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CARLOS MARÍA JIMÉNEZ G. - LA -
SAN JOSE, COSTA RICA |
CONTENIDO
PROLOGO |
Así llegamos a Santa María de Dota, Cuartel General del Ejército de Liberación Nacional |
Como nació la Legión Caribe |
La Legión Caribe en San Isidro del General |
La Batalla de Altamira |
La Legión Caribe toma por asalto la Ciudad de Limón |
Epílogo |
Los hombres que integraban la Legión Caribe |
PROLOGO
La sencillez y la sinceridad de un relato cautivan siempre a los lectores. La primera condición, con ser a simple vista de fácil alcance, es precisamente la cumbre de toda expresión literaria y el más difícil estado a que se puede llegar. La línea clásica, limpia y esbelta, que nos parece tan asequible, tiene su gracia -gracia de su propio ser, gracia inmanente- en su sencillez, que le da un hálito con sentido perenne, más allá de interpretaciones personales o de aplicación a su gracia de la metafísica humana.
La sinceridad, que es la expresión más sencilla del alma, es en el fondo de toda cuestión, lo que nos hace reconocer, palpar, sentir o sintonizar, que se dice ahora, cuanto hay de inmediato, de humano y por lo tanto de valioso en lo que creemos, escuchamos o aprendemos. Solamente las cosas muy llenas de sinceridad, que es decir muy llenas de cosa humana, me interesan ya decía una brillante escritora, que se mostraba cansada de su época juvenil de admirar el talento, el ingenio, la elegancia, el cinismo y la crueldad de los seres humanos. Solamente lo humano es en realidad un valor perenne en el arte, podríamos decir, pero no nos atreveríamos a tanto, aun cuando creemos que solamente las cosas escritas, -esculpidas, pintadas o cantadas con sencillez y con sinceridad, van hacia el valor de permanecer en el corazón de las gentes con sentido de prolongación.
Dickens y Galdós son, en estos dos aspectos, quienes como relatadores de hechos lograron unir con más acierto en la gloria de su literatura la sencillez de su expresión a la par de la sinceridad de los tipos humanos, de sus hechos sucedidos y contados y de las reacciones de esos seres y esos ambientes. Ellos fueron, por tales características, dos de los cuatro más grandes novelistas del siglo pasado.
Cuando el hecho que se relata, como pn este caso, tiene proporciones de epopeya, y en ese suceso quedaron boca arriba y entiesados en la muerte seres humanos que fueron antes compañeros y amigos, y cuando como ahora estaba en juego la condenación o salvación eterna de un pueblo entero, quien cuenta la hazaña, si en ella pone la sencillez de su escribir y la sinceridad de su sentir, da de la propia obra escrita, en líneas solas, puras, limpias, una idea sólida. Y el hecho toma proporciones y ángulos de belleza pura porque no necesita que el adjetivo la agrande ni la hojarasca la ensucie, ni la retórica la prostituya. El hecho en sí, por su vigor y lozanía, por su propio tamaño y nervio se sostiene en perspectiva de la historia.
Carlos María Jiménez logró, en este relato de "LA LEGION CARIBE", darnos una impresión inmediata y ponernos en tan íntimo contacto con la gloria y hazañas de la Legión, que leyendo el libro se viven sus aventuras y congojas, y se sienten sus glorias y duelos en contacto puro, como si la hazaña fuera realizada mientras le estuviéramos tomando el pulso a los guerreros.
Ha logrado, pues, Jiménez, en esta su primera intentona, la que muchos no consiguieron en años de bregar con versos, novelas, cuentos y otros trabajos literarios. La sencillez en la forma de contarlo, y la sinceridad que puso en lo relatado.
En el acervo de valores literarios que actualmente tiene el país, solamente hemos encontrado este mismo contacto íntimo en los admirables libros de Fallas, y nos alegra ver cómo este muchacho nuevo, cuando por primera vez emprende el camino por los difíciles y laderosos campos de la narración, lo consigue con soltura, con apasionante realismo y da a su cuento una emoción de cosa viva, que nos lleva a prisa leyendo, sin cansarnos, embebidos en la hazaña y tan jubilosos y curiosos como leyéramos las aventuras de Gabriel Araceli o los acontecimientos gratos que tanto esperaba el protector de Cooperfield.
Jiménez se expresa claro. Va recto a lo que tiene que decir, y lo dice en breve tiempo y en forma tan limpia que en la mente, al correr de las páginas, las imágenes de los hechos van desfilando en proyección iluminada, sin que queden rincones turbios, ni dudas sobre los movimientos ni suspicacias en los caracteres. Su narración es vigorosa porque es inmediata, es ordenada, porque es sincera y es bella porque es sencilla. De estos elementos ha sacado pues, el éxito que ha logrado en la construcción de este pequeño libro, del cual echarán mano las generaciones futuras para leer con complacencia, con verdadera fruición este admirable relato, cuyo suceso central se yergue vigoroso y tallado en escueta línea con mamo firme y corazón de artista.
Hoy la patria monta sobre su cachucha un penacho de gloria y de duelo. En las cresterías del sur, en las playas del Atlántico y del Pacífico, en las calles de las ciudades aterrorizadas, quedaron con la mirada fija y el aliento detenido para siempre, hombres de valor ciudadano, honorables costarricenses apegados a la patria, al respeto, al trabajo y al hogar. Ya la patria los enterró y puso su tricolor con la enseña acongojada de aquel sacrificio. Pero esta gesta no puede quedar desvertebrada en el corazón de los costarricenses. Debe ser recogida y guardada en la memoria de todos, porque la herida fué honda y el dolor fue largo. No es que se cante ni se festine. Es que la patria debe recoger los hechos y guardar los nombres y aprender las fechas, porque todo ello significó sacrificio y angustia de un pueblo, que es en el fondo, vida gastada, energía heroica, temple y espíritu que son latentes, vivos, eternos. Es, en el fondo, la garantía de que la patria esta vigilante en el corazón de todos.
El libro de Jiménez, con admirable belleza, recoge una parte de aquel todo de sacrificio, de muerte y de gloria que fueron los 40 días de batalla y de milagro en que terminó de salvarse a Costa Rica.
José Marín Cañas
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A la mujer costarricense, |
Así llegamos a Santa María de Dota,
Cuartel General del Ejército de
Liberación Nacional
Yo no me acuerdo cuándo ni cómo fué; mentiría si lo dijera, pero la verdad es que un buen día, cuando las cosas estaban más feas que nunca, tomé la decisión de llegar al poder de los poderes hasta donde Pepe El Patriota, sin reparar en que las entradas que en un tiempo estuvieron abiertas, habían sido localizadas por los hombres al servicio de René Picado, y estaban totalmente bloqueadas. En San José no se veía un alma en la calle cuando llegué de la zona del Pacífico donde estaba trabajando. Estaba totalmente desligado de los dirigentes del partido de la oposición, pero sabía que se trabajaba en forma subterránea para ayudar a los hombres que salían para el frente. La cuestión era dar con uno de esos señores y saber quién era. Sin mucha dificultad pude llegar hasta la casa de mi pariente el Dr. Fernando Ortiz Borbón con la certeza de que no iba a encontrarlo, pero mi sorpresa fué monumental cuando lo vi postrado en su cama luchando contra una difteria que por poco lo manda al otro lado. La había contraído a consecuencia de las mojadas que se llevó en compañía de Aguiluz y su gente que andaban por barriales y cafetales destrozando cuanta cosa podía ser de utilidad para el Gobierno. Con el natural temor de contraer la enfermedad, me senté a su lado para preguntarle a dónde y cómo podía lograr contacto con "alguien" que me diera el santo y seña para llegar hasta donde Pepe. Mi decepción fué grande cuando me dijo que no sabía de la misa la media, y que lo único que esperaba era restablecerse para poder marcharse conmigo o con cualquier hijo de vecino que fuera al frente.
Sin saber cómo, pude establecer contacto con Alvaro Herrera Mata, que estaba en comunicación con un agente de enlace en Cartago. Al mismo tiempo, ese día logré dar con un señor que sabía el escondite donde estaba Carlos Monge Alfaro; desgraciadamente no lo pude ver y me tuve que conformar con saludar a su señora esposa que a la sazón se encontraba en la casa. El señor que me puso en contacto, sabía cuáles eran la personas que me podían llevar al lugar a donde me envió Alvaro Herrera Mata. Este buen amigo se llama Raúl Mata y dos de los más valiosos; agentes que tuvo la revolución en Cartago lo fueron su hermana y una amiga de ella. Por fin lo arreglé todo para salir al día siguiente. Me advirtieron que no llevara nada encima pues en la menor de bastos me echaban el guante encima y ¡zas! se acabó todo. Muy temprano pasé a donde Fernando Ortiz y con gran alborozo de mi parte a pesar suyo, le dije que estaba todo listo y que pensaba poder llegar al anochecer del día siguiente al cuartel general de la revolución. Me despedí a la ligera, pues no estaba seguro de poder pasar el Alto de Ochomogo. Le hice saber que si a las seis de la tarde no llegaba, enviara a su mamá a mi casa para que informara a mis padres de lo que había sucedido. Pasé a la casa de Herrera Mata para recibir las últimas instrucciones, me dió el santo y seña, que era "Beto Morúa me mandó", y nos despedimos efusivamente. A las ocho de la mañana marchaba yo, como el más pacífico de los mortales, rumbo a la Muy Noble y Leal Ciudad de Cartago a bordo de una cazadora más incómoda que moderna. Casi me desmayo de la sorpresa cuando vi sentado mi lado a Raúl Mata; nos saludamos así como quien no quiere la cosa, pero bien sabíamos lo que teníamos que hacer. Al llegar a la estación de radio de los comunistas situada en San Pedro, tuvimos que detenernos pues el primer retén mariachi tenía que registrar el pasaje. El que hacía las veces de jefe era un tipo mediocre y malcriado, el prototipo del matón, cuando le tocó registrarme dijo a quemarropa: "Esto lo hacemos porque nos da la gana y para que a Figueres no le llegue ni agua". Muy lejos estaba de adivinar que mi humanidad no era precisamente "agua". Como a la media hora de estar detenidos se le dió permiso a la cazadora para continuar su camino. No fué sino hasta Taras, a la entrada de Cartago, que fuimos ligeramente inspeccionados por otro pequeño grupo de mariachis. Por fin entramos en la ciudad que se veía muerta y desolada. Rápidamente me condujo Raúl a la casa de su hermana para que "ellas", esas valientas mujercitas de Cartago, fueran mis guías hasta la casa del Toro Echeverría -quiero decir de don Rodolfo Echeverría- que era el agente de enlace entre Figueres y nosotros. Llegamos a la casa del Toro como a las diez de la mañana.
Fuí presentado a la señora de Rodolfo Echeverría por las muchachas que me sirvieron de guías. Tuvo frases de aliento para conmigo y me manifestó que Rodolfo llegaría de un momento a otro, pues andaba tratando de localizar un grupo de muchachos que tenían planeado salir esa misma noche. Esto me llenó de alegría, pues yo no contaba con nadie para hacer la caminata. Como a las once y media nos fué servido un delicioso almuerzo y poco después las muchachas se despedían de mí, deseándome suerte y entregándome como reliquia maravillosa, para que me acompañara durante el viaje, un escapulario de la Virgen del Carmen. Confieso que yo nunca fuí dado a creer en esas cosas, pero fué tanta la fe con que mi amiga me lo entregó, que deposité en él toda mi esperanza y me lo colgué al cuello, y desde ese momento me acompaño siempre.
Como a las dos y media, uno de los chiquitos de Rodolfo llegó alarmado diciendo que venía un grupo de mariachis en mi busca, la señora de Rodolfo me suplicó que me refugiara en el automóvil que estaba escondido en un charral cercano a la casa. Estuve allí hasta que pasó la alarma pues los mariachis llegaron y se fueron enseguida. Toda la tarde transcurrió sin ninguna novedad y el "Toro" no aparecía por ninguna parte. Como a las cinco y media llegó en compañía de un muchacho de Cartago que se llama Antonio Mata y quien a partir de ese momento fué mi compañero hasta la toma de Limón. Me presentaron al famoso "Toro", pues yo no lo lo conocía. Es un hombrón enorme, parece sobrino o pariente de Sansón, habla pausadamente y trabaja en su finca en faenas agrícolas a las que ha dedicado toda su vida; fué un elemento de valor para la revolución, pues por su medio Figueres recibió mucha gente. Al principio lo noté un poco desconfiado pues ninguno de los dos nos conocíamos, me hizo algunas preguntas y como para tratar de probarme me advirtió que la jornada era larga y peligrosa. Cuando la confianza reinó entre los dos, me mostró un mensaje enviado por Figueres a Alfredo Volio en el que le pedía con urgencia toda la gente que pudiera enviarle. En ese momento apareció en escena otro ciudadano que también abundaba en deseos de marcharse para donde Figueres a como hubiera lugar: Juan Bautista Solano Víquez. Acordó Rodolfo que Antonio Mata se fuera a tratar de convencer a otros muchachos para que nos acompañaran en la jira. Solano también se fué para traer de su casa el equipo y una pistola. Me quedé solo con Rodolfo y durante ese tiempo hablamos de todo. Una y otra vez me decía que aunque él tenía hijos y mujer a quienes adoraba por sobre todas las cosas, ardía en deseos de venirse con nosotros, pero que había recibido instrucciones de Pepe de permanecer en Cartago, pues su labor era más útil allí que en el frente.
