos Gonzalo Elizondo Chinchilla y Carmen Elizondo Sáenz, los que son trasladados al Hospital de Cartago. Caen prisioneros Juan Ramón Fallas Sánchez, Carmen Monge Navarro, Hernán Picado Monge, Omar Agüero Barrantes, Rodrigo Retana Carrera, Humberto Chacón Monge, Norberto Solís Elizondo, Antonio Monge Fonseca, Aquileo Mora Chinchilla, Gonzalo Valverde Chinchilla, Aristides Mata Bonilla, Francisco Vargas Mora, José Angel Fallas Mora, Aurelio Borbón Mann, Jovito Ureña Valverde, Gilberto Montero, Joaquín Picado, Rogelio Castro Solano, José María Castro Solano, Arturo Villalobos Solano, Francisco Barrantes Hemández, Arturo Fonseca, Israel Borbón, Francisco Fallas Fallas, Filadelfo Angulo Serrano y Eliecer Fernández Picado.

Casi inmediatamente cae un autobús con gente de San Marcos de Tarrazú que venía a reforzar La Sierra, siendo todos capturados. No se mencionan los nombres de los de Tarrazú, ya que la intención principal de estas páginas es narrar sólo hechos, aportes humanos y materiales del cantón de Pérez Zeledón.

Mientras todo esto ocurre y posiblemente en un cese de fuego, don Pepe contesta la carta del mayor general Juan Rodríguez García. Es una escueta nota manuscrita que dice lo siguiente:

"13 de marzo. Cuartel General La Lucha.

General Rodríguez.

Mil gracias en nombre de América. Nos estamos batiendo como fieras. Este fuego no cesará hasta que libremos al mundo americano de Trujillos. Su oficialidad magnífica. Nos hemos de ver pronto.
José Figueres."


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OCTAVO

Nos apartamos a propósito de San Isidro, con el fin de hacer justicia a los valientes y abnegados generaleños que participaron en los hechos relatados. Retomemos ahora a ese heroico pueblo que fue centro y nervio de la revolución. Ahí es donde se preparan los soldados para ser enviados a diversos frentes. Los aviones despegan casi todos los días con rumbo a Guatemala, regresando con más equipo. Salen los víveres para los guerreros y se afrontan furiosos ataques de los comunistas mezclados con Guardias Nacionales de Nicaragua y con asesinos internacionales contratados por el gobierno. La población civil soporta con estoicismo los ataques de los aviones gobiernistas, que constantemente llegan a lanzar bombas y balas.

El domingo 14, llega por primera vez un avión a bombardear y ametrallar la población. Aparecen los primeros heridos, entre ellos un niño de brazos. Es necesario ocupar el hospital propiedad del gobierno de los Estados Unidos y bajo la tutela de la Public Roads Administration . Ya las compañías participantes en la construcción de la Carretera Interamericana habían entregado los centros de trabajo y de salud, como el hospital construido por la Martin Wunderlich Company y los planteles o talleres de Ralph Mills Company, en San Isidro y el Cerro de la Muerte. El ingeniero Rodrigo Mesén Mora, como administrador de esos centros, dio las llaves del hospital al licenciado Oldemar Chavarría y a un miembro de la Cruz Roja, Ricardo Valverde.

El jueves 18 de marzo muy temprano, llega en un caballo casi agotado Armando Martínez, con la noticia de que en las playas de Dominical están desembarcando fuerzas del gobierno al mando del General Enrique Somarribas Tijerino, oficial retirado de las fuerzas de Augusto César Sandino y buscador de aventuras militares, a quien se conoce simplemente como Tijerino. Lo acompañan Juan Ramón Leyva, ex militar de la guardia de Somoza y el asesino internacional Aureo Morales.

Tijerino comparte el mando con el dirigente comunista Carlos Luis (Calufa) Fallas y ambos vienen precedidos de la fama de ser correctos y caballerosos, al contrario de Leyva y Morales. Una vez que desembarcan, Tijerino ordena hundir la lancha que los trajo, de la que en la actualidad se conserva el ancla.

Poca confianza tiene el General en su gente, a la que organiza dejando en la playa un retén al mando de Áureo Morales. Con el resto, unos trescientos hombres, avanza y en las primeras horas de la mañana tiene lugar su primer enfrentamiento con un grupo revolucionario que por la noche ocupó el lugar conocido como La Faralla. Momentáneamente las fuerzas gobiernistas retroceden, lo que aprovechan los alzados para dirigirse al Alto de San Juan, donde ocupan posiciones y procuran descansar. Ya se acerca la noche y después de establecer las guardias requeridas, la mayoría se sume en un profundo sueño.

