EL FESTIN DE LOS
POLITIQUEROS
José Figueres Ferrer
Radiodifundido el 25 de agosto de 1946.
Ciudadanos:
Hace seis años que nuestro país está sufriendo una crisis
política. En vez de existir la unión necesaria entre el gobierno
y el pueblo, hay una pugna entablada, en la que el pueblo ha
perdido hasta ahora las batallas.
Sin embargo las derrotas han tenido la virtud de robustecer
una fuerza espiritual que a la larga resulta incontenible.
Una fuerza que es temida por todos los delincuentes
políticos. Una fuerza que continuamente recuerda sus responsabilidades
a los gobernadores honestos, y que no deja
dormir en paz a los malhechores. Esa fuerza, señores, es la
opinión pública.
La opinión pública que se ha fortalecido, y se ha depurado
en Costa Rica, con los sufrimientos de los últimos seis
años. Una verdadera selección se ha venido efectuando, en la
que todo hombre que sólo tenía un barniz de ciudadano, ha
sucumbido ante la influencia corruptora del gobierno, y todo
ciudadano que era hombre, le ha mostrado su repudio.
Fácil es comprender que los políticos del gobierno quieran
destruir a toda costa esa fuerza, que de otro modo acabaría
por destruirlos a ellos. Así han venido desarrollando un plan
concebido para ese fin, que consiste en crear un clima de
aparentes libertades, en abstenerse de las violencias que antes
usaban, en dejar que todo mundo diga lo que quiera, siempre
que ellos puedan continuar sus andanzas en las alturas y siempre
que puedan perpetuarse en el poder mediante elecciones
fraudulentas, que cada vez se perfeccionan más.
Y ahora han llegado al momento que ellos juzgan oportuno
para rematar su plan. Ahora quieren darle el golpe
de gracia a la opinión pública que tanto les estorba. Ahora
han venido con proposiciones inocentes a los dirigentes
políticos de la oposición, diciéndoles que están arrepentidos,
que quieren dar garantías electorales Y no saben cómo
hacerlo, que necesitan del consejo de sus víctimas, que piden
al pueblo un pliego de condiciones para entrar en el camino
de la reconciliación.
Es muy probable que si esta proposición se hubiera hecho
directamente al público, o a los partidos representados en
convenciones nacionales, la respuesta hubiera sido que ya los
señores del gobierno son mayores de edad, y no necesitan
consejos para cumplir con su deber. Que el sentimiento nacional
no admite otro desagravio que su rendición incondicional.
Pero los políticos oficiales supieron manejar las cosas, y
ante los ojos atónitos del país se ha repetido un fenómeno
que ya es viejo, pero que es siempre sorprendente: los mismos
hombres que en la campaña electoral de 1939 pregonaron las
virtudes de un candidato que era casi un santo, y lograron
sorprender la buena fe del pueblo; los mismos hombres que
desde entonces han venido incumpliendo sistemáticamente
todas sus promesas, hoy han logrado hábilmente sorprender
la buena fe de los dirigentes oposicionistas, simulando un
espíritu de contrición. Los han hecho entrar en entendimientos
con ellos para unas supuestas garantías electorales, los han
puesto a pelear unos contra otros, y los han hecho dar al país
la impresión de que todo aquello por que se ha venido luchando
y sufriendo tanto tiempo, era solamente un juego de
ajedrez, donde la situación puede cambiar en cualquier momento
con sólo mover una ficha, quitar un gobernador, o
permutar un comandante machetón.
Eso se llama un golpe dirigido a deshacer la opinión pública
consciente, ¡a destrozar lo único que vale en esta pobre
Costa Rica!
Mis estimados compañeros del Comité Ejecutivo del Partido
Demócrata, dicen que ellos trataron directamente con los
dirigentes de los partidos que están en el poder. Don Otilio
Ulate los censura por esto, y dice que él en cambio trató directamente
con el ciudadano que ocupa en nombre de esos
partidos minoristas la Presidencia de la República, La verdad
es que el grupo gobernante es uno solo, que todos sus hombres
son coautores de los mismos delitos, y que los reproches
de don Otilio para el Comité Demócrata, si razón hay para
reproches, debe compartirlos él.