Como a las seis, aparecieron Mata y Solano ya dispuestos para el viaje y en compañía de otros compañeros que eran: Arnoldo Guzmán, Simón Solano y Fernando Jiménez. Todos venían armados y más o menos bien equipados; sólo yo estaba en condiciones catastróficas: con unas zapatillas nuevas que me martirizaban horrorosamente los pies, sin sombrero, con una chamarra de cuero y pantalón de casimir y sin arma de ninguna clase. Como sobraba una pistola vieja y herrumbrada me la dieron para que por lo menos me sirviera para asustar a un conejo. El amigo Echeverría me entregó un "casco" para taparme la cabeza, y su señora unos mecates para amarrarme los pantalones. En tales condiciones y con la fe puesta en la patria, emprendimos la caminata a eso de las siete y media protegidos por las sombras de la noche. Dimos la vuelta para pasar por la finca de Manuel Francisco Solano en la espera de recoger más gente. Llegamos como a los quince minutos y fuimos recibidos por Manuel Francisco y su esposa que nos atendieron a las mil maravillas y nos entregaron unos sacos de gangoche y una regular cantidad de dulce para que nos sirviera de alimento durante el viaje. El Toro nos acompañó hasta ese lugar y a los pocos minutos emprendimos la jornada, no sin antes despedirnos cordialmente de todos los allí presentes que nos desearon buena suerte.
Juan Bautista Solano se constituyó en jefe del grupo, pues era buen conocedor del terreno que pisábamos. Marchábamos en silencio y en dirección a Cachí para recoger en ese lugar a otro compañero que allí nos esperaba. Al salir a la carretera que va hacia Turrialba, por poco nos sorprende un carro que venía de Cartago. Con la velocidad del rayo nos tiramos debajo de una cerca, pero con tan mala suerte para mí que al caer, el foco que llevaba se prendió con gran peligro para todos, pues el haz de luz de su reflector casi nos delata. Por fortuna no pasó a más la cosa, y cuando el carro se hubo alejado, continuamos nuestra marcha nocturna hasta llegar a Cachí en donde recogimos a Isidro Brenes que era el que nos esperaba. En cuanto estuvo con nosotros nos arengó en la siguiente forma: "Bueno, la cosa ahora es caminar a más no poder, o llegamos todos o no llega nadie; si falla alguno lo llevaremos arrastrado, pero lo llevaremos". Después, sintiéndose mosquetero, sentenció: "Todos para uno y uno para todos..."
Poco antes de llegar a Palomo, que era el lugar donde según Alfredo Volio nos esperaba el baquiano, Juan Solano sufrió un fuerte ataque de reumatismo que por poco lo deja en ese lugar. Su pierna derecha estaba inutilizada y nosotros desesperados. En silencio llamó en su auxilio a la Virgen de los Angeles.
Solano se quedó un poco atrás en espera de que su pierna reaccionara mientras el resto del grupo se llegó hasta las afueras del pueblo. A los pocos minutos lo vimos aparecer quejándose de fuertes dolores pero un poco más aliviado del ataque. En silencio nos deslizamos hasta llegar a una casa en la que nos esperaba otro grupo; todo este sigilo obedecía a que en Palomo se encontraba un destacamento de mariachis, pues ya el gobierno sospechaba que por ese lado le estaba llegando gente a Figueres. Por fin entramos a la casa y allí fué Troya, pues en un cuarto minúsculo tuvimos que acomodarnos, los que íbamos, y los que allí se encontraban y que eran: Víctor Alberto Quirós Sasso, Jorge Mora Monge, Manuel Gómez Granados, Olman Obando, José Joaquín Barquero, Alfredo Rojas, Efrain Meneses y Eugenio Corrales. En la penumbra pude distinguir la horrible cara de Beto Quirós que me saludó con entusiasmo revolucionario. Me contó la aventura que tuvo que pasar para poderse evadir del hospital Max Peralta de Cartago en donde estaba recluido a consecuencia de la refriega que tuvieron Pepino Delcore y él, en Cartago, con el resguardo fiscal. Quirós estaba todavía débil como resultado de la herida que sufrió en la muñeca derecha de un balazo. Andaba casi descalzo, y no digo completamente, pues ofendería los pedazos de cuero que medio defendían sus pies.
Como eran las diez de la noche y la salida estaba fijada para la una de la mañana, los que pudimos nos tiramos en el suelo para descansar un rato de la caminada que para mí había sido una tortura sin igual, pues mis zapatos me apretaban salvajemente. A las doce y media de la noche nos levantamos para tomar sin mucha ceremonia, y en una lata de avena vacía, un poco de aguadulce y prepararnos para el viaje por la montaña, Juan Solano, que a estas alturas ya estaba completamente aliviado de su reumatismo, me prestó unas botas que traía de repuesto y que me quedaron como hechas a la medida; el que no pudo conseguir zapatos fué el sufrido de Quirós, que no se cansaba de maldecir su mala suerte. Nos despedimos de Zacarías Mora, dueño de la casa en donde nos refugiamos, y a la una de la mañana emprendimos la jornada. En Cartago nos habían dicho que "al otro lado del puente nos esperaba el guía", pero la verdad es que el famoso guía no aparecía por ningún lado y esperarlo era muy peligroso. Nos pusimos de acuerdo y continuamos la marcha a la buena ventura y guiados únicamente por Juan y Simón Solano, que conocían un poco esos lugares. Al poco rato llegamos a la finca el Sitio, en la que también se encontraban algunos mariachis sumidos en un profundo sueño que aprovechamos para cruzar la finca como alma que lleva el diablo.
En ese lugar daba principio una cuesta larga y empinada que teníamos que salvar antes de que amaneciera para que no nos cogieran asando elotes. A la cabeza de la columna marchaban Quirós, Juan Solano, Isidro Brenes y otros; a la cola marchaba... bueno marchaba yo, sacando fuerzas de donde no tenía para no quedarme rezagado. Caminábamos por horas y horas, y la maldita cuesta no terminaba; sólo se escuchaba el jadeo angustioso de los pulmones que pedían más aire, y el golpe seco de los zapatos en la dura tierra.
El Toro Echeverría nos había asegurado que a las diez horas como máximo estaríamos en los dominios de Figueres, esto era lo único que nos alentaba en aquella noche de sudor, frío, y pies reventados. Los que veníamos de Cartago llevábamos nueve horas de caminar, no así los otros que tenían veinticuatro horas de estar esperándonos en Palomo. A las cuatro de la mañana llegamos al punto donde según nuestros cálculos podía estar esperándonos el guía salvador, pero la desilusión fue grande cuando encontramos vacas y bueyes, no así el guía.
Con mucha prudencia nos acercamos a unas casitas para tratar de averiguar si existía en ese lugar algún ser viviente. A nuestras voces se despertó el mandador de la finca y nos aseguró que por allí no había pasado ningún guía ni cosa por el estilo, pero que él nos podía acompañar hasta las faldas de la cordillera y darnos las señas para llegar hasta un lugar que se llama Belén para allí esperar al guía, pues él tenía que pasar por ese lugar al día siguiente, para "meter" otro grupo de hombres. Sin reparar en nada aceptamos de buena gana el ofrecimiento de este buen hombre y continuamos nuestra caminata. Como a las cinco y media de la mañana llegamos a un lugar que nos pareció "civilizado", pues había vacas y una casita a lo lejos. Ese era el punto hasta el cual nos acompañaría el improvisado baquiano que traíamos. Se despidió de nosotros dándonos las últimas indicaciones para que no nos perdiéramos. Los más optimistas del grupo sentíamos que el corazón se nos salía de contento, pues jurábamos que en la casita nos podían dar por lo menos un calientita taza de café, y apuramos el paso para llegar lo más pronto posible; pero ¡oh triste despertar!, la casa estaba abandonada; así como suena: completa y totalmente abandonada, ni siquiera un petate en donde recostarse, mucho menos una taza -bueno, no digo de café- por lo menos de aguachacha... Para reponernos de la brutal caminada de la noche, se acordó que descansaríamos hasta las siete de la mañana "para llegar donde Pepe por lo menos a las cuatro de la tarde". El frío era horrible, inmisericorde, cruel, nos calaba hasta la médula de los huesos, el estómago pedía a gritos algo caliente, pero lo único que le dábamos eran pedazos de dulce y nada más. Apretados unos contra otros pretendíamos defendernos del frío, pero lo único que lográbamos era reírnos de los chistes de Beto Quirós.
Terminó nuestro corto descanso, y a la hora y media emprendimos de nuevo la jornada. A estas alturas muchos estábamos completamente extenuados por el hambre, el frío y el agotamiento muscular; la montaña que teníamos por delante era hosca, y no ofrecía la probabilidad de un llano sino la irremediable alternativa de cuestas y más cuestas que había que salvar a todo trance para que la noche no nos tomara de sorpresa, Subíamos agarrándonos a las ramas y bejucos para no resbalar en la pendiente. Cuando alguien se quedaba atrás -que en la mayoría de las veces era yo- el resto de la columna esperaba, y para dar su posición silbaban a todo pulmón. Tan terrible era la interminable cuesta que cada cuatro kilómetros descansábamos un rato para tragarnos un pedazo de dulce que en algo contribuía a darnos un poco de resistencia. A nuestro alrededor no había nada que comer; esa horrible cordillera de Talamanca sólo ofrece espinas y frutos venenosos, ni rastros de animales ni de humanos, sólo un paraje desolador; tupido de espesas arboledas que le niegan a la tierra el derecho de recibir un poco de sol.
Cuando alguien resbalaba, el de atrás estaba atento para prestarle ayuda, pues era peligroso no hacerlo por los profundos barrancos; pasado el trance, nos complacimos en hacer chistes que incuestionablemente eran descargados sobre el incauto que había sufrido el resbalón.
Los más fuertes nos daban ánimos a los más débiles, los más optimistas les dábamos ánimos a los más derrotistas. De vez en cuando se escuchaba en voz de alguno algo como esto: "de aquí no salimos ni dentro de tres años" o algo más macabro como esto: "los zopilotes serán los que van a dar informes de nosotros".
Fuera por llegar a donde Pepe o fuera porque el coraje nos acompañó, la cosa era que estábamos dispuestos a todo, inclusive a comer tierra si era necesario; Quirós caminaba paso a paso con la sangre hirviendo por treinta y ocho grados de calentura; Juan Solano por su pierna reumática; Jorge Mora con el pensamiento puesto en la novia que había dejado en Cartago, y Manuel Gómez luchando a brazo partido contra una "goma" que se cargaba, y que era resultado de una terrible tomada de tragos que se dió en Palomo la misma noche de nuestra llegada a ese lugar. En lo más hondo de nuestro ser sabíamos que estábamos perdidos, pero nadie osaba decirlo. Como a las diez de la mañana decidimos hacer un alto en el camino para comernos un "par" de frijoles y un pedazo de dulce de una ración que por casualidad había podido traer Jorge Mora. Los frijoles estaban más duros que la conciencia de un prestamista y el dulce derretido como alma de enamorado; misteriosamente aparecieron en el saco de Solano unos huevos duros que no era posible comerlos pues estaban fétidos; sin embargo, no faltó un valiente que se hiciera cargo de enviarlos al estómago como mejor pudo. Al poco rato continuamos la marcha atravesando riachuelos, cortando bejucos espinosos y rezando en silencio por nuestra suerte.
Como a las cuatro de la tarde llegamos a las orillas de un río caudaloso. Unos decían que era el Reventazón y que estábamos perdidos sin remedio, otros aseguraban que estábamos cerca de Turrialba; haciendo a un lado los comentarios lo atravesamos con la esperanza de encontrar al otro lado algo que nos sacara de la duda. Nos repartimos en grupos para investigar: unos por un lado y los otros por el lado opuesto; al rato alguien llegó diciendo a grandes voces que había encontrado la "picada"; nos internamos por ella, pero a los cinco minutos de caminar salimos al mismo lugar de partida; la cosa se ponía fea con efe mayúscula. Al poco rato del estar discutiendo lo que teníamos que hacer, Jorge Mora en compañía de otros, descubrió las señas de un rancho "hechizo" que a todas luces indicaba que en ese lugar había estado algún hombre. Nuestra alegría justificada fué interrumpida por un quejido: Fernando Jiménez había resbalado en una piedra y se había torcido la muñeca desmayándose instantáneamente por el dolor y la debilidad. Sin esperar segundo aviso, Beto Quirós lo tomó por su cuenta y de un tirón le volvió la muñeca a su lugar, pero el hombre continuaba desmayado. Por fin reaccionó y nosotros dimos gracias a Dios por habernos salvado de aquel trance.
Después de investigar durante una hora y no encontrar rastros de ninguna especie, un monstruo horrible se irguió ante nosotros: estábamos perdidos, sin la menor esperanza de salir de aquella tenebrosa montaña, y sin pizca de alimentos. Resolvimos, antes de emprender la jornada a la buena ventura, esperar un rato. Se hizo un silencio completo, sólo se escuchaba la respiración de quince narices y treinta pulmones. Rezamos con todo fervor pidiendo un poco de clemencia a los poderes celestiales. Yo que nunca tuve fe, sentí en ese momento que sólo algo superior a las fuerzas humanas podía salvarnos y también recé. Cuando más abatidos estábamos, cuando todo estaba en nuestra contra, cuando la más remota esperanza ya estaba descartada por imposible, sucedió el milagro. ¡Cómo describir la emoción que sentimos cuando las palabras son punto menos que ridículas para hacerlo! ¡Cómo explicarnos aquella aparición milagrosa y providencial! ¿Fué milagro, casualidad? No sabría decirlo ni tampoco explicarlo; lo cierto del caso es que entre unos charrales sonó una voz que dijo: ¡Hola, hombres...! Volvimos las caras como autómatas y vimos la silueta cordial, sencilla, amable y bondadosa, de ese héroe anónimo de la revolución a quien sólo conocimos por Varelita.