Un grupo procedente del Alto de San Juan, avanza en la noche por la carretera y cae en la emboscada que tienden los del gobierno. Gracias a su extraordinaria habilidad física, Benjamín Odio se libra de caer prisionero, precipitándose en una hondonada. Caen prisioneros Fernando Ortuño Sobrado y Carlos Eduardo (Pocholo) Mendieta, quienes por varios días serán obligados a transportar carga.

Al llegar los gobiernistas el viernes 19 al lugar llamado La Alfombra, sorprenden al vigía Máximo Fernández Herrera y lo matan. Al amanecer del sábado 20, desde el Alto de San Juan inician el descenso por dos rutas; una para llegar a La Palma y la otra al Rosario de Pacuar. Mientras tanto, de San Isidro han salido muy temprano grupos dispersos al encuentro de Tijerino. Sin mucha organización y planeamiento bélico, con la desventaja de la topografía quebrada de un territorio en el que el enemigo ocupa la parte alta y avanza dividido en dos direcciones. Los revolucionarios, a pesar de lo adverso de la situación, responden con valor y firmeza, no pudiendo resistir el avance enemigo por la gran diferencia numérica. Optan por retirarse, tras ocasionar al adversario un número mayor de bajas que las propias. De los revolucionarios mueren un esclarecido generaleño, Dimas Barrantes Fonseca, y dos trabajadores del campo, Ramón Mora Calvo y Otoniel Flores Ceciliano. Resultan heridos levemente Guillermo (Chureca) Hernández y el hondureño Jacinto López Godoy, el mismo que esa mañana al serle ofrecida una ametralladora, dijo señalando el machete de 26 pulgadas que colgaba de sus hombros, que su "máquina" la traía el enemigo y que lo único que necesitaba era un compañero y un bolso de bombas. Todo se cumplió. Fue capturada la ametralladora, pero la hazaña costó la vida de Dimas Barrantes. Los heridos llegan a San Isidro por sus propios medios y se internan en el hospital. También, herido y hecho prisionero en el Rosario de Pacuar, al bizarro joven Jeremías Garbanzo Díaz lo utilizan sin consideración para transportar carga. Se hospitaliza y muere cuatro días después. El último en llegar al pueblo es Leonardo Castillo Rincón, retrasado porque unos prisioneros a su cargo se resistían a caminar. Esto le permite ver la fuerza y el orden con que avanza el enemigo, lo cual informa.


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NOVENO

Por lo que está sucediendo, la población civil se alarma; hay confusión. El jefe de la guarnición de San Isidro, don Fernando Valverde Vega, ordena evacuar la plaza ante el peligro inminente de las hordas de Tijerino que avanzan sobre la ciudad. Las familias, unidas y en caravana, se dispersan por diferentes rumbos en busca de refugio en alguna finca; entre más lejos mejor. A los que tienen armas se les ordena abordar unos vehículos y trasladarse como a veinte kilómetros por la carretera norte, a Boquete, lugar en el que la compañía Mills dejó un galerón donde los hombres pasarán la noche.

Inmediatamente Manuel Camacho sale para Santa María de Dota, a informar a don Pepe Figueres de los últimos acontecimientos. Reunido el alto mando, se acuerda que San Isidro no debe perderse y que si ha sido ocupado por el enemigo, es preciso recuperarlo. El coronel Ramírez solicita que se le asigne esa misión. Prepara el viaje a San Isidro, llegando al amanecer del domingo 21 de marzo a Boquete, acompañado del mayor Francisco Morazán. Más tarde llega a San Isidro, procedente de El Empalme, un pelotón al mando de Edgar Sojo.

Lo primero que hace el coronel Ramírez es pedir la colaboración de dos generaleños para que le ayuden a hacer un croquis de la ciudad. En el galerón donde se encuentran hay una ametralladora de sitio; le pide a Rodrigo (Yoyo) Quesada que la revise y maniobre, porque tendrá que hacerse cargo de ella. En ese momento llegan de San Isidro Cerlindo Alvarado Quesada y Mario Zúñiga Aguilar, e informan que la ciudad está desierta y que las dos fuerzas de avance del gobierno se encuentran una como a dos kilómetros camino de La Palma y la otra a la misma distancia camino a Pavones y Rosario de Pacuar. Al enterarse de esto, Ramírez hace un puño de papeles del croquis de San Isidro y los bota, ordenando a la gente subir a los camiones para avanzar rápidamente y retomar el pueblo.