Yo creo que hubo error en uno y otro lado, pero no mala
intención. Yo creo que se equivocó el Comité al tratar con un
grupo, y que se equivocó don Otilio al tratar con otro, y que
acertó en cambio el Partido Social Demócrata, al negarse a
tratar con cualquiera. Pero yo creo que los tres partidos de
oposición han procurado honradamente buscarle solución al
grave problema político y que sus errores son disculpables
en vista de las condiciones de inferioridad material en que
luchamos.
Por de pronto el gobierno ha conseguido su primer objetivo:
don Otilio ataca a don Eladio Trejos; don Fernando
Lara disculpa al Comité; don Fernando Volio ataca a don
Otilio; don Eladio se defiende; y mientras todos entablamos
la lucha entre nosotros mismos, los políticos de arriba, y la
prensa oficial, se mueren de risa, como Nerón, viendo arder
a Roma bajo sus pies.
Y lo grave es que en esa Roma que arde no se están quemando
simplemente los intereses políticos de la oposición,
que sería cosa secundaria, sino los intereses vitales de la nación.
Mientras los políticos del gobierno juegan naipe, ganando
las partidas, con los dirigentes de la oposición, el país se
empobrece, el país se desmoraliza, el país se desacredita. Y al
debilitarse así la opinión publica, el país se degenera.
oOo
Hay en el mundo dos criterios definidos, respecto a lo
que debe ser un gobierno. Está de un lado el sentir de los pueblos,
y de los apóstoles, que ven en el gobierno un organismo
cargado de responsabilidades y sinsabores, cuya misión es
coordinar las actividades de los hombres de manera que produzcan
el máximo posible de bienestar; y conjurar las fuerzas
negativas de la naturaleza, para reducir a un mínimo el dolor.
Está por otro lado la tendencia de los políticos profesionales,
que ven en la administración pública el campo donde se
libran sus lides personales, donde hacen sus negocios, donde
se satisfacen sus apetitos y sus vanidades.
Dos estadistas de América han expresado cada uno, en
una frase corta, los sentimientos que animan a estas dos grandes
tendencias. Un estadista dijo: "gobierno del pueblo, por
el pueblo, para el pueblo..." Otro gran estadista dijo: "gobernaré
con mis amigos".*
Las personas que saben lo difícil que es administrar cualquier
cosa, grande o pequeña, aun contando con sanas intenciones
y con las capacidades necesarias, comprenderán bien
el desastre a que está condenada una administración donde
priva el criterio de gobernar para los amigos.
¿Para qué analizar el desbarajuste administrativo de los
últimos seis años? ¿Para qué describir la situación fiscal; para
qué comentar el problema cambiario, para que recordar que
en Costa Rica cuando no falta el dulce, falta la manteca, que
cuando llega a haber comestibles, se pudren en las bodegas
públicas; para que censurar las medidas que pretenden crear
riqueza, aumentando la venta de licores; para qué repetir que
la mitad de nuestros niños mueren antes de alcanzar un año
y que la otra mitad llegan a las aulas escolares en tal desnutrición
que la enseñanza es casi imposible; para qué ocuparnos
de los sueldos que reciben los maestros; para que señalar la
enfermedad que llena nuestros hospitales: el hambre; para
qué admitir que en muchísimos hogares costarricenses al parecer
satisfechos, impera la tristeza que produce la penuria;
para qué deplorar la intromisión de la política en la escuela;
para qué indignarnos cuando se minan las bases mismas de la
sociedad, haciendo nombramientos políticos de altos funcionarios
judiciales?
¿Para qué todo esto? Dado el pecado original, todos los
desastres son simples consecuencias. Consecuencias de la fatídica
tendencia, hoy imperante en Costa Rica, a convertir las
actividades administrativas en el festín de los politiqueros.
Nada se arreglará en Costa Rica mientras no cambie el
espíritu de la administración. Esto debiera decirse tres veces.
Nada se arreglará en Costa Rica mientras no cambie el espíritu
de la administración.