Este célebre personaje, Varelita, fué un factor muy importante para la Revolución, pues por medio de él, Figueres recibió mucha gente. Atravesaba esa hórrida montaña siempre que fuera necesario sin reparar en las enormes caminadas y en los grandes riesgos a que estaba expuesto de continuo.
Cuando se nos apareció en plena montaña, venía armado de un rifle 22 y de una escopeta vieja de cacería que, según él, era más efectiva que cualquier arma moderna. Le estrechamos las manos con efusión y lo colmamos de alabanzas, pues su aparición la considerábamos milagrosa. Sin entrar en rodeos nos preguntó si llevábamos víveres; no tuvimos más remedio que meterle una mentira garrafal: "Sí, Varelita, no se preocupe por alimentos, pues traemos suficientes provisiones que nos alcanzan para dos días y son bastantes para veinte hombres..." La verdad era que no traíamos nada mas que una tapa de dulce a medio comenzar, pero decirle la "verdad" hubíera sido un lío mayúsculo, pues Varelita se hubiera "desinflado" del todo. Serían como las cuatro y media de la tarde cuando guiados por este buen hombre emprendimos la jornada ya seguros de llegar a un lugar que para nosotros era la tierra de promisión. Tuvimos que caminar como cuatro kilómetros dentro del río, que resultó ser el Macho. El agua estaba fría y nos llegaba en muchas partes a la altura de la cintura, pero quién sabe si sería por la alegría que nos infundió la presencia en nuestro grupo de Varelita, o por la desesperación de llegar lo más pronto posible hasta donde Pepe, lo cierto es que por una u otra razón caminábamos sin quejarnos con agua arriba y abajo: abajo el río Macho y arriba un torrencial aguacero que se nos vino encima sin pedir permiso a nuestra sufrida humanidad. Por fin llegó el momento en que dejamos de caminar por el río para hacerlo por una alfombra de charcos y barro. Fué en esos momentos cuando comenzaron los apuros para mí que ya no aguantaba: la pierna derecha se me acalambró debido a la mojada y me causaba terribles dolores que tenía que aguantármelos, pues no había más remedio. Al pasar por un puente colgante -si así se le puede llamar a un árbol tirado a lo ancho de un río- los dolores se hicieron insoportables y ya no pude seguir caminando. Resignado con mi maldita suerte me quedé atrás con otro compañero que también iba "algo" dolorido, pero que por lo menos podía caminar. Olman Obando que así se llama este compañero de sacrificios, se adelantó para pedir auxilio, pues yo estaba más inútil que un Cadillac 48 sin llantas. El resto de los compañeros nos llevaban una enorme delantera; Obando se adelantó y yo lo seguí ayudándome con un palo y haciendo de tripas corazón.
Después de arrastrarme un pequeño trecho, me encontré con Obando y con Jorge Mora que estaba dispuesto a llevarme encima de sus espaldas si era necesario. Me colocaron en medio de los dos, les eché los brazos en sus hombros y de esta manera continuamos la marcha más lentos que una tortuga vieja. Como a las dos horas de caminar aterridos de frío, mojados hasta los huesos, muertos de hambre y con mi pierna inutilizada, llegamos a un lugar que se llama Belén y en el que encontramos albergue en un rancho a medio caerse. El primero en hablar fué Varelita para pedir algo de la "abundante provisión de alimentos que traíamos"; nadie se animaba a decirle que no había nada, absolutamente nada, con excepción de un pedazo de dulce. En nuestro silencio encontró la verdad de nuestra mentira y para ponerse a tono con el hambre que nos devoraba las entrañas, soltó una monumental carcajada Por unanimidad se acordó hacer aguadulce en unas latas vacías de avena que encontramos; hicimos fuego dentro del rancho y mandamos a dos "valientes" por agua, con tan mala suerte que se cayeron dentro del arroyo que por allí pasaba, perdiendo una de las latas y dentro de ella un precioso pedazo de dulce. Todos mohinos llegaron informando de su desventura y tuvimos que conformarnos con un sorbo de aguadulce hecha con el pedazo de dulce que se pudo salvar de la tragedia. El frío aumentaba en escandalosas proporciones y no teníamos nada que ponernos encima. Dentro del rancho existía un tabanco en el que se acomodaron apretados unos contra los otros catorce compañeros, los zapatos y los pantalones estaban secándose a la orilla del fuego que soltaba una humareda asfixiante. Como yo no tenía donde pasar la noche y el frío me estaba congelando, resolví como mejor pude, subirme al tabanco de marras, con tan mala suerte que apenas estaba arriba, se vino abajo con, estrépito y en medio de las maldiciones de todos. Como caímos nos quedamos, pues la cosa no tenía remedio. Después de este desastre se nos presentó una disyuntiva: o nos moríamos asfixiados por el humo o nos aguantábamos el frío. Nos resolvimos por el segundo y después de una velada en la que nadie pudo pegar los ojos, nos levantamos a las cuatro de la mañana para proseguir la jornada.
Varelita nos encaminó un rato y luego se despidió de nosotros, pues él tenía que llegar a Cartago y la carretera Panamericana ya estaba cerca, según nos aseguro. Continuamos la marcha solos, siguiendo los consejos que nos diera Varelita. Como a las siete de la mañana pudimos ver no muy lejos, una cinta plateada que se dibujaba en el horizonte: era la carretera Panamericana. La alegría fué enorme, indescriptible, la pierna dejó de dolerme como por encanto, saltábamos locos de contentos. Quirós hacía como si ya tuviera en las manos una ametralladora y se sentía general. Apuramos el paso y al rato salimos a la carretera para encontrarnos con un retén figuerista que nos dió el alto: eran ocho campesinos armados de fusiles que cuidaban la entrada de la carretera a Santa María, en el lugar denominado Macho Gap. Como no sabíamos el santo y seña tuvimos que gritarles desde la montaña que no dispararan pues veníamos a incorporarnos al ejército de Pepe. Apuntándonos con sus fusiles se acercaron poco a poco, y cuando reconocieron entre aquel grupo de pordioseros a unos amigos, nos abrazaron con entusiasmo y alegría de ver que habíamos llegado sanos y salvos. Esperamos en Macho Gap como quince minutos, y al ver que no pasaba ningún camión que nos recogiera, decidimos continuar la marcha hasta una casita en la que nos esperaba un suculento banquete: cubaces calientitos y deliciosos, arroz, tortillas, verduras y una maravillosa taza de café caliente y vaporoso; café de campo...
A los pocos minutos vimos venir un jeep conducido por el Macho Núñez quien se dirigía a San Isidro del General. Cambiamos saludos y nos prometió que dentro de algunos minutos vendría un camión a recogernos. En efecto, no se hizo esperar el camión: al poco rato bajó uno en dirección a Santa María y en el que venía el Capitán Morazán que se presentó a nosotros con muy corteses razones y buenos modales. Nos subimos al camión alborotados y felices, y después de dos horas de camino apareció ante nuestros ojos la serena belleza de ese pueblo acogedor y hospitalario: ¡¡Santa María de Dota!!
Como nació la Legión Caribe
El Gobierno de Picado estaba desesperado respecto a los planes militares del alto mando del Ejército de Liberación Nacional, y junto con los militares mediocres y pusilánimes que tuvieron a su cargo la conducción de las "derrotas" militares y morales de Picado, Calderón y Mora, se equivocaron desde un principio creyendo que el Cuartel General de los Revolucionarios estaba ubicado en San Isidro del General. Cierto es que San Isidro fué uno de los baluartes más fuertes de la Revolución, pero el Cuartel General de los Revolucionarios debía estar en un lugar que, por su condición topográfica, no ofreciera vulnerabilidad para un ataque fuerte que era de esperarse en cualquier momento, dadas las condiciones de debilidad que tuvo en un principio la fuerza de la Revolución. Siguiendo el consejo de los militares discretos y capacitados que en todo momento rodearon a nuestro Comandante en Jefe, se dispuso que el Cuartel General se instalara en la quieta y apacible villa de Santa María de Dota, rodeada por colinas que defendían el lugar de un posible ataque por tierra y la cubrían de ataques aéreos. En la Escuela del lugar estaba instalado el Cuartel General del Ejército de Liberación Nacional, en un galerón situado al lado de la Iglesia parroquial la cocina militar, y al frente del Cuartel, precisamente donde estuviera la Jefatura Política, el pequeño campo de concentración donde teníamos bajo prisión y vigilados por celosos guardianes, algunos de los mariachis tomados prisioneros en las batallas anteriores, entre los que figuraba el hijo de Luis Quinto Vaglio. En una pulpería situada frente a la Unidad Sanitaria del lugar, teníamos instalada la estación de radio que trasmitía a diario los boletines informativos del Ejército que mantenían al tanto al pueblo de Costa Rica de las victoriosas operaciones llevadas a cabo por las huestes de nuestro invencible ejército. El ingeniero jefe de la trasmisora era el valiente luchador Arnold Müller, quien no se separaba día y noche de los auriculares y el manipulador que recibían y enviaban con angustia de segundo y desesperación de instante, las órdenes cifradas a los diferentes campos de batalla.
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La Legión Caribe presenta armas en Puerto Limón al Comandante |
Todas las callejas, la plaza y las casas, rebosaban de figueristas barbudos, pertenecientes a los diferentes batallones que esperaban con ansiedad la hora de enfrentarse con los mariachis. En todas las casas se reflejaba la satisfacción íntima que da el orgullo de servir a una causa noble y justa como era la nuestra. Entre ellos había veteranos de muchos combates. Unos contaban las angustias de la batalla de San Cristóbal, otros la masacre de nicas y linieros que hicieron nuestras tropas, inferiores en número, a los forajidos capitaneados por Tijerino, que dejó pudriéndose sus huesos en la fértil tierra de San Isidro; los de más allá hablaban del frío atroz de El Empalme y de las catastróficas derrotas que sufría el Gobierno de Picado cada vez que pretendía perforar aquella muralla que capitaneaba Cardona, Cortés, Marshall y Rivas, alma y vida de la punta de lanza que significó siempre El Empalme.
Los novatos se quedaban pasmados de oír tanto acto de heroísmo y audacia, muchas veces exagerados por sus autores. Mi llegada a Santa María de Dota fué saludada por estrechos abrazos que me prodigaron con esplendidez mis amigos de San José cuya presencia en Santa María obedecía a razones de patriotismo y de vergüenza. Me sentí feliz y contento de saberme rodeado de aquella tropa de gente joven y amable que hacía chiste aun de las cosas más graves y solemnes. Con la primer cara conocida que tropecé fué con la de Carlos Steinvorth que lucía en su cabeza la clásica cachucha de los revolucionarios y en su brazo derecho una poderosa ametralladora Thompson. Al verme con cara de hambriento de tres días, me recetó la cocina militar en el acto; pero antes de proceder a calmar la rabia justa de mi estómago, corrí a saludar con alegría loca y espontánea a Pepe Figueres que en ese momento salía de almorzar de una casita que hacía las veces del hotel en Santa María. Nos saludó a todos can satisfacción y contento de ver que habíamos llegado sanos y salvos después de una jornada de tres días y dos noches. Por fin almorzamos. El menú no era muy variado que digamos: un buen puño de frijoles negros y otro de arroz con un jarro de aguadulce que nos supo a manjar de reyes. Aplacada el hambre, uno de los barbudos figueristas nos condujo al Cuartel General donde fuimos presentados a los jefes y amigos que allí se encontraban. Nos indicaron una aula de la Escuela como dormitorio y nos dieron una hora de descanso para que disimuláramos las 72 de fatiga sufridas en el camino. Los que pudimos nos dimos un baño y descansamos unos minutos entre aquella batahola de fusiles, ametralladoras, cañones y oficiales que iban de aquí para allá con ligereza de gamos y actividad de hormigas. Al poco rato fuimos llamados a formar. En una mesita estaban instalados Hernán Rossi y el Mayor Horacio Ornes que por aquel entonces era Capitán. Fué en ese lugar donde por primera vez escuché estas dos palabras: "Legión Caribe"; esto sonó extraño y misterioso a mis oídos, pues no acababa de asociar el nombre de ese inquieto mar a los fines de la revolución. Lo olvidé de momento, pues era más importante poner atención a las instrucciones que nos daban Rossi y Ornes. Nos tomaron el nombre nuestro y la dirección de nuestra familia y se nos dijo que a la mañana siguiente teníamos que estar en pie a las seis de la mañana. Los compañeros de cerebro e imaginación inquieta, juraron una y mil veces que al día siguiente íbamos a la línea de fuego; yo me concreté a oírlos, pues en verdad no creía lo que afirmaban. Nos dieron unos sacos de gangoche, dos a cada uno para ser más exactos, y nos aconsejaron que después de comida durmiéramos bastante para estar frescos al día siguiente.
A la hora de acostarse fueron los lamentos y las protestas de todo género, pues creíamos que como justa recompensa a nuestras noches de dormir a la intemperie y en la pura tierra, nos iban a dar por lo menos un colchón o petate en donde echar nuestra humanidad dolorida y magullada. Dormimos en el suelo ingrato y duro, sin más cobija que los dos gangoches que fueron inútiles para protegernos del frío cruel de la madrugada que nos obligó a despertarnos antes de lo que pensábamos.