Mientras esto sucede en Boquete, en la plaza de San Isidro se reunían unos valientes generaleños que no habían acatado la orden del Jefe de Zona, dispuestos a morir defendiendo el terruño. Del grupo el que más habla y planea es el dueño de una farmacia, licenciado Oldemar Chavarría. Veintidós hombres se organizaban de dos en dos para ocupar diferentes puntos y esperar al enemigo. Daban las últimas instrucciones cuando se les acercaron tres hombres dirigidos por un señor de edad, que infundía respeto. Pidieron que les permitieran formar parte del grupo. Desde el día anterior se habían acompañado: don Francisco Bedoya Garcia, Jacinto Chanto Cervantes y un jovencito Miguel Zúñiga Díaz, conocido después como Miguel Salguero. Fueron recibidos con entusiasmo, pero hubo un reparo para el "güila" porque uno dijo: "en lo que estamos es para hombres, no para niños"; en esto intervino el señor Bedoya y dijo que él se lo llevaba dándole un rifle Remington o "cachimbón" como se le llamaba. Bedoya y sus dos compañeros patrullaron todo el día; la noche la pasaron en su casa, en la esquina noroeste de la plaza, en el negocio llamado "El Comisariato".

Al ser las doce la gente de Boquete llega a los planteles o talleres de la Mills, lugar que servirá después como cuartel general de los revolucionarios. El coronel Ramírez ordena a Rodrigo Quesada seguir por la carretera a Dominical, acompañado de seis hombres al mando de Manuel Madrigal Valverde, buscando una buena posición en el alto de los Agüero en el Hoyón. Ahí emplazan la ametralladora. No hay indicios de que por ese lado ataque el enemigo y al amanecer acuerdan regresar.

Para mejor comprensión de lo que sigue, es bueno hacer un panorama geográfico, un esquema rápido del terreno. Conviene explicar los lugares importantes que hay en cada uno de los cuatro puntos cardinales alrededor de San Isidro de El General.

La carretera Interamericana corre de Norte a Sur, por el extremo oeste del pueblo (hacia el Norte, llega a Cartago, por el Sur alcanza Dominical) sobre la carretera, y línea recta de la calle sur de la plaza, está el plantel de la Carretera, en donde hay una torre. Por el otro extremo del pueblo, al este corre un río, que viene haciendo un arco por el noroeste tras haber recorrido por el norte la población. Es el río San Isidro. Un poco más hacia el sur corre de norte a suroeste el río Jilguero sobre el que está el puente de la Martin Wonderlich. Entre los dos ríos está el Hospital, que es de la misma compañía. Al sur de San Isidro está el campo de aterrizaje. Al norte se encuentra un aserradero que ocuparon las fuerzas del gobierno, donde hoy está el beneficio de café La Meseta. Estos son los puntos que interesa conocer.


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DECIMO

En San Isidro, el coronel Ramírez organiza una patrulla de exploración que el mismo comanda, estableciendo que el enemigo está a poco más de dos kilómetros del pueblo, en las lomas de El Martirio, al suroeste del Campo de Aterrizaje. De sus observaciones, y por los informes obtenidos de algunos vecinos, llega a la conclusión de que el enemigo dispone de un contingente de 250 a 300 hombres. Con todos los datos obtenidos, organiza a la gente que lo acompaña.

El cuadro de defensa queda con un pelotón al mando del mayor Morazán y otro de Edgar Sojo, con misiones especiales. En el centro del pueblo deja dos grupos debidamente colocados, teniendo como oficiales a Quirós, Woodbridge, Silesky y Fernando Valverde. Además quedan disponibles dos pelotones comandados por Benj amín Odio, Antonio Chaves Solano, Roberto Femández y los ametralladoristas Juan Arrea, Elías Vicente y Rodrigo Quesada. Les ordena emplazar la ametralladora en la torre, desde donde fue decisiva.

Para narrar los planes y operaciones hechos durante los dos días críticos de la batalla de San Isidro, hay que recurrir a lo escrito por el coronel Ramírez, aunque sea en forma somera. El coronel, por su experiencia, estaba casi seguro de que las fuerzas enemigas no atacarían por la carretera de La Palma que viene de Dominical a San Isidro, sino que lo harían por el camino de Pavones y Rosario de Pacuar. Se basaba en que el enemigo venía combatiendo con nuestros destacamentos a lo largo de la carretera, por lo que presumía que antes de llegar a San Isidro era fácil encontrar la carretera minada y con máquinas emplazadas en sitios estratégicos.