Pero ahora es día de fiesta. Ahora los actores de esta danza
macabra nos invitan a bailar con ellos. Le abren las puertas
a los jefes de la oposición, para que entren al grupo selecto de
los amigos. Los instan a colaborar en los planes para mover
las fichas del juego. Les solicita candidato para la administración
del Ferrocarril o para la integración del Gran Consejo
Electoral. La cruda realidad es, que les están pidiendo ayuda
para ganar, con el menor esfuerzo, las elecciones venideras.
oOo
Andando por otros países de América se puede valorar
mejor que desde aquí, una riqueza espiritual que los costarricenses
poseemos. La riqueza de haber tenido gobernantes civiles
y no militares. La riqueza de haber tenido gobernantes
honestos y no venales; la riqueza de haber tenido gobernantes
ceñidos a la ley, y no dictadores. Se llena uno de orgullo
cuando oye comentar en los países hermanos que en Costa
Rica existe una ley que fija una pensión de quinientos colones
mensuales a las viudas de los expresidentes, para aliviar
sus pobrezas; cuando oye comentar que la familia costarricense
acaba de pasar por la pena, por una pena honrosísima,
de que León Cortés, el hombre que manejo incontables millones
del Estado, al fallecer súbitamente en su casa, cayó sobre
un humilde catre de treinticinco colones.
De todo esto se habla en Centro América con cariño, como
de cosa propia. Yo me he dado cuenta de que todo el tesoro
de esa tradición ya no es solamente nuestro, como no es
nuestro el sol que nos alumbra, como no son nuestros los
mares que nos bañan. Ese es ya el patrimonio de los pueblos
de América que luchan por acabar con los cacicazgos primitivos,
y que vuelven los ojos hacia esta pequeña Costa Rica
diciendo: ahí está la prueba de que el sistema eleccionario
no es un mito, si los gobernantes lo respaldan; ahí está la
prueba de que el sistema de vida democrático puede subsistir,
trayendo un sentimiento general de bienestar, creando un aire
de dignidad que es grato al corazón humano, con tal que haya
una opinión pública poderosa que lo resguarde, que lo cultive,
que le dé aliento.
En esta grave crisis de la vida nacional, el deber de los costarricenses
es guardar ese tesoro que nos ha sido encomendado,
y ocultarlo dentro del pecho, como fruto del ayer para el
disfrute del mañana. Así se guardan las reliquias en los santuarios;
así se esconden bajo tierra las grandes obras de arte,
en épocas de guerra.
Nosotros no tenemos derecho a exponer esas riquezas;
no tenemos derecho a entrar en componendas destinadas a
quebrantar la opinión pública, que es el único guardián que
las defiende. Nosotros no podemos jamás arrojar esos tesoros,
a cambio de un mendrugo de mentidas garantías, a las botas
enlodadas de los hombres del gobierno.
oOo
Hay una tendencia nacional que quiero señalar en capítulo
aparte, porque la considero de la mayor importancia. Es
una tendencia que distingo yo con claridad, porque ya he
vivido sus efectos en otra tierra que yo quiero, en donde han
regido mucho tiempo las mismas fuerzas políticas que están
deshaciendo a Costa Rica, y donde la degeneración cívica se
encuentra mucho más adelantada.
Me refiero a la tendencia a dividir, a separar, a distanciar,
las leyes del país, de la vida y las costumbres que en realidad
se siguen.
Es indudablemente saludable que la legislación, como
producto de las mentes superiores, marche un poco adelante
de la vida del país, para que ésta evolucione, y se vaya modelando
en los mejores moldes. Pero este delicado proceso requiere
que prevalezca un espíritu general de progreso, y alguna
comunidad de ideales entre el legislador y el pueblo.
Hay un mundo de diferencia entre esa sana situación, que
es muy deseable, y la tendencia perjudicial que trato de señalar
ahora.
Sucede a veces que los hombres de un gobierno de amigos
se da cuenta de que llevan encima, como una pesadilla, la tarea
de gobernar. Qué lástima, se dicen, que toda esa zarabanda
en que vivimos tan a gusto, se encuentre conectada con
una responsabilidad, con un trabajo. Hay que gobernar el
país. O hay que hacer ver que se gobierna. Hay que hacer algo.
Y ese algo suele ser una ley, que les suena como una cosa
muy indicada para que la hagan quienes se llaman gobernantes.
Por ejemplo, si nos ha tocado vivir en la época de la transformación
social, dictemos leyes sociales. Proclamémonos
legisladores avanzados, que suena muy bien y nada nos cuesta.