Muy de mañana pasamos a la cocina militar a tragarnos con deleite supremo, una vaporosa taza de aguadulce con unos cuantos frijoles y un pedazo de tortilla.
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General de Brigada JOSE FIGUERES F. Comandante en Jefe del Ejército de Liberación Nacional |
De la cocina pasamos a la plaza a formar en dos filas, y de allí al lugar que nos tenían destinado. Los que afortunadamente tenían algo de equipaje tuvieron que dejarlo en la Escuela donde habíamos dormido la noche anterior, pues la velocidad con que nos llevaron al campamento militar fué de segundos. El lugar en donde nos alojaron estaba situado a escasos quince minutos de la plaza de Santa María. Todavía a esas horas, y ya en el campamento, no sabíamos qué diablos iban a hacer con nosotros. El campamento era una lechería a la que se llega pasando por el cementerio de la localidad; en la parte superior del edificio, o sea precisamente encima del lugar para hacer lo que nosotros llamábamos "nuestro dormitorio", que tenía más cara de gallinero que de salón para donde todas las mañanas ordeñaban a las tranquilas y mansas vacas que allí había, colocaron unas toscas tablas para dormir.
Nunca se me olvidará la emoción y la alegría que sentí al llegar a la famosa lechería que nos sirvió de Campamento Militar. Todas las caras amigas de San José se encontraban allí en cordial camaradería. Al primero que saludé fué a Julio Caballero; detrás de él comenzaron a aparecer Carlos de la Espriella, Carlos Steinvorth, Benjamín Piza, Rodolfo Quirós, Alvaro Rossi, Vico Starke y una porción de amigos a los cuales estrechaba las manos con satisfacción plena de dicha y contento. De inmediato nos fué presentado en forma oficial el Capitán Horacio Ornes y nuestro grupo fué formado en un pelotón compuesto de tres escuadras. En un principio asignaron a Rodolfo Quirós como instructor nuestro, pero debido a las muchas ocupaciones que él tenía con su pelotón, designaron a Benjamén Piza Carranza como Teniente instructor de los nuevos reclutas, entre los que se destacaba con su gran cuerpo de atleta y con su buen humor siempre a flor de labio, un viejo luchador de la oposición: Víctor Alberto Quirós Sasso. Benjamín Piza fué para mí una sorpresa muyúscula lo mismo que para todos los amigos de San José que compartieron con nosotros el entrenamiento y después la campaña que realizó la Legión Caribe. A Piza se lo podía imaginar uno en cualquier cosa pero nunca metido a revolucionario figuerista. Trabajaba en las oficinas de la Pan American en San José y para nosotros fué siempre un niño bien que nos lo podíamos representar bailando con una linda chiquilla de San José en el Country Club, pero nunca con una ametralladora en la mano dispuesto a liquidar al primer mariachi que asomara la cabeza donde no debía. Piza fué el instructor de nuestro pelotón, integrado en su mayoría por muchachos de Cartago, Paraíso y Cachí, entre los que figurábamos sólo cuatro josefinos.
Como a los quince minutos de tenernos de pie nos fueron presentados sin mucha ceremonia los fusiles que habrían de ser, a partir de aquel instante, nuestros compañeros fieles e inseparables. Lo primero que aprendimos fué el manejo de ellos: sencillos en su mecanismo y rápidos y certeros en la acción. Justamente estábamos oyendo con atención las instrucciones que nos daba el ya Teniente Piza, cuando oí por vez primera el tableteo de una de las ametralladoras livianas que tan útiles nos fueron para liquidar mariachis y para bajarle los humos a Manuel Mora y al irresponsable de René Picado. Probaba la "máquina" Vico Starke para cerciorarse de que estaba en perfectas condiciones.
Esa mañana nos enseñaron el mecanismo de los fusiles y después pasamos a recibir instrucción militar propiamente dicha. Piza como egresado que es de un colegio militar de los Estados Unidos, tenía conocimientos que lo capacitaban para entrenar a los reclutas con dominio y rapidez.
Después de la rutina de las primeras lecciones que a mi se me hacían tediosas en extremo, nos enviaron al campo a hacer prácticas de ataque y defensa. ¡Santo Dios y los apuros que allí pasé! La pierna izquierda me dolía horrorosamente pues la tenía entumecida desde el día anterior, y cada vez que el Teniente daba la orden de avanzar y echarse al suelo, yo maldecía mi pierna y la milicia; pero a pesar del fuerte dolor, me olvidé de él pensando en que tarde que temprano teníamos que entrar en acción y que aquellas prácticas nos habrían de servir de mucho -como en efecto sucedió- para poder aniquilar el poder del gobierno usurpador.
A las once y media de la mañana y después de practicar intensamente, nos enviaron al comedor que estaba instalado en la parte alta de la lechería-campamento. Era nuestro primer almuerzo en ese lugar y estábamos ansiosos por saborear lo que para nosotros fué el primer banquete de la campaña: una sustanciosa sopa de verduras, unos ricos frijoles con arroz, un pedazo de carne que si no estaba suave por lo menos se dejaba hincar el diente, una jarra de leche fresca y recién ordeñada, y una monumental taza de aguadulce bien caliente. No había lugar para quejas, pues en verdad el almuerzo estuvo delicioso. En la tarde se nos enseñó la manera de limpiar los fusiles para mantenerlos siempre en buenas condiciones. Luego nos dieron una pequeña licencia para ir "al pueblo" que aproveché para obtener la clásica cachucha figuerista que era nuestro distintivo inconfundible.
Esa tarde fué cuando vi por primera vez al Padre Benjamín Núñez en vestido de campaña. Sin mucho preámbulo ni mucha ceremonia nos dimos un caluroso abrazo y de ambas partes brotaron palabras emocionadas saturadas del patriotismo que siempre ha sido el galardón más preciado del Padre Núñez. Debo reconocer que a primera vista no pude reconocer de inmediato a nuestro Jefe Espiritual, pero cuando lo tuve a pocos pasos, su franca sonrisa y la bondad de su rostro me dijeron muy a las claras que estaba delante de un paladín de la justicia y de la libertad. Charlamos por espacio de quince minutos, y como yo era de los "nuevos" el Padre Núñez me picó la lengua para que le contara las últimas bolas que habían circulado en San José y Cartago. No es necesario decir que el Padre gozaba en extremo con las bolas -unas cuadradas y otras redondas- que yo le estaba contando.
Como el tiempo pasó sin darnos cuenta, me despedí del Padre para correr al campamento, pues ya hacía rato que había transcurrido el tiempo concedido para la "pequeña licencia". Apresuré el paso y en mi carrera pude ver un barbudo más: Alfonso Goicoechea que hacía pocos días había llegado con otro grupo y que paseaba por la plaza de Santa María feliz y contento de aspirar el aire puro y libre de aquella tranquila villa.
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Esos son los hombres que tripularon el primer avión que aterrizó en Limón con la Legión Caribe. |
Llegamos al campamento con el tiempo justo para formar y disponernos a practicar en campo abierto. Nos hacían saltar varias veces, una burra de madera de dos metros de alto. Nosotros no sabíamos a qué obedecía tanto aparato y nos concretábamos a cumplir las órdenes. Era cómico ver a Jorge Arrea, largo como un cocotero, saltar aquella burra con una ametralladora de 50 libras. Todos realizamos las prácticas a la perfección y la oficialidad se mostró complacida de la facilidad con que asimilábamos las instrucciones.
Llegó la noche y con ella un frío de seis grados centígrados bajo cero y nosotros con ralos gangoches que eran impotentes para defendernos de aquella temperatura glacial.
Como el grupo nuestro era el más nuevo de los tres pelotones que ya estaban alojados en la lechería-campamento, se nos encomendó la guardia por la noche.
A mí me enviaron, junto con un compañero, a hacer las dos horas de guardia reglamentaria a un puente que está situado a pocos metros de la Unidad Sanitaria del lugar, por ser ese punto una salida de carretera.
El frío me heló hasta la médula de los huesos y las dos horas se convirtieron en dos siglos de desesperación, pues no teníamos nada para cubrirnos. Por fin llegó el relevo y terminó mi primera noche de guardia; nos dirigimos al campamento y -¡oh desgracia infinita!- no teníamos campo para echarnos a dormir un rato pues la madrugada ya aruñaba las sombras de la noche.
Nos acomodamos como pudimos en medio de piernas, fusiles, ametralladoras y brazos, y con paciencia y frío esperamos los primeros rayos del sol.
Han pasado seis días durante los cuales se sometió a los tres cuerpos de la Legión Caribe al entrenamiento más tenaz y metódico: triangulación, tiro al blanco, prácticas con las ametralladoras, simulacros de asalto en campo abierto, despliegues en masa, sin olvidar los más mínimos detalles que nos es dable imaginar. A nuestro campamento no se les permitía la entrada ni a los mismos hombres que integraban los demás batallones que estaban acampados en Santa María de Dota. Se vigilaba día y noche todas las entradas que conducían a la lechería donde estábamos alojados, a fin de evitar que nadie pudiera darse cuenta del número, cantidad y condiciones de los hombres que allí se entrenaban.
Ninguno de nosotros sabía a dónde diablos nos iban a mandar; eso era- asunto del Alto Mando. La Legión estaba formada originalmente por tres pelotones de dieciocho hombres cada uno sin contar la oficialidad. El primero no tenía nombre hasta el momento, el segundo se llamó Alvaro París en honor al mártir de la ciudad de Puntarenas, y el tercero se llamó Los Angeles en honor a la Virgencita patrona de Costa Rica y debido al hecho de que la mayoría de sus componentes eran muchachos de Cartago. A mí se me asignó desde un principio al pelotón Los Angeles. Nuestro oficial era el Teniente Benjamín Piza, que se empeñó en todo momento porque ese grupo fuera el mejor entrenado de todos, logrando en verdad, sacar partido de todos los hombres, con excepción de un muchacho de Cartago que le costaba marcar el pasa equivocándose siempre que nos tocaba marchar. Parecía que este chico, de 18 años no más, estuviera peleado con el tambor que era la voz de Piza que fuerte y enérgica, repetía incesantemente: un, dos; un, dos; un, dos; un, dos... El más selecto de todos los pelotones era el No. 1, que capitaneaba el Teniente Hernán Rossi y que estaba integrado por hombres en su mayoría fogueados en los frentes de batalla y expertos ya en las artes de la guerra de guerrillas. El pelotón No. 2, el "Alvaro París", estaba capitaneado por el Teniente Rodolfo Quirós, más tico que la fuente de Ojo de Agua y un experto militar, pues fué educado en la Escuela Politécnica de Guatemala. Este pelotón estaba formado en su mayoría por muchachos de San José muy conocidos, como el abogado Julio Caballero, los hermanos Daniel y José Antonio Calvo Astúa, Carlos de la Espriella y muchos más que se comportaron brillantemente durante toda la campaña.
Por fin llegó el día de la partida; lo adivinamos por la actividad de la oficialidad y la visible emoción del Capitán Ornes que impartía órdenes a derecha e izquierda. Era el nueve de abril y después de almuerzo nos dieron dos horas de descanso para que fuéramos los que queríamos al pueblo, y para limpiar los fusiles y las ametralladoras. A las tres y media de la tarde nos ordenaron que alistáramos todo el equipo, pues de un momento a otro teníamos que salir. ¡Aquí fué donde se armó la gorda! Todos corríamos de aquí para allá en diversas ocupaciones: unos iban a que se les entregara el parque, otros a bañarse, el de más allá a robarle el saco al compañero, el otro a tomarse la última taza de café en la célebre lechería, uno por allá reclamando a gritos su cepillo de dientes, muchos quejándose de ampollas en los pies y otros discutiendo el nombre que habría de llevar la ametralladora de su pelotón. Quirós Sasso, que era el ametralladorista de nuestro pelotón, resolvió por su cuenta y riesgo, bautizar a nuestra ametralladora con el nombre de "Rosita", diciendo a grandes voces que fusilaría al que no la llamara por su nombre a partir de aquel momento. "Rosita" se llamó entonces la ametralladora Lewis que nos acompañó fiel y constantemente en toda la campaña. Carlos Steinvorth Jiménez era el asistente primero de Quirós Sasso y aunque no estaba de acuerdo con el nombre que Quirós le puso a nuestra ametralladora, lo aceptó a regañadientes.
Bueno es hacer notar aquí que cada pelotón de la Legión Caribe tenía una ametralladora de la clase mencionada y cada oficial tenía además una ametralladora liviana del tipo Thompson, lo mismo que los miembros de la Plana Mayor de la Legión, que además tenían granadas de mano al igual que los sargentos primeros de cada escuadra.
Por fin nos dieron la orden de formar y a seguido marchamos en silencio hacia la plaza de Santa María.
Eran las cinco y quince minutos de la tarde y el sol parecía decir "hasta mañana" por las hermosas colinas que rodeaban el pueblo. En la plaza nos esperaba Pepe Figueres con su Estado Mayor, el padre Benjamín Núñez en traje de campaña y toda la gente del lugar que miraba llena de asombro a aquellos muchachos sucios y jóvenes, armados hasta los dientes y reflejando en su rostro la decisión inquebrantable que siempre fué nuestra inseparable compañera.