Aún sin llegar la claridad del día 22, lunes Santo, sale de San Isidro el pelotón expedicionario al mando de Morazán, con rumbo este, atravesando los dos ríos. Sojo con su gente se coloca en el puente de La Martin, el coronel con los otros grupos enrumba al oeste para tomar posiciones en la carretera cerca del Plantel. Otra de las providencias de Ramírez es la de enviar a Juan Arrea con un pequeño grupo hacia el sur, por el lado del campo de aterrizaje, a investigar, comprobándose así que Tijerino no había podido apoderarse de esa posición.


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DÉCIMO PRIMERO

El primer encuentro lo tienen las fuerzas de Morazán con Tijerino, cuando éste se dirigía hacia el pueblo. Los revolucionarios son obligados a replegarse y una parte de ellos entre los que va Mario Rodríguez, logra unirse al grupo del coronel, Morazán con el resto de su gente llega al puesto llamado Alto de los Manzanos, donde ya se habían cavado unas pequeñas trincheras como a cuatrocientos metros al norte del Plantel. La gente de Tijerino avanza y ataca a los del puente de La Martin. Sojo con sus valientes es poco lo que puede hacer y mueren en combate Custodio Chaves Granados, Saúl Solís Monge, Guido Barrantes Badilla y Rafael Hidalgo Hernández, quedando gravemente herido Víctor Manuel Mora Monge (El Negro Mora). Alguien lo iba a rematar cuando oyó decir: "no gaste ese tiro, ya está muerto". Sojo y otros compañeros logran escapar ilesos. Cuando esto sucede, se escuchan disparos por doquier.

Tijerino con su gente ha formado un anillo encerrando casi toda la población, pero comete el error de ignorar, desconocer o menospreciar el que Ramírez con el grupo mayoritario de soldados, está fuera del cerco. Toda la fuerza del caldero-comunismo concentra su acción contra los revolucionarios situados en varios puntos del centro del pueblo, los que rápidamente buscan refugio en la trinchera de la plaza. Los últimos en hacerlo son quienes aún tomaban una taza de café con gallo pinto, en el Hotel La Casa Amarilla, atendidos por las jóvenes voluntarias Isabel Romero Méndez y Estela Suárez Quirós. No logran llegar a la trinchera porque los captura el coronel Leyva. Los generaleños Edgar Arias Abarca, Baudilio Cerdas, Guillermo Barrantes, Sérvulo Gutiérrez y Domingo Campos, en el constante desplazamiento de un lugar a otro, tienen la oportunidad de irse rezagando, ocultándose para huir y lograr integrarse a los grupos del coronel Ramírez. Tampoco han ingresado a la trinchera el capitán Núñez y el compañero que lo sigue, Alfonso Navarro Fernández. Ambos buscan una mejor posición para disparar y se han apostado en el segundo piso de una casa de madera, donde los localiza el enemigo, obligándoles a saltar bajo una lluvia de balas, para caer en la calle y correr a la trinchera. A esa hora Francisco Bedoya con sus dos compañeros, después de desayunar, han buscado una posición en la calle noroeste de la plaza, quedando entre dos fuegos. Chanto y Zúñiga buscan una mejor posición e insisten para que Bedoya busque otro sitio, lo que este rehusa, e inmediatamente es acribillado con catorce balas. Zúñiga y Chanto, en medio de ese infierno, cruzan la plaza para llegar a la trinchera. Chanto permanece poco rato, sale y cae mortalmente herido, muriendo enseguida a cincuenta metros al suroeste de la trinchera. También sale Aníbal Barboza protestando porque un combatiente maniobra el máuser dentro de la zanja con peligro de matar a los compañeros y se atrinchera en la piña de llantas de un autobús estacionado cerca de ahí. Es el mismo vehículo que hacía el servicio entre San José y San Isidro, conocido con el nombre de "Cocaleca".

A la trinchera llegan balas de todo calibre; el enemigo sólo puede ser visto cuando cruza la calle, de una manzana a otra. Pero en todo momento se oyen los vivas a Calderón Guardia y Manuel Mora.