Llamemos a quienes saben de esas cosas, a quienes han
manifestado que las aman, a quienes las han peleado, y digámosles
que somos unos convencidos, y pidámosles que nos
redacten unas leyes bien buenas, para que la posteridad nos
juzgue como grandes entendidos.
Por otra parte, si el país se queja de que manejamos mal
la hacienda pública, mandemos a formular unas Leyes de Ordenamiento
Fiscal. Eso será la prueba ante nacionales y extranjeros
de que las intenciones son muy buenas, aunque las
cuentas que damos sean muy malas. Y si esas leyes resultan
una barrera impasable por algún toro de los nuestros, ya les
encontraremos el portillo.
En fin, si el pueblo es tan terco que se indigna por la burla
repetida de las elecciones, no hay más que encargarle a los
expertos una nueva ley electoral. ¿Quién podrá probar que no
creemos en los comicios, Y que pensamos seguir la juerga aquí
arriba todo el tiempo que nos dejen, si promulgamos una ley
que tiene la virtud de convertir las cinchas de los sicarios en
espadas de la justicia ciudadana? A esta ley poco le faltará
para hacer vivir los muertos de Sabanilla de Alajuela y Llano
Grande de Cartago.
Y así por el estilo. A medida que la administración va
siendo más mala, las leyes van siendo mejores. Y aquí viene,
precisamente, la gravedad del asunto. Porque en los países
que sufren esta anomalía, se va creando un divorcio, se va
abriendo un abismo, entre la legislación vigente y la vida de la
nación. Y el resultado es que los ciudadanos acaban por sentir,
que ninguna ley tiene valor alguno.
Y luego la farsa de la ley se generaliza a todo. Poco a poco
cada funcionario va teniendo su precio. Las declaraciones
de los mandatarios van siendo cada vez más falsas. Y los periódicos
oficiales describen un mundo que no existe, para el
consumo exterior, o para el consumo interno de quienes saben
que están simplemente asistiendo a una comedia.
Y en este momento en Costa Rica, en el asunto que estamos
discutiendo los comediantes quieren dar función de
gala. Han pedido a los dirigentes de la oposición que contribuyan
a la lucidez del espectáculo, ayudándoles al menos en
la formación del reparto. Gobernador, don Fulano. Miembro
del Consejo, don Zutano. Y mientras tanto, el público no
muestra otro interés que el de asistir al momento en que se
diga: "La comedia ha terminado".
Cuando un gobierno impopular resuelve abandonar el
poder, le entrega el mando a un hombre honrado, o a un organismo
provisorio, junto con la fuerza pública.
Por otra parte, cuando un gobernante honesto se aproxima
al final de su período, y se encuentra frente a un nuevo
presidente electo, se apresura a brindarle garantías, que consisten
en poner en sus manos la fuerza militar.
La fuerza militar es la única prenda real; a la vez que
simbólica, de la buena fe con que se ofrecen o se otorgan
garantías.
¿Qué fuerza militar se ha puesto en manos de hombres
que no sean estrictamente de los partidos oficiales, durante la
presente y comentada concesión de garantías?
¡Qué hacemos con un Consejo Electoral honorable, si
la fuerza pública está en poder de los mismos hombres del 13
de febrero de 1944, del 10 de febrero de 1946? ¿Dónde están
las garantías? ¿Dónde está la buena fe?
Recuerdo que una vez unos gansters de Chicago idearon
una maniobra astuta para conseguir el endoso de gentes honorables,
y cobrar cheques falsos. Así el oficialismo pretende
ahora que su próxima maniobra electoral, lleve el endoso de
los mejores ciudadanos.
¿Y cuál es esa nueva maniobra? Hay un cuento muy viejo
en Costa Rica, de un hombre de campo que vio salir del corral
de su casa a otro, con un saco lleno a la espalda. ¿Qué
lleva ahí? le preguntó. -Un violín, señor; es que yo soy músico
-Pues envuelva mejor su violín, señor músico, porque se
le van saliendo las orejas. Y cuando vaya a comer lechón asado
me convida.
En medio de todo el jolgorio político de las últimas semanas
el pueblo de Costa Rica se está preguntando: ¿qué violín
se traerán en el saco, los músicos del gobierno?... ¿No se le
estarán saliendo las orejas a algún candidato de transacción?