El primero en hablar fué el Padre Núñez. Jamás olvidaré aquella tarde y las palabras penetrantes y sabias que nos dirigió el Padre Núñez. Conforme avanzaba en su discurso, se iba acentuando más y más la emoción en todos los rostros; las mujeres que frente a nosotros estaban, no pudieron contener las lágrimas y dejaron que éstas corrieran libremente por sus mejillas. Muchos de mis compañeros -inclusive yo, no me da pena decirlo- sentimos en los labios el sabor a sal de dos gruesos lagrimones que saltaron de nuestros ojos no por cobardía, sino por el amor a nuestra Patria maltratada, que las palabras del Padre Núñez nos trajeran -a la mente en esos sublimes instantes en que el pabellón tricolor flotaba al viento y nuestras frentes permanecían en alto para recibir con devoción la bendición del Sacerdote.
Luego nos dirigió unas breves palabras Pepe Figueres para presentarnos la oficialidad y darnos las últimas instrucciones sin mencionar, claro está, el lugar para el que ya habíamos sido destinados. Cuando terminó Pepe, un estruendoso ¡viva Figueres! salió de todas las gargantas y corrió libre hasta las colinas para convertirse en eco de redención y sacrificio. Después entonamos a todo pulmón las estrofas del Himno Nacional y a seguido procedimos a acomodarnos en dos camiones que ya estaban preparados. Los muchachos de las fuerzas que estaban acantonadas en Santa María lo mismo que las mujeres y los niños, nos despidieron con vítores y vivas que repercutieron en lo más recóndito de nuestros corazones, convirtiéndose en promesa de triunfo y redención para nuestra Patria escarnecida y pisoteada.
Por fin abordamos los dos camiones. ¡Había que ver la cantidad del barullo que se formó para acomodar en dos camiones no muy grandes, a 65 hombres con equipo, zalbeque, fusil, ametralladoras y gran cantidad de municiones! Nos empujábamos para tratar de posesionarnos de los mejores lugares, pues la jornada iba a ser larga. Se nos advirtió que lleváramos los clásicos sacos de gangoche, pues el frío que teníamos que soportar no era como para disimularlo con un cigarrillo. Todos teníamos dos sacos y procedimos a meternos en ellos como embutidos, pues ya la noche había caído y las punzadas del frío se hacían sentir coma preludio de la helada que habríamos de sufrir más adelante. A pesar de los empujones, los pellizcos, los majonazos, las maldiciones y las carcajadas, nos pudimos acomodar en los dos vehículos que iniciaron la marcha rodeados de la gente y la tropa que continuaba aclamándonos y vivando a Figueres y al Padre Núñez, que no se cansaban de despedirnos con la mano derecha. Supimos en ese momento, de boca de uno de los oficiales, que nos dirigíamos a San Isidro del General y nada más que eso. ¡San Isidro del General! todavía resuenan en mis oídos esas palabras que fueron símbolo de lucha, coraje y sacrificio.
La Legión Caribe en San
Isidro del General
La carretera que conduce de Santa María de Dota hasta el entronque con la carretera Panamericana, es sinuosa y grosera. Son aproximadamente treinta kilómetros de curvas infernales y cuestas empinadísimas. Los dos camiones que conducían la Legión Caribe eran un Dodge y un Ford, ambos nuevos y de último modelo, pero iban con tanta carga que en cada cuesta había que bajarse para ayudarlos, por medio de calzas y empujones, a salvar las gradientes. Habíamos salido de Santa María como a las seis y media de la tarde, y pudimos llegar a un lugar que le llaman "Macho Gap" a las nueve pasadas. Precisamente en este lugar es donde se encuentra uno con la carretera Panamericana propiamente dicha, Nos detuvimos allí unos breves minutos para saludar al Capitán Tercero que venía de Villa Mills con un cargador para una de las ametralladoras que se había descompuesto; nos saludó con su cordialidad habitual y se despidió de nosotros deseándonos buena suerte en nuestra misión.
Los camiones emprendieron de nuevo la marcha sobre la hermosa carretera bordeada de bosques y de sombras.
Hasta ese momento no habíamos sentido frío, pero todos íbamos metidos en nuestros sacos de gangoche preparándonos para la pasada por el Cerro de la Muerte. Nuestro camión era la Meca de las maldiciones y de los pleitos que se originaban en la espantosa apretazón en que íbamos. En la parte delantera, junto a la casetilla del chofer, venían sentados Víctor A. Quirós y Carlos Steinvorth con las ametralladoras pesadas y muchas cajas de parque. Como a "Rosita" había que cuidarla mucho para que no se fuera a mojar con las tenues gotitas que ya comenzaban a salpicar nuestras caras, Quirós encontró muy fácil acomodar la boca del cañón de nuestra ametralladora en mis flacas espaldas. Inútiles fueron mis protestas, pues Quirós no escuchaba nada más que el ronquido del motor del camión. Para completar mi martirio y hacer más dolorosa la noche que pasamos en el Cerro de la Muerte, la gordura sólida de Alfredo Chacón, sargento del pelotón Alvaro París, empujaba mis doloridos huesos hacia el cañón de la ametralladora y éste hacia la gordura de Chacón que pretendía que en un espacio de un cuarto de metro cuadrado acomodara yo el fusil, el zalbeque, el parque y mi humanidad que ya no soportaba más.
Carlos Steinvorth, que hasta el momento se había concretado a escuchar nuestras maldiciones y estirar como mejor podía sus piernas, decidió pasarse al lugar de los verdugos de esa noche y principió en su tarea de estrujar a las pobres víctimas que venían delante de él.
Un muchacho Solano de Cartago amenazó a Steinvorth con degollarlo si no quitaba sus enormes zapatos del estómago de él. Steinvorth ante tales razones, optó por trasladar sus extremidades inferiores a otro lugar; mi sufrida espalda, que ya no soportaba el cañón de la ametralladora y los kilos de grasa y músculo del Sargento Chacón que se reía a mandíbula batiente de aquella sinfonía de lamentos y maldiciones. Agotados de tanta lucha y tanto grito, nos quedamos tranquilos pues el cansancio nos rindió. Algo parecido al sueño nos invadió a todos. Yo me quedé dormido en la posición en que venía, esto es, con el cañón de la ametralladora en mi espalda, con la gordura de Chacón en mi estómago y con las piernas de Carlos Steinvorth en mis hombros. El resto de mis compañeros durmió como mejor pudo: de pie, encima del fusil, encima de un compañero o sentado en una caja de municiones que por cierto no se parece mucho a un almohadón oriental.
Sin sentirlo nos fuimos acercando poco a poco al Cerro de la Muerte.
Su proximidad nos fué anunciada por un aguacero terrible que nos caló hasta los huesos y por un frío salvaje contra el cual no existía ninguna defensa, ¡Sólo Dios sabe la noche cruel y amarga que allí pasamos!
El camión avanzaba rápidamente cortando con los haces luminosos de sus dos faroles la cortina negra de la noche. Beto Quirós inició de inmediato la segunda parte de las maldiciones y los lamentos. Fué coreado por todos nosotros que pensamos, no sin razón, que aquel frío atroz iba a acabar con nuestra existencia.
La lluvia continuaba más fuerte y terca que nunca y todavía faltaba mucho, pero mucho, para que llegáramos a San Isidro del General.
Alguien dentro del camión dijo en voz queda, que pronto llegaríamos a Villa Mills. Esa voz contribuyó a darnos fuerza y a maldecir con más vigor a los que se empeñaban en incomodarnos y maltratarnos con sus piernas o sus fusiles.
El camión seguía rodeando el Cerro de la Muerte y el frío rodeándonos a nosotros con sus tenazas.
Se me olvidaba decir que abriendo la marcha de nuestro convoy, venía un jeep en el que se acomodaron el Capitán Ornes, Alvaro Rossi y otros oficiales de la Plana Mayor de la Legión, contra los que enderezábamos con toda sabrosera, nuestras más selectas protestas por venir tan bien instalados sin importarles un comino nuestras congojas y nuestro frío.
Casi sin sentirlo nos dimos cuenta de que habíamos dejado atrás el Cerro de la Muerte y que el camión iba en compresión, bajando la pendiente que se extiende por kilómetros y kilómetros hasta llegar al Valle del General.
Por fin hemos llegado, después de mucho desearlo al campamento de Villa Mills. Lo primero que vemos, a pesar de la oscuridad, es la bandera de los Estados Unidos que nos advierte que estamos en terrenos propiedad del Tío Sam.
La oficialidad, como de costumbre, es la primera en saborear una caliente taza de café negro que con gentileza nos obsequian los simpáticos gringos que están destacados en Villa Mills. A nosotros nos toca chuparnos unas cuantas gotas de café frío y "sin nada". Nos resignamos pues sabemos que dentro de algunas horas estaremos en San Isidro del General. Piza, el jefe de nuestro pelotón no se cansa de dar órdenes como un mariscal prusiano urgiéndonos a tragarnos el café de marras para darle campo a los demás. Por desgracia para los "demás", cuando les llega el turno de tomar café se tienen que resignar con mirar la olla vacía y a comerse unos cuantos frijoles fríos y tiesos que lograron escapar de las mandíbulas de los primeros pero que llegaron seguritos al estómago de los segundos.
Ha terminado nuestra corta visita a Villa Mills y todo el mundo está en sus puestos para seguir la marcha.
Previniendo un ataque de sorpresa, el Capitán Ornes ha ordenado que los vehículos marchen a una distancia de cincuenta metros cada uno, pues estamos en la zona de peligro.
El último camión es el nuestro; en la casetilla del chofer van Hernán Rossi y Vico Starke; el primero con un fusil como los nuestros y el segundo con una ametralladora liviana calibre 45, Beto Quirós monta y carga la ametralladora pesada sobre el techo de la casetilla. Steinvorth es su ayudante. Todos cargamos los fusiles en el acto y nos consideramos listos para entrar en acción si la cosa se pone fea.
Como a la hora de caminar lentamente viendo para ambos lados de la carretera, notamos que el jeep que marcha a la cabeza se detiene bruscamente: en sentido contrario avanza hacia nosotros un jeep con sus dos focos encendidos. Ambos se dan alto antes de identificarse; después de reconocernos la sorpresa es mayúscula: en el jeep viene la plana mayor de El Empalme: Cardona, Pepino Delcore, Tuta Cortés y Frank Marshall. Todos nos saludamos a grandes voces, pero sobresale la de Tuta Cortés que a manera de advertencia nos dice que en San Isidro nos espera nuestro bautizo de fuego, pues los mariachis están aproximándose peligrosamente por el lado de Buenos Aires. Aquello nos suena extraño y feo, pues todos nosotros teníamos la idea de que San Isidro no volvería a ser atacado por el Gobierno dadas las derrotas que habían sufrido sus fuerzas en diversas ocasiones, a manos de nuestras aguerridas tropas allí destacadas. Cardona, Delcore, Cortés y Marshall continuaron la marcha rumbo a El Empalme acompañados por ametralladoras livianas, pero no niego que a todos se nos puso la carne de gallina con la advertencia de Tuta Cortés. ¡Yo me sentía cadáver...!
Continuamos nuestra marcha con mucha mayor lentitud y con los ojos abiertos como los de una lechuza.
En voz baja hacíamos comentarios en torno a las palabras de Cortés y cada uno decía y hablaba como mejor podía, tratando de disimular torpemente el nerviosismo que se apoderó de todos nosotros.
A los pocos minutos de caminar se detiene nuevamente el jeep que marcha a la cabeza, pues desde un promontorio le han dado el alto: es una patrulla nuestra de las que están destacadas en todas las entradas que conducen a San Isidro. La alegría es unánime, pues nos damos cuenta de que Tuta Cortés lo que pretendió era meternos miedo con la leyenda de los comunistas de Fallas.
Por fin divisamos las luces de las primeras casas de San Isidro y a los pocos minutos estamos entrando en nuestro cuartel de esa plaza. La alegría de encontrarnos en uno de nuestros más gloriosos baluartes, nos hace olvidarnos momentáneamente de las fatigas y sufrimientos del viaje. Mis ojos no se cansan de urgar por todos lados, en la oscuridad de un patio veo destacarse la silueta enorme de nuestro poderoso tanque de combate. Nos ordenan entrar al salón que sirve de dormitorio y comedor, y mis ojos se tropiezan con revolucionarios natos: Valdeperas que está armado hasta los dientes, Roberto Fernández al que la revolución no lo ha hecho olvidar sus buenos modales y su clásica sonrisa, al Coronel M. A. Ramírez imponente y majestuoso y a muchos más a los que no me canso de saludarlos y hacerles preguntas relacionadas con las acciones que han tenido lugar en San Isidro.
Después de platicar con Roberto Fernández unos minutos, me llevan a la cocina donde me espera una garrafal taza de café y un plato de arroz y frijoles con dos trozos del más delicioso pan. Nos ordenan descansar, pues al día siguiente tenemos que continuar la marcha muy de mañana. Nos acostamos en el puro suelo con todo el equipo y con las armas listas para cualquier emergencia. Son en ese instante las dos y media de la mañana. Sentimos que el sueño bueno y amable nos invade lentamente, pero ¡oh desilusión! se escucha en el salón como retumbo de trueno la voz del Coronel Ramírez que dice: ¡Capitán Ornes necesito un pelotón suyo para una misión importante! Y luego la voz del Capitán Ornes que contesta de inmediato: ¡Piza, levanta tu gente en el acto! y después la voz de Piza que dice: Pelotón Los Angeles: ¡arriba! Como movidos por un resorte nos levantamos todos y formamos en el patio. La orden es terminante: hay que detener a todo trance un grupo de mariachis que se acerca por el campo de aterrizaje.