En el Hotel La Casa Amarilla, a través de una rendija Isabel Romero observa que un grupo de enemigos está en la esquina noroeste de la plaza, en la casa de doña Paulina Ceciliano Mora, desde donde disparan con gran intensidad; entreabre la puerta y grita señalando al enemigo. En ese instante una bala le atraviesa el corazón y perece. Casi simultáneamente es herido Aníbal Barboza, que arrastrándose y ayudado por Estela Suárez se refugia en el Hotel. En un galerón que tiene la iglesia para turnos hay unos revolucionarios, que arrastrándose se trasladan al templo y ya dentro, de un certero balazo cae muerto Cristino Martínez Segura.

El día continúa con ataques del enemigo desde todos los rumbos y para mayor angustia llegan los aviones gobiernistas a lanzar bombas y ametrallar. Los de la trinchera no saben nada de lo que está sucediendo en otros lugares; sólo se piensa en que hay que pelear y pelear, única forma de mantener la vida. Esperanza y aliento les da el tableteo de la ametralladora, en lo alto de la torre del plantel. Es Rodrigo Quesada (Yoyo), o Juan Arrea, o cualquier otro que con repetidas ráfagas barre el campo de aviación o dispara contra los sectores donde se mueve el enemigo. De los hombres de la trinchera, por esas jugarretas del destino sólo a Constantino Barrantes Cordero una bala, sin herirlo, le atraviesa su casco, lo que por un momento lo descontrola, aunque permanece en su puesto para seguir peleando.

En la trinchera no hay que comer ni que beber; la sed es lo que más atormenta; el paladar es pasco y se reseca, pero no hay tiempo para pensar en eso. Sólo hay una idea fija: disparar contra el enemigo para que respete el lugar. Hay momentos de calma, que se aprovechan para elevar el pensamiento a Dios; posiblemente algunos ofrezcan una promesa a la Virgen o a algún Santo; a otros que ya lo han hecho se les oye decir en voz baja al compañero: "Si me matan te pido que me pagues esta promesa"...

Avanzan las horas y los rayos ardientes del sol de marzo apuñalan perpendicularmente las cabezas de los hombres de la trinchera, con sus cuerpos calcinados por el intenso calor; el sudor mezclado con el polvo, transforma sus rostros. Así entre balas, polvo, bombas, gritos desafiantes, hambre y sed, se va ocultando el sol y aparece la noche, con su manto negro refrescando el ambiente para que poco a poco vayan apareciendo en el firmamento las estrellas que, como lágrimas de rocío, titilan en esas noches de verano. Este es el momento que unos pocos aprovechan para deslizarse y abandonar la trinchera. Las horas pasan y la lucha es menos intensa; nadie duerme, todos vigilan. Si a la distancia algo se mueve, le disparan.


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DÉCIMO SEGUNDO

Todo ese lunes lo emplea el coronel en preparativos y pensamientos sobre los amigos posiblemente muertos en la ciudad. El deseo de la tropa es el atacar y liberar a los hombres capturados por la trinchera, pero poco a poco van convenciéndose de que es probable que todos hayan muerto en acción. Entonces resulta peligroso aventurarse y cometer una locura por salvar unas vidas que ya deben estar perdidas. Lo mejor será prepararse con un plan bien madurado y dar una batalla exitosa, iniciando el ataque en las primeras horas de la madrugada del día siguiente. Así transcurren las horas y la ametralladora de la torre y el fuego nutrido de la fusilería, neutralizan el intento enemigo por tomar el campo de aterrizaje. Esto es importantísimo, no tanto por la perdida del campo, ya que es recuperable, sino porque urge evitar la destrucción de los aviones de la revolución, lo cual sería irreparable.

Para poner en marcha el plan, el coronel ha analizado la situación. El panorama, desde cualquier ángulo que se le mire, es desfavorable. La lucha es contra un enemigo muy superior en número, con jefes y oficiales que poseen conocimientos e iniciativa, pues se trata del General Tijerino con experiencia adquirida en Nicaragua en las Segovias, a la par del General Augusto César Sandino; además el jefe gobiernista cuenta con la colaboración del líder comunista Carlos Luis Fallas y de oficiales extranjeros. Ante esta situación lo primero será informar al Cuartel General y pedir refuerzos, misión que le encomienda a Piquín Fernández, quien trata de cumplirla. A las cinco de la tarde regresa con Domingo García y dieciocho hombres como único refuerzo, colocándose a la entrada del pueblo e inmediatamente informa al coronel Ramírez de su ingreso, por medio del enlace Raúl Bermúdez Bermúdez.