Un candidato de transacción que les guarde otra vez las
espaldas, es la salida ideal para los políticos oficiales. Es una
salida ideal para todas las personas que creen que el gobierno
es una mesa de póker. Para todos los que creen que lo único
importante en todo esto, es pertenecer al grupo de los amigos.
¡Un candidato de transacción, atado de pies y manos a
toda clase de compromisos, es el piloto que dirigirá la nave
maltrecha, en este mar de calamidades nacionales! ¡Un piloto
de transacción, atado por toda clase de compromisos!
Debo aclarar, entre paréntesis, que en el seno del Comité
Demócrata no se ha discutido ninguna candidatura de transacción,
porque se sabe que la idea es repulsiva. Que yo no
creo que don Otilio Ulate tampoco haya pensado en semejante
desacierto. Y que no es necesario mencionar al Partido
Social Demócrata, que ni siquiera aceptó proposiciones. Pero
yo si creo que un candidato de transacción, que sea hombre
de gobierno, es el gato encerrado que se tienen los dirigentes
oficiales, en toda esta campaña de apaciguamiento de la
oposición.
Lo que buscan con todas estas llamadas garantías, es que
la oposición les elija el candidato de ellos. Que nos hagamos
otra vez todos hermanitos repartiéndonos el pastel así: el
pueblo se queda con los palos, con las injurias, y con las deudas.
Y ellos se quedan con los millones, con la impunidad,
con la aprobación nuestra, con el poder, con Inés y con el
retrato.
oOo
Un error no se corrige con otro error. Nos equivocamos
en la elección presidencial de 1939; no nos equivoquemos
otra vez en la componenda de 1946. Es un error tratar con el
gobierno, como fue un error ir a Munich.
Es un error que los dirigentes de la oposición le hagan el
juego al gobierno discutiendo unos con otros prematuramente,
como si existiera un ambiente de lucha democrática por el
poder. El pueblo está unido por el dolor, y por la indignación.
El pueblo está unido, y los dirigentes deben imitar al
pueblo. Hay que dar un solo frente al enemigo común. Hay
que luchar, precisamente, porque se llegue el día en que podamos
sin peligros dividirnos en grupos, según las inclinaciones
de cada cual.
No hay que precipitarse a buscarle una solución al problema,
y caer en la solución meramente política. El pueblo no
está cansado de sufrir. Seis años no son nada, en la historia de
los martirios de los pueblos. Ante toda idea de componenda,
el pueblo prefiere seguir sufriendo con honra, que sufrir con
deshonor.
Asumamos una actitud digna, altiva, inflexible. La resistencia
salvó el honor de Francia, y muchos de sus tesoros
materiales y espirituales, durante la reciente ocupación. Costa
Rica también está ocupada, Costa Rica también debe resistir.
Ningún régimen aguanta indefinidamente la fuerza de
una opinión pública consciente; la presión de un sentimiento
de repudio general; las miradas de un pueblo sufrido, que acusan
y fustigan. Y menos aún en Costa Rica, donde esas son
precisamente las armas con que estamos acostumbrados a
pelear. Con esas armas hoy, debemos resistir. Resistir y resistir.
No reconocer al gobierno. No tratar con él. No volver a
votar por nadie. No colaborar con nada. ¡Resistir!
Abandonemos de una vez la idea de una simple lucha política
personal, por ocupar curules o magistraturas. Aquí ya
nada se arregla con cambiar las fichas. Aquí lo único que
anda mal es todo. Todo un sistema político-social en decadencia
que no admite más puntales. Aquí sólo debemos buscar
una transformación total, peleando unidos, todo un pueblo
contra todo un régimen.
No merezcamos jamás que el pueblo de Costa Rica tenga
que decirnos: ¡Hombres de poca fe!, ¿por qué os quejáis?
iCreéis acaso que el pueblo está en un lecho de rosas? ¿Por
qué tembláis, si el pueblo está con vosotros? ¿Por qué os descorazonaís?
¿No habéis acaso oído decir que todo lo alcanza,
que todo lo funde en el mundo, la llama incandescente del
espíritu?
25 de Agosto de 1946.
* Palabras del Lic. Teodoro Picado M. en un
reportaje para "La Tribuna", que causaron pésima impresión.
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