Estábamos formados en el patio del cuartel general de San Isidro y todos esperábamos lo peor, pues éramos solamente dieciocho hombres y dos oficiales: Piza y Starke. No sabíamos a ciencia cierta cuál era el número de los mariachis a los que teníamos que hacerles frente. Beto Quirós estaba feliz pues por primera vez la ametralladora "Rosita" iba a entrar en acción para enviar a mejor parte a los foragidos que el desgobierno de Picado y Mora tuvo como soldados. Vico Starke nos dió las últimas instrucciones: ponerle un candado a la boca, no fumar en la marcha, caminar separados a una distancia de seis metros cada hombre y llevar el fusil en posición de fuego. La escuadra de la ametralladora marchaba adelante enseguida de Starke y Piza que iban a la cabeza. Todos íbamos despabilados por completo y dispuestos a jugarnos el pellejo ya fuera con mariachis o comunistas de Fallas. Atravesamos el campo de aterrizaje cubiertos por las sombras de la noche para tomar posiciones en una colina que está al fondo del campo y que podría ser la boca de entrada del enemigo. Cuando alguno se quedaba atrás la columna se detenía de inmediato para darle la posición correcta. Nadie hablaba, sólo se escuchaba de vez en cuando el crujido de una rama o la respiración jadeante de los que veníamos atrás. Por fin nos adentramos en la montaña sin encontrar ni rastros del enemigo. Nos parapetamos detrás de troncos y esperamos las órdenes. A los pocos minutos de estar en aquella posición escuché la voz de alguien que a mi espalda decía: ¡Se perdieron, seguro tomaron otra vereda! Se me heló la sangre en las venas, pues de inmediato supe lo que pasaba: Beto Quirós acompañado por la ametralladora pero sin municiones, se había extraviado en la oscuridad de la noche con dos compañeros más. Si en aquel momento los hubieran atacado los mariachis nos hubieran hecho chicharrón, pues nosotros no podíamos disparar sabiendo que Quirós y los dos más, estaban en cualquier parte menos con nosotros. Los minutos eran de angustia y desesperación pues estábamos sin ametralladora y a merced del enemigo; no podíamos gritar llamándolos, pues nuestras voces nos podían descubrir. Vico Starke estaba que trinaba de la cólera lo mismo que Piza que maldecía hasta el día en que nació. Nosotros estábamos principiando a sentir el miedo, pues la cosa no era para menos. Resolvimos jugarnos un albur y se enviaron dos hombres conocedores de la montaña a buscar a los perdidos. Como a la media hora regresaron sin el menor rastro de ellos.
Temblando de pies a cabeza volví a ver mi reloj que marcaba en ese momento las tres de la mañana; faltaban dos largas horas para que aclarara y había que esperarlas con resignación y paciencia. La tensión del momento nos hacía ver mariachis en los arbustos y en las ramazones...
Las cuatro de la mañana y aún no aparecían Quirós y sus compañeros...; las cuatro y media y nada... Por fin llegaron las primeras luces de la mañana y con ellas un rayo de esperanza para nosotros.
A las cinco y quince aparecieron Quirós y sus hombres. Este más furioso que nunca y aquellos felices y contentos de ver que nada había sucedido.
Starke, Piza y Quirós se dijeron hasta del mal que iban a morir: los dos primeros le echaban la culpa de lo sucedido a la falta de tacto de Beto que no se anduvo con pies de plomo durante la marcha; y éste a su vez reclamaba el que no se considerara que él venía con la ametralladora al hombro y que por lo tanto no podía caminar muy ligero. La cosa no pasó a más y sólo en ese entonces nos sentimos seguros de nuestra fuerza y capaces de hacerle frente a un ejército napoleónico si se nos ponía por delante.
Con el amanecer, llegó implacable y fuerte el sueño y el hambre, placeres esos que no estaban reservados para nosotros hasta no saber el paradero de los mariachis que salimos a buscar... Como a las seis de la mañana oímos el ronquido de un avión y supusimos lo que teníamos que suponer: que nos venían a bombardear. El Douglas describió dos círculos encima de nosotros y desapareció. Respiramos hondamente pues el peligro había pasado. Después logramos averiguar que el avión era de los nuestros y que volaba piloteado por el corajudo y valiente macho Núñez. Por fin llegó la orden de cesar en la búsqueda de los mariachis que seguramente salieran corriendo como era muy natural en ellos cuando sabían que les íbamos a hacer frente. En formación de combate comenzamos a desfilar por la montaña para dirigirnos al campo de aterrizaje donde nos esperaba el resto de nuestras fuerzas que ya estaban listas para abordar los aviones. Cuando llegamos nos encontramos con una actividad insospechada: unos cargaban las bombas aéreas, otros traían las cajas de parque y las granadas y los demás ayudaban en la preparación de los aviones para tenerlos listos para emprender el vuelo.
Creyendo que nuestra misión de la noche anterior nos hacía merecedores de una calientita taza de café, pedimos permiso para ir al cuartel a tomarla, pero para desgracia nuestra nos fué negado, alegando una serie de razones de índole militar que le negaron a nuestro estómago el derecho de entibiarse con una pequeña taza de café. Estábamos furiosos del más chico al más grande.
Como el gobierno de Picado tenía la mala costumbre de bombardear San Isidro en la mañana y en la tarde, nos dieron otra orden: escalonarnos en la montaña que rodea el campo de aterrizaje para evitar ser vistos por los aviones enemigos; se cumplió la orden al pie de la letra. Al llegar allí teníamos 24 horas de no dormir, estábamos llenos de barro, muertos de sueño y con atroces deseos de "tomar café". A la media hora de estar en la montaña, una alma piadosa se acordó de nosotros y nos llevó una enorme olla de café caliente con unos mendrugos de pan. Ingerido que fué el café, cada uno pasó a ocupar el puesto que le correspondía. Fué en este lugar y donde por primera y única vez -lo confieso con sinceridad- hice caso omiso de una orden militar. Se nos había ordenado permanecer en grupos de tres, a diez metros de distancia cada grupo y con los ojos abiertos, pero era tan inmenso el cansancio que me eché en un montón de tierra y me quedé dormido por espacio de media hora...
Me despertó la gritería de mis compañeros alborotados por la orden que se dió a fin de que nos fuéramos al avión para abordarlo. El primero había salido piloteado por el Mayor Núñez y Fernando Cruz llevando en su vientre el Pelotón No. 1 y la mitad del No. 2 con la plana mayor de la oficialidad y suficiente parque. Nadie sabía cuál era el rumbo de los aviones...
Nos acercamos rápidamente al avión que ya estaba siendo preparado para despegar, por el Capitán Manuel Enrique Guerra. Se nos dieron las instrucciones finales pero continuábamos sin saber cuál era nuestro destino. Estos aviones Douglas D. C. 3 que nos transportaron, no tenían distintivo de ninguna clase hasta mucho tiempo después que se resolvió ponerles un enorme círculo azul en las alas y el fuselaje.
Nos instalamos en el aparato a mitad del Pelotón No. 2, el "Alvaro París", y la totalidad del pelotón No. 3 "Los Angeles" acompañados por una caja de bombas aéreas, por nuestra ametralladora Lewis con suficiente parque y piloteado por Guerra y Otto Escalante. Estuvo a punto de ocurrir una tragedia en el momento que despegaba, que a Dios gracias no pasó de un susto fenomenal. En la parte trasera del aparato venían dos estañones de gasolina colocados cerca de la puerta de entrada; y frente a ellos Rodrigo Carranza con otro compañero; cuando el avión despegó los estañones rodaron por el piso pasando a pocos milímetros de donde se encontraban Carranza y su compañero que afortunadamente no sufrieron nada más que el susto.
La Batalla de Altamira
Como los aviones en que se nos transportó durante la guerra estaban acondicionados para el servicio militar, no tenían ni asientos ni ninguna de las comodidades que ofrecen los aviones de pasajeros. Nos acomodamos en el piso del avión como mejor pudimos, procurando tener mucho cuidado con las armas y el parque asiéndonos en donde primero podíamos cuando el aparato sufría golpes de viento. Describimos un círculo sobre San Isidro y el avión tomó altura para evitar ser vistos por los aviones del Gobierno que era probable que aparecieran de un momento a otro. Como volamos demasiado alto, más o menos a 15.000 pies de altura, era muy difícil saber por dónde nos llevaban. En nuestro avión iban muchachos que por primera vez sentían la sensación del vuelo y permanecían absortos y en silencio escuchando el ronquido de los motores y asomándose de vez en cuando para contemplar los campos y las casitas que abajo se dibujaban como adornos de un portal maravilloso.
Como a los tres cuartos de hora de volar aterrizamos en un lugar que para mí no era del todo desconocido. Me extraño y conmigo a todos mis compañeros, que no se nos diera orden de ninguna clase para el desembarco, solamente que tuviéramos cuidado de que los fusiles estuvieran con el seguro en buena posición. Soplaba un fuerte viento y Manuel Enrique Guerra tuvo que poner en juego toda su pericia de piloto para lograr un aterrizaje sin contratiempos. Nos estaban esperando nuestros compañeros que hacía media hora habían llegado sin contratiempos de ningún género. Cuando bajamos del avión volví los ojos para todas partes tratando de adivinar el lugar donde nos encontrábamos. La vegetación me era familiar y el lugar también. Sin mucha dificultad averigüé que nos encontrábamos en la zona de San Carlos pero no pude precisar por el momento el lugar exacto. No se nos dijo nada. Recurrí a uno de los campesinos que con curiosidad miraba a tan extraños seres armados hasta los dientes y con los trajes roídos y sucios. Me dijo sin mayores rodeos que estábamos en Altamira, en la finca de Gastón y Manuel Peralta. Mi sorpresa fue enorme pues no me imaginaba todavía cuál era la misión de la Legión Caribe en aquellos lugares.
El campo de Altamira está bien acondicionado para el aterrizaje de los aviones Douglas DC-3; es en forma rectangular con cercas a ambos lados. De largo tiene aproximadamente mil metros y de ancho unos sesenta metros.
Se nos ordenó que permaneciéramos cerca de los aviones que se colocaron en cada extremo del campo a lo ancho para evitar el aterrizaje de cualquier otro aparato. Cuando llegamos serían aproximadamente las diez de la mañana; unos se dedicaron a limpiar los fusiles, otros a conversar con los campesinos del lugar que estaban en pie de guerra, pues habían tenido un encuentro con las fuerzas del resguardo de Villa Quesada; y los demás, entre los que me contaba yo, nos echamos sobre el mullido zacate a dormir mientras podíamos. Me despertó la grata noticia de que estaban preparando algo de comer en una de las casas de la localidad. Esta era siempre la noticia que hacía desaparecer de nosotros el cansancio y el pesimismo. Como ya sabía en esos momentos cuál era la casa en donde nos tenían preparada la comida, llame por aparte a Carlos Steinvorth y a Beto Quirós y nos fuimos sin que nadie se diera cuenta de nuestras intenciones de ser los primeros en devorar los frijoles y el ñame que nos tenían de banquete; cumplida nuestra importante misión, regresamos a los aviones a anunciar al resto de nuestros compañeros el festín que los estaba esperando. No fué necesario repetírselos dos veces, pues a la primera, ya corrían como gamos buscando la casa o las casas en donde estaba la comida. Después de almuerzo, se procedió a distribuir los muchachos para organizar las guardias en previsión de un posible ataque de los mariachis que estaban destacados en Villa Quesada. El Pelotón No. 1 al mando del Teniente Hernán Rossi, tuvo a su cargo la vigilancia de los caminos que conducían a Villa Quesada; el Pelotón No. 2, "Alvaro París", se destacó en un cerro que dominaba el campo; estaba comandado por el Teniente Rodolfo Quirós; el Pelotón No. 3 "Los Angeles", tuvo a su cargo la vigilancia del campo y los aviones y estaba al mando del Teniente Benjamín Piza. Durante el resto del día no tuvimos actividad de ninguna clase. La Plana Mayor se reunió en la casa del señor Peralta, propietario de la finca lechera donde nos encontrábamos, a planear el ataque y darle los últimos toques al lugar de nuestra "misión". El plan se llamó desde un principio el "Plan Clavel", que para nosotros era chino pues no sabíamos de la misa la media. Llegó la noche y se cambiaron los guardias del campo para ejercer una mayor vigilancia. A fin de que la gente no se cansara demasiado, las guardias fueron hechas de dos en dos en los lugares más importantes, relevándolas cada dos horas. Dormimos debajo de las alas de los aviones los que estábamos en el campo, y en la montaña los que vigilaban las entradas a Villa Quesada. Muy de mañana nos levantamos para desayunarnos. Antes del desayuno, los más atrevidos pasamos por la lechería donde ya estaban ordeñando, para solicitar en nombre de la revolución un tarro de leche caliente al "pie de la vaca"; el muchacho que tenía a su cuidado el ordeño, nos obsequió muy complacido la leche. Después de desayunar nos dirigimos al comisariato de la localidad: unos compraron jabones, una lata de frutas, un tarrito de jamón del diablo; a mí se me ocurrió comprar un cepillo de dientes, pues el mío lo había dejado, junto con el resto de mis pertenencias, en el campamento de San Isidro del General. ¡Válgame Dios y la clase de cepillo que compre! Cuando traté de limpiarme los dientes se me deshizo en la boca completamente y por poco me ahogo con las cerdas. Lo curioso de todas estas compras realizadas en Altamira, fué el hecho de que todos los muchachos de la Legión alegaban que no tenían un cinco, pero a la hora llegada los préstamos a largo plazo se sucedieron con rapidez vertiginosa, pues un muchacho de Cartago andaba con una pequeña cantidad de dinero que se había traído de su casa.