Esa batalla presenta características especiales, como lo manifestó el coronel cuando escribió después: "En San Isidro se combatió con la espalda a la pared, aislados, a unos sesenta kilómetros del Cuartel General, que en esa fecha se empeñaba en consolidar el frente Norte que era atacado por el sector de El Empalme hasta tres veces al día, por lo que no estaba en condiciones de auxiliar a los que luchaban en San Isidro y ante un enemigo habilidoso y con iniciativa en sus movimientos tácticos, como lo demostraron al ocupar la mitad del pueblo, sin pérdida de tiempo, ocupando objetivos dominantes y emplazando francotiradores en puntos estratégicos, haciendo imposible toda clase de contraataque desde las líneas de resistencia". Con un panorama tan sombrío transcurren las primeras horas de la madrugada del 23 de marzo, martes Santo. El coronel reúne a los jefes de grupo para hacerles ver que la situación es crítica y que su mayor preocupación es la suerte de los hombres en la trinchera. Se diseña una táctica, con ideas de todos, aprovechando que el enemigo se ha estancado, posiblemente esperando una rendición por cansancio. Hay que aprovechar esa coyuntura no permitiendo que el enemigo tome la iniciativa.

Los jefes de grupo reciben las instrucciones. El ataque debe iniciarse en las primeras horas del amanecer, sincronizando el avance hasta donde sea posible, saliendo de varios puntos de una línea que es la carretera a Dominical. Esta se extiende un kilómetro, partiendo de un punto en el camino a Quebradas hasta una casita después del cementerio, pasando por los manzanos y el Plantel. El grupo de Roberto Fernández Durán saldrá de la parte suroeste, o sea de la casita, llevando como guía a Juan Barboza Villalobos; por el centro los grupos de García y Mario Rodríguez; la salida por el noroeste se distribuye entre los grupos de Francisco Morazán, Ramón Segura Madrigal y Raúl Bermúdez. Domingo García por desconocimiento del terreno, avanza internándose en la zona enemiga, llegando a cien metros de la esquina noroeste de la plaza, (donde hoy está el Banco Nacional); por la espalda tiene el aserradero que está ocupado por el enemigo, quedando a vista de los hombres de la trinchera, metido entre dos fuegos. En el plantel permanecen Rodrigo Quesada, Juan Arrea, Elías Vicente y el coronel Ramírez, y desde lo alto de la torre observan el accionar de los grupos, dirigiendo el fuego de la ametralladora a los puntos donde se mueve el enemigo; el grupo de García, por la difícil situación en que se encuentra, se ve obligado a retroceder lo cual percibe a distancia Ramírez, quien sin pensarlo baja de la torre y pide a Elías Vicente que lo acompañe, porque tienen que ir en auxilio de Domingo. Rápidamente hacen contacto, ordena abrirse por el flanco norte y con un movimiento rápido se colocan en la retaguardia del enemigo iniciando el ataque, siendo éste el principio del fin.


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DÉCIMO TERCERO

No obstante que el hospital ha quedado dentro de la zona ocupada por las fuerzas gubernamentales, es respetado. Aníbal Barboza escucha una conversación entre el General Tijerino y Jacinto López Godoy, para que este pida a la gente de la trinchera su rendición. La respuesta de López es categórica: "Mientras haya uno que dispare, no habrá rendición."

Desde el comienzo de la noche anterior, un francotirador es amenaza constante para los hombres de la trinchera; en los montículos de tierra se estrellan sus balas, levantando polvo; si pasan un poco más alto se oye su silbido muy cerca, sin que se pueda controlar de dónde proceden. Aquiles Valverde Bonilla pone en conocimiento un plan a sus compañeros más cercanos y sale de la trinchera para entrar en la iglesia; sube a la torre, abre una celosía y desde allí localiza al francotirador entre las hojas de una esbelta palma real; Valverde señala y los de la trinchera disparan al punto indicado; las hojas caen cortadas por las balas y con ellas un hombre; había pasado allí muchas horas; contaba con una carabina calibre 22, "parque" y deja cientos de cascarones, colillas, cigarrillos y fósforos.

Los que defienden la ciudad son unos 140, incluye los grupos de Sojo y de Domingo García. El enemigo tiene más de 300.

Pasa el medio día y en la trinchera hay cansancio, hay agotamiento; son más de treinta horas sin comer, sin beber y sin dormir. De pronto, como despertando de un profundo sopor, se oye cómo se desprenden desde la parte alta del plantel, zona ocupada por el coronel Ramírez y sus hombres, grupos que avanzan en diferentes direcciones, por el flanco norte con rumbo al este, cada uno con su gente; son Francisco Morazán, Domingo García y Ramírez; por el sur, en el Campo de aviación, está Elías Vicente y por el centro Roberto Fernández Durán. Cada uno debe limpiar el sector que le corresponde; llegan a la trinchera y entran por el extremo oeste; la recorren, para salir por el este; cruzan a la Jefatura Política, para seguir avanzando. La operación está bien sincronizada; por todo lado hay fuego contra los caldero-comunistas. Entra el tanque por la esquina noroeste de la plaza; el enemigo se ha visto acosado. De pronto se oye una corneta en toque de retirada y en el lugar llamado la Y Griega, los gobiernistas dan fuego a una fila de ranchos, formando una cortina de humo para proteger su desbande. A los prisioneros Ortuño y Mendieta les dan la oportunidad de irse; debe reconocerse que tanto Calufa Fallas como Tijerino respetaron sus vidas.

Los gobiernistas huyen por diferentes rumbos: unos para Dominical, otros para La Uvita y el general Tijerino con su grupo va camino a Buenos Aires. Como a siete kilómetros, en el lugar llamado La Trocha, está la pulpería de Ramón Romero; allí hay un piquete que detiene al general y a su gente; él va bien montado, en uno de los buenos caballos de la finca de Nicolás Núñez Castillo, donde estuvo acampado; se produce un cambio de disparos y Tijerino cae muerto por un proyectil calibre 22, que entrándole por una fosa nasal, le destroza el cráneo en la parte posterior. También han caído dos valientes campesinos revolucionarios, Fermín Piedra y José Valverde Villarreal, con sus carabinas 22 en la mano. Con las noticias entra a San Isidro Clemente Alpírez Garay; los cuerpos llegan poco después al hospital, donde se depositan los valores del General, entre los que se cuentan C3.800 en efectivo, unos planos de la ciudad y un catalejo de bronce. El coronel Ramírez tiene noticia de que el comportamiento de Tijerino ha sido el de un auténtico militar y ordena que esa noche se le entierre con los honores correspondientes. Los actos religiosos son oficiados por el Padre Benjamín Núñez, Capellán del Ejército de Liberación Nacional. En el cementerio de San Isidro descansan los restos, olvidados de todos.

El grupo de las derrotadas fuerzas del gobierno que huye hacia el sur, a su paso por Volcán de Buenos Aires fusila a José Arquímedes Gutierrez Granados, el 22 de abril; el día 23 llegan Edwin Vaglio y Horacio Montiel, y queman la iglesia del lugar al ser las diez de la noche. Ambos son hechos prisioneros y enviados a San José.

No se ha tranquilizado el ambiente. Aun hay francotiradores. Un pelotón al mando de Manuel Antonio Quirós revisa toda la ciudad en busca de muertos, que son trasladados a una fosa común, donde se incineran pues ya están en descomposición. De los muertos del gobierno no se lleva control; de los revolucionarios son los siguientes generaleños, caídos en los diferentes frentes de batalla:

Concepción Fallas Sánchez    La Sierra             14-mar-48
Pedro Ureña Quesada          La Sierra             14-mar-48
Máximo Fernández Herrera     La Alfombra           19-mar-48
Dimas Barrantes Fonseca      Alto San Juan         20-mar-48
Ramón Calvo Mora             Alto San Juan         20-mar-48
Otoniel Flores Ceciliano     La Palma              20-mar-48
Francisco Bedoya García      San Isidro            22-mar-48
Isabel Romero Méndez         San Isidro            22-mar-48
Custodio Chaves Granados     San Isidro            22-mar-48
Saúl Solís Monge             San Isidro            22-mar-48
Guido Barrantes Badilla      San Isidro            22-mar-48
Rafael Hidalgo Hernández     San Isidro            22-mar-48
Cristino Martínez Segura     San Isidro            22-mar-48
Jacinto Chanto Cervantes     San Isidro            22-mar-48
Gilberto Quesada Quesada     San Isidro            22-mar-48
José Valverde Villareal      San Isidro            23-mar-48
Fermín Piedra Vargas         La Trocha             23-mar-48
Dolores Calderón Chinchilla  La Trocha             23-mar-48
Ernestino Quesada Ríos       San Isidro            23-mar-48
Clemente Alpírez Garay       San Isidro            20-abr-48
Jeremías Garbanzo Díaz       San Isidro
Guillermo Barrantes Chacón   San Isidro            29-abr-48

En esa sepultura común, sellada con losa y sobre ella una cruz, hay una lápida con la siguiente leyenda: "Aquí, en sublime confusión, como una enseñanza gloriosa a sus hermanos los costarricenses, yacen los restos de los que en ambos bandos, lucharon y murieron en la batalla de San Isidro." 22-23 de marzo de 1948.