Unos pocos, en cuenta los miembros de la Fuerza Aérea, pedimos permiso para tomar un baño en un riachuelo que pasaba por allí cerca. Nos intimidaron para que no nos bañáramos, pues el día anterior habían matado un cocodrilo de regular tamaño en ese río. Lo suciedad y la mugre de nosotros fué más fuerte que el miedo al cocodrilo y nos metimos al río sin darle importancia a los cocodrilos habidos y por haber. Como las vacas tomaban agua un poco más arriba de donde nosotros estábamos, nuestro baño no fué precisamente de agua cristalina sino de serrín mojado y barro. A los pocos minutos nos salimos del agua y cada uno ocupó el puesto que le correspondía. Se llegó la hora del almuerzo casi sin sentirla. Piza nos ordenó que regresáramos inmediatamente pues se nos iba a decir el lugar de nuestro destino y se iban a impartir las últimas instrucciones para el desarrollo del "Plan Clavel". La emoción en esos momentos fué indescriptible, pues sólo entonces íbamos a saber cuál era la misión de la Legión y cuál era el lugar de nuestro destino. Por fin se corrió ante nosotros el velo de misterio en que nos tuvieron durante ocho días. Almorzamos a toda prisa, pues queríamos saber lo más pronto posible cuál era la "peligrosa aventura" que nos tenían reservada desde hacía mucho tiempo. No fué sino hasta las dos de la tarde que Piza nos llamó aparte para comenzar a explicarnos cuál era el "Plan Clavel". Extendió ante nuestros asombrados ojos un plano que para la mayoría de los muchachos era una confusión de trazos y puntos, pero que unos pocos descubrimos en el acto: el plano era el de la ciudad de Limón.
Como el pelotón estaba incompleto, pues algunos muchachos andaban en servicio de guardia, Piza resolvió explicarnos el plan de ataque en las horas de la noche en un momento en que estábamos todos los del pelotón No. 3. Unos pocos preguntamos algunas cosas que nos fueron contestadas de inmediato con claridad y rapidez. Como a las tres y media de la tarde me enviaron con un grupo de cinco a relevar la guardia que vigilaba el avión del Capitán Guerra; a las cuatro y cinco minutos llegó al avión Alfonso Goicoechea acompañado del Capitán Guerra para tratar de comunicarse por medio de la estación del avión, con el cuartel general en Santa María de Dota. Estaban los dos en la cabina del aparato llamando a la estación de Santa María y yo con unos compañeros debajo de las alas de la nave, cuando llegó hasta nuestros oídos un sonido que segundo a segundo aumentaba: eran tres aviones del gobierno que venían a atacarnos.
El ataque aéreo que el gobierno desató sobre nosotros en Altamira; no nos tomó de sorpresa, pues esperábamos algo parecido. El primer avión, un Douglas DC-3, inició el ataque a las cuatro y unos minutos de la tarde del 10 de abril. La posición nuestra le fué dada al Gobierno de Picado por el Jefe del Resguardo destacado en Villa Quesada, que ya sabía el lugar en donde estábamos acampados. Fué ese bombardeo el más tenaz y salvaje que sufrió el Ejército de Liberación Nacional durante toda la guerra. Ni los desatados sobre San Isidro del General y El Empalme, se igualaron en furia y duración al que sufrió la Legión Caribe en Altamira. Por un momento creímos que el bombardeo nos iba a aniquilar por completo y desde luego a estropear el "Plan Clavel"' y con él la ofensiva general contra las fuerzas del gobierno. El bombardeo lo llevaron a cabo con dos aviones Douglas DC-3 y un avión de caza monoplano modelo viejo que hacía las veces de escolta de los dos aviones grandes. Nos atacaron con bombas de las que fueron fabricadas por el mercenario Julio López Masegosa y con ametralladoras Browning y Breda que disparaban balas direccionales para poder localizar los puntos desde los cuales les hacíamos fuego. Estas balas fueron la última innovación del gobierno, pues fué la primera y única vez que las usaron.
El ataque se realizó de la siguiente manera: el primer avión lanzó sobre nosotros, en dirección al avión en que se encontraban perifoneando Guerra y Alfonso Goicoechea, una bomba de alto poder explosivo y ráfagas de ametralladora. Cuando esto sucedía ya mi grupo había tomado posiciones a ambos lados del campo y Manuel Enrique Guerra con Alfonso Goicoechea corrían a refugiarse en la montaña cuando vieron venir la enorme bomba que lanzó el aparato enemigo. Con serenidad y sangre fría corrieron con toda la fuerza de sus piernas en dirección contraria, con el tiempo medido para que la bomba estallara con ruido infernal a pocos pasos de donde se tumbaron. Unos fragmentos de la bomba cayeron en los pies de Alfonso Goicoechea sin causarle ningún daño. Los que estábamos cerca de ellos pero a mayor distancia de donde cayó la bomba, supusimos que los había alcanzado pues pudimos observar el efecto devastador de la misma en el enorme cráter que abrió.
A todo esto el avión ya venía en picada disparando sus ametralladoras y dispuesto a dejar caer su cargamento de muerte sobre los aviones y sobre nosotros que estábamos en el campo defendiendo los aparatos. Cuando venía a poca altura, el malogrado Rolando Aguirre que estaba con su Lewis en el cerro más cercano al campo, abrió nutrido fuego que logró alcanzar al avión enemigo en la parte inferior del fuselaje: la ametralladora nuestra que estaba en el campo también vomitó fuego al unísono con las máquinas manejadas por Arrea y Rodolfo Quirós destacadas en la salida del campo. El tableteo ensordecedor de nuestras ametralladoras nos infundió ánimos. El aparato enemigo no pudo bajar mucho debido al fuego nuestro y se tuvo que conformar con dejar caer la bomba a la loca, destrozando un ranchito cercano que por fortuna estaba desocupado. Nuevamente volvió al ataque pero esta vez fueron sesenta fusiles y seis ametralladoras los que le dieron una calurosa recepción; dejó caer otra bomba que fué a estallar cerca del río y en la desesperación de su fracaso nos propinó una fuerte ráfaga que no nos hacía nada, pues estábamos muy bien defendidos por unas trincheras naturales que rodeaban el campo. Todos seguíamos disparando contra el avión hasta que éste se colocaba fuera de nuestro alcance, Fué entonces cuando nos atacó el avión de caza con el fuego de sus ametralladoras. El ataque fué estéril, pues el avioncito fué muy bien recibido por nuestras máquinas que se encargaron de propinarle al piloto el mayor susto de su vida, pues lo tocamos en las alas y en el fuselaje.
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Fotografía del primer avión que |
Mientras tanto el segundo avión Douglas no había entrado en acción. El fuego cesó por unos minutos, pues los aviones se retiraron momentáneamente. Pudimos observar que la nave que según supimos después iba piloteada por el célebre Wilson, volaba con dificultad y a baja altura. Este avión no volvió a atacarnos, pues por efecto del fuerte ataque nuestro, se estrelló pereciendo sus ocupantes entre los que iban el conocido Arquímedes Alvarez, alias "Quintales", Sherman Wilson, Alfredo Chamorro, Jorge Sáurez, Ramón Muñoz, Antonio Carmona, Alejo Poveda, Juan Bta. Montero, Víctor Manuel Chacón y otros más cuyos nombres nunca supimos. La labor había sido fructífera, la Legión Caribe logró derribar ese día un avión del gobierno de los que ametrallaron sin piedad, la población de San Isidro del General. Eran las cuatro y cuarenta y cinco minutos de la tarde cuando sufrimos el segundo ataque. Esta vez el avión voló a mucha altura tratando de esquivar el fuego nuestro. Iba piloteado por Jerry de Larm y llevaba como tripulantes a varios sicarios del Gobierno en cuenta a un tal capitán Méndez, quien durante toda su vida ha sido un pillo de marca mayor. Este avión nos bombardeó con más tenacidad y pericia que el anterior, pues las bombas nos cayeron más cerca que las anteriores; sin embargo no nos causaron ningún daño. Para engañarlo y atraerlo hacia los cañones de nuestras máquinas, suspendimos el fuego durante algunos minutos. Se tragó el anzuelo y creyó que nos había silenciado con las ráfagas de sus ametralladoras, describió un círculo sobre el campo y voló en picada para tratar de dejar caer sus bombas sobre nuestros aviones. Cuando lo tuvimos cerca, todas nuestras máquinas lo recibieron con una cortina infernal de metralla que lo obligó a enderezar y a desaparecer. Volvió a la carga pero esta vez a mayor altura. Las bombas que dejó caer, no surtieron ningún efecto, pues todas cayeron en la montaña, Después de luchar infructuosamente por romper la cortina de fuego de nuestras máquinas, el avión se retiró en dirección hacia San Ramón a las seis y quince minutos, tratando de localizar el lugar donde cayó el primer avión que derribamos.
Estábamos agotados con dos horas de batalla antiaérea y la noche ya se nos venía encima. Como el gobierno ya sabía la exacta posición de nuestro grupo, se doblaron las guardias para evitar un ataque de sorpresa que podía venir de Villa Quesada. Fuimos a comer rápidamente y luego procedimos a cargar los aviones con las municiones y el equipo pesado, pues al día siguiente nos esperaba una gran tarea: poner en práctica el "Plan Clavel".
El mayor Ornes ordenó se le entregara al jefe de las guerrillas que operaban en esa zona, un fusil de los nuestros y suficiente parque, yo me desprendí de un revólver viejo que llevaba y se lo obsequié a uno de esos valientes luchadores anónimos. Esa noche tuvimos una grata sorpresa: la señorita Thais Peralta que se encontraba en compañía de su familia en esa finca, según nos dijo ella "huyendo de la quema" rezó en la noche un Rosario que sirvió de lenitivo para nuestro espíritu y que le agradecimos en el alma, pues hasta los menos creyentes lo seguimos con devoción y respeto, pues sabíamos que al día siguiente teníamos que ocupar, costara lo que costara, la ciudad y puerto de Limón. La señorita Peralta se despidió de nosotros con palabras cariñosas y llenas de fe y sólo después de nuestra triunfal entrada a la capital, la pudimos ver confundida entre la multitud que ovacionó con delirio a la Legión Caribe. Toda la oficialidad y la plana mayor durmió esa noche debajo de las alas de los aviones, envueltos en gangoches y teniendo por cama el húmedo y "bombardeado" zacate. Habíamos capturado en el día dos espías que el jefe político de Villa Quesada envió con la misión de investigar la cantidad y el número de nosotros. Fueron esos los dos primeros prisioneros que capturó la Legión. Los encerramos en el cuarto que la Taca tenía como oficinas en Altamira, y los dejamos bajo la custodia de nuestros aliados los guerrilleros del lugar. A las nueve de la noche se nos dieron las últimas instrucciones para el ataque a Limón y a las nueve y media todos dormíamos profundamente esperando confiados las primeras luces de la mañana del 11 de abril de 1948.
La Legión Caribe toma por asalto
la ciudad de Limón
A las cuatro de la mañana nos levantamos. En la casa de la familia Peralta prepararon una enorme olla de café y cada uno de nosotros tomó una taza "sin pan", como desayuno de aquel memorable día. El capitán Ornes ordenó a los oficiales que nos formaran de dos en fondo; así lo hicieron para leernos la orden del día. Le correspondió a Alvaro Rossi dar lectura a aquella orden que nos inflamó el pecho de patriotismo y decisión; con voz emocionada y ronca y alumbrado el papel con un foco de campaña, Rossi nos leyó la famosa orden que dice textualmente lo siguiente:
Ejército de Liberación Nacional. -Legión Caribe-
Orden Especial:
Número 1.- Dentro de algunos minutos la Legión Caribe dará comienzo a la importante misión que le ha confiado el Alto Mando del Ejército de Liberación Nacional. El pueblo costarricense está ansioso de ver las fuerzas de la Liberación Nacional marchar adelante hacia el objetivo final que habrá de devolver a Costa Rica su democracia y paz tradicionales. La Comandancia de la Legión Caribe tiene confianza absoluta en el éxito de la misión que se les ha encargado así como la firme convicción que todos y cada uno de los hombres que la forman sabrán cumplir y asumir las responsabilidades que la propia operación requiere.
Número 2.- Se recomienda a todos los oficiales, clases y soldados, que a pesar de ser nuestro objetivo un baluarte político del régimen usurpador que combatimos, deben observar en todo momento una conducta digna del movimiento de Liberación Nacional. Es por eso conveniente que sólo en casos extremos se tomen medidas violentas contra la población civil. Recomiendo al propio tiempo que se tomen las mayores precauciones para evitar el asesinato a mansalva de los hombres de la Legión y de nuestros amigos de la población civil.
Número 3.- Para la perfecta ejecución del plan y el éxito de la misión, es imprescindible que todos los oficiales, clases y soldados cumplan y hagan cumplir las órdenes que reciban de sus superiores.
Número 4.- Se prohibe terminantemente a todos los miembros de la Legión abusar de su autoridad, así como apropiarse de cualquier mueble o inmueble sin la previa autorización de los superiores. Todo el equipo bélico que le sea capturado al enemigo debe ser depositado en la Comandancia de la Legión, para su posterior distribución de acuerdo con las necesidades militares.
Número 5.- Por último deseo advertir a todos los miembros de la Legión que la misión que vamos a cumplir es arriesgada y sumamente importante para el triunfo definitivo de las fuerzas de la Liberación Nacional. Por eso espero que todos cumplamos con nuestro deber teniendo presente que luchamos por una causa noble y digna, la cual significa la salvación de Costa Rica y la felicidad, la paz y el progreso del pueblo costarricense.
Con el pensamiento puesto en la alta misión de redención democrática en que estamos empeñados, y deseando a todos y cada uno de los miembros de la Legión la mejor buena suerte, los abraza a todos cordialmente en nombre de la Revolución, - Capitán Oracio Ornes C., Comandante de la Legión Caribe.-Altamira, San Carlos, 11 de abril de 1948.
Un silencio impresionante sucedió a las palabras de Rossi. En nuestros corazones brillaba en aquel instante supremo la chispa del sacrificio que era promesa para la patria que sufría la tiranía comunista de los Calderón y los Picado. Todos pensamos en nuestros seres queridos que eran llama votiva que nos daba valor para emprender la peligrosísima aventura que teníamos por delante y de la cual se esperaban dos cosas: o el triunfo definitivo de la Revolución o el aniquilamiento completo de la Legión Caribe que fué la que le abrió el camino a las fuerzas que atacaron Cartago un día después de nuestro asalto a la ciudad de Limón. El Plan Clavel contemplaba tres puntos importantes: si la Legión no podía desembarcar en Limón por el fuego enemigo o por una resistencia obstinada que bien podría haber existido en el campo de aterrizaje, teníamos instrucciones de aterrizar en Batán (25 millas) para de allí proseguir a marchas forzadas hacia la ciudad de Limón, que hubiera sido sometida a un sitio de sangre y fuego hasta obtener su rendición incondicional; si el asalto en Batán también se dificultaba porque el gobierno tuviera fuerzas superiores a las nuestras destacadas en ese lugar, teníamos que aterrizar en el campo viejo de Sixaola para desde allí lanzar un ataque fulminante y suicida sobre la ciudad de Limón viniéndonos por La Estrella. Por suerte para nosotros, el gobierno estaba completamente ignorante de los planes que contemplaba la ofensiva general que inició, con el asalto a Limón hecho por la Legión Caribe, el Ejército de Liberación Nacional.
Volvamos al campo de Altamira donde todavía se encuentra la Legión Caribe. Luego de leída la Orden Especial, el Capitán Ornes, con voz firme y segura nos dió las instrucciones finales. Como esperábamos un ataque aéreo del Gobierno de un momento a otro, el Mayor Guillermo Núñez indicó la conveniencia de salir lo más temprano posible de Altamira para evitar un bombardeo que hubiera sido fatal para la Legión, pues todo el parque y las bombas aéreas nuestras estaban en el interior de los dos aviones que nos condujeron a Limón. Desgraciadamente el campo estaba con visibilidad cero, pues una fuerte niebla lo cubría todo por completo y era muy arriesgado levantar los aviones en tales condiciones. Faltando pocos minutos para las seis de la mañana. los primeros rayos del sol disiparon la niebla y pudimos despegar. El primer avión en salir llevaba en sus entrañas el Pelotón No. 1 y la mitad del No. 2, iba piloteado por el Mayor Guillermo Núñez y también viajaba en él, el delegado político del Ejército, Alfonso Goicoechea; poco después le siguió el segundo avión que iba piloteado por el Capitán Manuel Enrique Guerra, transportaba en su interior la mitad del pelotón No. 2 que no cupo en el avión del Macho Núñez, y la totalidad del pelotón No. 3 del cual era miembro yo. Salimos de Altamira sin ningún contratiempo digno de mención. Como a los quince minutos de volar en dirección a las playas de Limón, se dió la voz de alarma: ¡avión enemigo a la vista! Sentimos miedo todos pero nadie perdió la serenidad y la sangre fría. En un principio creíamos que la Legión iba a ser aniquilada en el aire, pues las posibilidades de defensa eran casi nulas, pues los aviones que nos transportaban eran muy vulnerables para cualquier ataque debido a su lentitud para maniobrar. Rompimos las ventanas del avión para poder sacar por ellas las bocas de nuestras ametralladoras y los cañones de los fusiles para propinarle al moscón que nos perseguía, una lluvia de balas. El avioncito era uno de caza tipo Kittyhawk de dos plazas; no se atrevió a atacarnos de costado ni de frente pues sabía lo que le esperaba, de modo que el fuego de sus ametralladoras lo dirigía contra la parte inferior del fuselaje y contra la cola del pesado Douglas. Al primero que atacó fué al avión que piloteaba el Macho Núñez. Las ráfagas que le disparó no lo alcanzaron en ninguna parte, luego dió una vuelta y nos atacó a nosotros sin tocarle a nuestra nave ni la punta de un ala. La situación se ponía color de hormiga pues el caza no desmayaba en su ataque y volvía a la carga con más fuerza. Lo curioso de todo esto -una experiencia más de la guerra aérea que nos quedó- es que los disparos no se oyen en pleno vuelo por el ruido de los motores, de manera que todos nosotros esperábamos ser pasto de la metralla de un momento a otro. Pero una vez más la Providencia nos salvó como de milagro: apareció una nube gruesa y alta en la cual nos escondimos del avioncito; que no pudo subir tan alto como nosotros, por la fragilidad del aparato. Respiramos hondo, pues el peligro había pasado. El susto -justo es confesarlo- fué monumental, tal vez el más grande que sufrimos durante toda la guerra. Nos persignamos y le dimos gracias a la Virgen de los Angeles por habernos salvado de tan peligroso trance. Luego, como era costumbre después de una batalla, brotaron los chistes a granel. El avión enemigo no volvió a aparecer durante toda la travesía. A los pocos minutos de volar a gran altura, divisamos a lo lejos, las playas de Limón; la emoción fué grande para todos, preparamos las armas y se cargaron las ametralladoras. El mar estaba borrascoso y el tiempo lluvioso y horrible. Los aviones evitaron volar encima de la ciudad para no despertar sospechas y el primero en tomar tierra fué el del Macho Núñez.
Describimos varios círculos antes de aterrizar esperando que Núñez despejara el campo. Por fin tomó tierra nuestro avión y se deslizó por el campo suavemente hasta quedar cerca del otro avión que ya había desembarcado toda la gente que traía a bordo. Se abrió la portezuela y saltamos a tierra con ligereza y con los fusiles dispuestos a disparar sobre el primer mariachi negro que se pusiera delante de nosotros. La ciudad continuaba dormida sin sospechar nada de lo que estaba por pasar. Teníamos por delante una disyuntiva: el éxito de nuestra misión o la muerte para todos.
Fuimos sesenta y cinco solamente los que entramos a Limón; la Legión estaba integrada por tres pelotones de dieciocho hombres cada uno con dos oficiales como jefes; el resto lo componía la Plana Mayor.
Cuando saltamos de los aviones no había por fortuna ninguna guarnición en el campo de aterrizaje, solamente un negro que estaba con un viejo fusil Remington que al ver aquel despliegue de fuerza, creyó que todos los demonios habían salido de los infiernos y no tuvo más voluntad que la de lanzar a un lado el fusil y salir corriendo por entre los pantanos. Los legionarios nos dividimos en dos columnas: una avanzó por la carretera que conduce a la ciudad y la otra avanzó por la playa para estar lista a repeler cualquier ataque que se intentara lanzar por el mar. La distancia que separa el campo de la ciudad propiamente dicha, es de siete kilómetros aproximadamente, que los recorrimos a pie con los fusiles en posición de fuego y cargando sobre los hombros las pesadas cajas que contenían el parque y las tres ametralladoras Lewis. Avanzábamos lentamente separados por diez metros de distancia cada hombre para no ofrecer blanco a una ametralladora que bien podía estar escondida en cualquier parte. Los negros que viven en esos lugares miraban con ojos de espanto a los fieros legionarios, y se escondían en sus casas cerrando puertas y ventanas. Todos íbamos con el corazón hecho un puño, pues no sabíamos qué nos esperaba. Por fin llegamos al puente de Cieneguita sin disparar un tiro; a todo esto, Manuel Enrique Guerra ya volaba por encima de la ciudad con el avión Douglas repleto de bombas aéreas dispuesto a convertir el cuartel en un montón de escombros si nos ofrecía más resistencia de la que podíamos esperar. Como anuncio de nuestra presencia en la ciudad, dejó caer una bomba que fué a estallar en la esquina Noroeste del cuartel con gran ruido y potencia. Esta era la señal para tomar posiciones que ya estaban estudiadas de antemano. Rodolfo Quirós al frente de su pelotón "Alvaro París", con el cual marchaba también el Comandante de la Legión, el Mayor Ornes, se escurrió por unas callejas estrechas hasta llegar a unas lomas que están situadas al lado izquierdo del cuartel y que ofrecían condiciones especiales para vomitar sobre él una lluvia de metralla sin ser vistos por el enemigo. El Pelotón No. 3, comandado por Hernán Rossi Chavarría se escurrió por los patios del ferrocarril para tomar posiciones dentro de la ciudad a fin de hacerle frente a los comunistas de la Aduana. A todo esto ya nuestro pelotón, el "Los Angeles", había llegado hasta las plantas de la Texaco guiado por Vico Starke y Piza. Yo permanecí con seis hombres en el puente de Cieneguita en espera de un posible ataque que podía venir por ese lado. Estábamos atrincherados cuando se escuchó el tableteo de la primera ametralladora: era la de Starke que convenció a uno de los guardas destacados en la Texaco de lo mal que le podía ir si llegaba hasta el teléfono que estaba a pocos pasos de él. El hombre salió como un gamo pero yo me quedé frío: a pocas pulgadas de mi oreja derecha había silbado una bala; me volví de inmediato para ver qué pasaba y me di cuenta de que el tiro lo había disparado uno de mis compañeros que venía a pocos metros; le pregunté la causa del disparo y me contestó:
-No me lo pregunte, estoy con muchas ganas de liquidar comunistas y como escuché la ametralladora me pareció conveniente ensayar el fusil.
Yo estaba furioso, pues por poco me manda al otro mundo con pasaje de primera. Avanzamos un poco más hasta ponernos a regular distancia de Starke que ya estaba dispuesto a cruzar los patios del ferrocarril para colocar nuestra ametralladora en la famosa Casa de la Roca, que estaba ocupada por la familia de uno de nuestros partidarios de Limón.
Corriendo llegamos hasta la calle en la cual está ubicada la casa donde Beto Quirós y Benjamín Piza tenían que hacerse fuertes con la ametralladora "Rosita" de nuestro pelotón. Yo continuaba a la zaga junto con mis compañeros y esperando las órdenes de Vico Starke y de Eladio Alvarez que a la sazón comandaba la columna mía. La ciudad, que todavía permanecía dormida, pues era domingo, sabía que algo raro pasaba, ya que la ametralladora del pelotón "Alvaro París" y los dieciocho fusiles restantes de ese grupo en armonía con la máquina pequeña que llevaba Rodolfo Quirós, vomitaban fuego nutrido y mortífero sobre el costado izquierdo del cuartel de donde salió el primer intento de resistencia de los sitiados. Alfonso Goicoechea permaneció con Vico Starke en la esquina que da a la puerta central del cuartel en espera de que salieran a la calle a ofrecernos batalla. Beto Quirós y Piza subían las empinadas escaleras de la Casa de la Roca para que "Rosita" pudiera darse el gusto de machacarle el seso a los calderonianos y comunistas que como soldadesca tenía el comandante del Cuartel de Limón "coronel" Rafael Angel Calvo.
Nuestro grupo de seis hombres, jefeado por Eladio Alvarez, los protegía mientras escalaban la casa, atrincherados en las paredes de las viejas casas que estaban al frente. Cuando yo en compañía de un muchacho Gómez de Cartago me disponía a atravesar la calle para protegernos del fuego enemigo en las casas del frente, Juan José Monge, que ya estaba protegido, me gritó con angustia que corriera con todas mis fuerzas; cuando lo hice, las balas ya silbaban muy cerca de nuestras cabezas con ruido macabro: un comunista estaba escondido en una de las casas y nos descargó las cinco balas de su Colt 38 largo, protegido por la esquina. Eladio Alvarez que estaba a poco menos de cinco metros de él, lo intimidó para que se rindiera y recibió de respuesta otro chorro de balas que por milagro no lo tocaron. Ya yo estaba con Monge en posición de liquidarlo; cuando lo tuvimos cerca, le dejamos ir una lluvia de balas de las que se salvó gracias a la vertiginosa velocidad con que corrió por entre las casas de atrás. De milagro no lo tocamos y volvió a la carga nuevamente. Apareció por la esquina y nos dejó ir cuatro balazos a boca de jarro; Eladio Alvarez que lo tenía más cerca le disparó de primero y lo pegó en el hombro derecho, cuando se sintió herido salió a estampida por solares y patios y no volvió a aparecer más: una cama del hospital lo recibió con gusto. Ya habíamos entrado en calor y estábamos ansiosos de ver aparecer otro comunista emboscado para dejarlo hecho chicharrón. Se me olvidaba decir que desde nuestra llegada al campo de aterrizaje, caía con necedad una lluvia finita que nos había mojado bastante como para poder sentar nuestra más enérgica pr