San Isidro de El General Ciudad mártir


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DÉCIMO CUARTO

Don Alberto Cañas Escalante, gran escritor costarricense, hizo el más expresivo y hermoso homenaje a los hombres de la trinchera. Todavía en la ciudad mártir se respiraba el macabro olor de carne de los hombres quemada, permaneciendo como mudo testigo la trinchera, desde la que brotaba el eco del grito bravío de sus ocupantes.

LOS HOMBRES DE LA TRINCHERA

                           I

Para hablar, compatriotas, de estos compatriotas,
se necesita amar mucho nuestra tierra;
hay que saberlo duro que es amarla;
se necesita haber llorado por ella;
se necesita haber contado una por una
todas las lágrimas que cuesta.
El que no haya sentido, el que no haya sufrido
en el cuerpo, en el alma, en cada arteria;
el que no haya orgulloso derramado mil lágrimas;
el que no haya querido darle un beso a la tierra,
un beso permanente, final, definitivo
con la sangre manando por heridas abiertas;
el que no haya sabido sufrir y conmoverse
por cada hombre humillado y cada mujer muerta,
por la tierra arrasada y la Patria arrasada
y la sangre arrasada y el viento y el aire arrasados
y no se haya mordido los puños con fuerza;
al que no haya llorado alguna vez de rabia;
el que no haya llorado de impotencia;
el que no haya sabido lo que es el horrible ímpetu
de tomar en las manos un arma;
el que no haya querido matar a un ser humano
creyendo hacer con ello una obra buena;
el que no haya sentido en fin la horrible angustia
de la Patria y la tierra;
el que no haya llorado alguna vez como hombre,
que no hable de los treinta hombres de la trinchera.

                          II

¡San Isidro en peligro! ¡San Isidro en peligro!
Perdido San Isidro, todo estará perdido.
Los hombres se contaron y eran tan sólo treinta.
Qué pueden treinta hombres hacer contra trescientos...
En la plaza del pueblo, rodeada por la iglesia
y la Escuela (así ocurre casi en todos los pueblos)
alguien hace unos días excavó una trinchera,
a orillas de la plaza, pasando por el frente
de la Iglesia y la Escuela.
La plaza no fue hecha para peleas y muerte.
En otros días mejores, se jugaba en ella;
a veces pacían las vacas
o discutían las viejas;
y en las tardes jugaban, a veces,
los niños de la Escuela;
los domingos, después de la misa,
los vecinos juntábanse en ella,
presenciaban un juego de futbol,
y tomaban granizados o kolas a pico de botella.
No hay que haber conocido San Isidro
para saber todo esto.
Los pueblos son iguales y benditos,
por todas las plazas se pierden las gallinas
y en todas llegan a pacer las bestias.

Pero esta plaza tiene algo que las otras no tienen:
Esta tiene trinchera.

Ahí está la trinchera. ¡San Isidro en peligro!
Los hombres se han contado y son tan sólo treinta.
Qué pueden treinta hombres hacer contra trescientos..
¿Qué pueden treinta hombres hacer contra trescientos?
¡Resistencia!

Para hacer resistencia, está allí la trinchera.
¡San Isidro en peligro!
¡Mientras estos treinta hombres estén en la trinchera
no caerá San Isidro!
Mientras estos treinta hombres opongan resistencia
no estará todo perdido.
Puede ser resistencia silenciosa.
No caerá San Isidro.
Resistencia con pocos disparos.
No estará todo perdido.
Resistencia de sólo estar allí,
de estar allí metidos.
En la trinchera no hay nada que comer
¡pero no caerá San Isidro!
En la trinchera no hay nada que beber
¡pero no se perderá San Isidro!
El sol agota, quema y brilla en la trinchera;
no se sabe cuánto tiempo habrá que estar en la trinchera;
no se sabe si habrá que morir en la trinchera
no hay una gota de agua en la trinchera;
hay barro, polvo y suciedad en la trinchera;
hay pocas, malas armas en la trinchera;
pero saben que en tanto uno solo de los treinta resista en la trinchera,
trinchera,
¡no caerá San Isidro!

                           III

El sol y la angustia, el calor y las balas
son los otros habitantes de la trinchera.
Las horas se desgranan lentamente
y caen desde la torre de la Iglesia.
El cielo reverbera con la temperatura.
La muerte viene a veces de la Escuela;
la muerte viene a veces de l